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Lexie colgó el teléfono y se dejó caer en el sofá. No podía creerse que acabara de hablar con Connor Byrne , el cantante de Fractured, ni que, de alguna manera, él la hubiera convencido para que volara a Los Ángeles ese viernes para hablar en persona de su proyecto.
Soltó un suspiro de incredulidad. No tenía ni idea de por qué la querían, y Connor se había mostrado evasivo sobre sus motivos por teléfono.
Aunque era más que halagador que hubieran pensado en ella, la fotografía de conciertos no era su especialidad.
No alcanzaba a imaginar qué podrían decirle en la reunión que la convenciera de que era la persona adecuada para el trabajo.
Abrió la aplicación del calendario en su móvil para comprobar su disponibilidad. Debido a una cancelación, en ese momento se encontraba entre un trabajo y otro. Y como le gustaba —no, necesitaba— mantenerse ocupada, un proyecto atractivo le iba a venir muy bien en ese momento.
Aun así, prefería algo no tan atractivo como pasar tres meses de gira con una banda de rock mundialmente famosa.
No tenía ninguna duda de que sería una experiencia reveladora, pero no estaba segura de cómo iba a arreglárselas con todo ese rollo del sexo, las drogas y el rock and roll .
Estaba más acostumbrada a coger su cámara y evadirse en la naturaleza o perderse entre el bullicio humano de las calles de la ciudad.
Sin embargo, se trataba de una oportunidad única en la vida, así que tampoco pasaba nada por escuchar lo que Connor tenía que decir.
Si el proyecto no le interesaba, no tenía ningún problema en decir que no.
Tampoco era como si estuviera desesperada por encontrar trabajo; podía conseguir otra cosa con bastante facilidad si decidía que la propuesta de Connor no le apetecía.
Eso le recordó que no se había conectado a Internet desde que había regresado de su último encargo la noche anterior.
Tenía que responder a los comentarios de su más reciente entrada del blog —un tutorial sobre cómo hacer buenas fotos de paisajes— y revisar su correo por si había alguna solicitud de clientes potenciales.
Pero lo primero era lo primero: se levantó de un salto y se dirigió a la cocina para prepararse una taza de té; mientras esperaba a que hirviera el agua, encontró una goma para el pelo y se recogió su larga melena castaña en un moño desordenado.
Cuando tuvo listo el té, regresó al salón con la taza humeante en la mano, tras coger su portátil por el camino.
Dejó el té sobre un posavasos en la mesa de centro, se sentó con las piernas cruzadas en el sofá y accedió a su blog.
Había docenas de comentarios y preguntas sobre su tutorial de paisajes a los que tenía que responder.
Lexie sonrió mientras escribía las respuestas.
Le encantaba comunicarse con gente que compartía su pasión y le gustaba imaginar que al menos algunos de ellos iban a acabar teniendo también una carrera satisfactoria en la fotografía.
Tras terminar con el blog, abrió su correo. Había varios mensajes de posibles clientes, y los revisó para descartar todos aquellos que no le parecían interesantes.
Había un trabajo a corto plazo para la semana siguiente, cerca de donde vivía, en San Francisco, y respondió de inmediato para aceptarlo.
Había un par de ofertas de trabajo más programadas para diversas fechas a lo largo de los meses siguientes.
Como no sabía qué iba a pasar con el trabajo de Fractured, respondió a esos clientes para hacerles saber que iba a ponerse en contacto con ellos la semana siguiente.
Una cálida sensación de satisfacción la invadió al terminar de revisar sus correos.
Todo su esfuerzo de los últimos años estaba dando sus frutos: tenía un flujo constante de trabajo.
Haber podido convertir su pasión por la fotografía —que se remontaba a cuando sus padres le habían regalado una cámara por su decimotercer cumpleaños— en una carrera de éxito no había sido fácil.
Se había pasado la adolescencia deambulando por el pequeño pueblo californiano en el que había crecido, tomando fotos de personas y de escenas que la intrigaban.
Tras ganar algunos concursos de fotografía amateur, había conseguido hacerse un nombre a nivel local y había empezado a recibir pequeños encargos.
A partir de ahí, había creado su página web y su blog, y había levantado su negocio de fotografía por cuenta propia desde cero.
Estaba orgullosa de lo que había conseguido por sí misma…
Sus pensamientos se interrumpieron.
No lo había hecho todo sola. Damien, su amor de la infancia y más tarde su marido, había estado con ella desde el principio.
Había sido su mayor apoyo; siempre estaba ahí para ella.
Hasta que, de repente, había dejado de estarlo.
Se lo había llevado un accidente sin sentido y ella se había quedado sola.
Lexie parpadeó para ahuyentar las lágrimas que le picaban en los ojos. Habían pasado tres años y la idea de haber perdido a Damien todavía la hacía llorar con frecuencia.
La fotografía había sido la distracción que había necesitado en los años siguientes, y se había volcado en ella para escapar del dolor. Lo que probablemente explicaba por qué, a los veintiséis años, le había ido tan bien.
En ese momento estaba bien consolidada en su campo y trabajaba habitualmente para una amplia variedad de clientes, tanto nacionales como internacionales, lo que le permitía viajar mucho.
Aunque también le encantaba estar en casa.
