Alto voltaje (Fractured Rock Star 1) 1
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Alto voltaje (Fractured Rock Star 1)

Alto voltaje (Fractured Rock Star 1)

Por L. M. Dalgleish

© inepub.com

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C onnor

Las luces cegadoras se apagaron, pero los gritos no hicieron más que intensificarse.

A Connor le latía con fuerza el corazón en el pecho y las gotas de sudor le resbalaban por la cara y el cuerpo mientras intentaba recuperar el aliento tras el bis.

Los focos volvieron a encenderse y lo iluminaron a él y a los otros tres miembros de Fractured.

Los gritos se hicieron aún más fuertes y pudo oír cómo todos los fans que abarrotaban las gradas coreaban el nombre del grupo.

Connor contempló a la multitud en ebullición, observando los rostros extasiados y las manos que se alzaban; un mar de móviles en alto para hacer esa última foto.

Una rubia despampanante en la primera fila le llamó la atención y él sonrió y le guiñó un ojo.

Ella se quedó boquiabierta y, antes de que se diera cuenta, se había subido la camiseta para mostrarle un impresionante par de pechos que apenas cabían en el top.

Su sonrisa se amplió, apreciativa. No está mal .

Tras saludar al público por última vez se dirigió a zancadas hacia la salida del escenario junto a Tex, Noah y Zac, mientras que el estadio estallaba en protestas porque el concierto había terminado. Tex se acercó corriendo a su lado y le dio una palmada en la espalda.

—¡Gran concierto!

Connor esbozó una sonrisa burlona.

—No sé, creo que los solos de guitarra no salieron del todo bien…

—Eso le valió un puñetazo en el brazo por parte de Tex, que se dio la vuelta y caminó de espaldas para hacerle un corte de mangas a Connor.

Connor imitó el gesto, y Tex sonrió antes de alcanzar a Noah y Zac y pasarles sus brazos tatuados por el cuello.

Sin dejar de sonreír con aire socarrón, Connor se pasó una mano por el pelo oscuro.

Pero aunque los gritos del público aún resonaban en sus oídos, su sonrisa se desvaneció.

Soltó un profundo suspiro y se preguntó, no por primera vez, cuándo ser una de las mayores estrellas del rock del mundo había dejado de ser algo que deseara y qué demonios iba a hacer al respecto.

Se pasó las dos manos por la cara.

Joder .

Dos horas más tarde, estaba echando a Tex, Zac y Noah de su suite del hotel; cerró de un portazo tras sus compañeros de banda y estos se dirigieron a sus habitaciones.

Se habían encontrado todos para tomar una copa tras el concierto de esa noche, renunciando a salir de fiesta, ya que al día siguiente tenían que madrugar.

Por no mencionar que la etapa estadounidense de su gira mundial estaba a punto de comenzar, lo que significaba que se avecinaban otros tres largos meses de conciertos.

Connor apuró el whisky de malta de un solo trago, aunque el sabor ahumado a turba no lo ayudó mucho a relajarse.

Tenía que matar el tiempo antes de irse a la cama, porque la adrenalina de la actuación de esa noche aún lo llenaba de una energía inquieta, lo que indicaba que iba a tardar un rato en conciliar el sueño.

Por suerte para él, Drew, el mánager de Fractured, entró sin que nadie lo invitara, como de costumbre.

—Hola, vejestorio —le dijo a Connor con expresión irónica—. ¿No sales esta noche? ¿Ya se te ha pasado la hora de acostarte?

Connor sacó un cojín que estaba a su espalda, sobre el sofá de cuero, y se lo lanzó a la cara sonriente de Drew.

—Cuidado con a quién llamas viejo, cabrón —refunfuñó, conteniendo una sonrisa.

El ligero acento irlandés que había conservado a pesar de que se había mudado a Estados Unidos a los catorce años suavizaba sus palabras, incluso cuando no quería que fuera así—.

Yo tengo veintiocho y tú, treinta y dos, así que supongo que eso te convierte a ti en un anciano.

—Supongo que sí. Por eso dejé atrás esa vida yendo de fiesta en fiesta hace mucho tiempo.

—Drew imitó una voz temblorosa de anciano—.

