¡Alto! O te enamoro… (Costa Serena 7) Epílogo I
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Epílogo I

Código final del veterano: Dejar de huir es la mayor decisión táctica que un agente deberá tomar en su vida.

RODRIGO

Levanté la cabeza del libro que estaba leyendo y agudicé el oído. La risa de Nora y los cuchicheos me indicaron que estaban bajando las escaleras.

Me giré en el sofá y esperé. La primera a la que vi aparecer fue a Fabiola, con el pelo recogido en una coleta algo despeinada y descalza. Iba vestida con un pantaloncito pequeño de algodón y una camiseta corta que, para mi deleite, dejaba a la vista bastante piel.

Tras ella, bajaron trotando Nora y su amiga Berta. Ambas iban mucho más arregladas que mi chica, incluso daba la impresión de que se habían maquillado un poco y todo.

—¿A dónde vais? —les pregunté.

Mi hija se detuvo en seco. Miró a Fabiola, luego a mí y de nuevo a ella. Se sonrieron, y yo empecé a sospechar.

—Hemos quedado —dijo Nora.

Miré el reloj de la muñeca y fruncí el ceño cuando vi que era prácticamente la hora de comer.

—¿A estas horas?

— Sip .

—¿Con quién? —pregunté receloso.

—Con…

—… gente —terminó Berta por ella.

—Eso no es una respuesta —me quejé.

Fabiola caminó hacia el salón y me hizo un gesto con la cabeza que fingí no entender.

—Papá —suspiró Nora—, por favor.

Las cejas casi me chocaron con el nacimiento del pelo.

—¿Qué? Solo quiero saber que estarás bien.

—Tranquilo, Rodrigo —intervino Fabiola—. Lo estará.

Me giré hacia ella. Estaba claro que tenía información que yo desconocía, y no me molestó en absoluto. Me gustaba que mi hija confiara en ella.

—Ah, ¿sí?

—Ajá —respondió escueta, y yo me quedé mirándola un segundo de más mientras se alejaba hacia la cocina.

Mi hija aprovechó el momento de distracción para acercarse y besarme la mejilla.

—Te quiero, papá. No llegaré tarde —dijo de carrerilla—. ¡Gracias, Fabi! Eres la mejor.

—¡Pasadlo bien! —le respondió ella.

Y las dos adolescentes salieron por la puerta antes de que pudiera reaccionar.

Me quedé inmóvil un momento, procesando el portazo amortiguado. Unos meses atrás habría reaccionado distinto. Más tenso, más rígido. Más convencido de que el mundo era un sitio peligroso del que tenía que proteger a los míos a base de golpes si hacía falta.

Unos meses atrás… Antes de Fabiola. Y antes de casi perderlos a todos y a mí mismo.

La historia había cambiado ligeramente. Seguía teniendo miedo, pero también la certeza de que no todo dependía de mí. Aunque eso, para alguien como yo, seguía siendo difícil de procesar en según qué circunstancias.

—¿Qué acaba de pasar? —le pregunté a mi chica cuando regresó al salón.

Le dio un sorbo a su lata de refresco y me tendió otra con toda la tranquilidad del mundo.

—Van a ir a comer y luego al cine.

—¿Las dos solas?

—Con un par de chicos.

Cerré los ojos.

—Dime que es una broma.

—¿Me estás pidiendo que te mienta, Santos? —Sentí la diversión en su voz.

—Remo…

—Es un buen chico. Y va con Berta y otro amigo más.

—Dos parejitas, estupendo.

Escuché cómo contuvo una risa.

—No te conviene hacer eso.

—¿El qué?

—Sobreprotegerla —aclaró—. Es una adolescente estupenda, responsable y muy centrada, y esta es su última semana antes de que empiece de nuevo el instituto. No hay nada de malo en que salga un poco, lleva todo el verano sin despegarse de ti, cuidándote. Confía en ella.

—Lo hago —le confirmé sin sentirme más tranquilo—. No es de ella de quien desconfío, sino de los demás. Sobre todo de ellos. A esas edades no pensamos con la cabeza correcta, y como le ponga un dedo encima voy a…

Las palabras murieron en mi garganta cuando se incorporó y tomó asiento de nuevo, solo que esa vez sobre mis piernas.

—Yo respondo por él —aseguró.

Parpadeé, cegado momentáneamente por la visión de sus tetas demasiado cerca de mi cara. Abrí las manos a cada lado de su estrecha cintura.

—¿Tú?