Y cuando no trabajaba, dedicaba su tiempo libre a su pequeño grupo de amigos íntimos.
A pesar de lo que había perdido, había logrado labrarse una buena vida.
Y si había un vacío enorme en su vida, bueno, esa era la razón por la que se mantenía ocupada.
Eso le hizo volver a pensar en la oferta de trabajar con Fractured. Salir de gira con una banda de rock mundialmente famosa podía ser una buena distracción; algo completamente diferente a todo lo que había hecho antes.
Lexie se mordió el labio, sopesando los pros y los contras de la idea.
No sabía mucho sobre Fractured, aparte de haber escuchado sus mayores éxitos —los ponían tanto en la radio que era difícil no hacerlo—, pero no se consideraba una fan y no sabía mucho sobre los propios miembros de la banda.
Aunque tenía un vago recuerdo de haber visto la portada de una revista con cuatro hombres altos y guapos, en aquel momento no les había prestado mucha atención.
Sus pensamientos volvieron a la llamada telefónica con Connor. Su voz melodiosa había sido casi hipnótica, lo que probablemente explicaba por qué había conseguido convencerla para que quedara con él el viernes.
Cedió a la curiosidad por aquel hombre que había sido tan persuasivo por teléfono, abrió el navegador, accedió a la primera página de fans que encontró y se dirigió a su perfil.
Según su biografía, Connor había nacido en Kilkenny, Irlanda. Su madre había fallecido trágicamente cuando él tenía tan solo once años. Lexie se tragó el nudo que se le formó en la garganta; sabía por experiencia propia lo duro que era perder a alguien a quien querías.
Al parecer, unos años después de la muerte de su madre, y sin que hubiera explicación alguna, Connor acabó viviendo con su tía en Ohio.
A los dieciséis años, tras perfeccionar su talento musical, él y sus tres mejores amigos habían fundado Fractured.
Al cumplir los dieciocho, la banda ya daba conciertos en bares y discotecas de todo el estado.
Había sido en uno de esos locales donde los «habían descubierto» y el resto, como se solía decir, era historia de la música.
Lexie hizo clic en la pestaña «Galería» y se desplazó por varias fotos de Connor hasta detenerse en una que le llamó la atención.
Era una foto de los cuatro miembros de la banda y parecía haber sido tomada en un club.
La luz era tenue y varias mujeres impresionantes, con muy poca ropa, los rodeaban.
Los otros tres miembros de la banda no se percataban de la cámara, pero Connor tenía la cabeza girada hacia el fotógrafo, con sus penetrantes ojos verdes fijos en el objetivo.
Parecía como si acabara de pasar los dedos por su pelo oscuro, casi negro, y sus labios, de líneas seductoras, se curvaban en lo que habría podido ser una sonrisa, de no ser por los ojos un poco entrecerrados y la tensión evidente en su mandíbula cincelada.
Lexie soltó un suspiro. Con su altura y sus anchos hombros, no cabía duda de que aquel hombre había ganado la lotería genética.
Y lo aprovechaba, porque en casi todas las fotos aparecía alguna belleza con aspecto de modelo colgada de su brazo — nunca la misma dos veces—.
La página web en la que aparecía él había publicado una entrevista en la que le habían preguntado si tenía novia.
Connor había respondido que «no se metía» en relaciones, y cuando el entrevistador había querido conocer el porqué, lo había dejado sin palabras con un lacónico «¿Y para qué coño lo necesito?
» para luego cambiar rápidamente de tema.
Lexie frunció la nariz. Por muy encantador que hubiera sido Connor por teléfono, parecía la típica estrella del rock: embebido por su propio sentido de la importancia personal, alimentado por la gente que se le lanzaba encima debido a su atractivo físico y su estatus de celebridad.
No se imaginaba pasando tres meses con una persona así.
Mejor dicho , cuatro personas , se corrigió.
Lo más probable era que los otros tres miembros del grupo también tuvieran el ego por las nubes.
Bueno, esa era solo una razón más para rechazar el trabajo el viernes.
Se desplazó por unas cuantas fotos más, fijándose en aquellas en las que aparecían todos los miembros del grupo juntos; preguntándose cómo debía de ser pasar tres meses con hombres tan imponentes.
Los cuatro eran atractivos, pero en todas las fotos se daba cuenta de que sus ojos se veían atraídos por Connor.
Aparte de su atractivo aspecto moreno, era la intensidad de su mirada lo que le resultaba tan fascinante.
Se preguntó distraídamente qué se sentiría al ser objeto de esa clase de intensidad.
Un ligero estremecimiento la recorrió al pensarlo, pero sacudió la cabeza, descartando esa sensación.
Al fin y al cabo, en los tres últimos años no había habido ningún hombre en el mundo que le hubiera provocado ni siquiera un pequeño sobresalto en el corazón.
Antes de cerrar la sesión, la mirada de Lexie volvió a posarse en la foto de Connor. Estudió su rostro como si, de alguna manera, pudiera adivinar qué tipo de hombre era a través de los píxeles de la pantalla.
Bueno, supuso que iba a descubrirlo el viernes, cuando se conocieran en persona. Inspiró hondo para calmar un repentino ataque de nervios, cerró el portátil e intentó pensar en otra cosa.
Resultó ser más difícil de lo que pensaba.