No como vosotros, jóvenes insolentes. —Connor se rio y se levantó para ir a la barra a servirse otro whisky; alzó un vaso vacío y arqueó una ceja oscura hacia Drew a modo de pregunta—.

No, gracias, amigo. —Drew se sentó en la silla frente al sofá donde había estado Connor—. Tengo algo que quiero que veas.

Connor regresó al sofá con la copa y acomodó su corpulento metro noventa en él.

—¿Qué es eso? —Señaló con su vaso medio lleno el enorme sobre que sostenía Drew.

Drew lo abrió y dejó caer un montón de fotos en sus manos.

—Es hora de que te busques un fotógrafo —dijo, pasándole el montón a Connor, quien respondió con un gemido.

Se había olvidado de que había aceptado esa idea.

Los otros tres le habían endosado alegremente la responsabilidad de elegir a alguien que documentara la próxima etapa de la gira en un álbum de fotos oficial.

Pero él había decidido, en un arrebato de entusiasmo, que quería tener la última palabra sobre cómo iba a quedar el álbum.

Dejó el vaso sobre la mesa de centro y empezó a hojear las fotos en papel satinado, que resultaron ser impresiones de los porfolios de los fotógrafos musicales más respetados del sector.

Al cabo de unos minutos, todas parecían confundirse unas con otras: luces brillantes, fans gritando, diversos músicos famosos durmiendo en los autobuses de gira entre concierto y concierto.

Desilusionado con todo el proyecto, tiró las fotos sobre la mesa; la mitad de ellas se deslizaron por el otro lado y cayeron al suelo.

—Ninguna me llama especialmente la atención. Quizá deberías elegir a alguien y acabar de una vez.

Drew se pasó la mano por la cara.

—Venga, Connor. Sé que todo esto fue idea de la discográfica, pero tú pediste control creativo, así que tienes que esforzarte un poco.

Esta persona estará contigo durante tres meses, así que tiene que encajar bien en el grupo tanto a nivel creativo como personal.

Tiene que ser alguien que te guste, o al menos a quien puedas tolerar durante todo ese tiempo; si no, acabarás ahuyentándolo con ese ceño fruncido que pones.

—Señaló a Connor—. Igual que el que tienes ahora mismo en la cara.

El sello no se lo tomará bien si el fotógrafo se marcha a mitad de la gira, ya que están invirtiendo mucho dinero en promocionar el álbum.

Connor refunfuñó para sus adentros, pero Drew tenía razón.

Si quería que el producto final reflejara su visión, tenía que esforzarse.

Al fin y al cabo, la banda estaba en la cima del éxito, y el sello los había convencido de que un libro de fotos de su última gira, que había agotado las entradas en todos los estadios, era la mejor forma de celebrarlo.

Ojalá tuviera más ganas de celebrarlo. Por desgracia, le costaba mucho entusiasmarse con casi cualquier cosa relacionada con la gira, y eso incluía elegir a un fotógrafo para que tomara un sinfín de fotos de la banda en el escenario cantando sus grandes éxitos ante multitudes de fans enloquecidos.

Les echó un vistazo a las fotos esparcidas, luego gruñó y, en su lugar, cogió la revista de papel satinado que era lo único que había además de eso sobre la mesa y empezó a hojearla. Podía mirar las fotos más tarde; con suerte, para entonces habría recuperado el interés.

Al detenerse en una doble página en el centro de la revista, entrecerró los ojos.

Vaya, eso sí que era interesante. No era una fotografía relacionada con la música, sino una imagen en blanco y negro de una calle.

En la imagen llovía con fuerza y el cielo estaba cubierto de nubes sombrías, bajas y opresivas.

La gente paseaba por la escena, con los paraguas sobre sus cabezas gachas para protegerse del diluvio.

Al fondo, una niña sin paraguas estaba de pie con la cabeza echada hacia atrás en señal de alegría y unas cortinas de lluvia plateada caían sobre su rostro levantado.

Tenía los brazos extendidos y se reía. La expresión de alegría inocente en su cara era tan luminosa que brillaba a través de la monotonía del resto de la escena y le daba vida a todo el conjunto.

Eso era lo que él estaba buscando: una foto que le hiciera sentir una conexión emocional.

No quería que ese álbum de fotos se limitara a mostrar las luces brillantes y a los fans histéricos.

Quería sentir de verdad la pasión que inspiraba su música.

No solo en las personas que gastaban el dinero que tanto les había costado ganar y se apiñaban en los estadios para verlos, sino también en todos los demás que formaban parte de esta loca montaña rusa.

Porque, Dios lo sabía, últimamente él mismo no había sentido mucha pasión por ello.

Si pudiera encontrar a alguien que capturara esas emociones con la cámara, quizá eso iba a ayudarlo redescubrir esa sensación de conexión y experiencia compartida que tocar música en directo siempre le había proporcionado.

Era un cabrón con suerte por tener la vida que llevaba, una vida con la que había soñado desde la infancia, pero desde hacía un tiempo le costaba recuperar ese sentido de propósito del que siempre había disfrutado.

Quizá al ver su vida a través del objetivo de esa persona, podía empezar a valorar de nuevo lo que tenía. Sin duda, aquella foto le había llegado de una forma como ninguna otra lo había hecho.

Se levantó y dejó caer la revista en el regazo de Drew.

—Quiero esta —dijo.

—Dice que no le interesa —anunció Drew al colgar la llamada.

—Cualquiera estaría interesado; este libro te puede lanzar a la fama. —Connor frunció el ceño, sin saber muy bien si le molestaba o le impresionaba que la fotógrafa los hubiera rechazado—. ¿Qué te ha dicho?

—Bueno, para empezar, no me ha creído cuando le he explicado que llamaba en tu nombre. Luego, después de convencerla de eso, ha dicho que se sentía muy halagada, pero que no era fotógrafa de conciertos y que creía que otra persona sería más adecuada para el trabajo.

—¿Y te has rendido sin más?

Drew soltó un suspiro de resignación.

—No, le he dicho que habías visto una de sus fotos y que te había encantado, y que la querías específicamente a ella.

Al parecer le ha hecho gracia, porque se ha reído y ha comentado algo sobre que las estrellas del rock están chifladas.

Me ha dado las gracias de nuevo por la oferta y me ha colgado.

—Drew volvió a sentarse frente a él—. Sabes que tiene razón, amigo.

Ni siquiera has mirado más fotos para comprobar si te gustaban.

Ahora ya da igual, ya que de todos modos ha dicho que no, pero quizá podrías investigar un poco más sobre el próximo fotógrafo al azar que te llame la atención.

Connor esbozó una sonrisa burlona y negó con la cabeza.

—Tienes razón. Debería asegurarme de echar un vistazo a más trabajos suyos antes de volver a llamarla.

De hecho, pásame el móvil, lo haré ahora mismo.

Si me gusta, voy a necesitar su número. —Drew arqueó las cejas, sorprendido, y luego suspiró con resignación mientras le tendía el móvil.

Connor sabía que Drew no iba a molestarse en discutir con él; una vez que se le metía una idea en la cabeza, era difícil hacerlo cambiar de opinión.

Y, por alguna razón, esa fotógrafa había despertado en él el entusiasmo que tanto necesitaba.

Se sentía genuinamente interesado mientras tecleaba el nombre de la fotógrafa en el buscador de su móvil y empezaba a desplazarse por los resultados, con una leve sonrisa dibujándose en sus labios.

Al cabo de unos minutos, levantó la vista y sus ojos se encontraron con los de Drew—.

Ahora sí que voy a necesitar ese número.

Poco después, colgó con una sonrisa de satisfacción.

—Entonces, ¿debo suponer que ha dicho que sí? —le preguntó Drew, levantando la vista de su móvil, en el que estaba echando un vistazo al book de la fotógrafa.

—Sí, tenemos que organizar que venga en avión el viernes. ¿Puedes pedirles a los abogados que redacten el contrato ahora mismo para que, si nos llevamos bien, pueda firmarlo en ese mismo momento?

—Mañana llamaré a Bob y me encargaré de ello. ¿Sabes?, entiendo por qué te gusta su trabajo —comentó Drew mientras se desplazaba de una foto a otra—. Tiene un estilo muy característico. Todo es muy… evocador.

Connor arqueó las cejas. Era un gran elogio viniendo de su mánager, que siempre tenía los pies en la tierra. Volvió a examinar la foto de la revista, con una especie de expectación que le revoloteaba en el pecho.

—Esperemos que pueda despertar algo en mí —murmuró.