—Sí, yo —susurró y se acercó hasta que su boca quedó a escasos centímetros de la mía—. ¿Te fías de mí?

Gruñí cuando hizo un movimiento de cadera al que mi cuerpo respondió sin dudar.

—¿Estás coaccionándome con tu delicioso cuerpo para que no me enfade?

—Puede. —Tuvo el descaro de sonreír y besarme la comisura del labio—. Pero, de verdad, no tienes de qué preocuparte. Es un chico respetuoso y educado.

Detuve el movimiento de mis manos en su espalda y me retiré para mirarla cuando procesé las connotaciones de sus palabras.

—¿Lo conoces? —Asintió—. ¿Y yo? —Volvió a asentir—. ¿Quién es?

Ella comenzó a besarme el cuello y a soltar información conforme se movía por mi piel.

—Catorce años, original de Ghana, África, pero adoptado con dos. Desde entonces vive en Costa Serena. Es respetuoso, maduro y responsable en exceso —recitó como si se tratase de una ficha policial.

—¿Es…?

—Mi sobrino Kay. Sí.

Apoyé la cabeza en el respaldo del sofá y cerré los ojos.

—Caso cerrado: se confirma que los Remo sois irresistibles para los Santos.

Soltó una carcajada y me besó, aunque se separó antes de que quedase mínimamente saciado de ella cuando sonó el timbre.

—La comida. —Se incorporó, y yo solté un lamento a la vez que observaba mi triste y poco comprendida erección—. Iré yo. No queremos que te detengan por escándalo público estando de baja.

Puse los ojos en blanco.

—Muy graciosa.

Volvió al cabo de un par de minutos con la bolsa de comida. Y seguí en la misma posición mientras ella colocaba los envases sobre la mesa.

—No me mires con esa cara —me advirtió al pasar por mi lado. La intercepté y la atraje hacia mi regazo—. Rodrigo, entro dentro de una hora a trabajar y aún tengo que comer y ducharme.

—Puedo llamar a Salcedo y decirle que estás enferma.

Me rodeó el cuello con los brazos y me besó la sien.

—Ni de broma —se negó—. Pereira y yo tenemos la reunión con el equipo directivo del colegio. Por cierto, voy a ver a cierta jefa de estudios madurita con debilidad por los agentes de la autoridad morenos, guapos y peligrosos. ¿Quieres que le mande recuerdos?

La miré y elevé una ceja. A la muy bruja se le estaba pegando la maldad de las mujeres de mi familia.

—Claro, ¿por qué no? —le seguí el juego—. Dile que me lo he pensado mejor y que al final sí quiero quedar con ella para… charlar.

—¿Pretendes que me ponga celosa?

—Puede —utilicé su palabra favorita. Ella coló una mano bajo mi camiseta y el ronroneo que me nació en la garganta se convirtió en un gruñido cuando me apretó de más uno de los pezones—. ¿Buscas pelea, Remo?

El cuerpo me respondió al instante, demasiado rápido e intenso para alguien que no estaba entero del todo. A ella se le suavizó la mirada cuando leyó en mi cara algo más que deseo.

—Aún tenemos que tomárnoslo con calma —me recordó.

Resoplé.

No porque no tuviera razón, sino porque mi cuerpo aún no había aprendido a ir al mismo ritmo que mi cabeza. Aceptar los tiempos nunca fue mi fuerte.

Pero siempre surgía algún detalle que me recordaba que no estaba recuperado del todo. Que el alta médica aún estaba lejos y todavía quedaban meses por delante —muchos— antes de poder regresar al trabajo, a la calle, al uniforme que siempre había sido mi vía de escape.

Meses atrás, la idea de una baja tan larga me habría vuelto loco. Habría sentido que me arrancaban lo único que sabía hacer bien. Sin embargo, después de todo lo que había vivido, ya no era así.

Sí, seguía siendo incómodo y frustrante por momentos, pero también era un recordatorio de que había sobrevivido. A un cuchillo, a la sala de urgencias, a un accidente que pudo ser fatal.

Y, contra todo pronóstico, también estaba sobreviviendo a esa nueva versión de mí mismo que se quedaba quieto, aceptaba ayuda y tenía tiempo libre.

Tiempo para hacer cosas que antes nunca me permitía.

Como elegir un sofá que no gritara que era un padre soltero disfuncional, discutir si una pared necesitaba un color verde salvia o un gris topo —fueran cuales fuesen esos tonos que solo el sector femenino de la población reconocía—, montar estanterías torcidas que acabábamos celebrando igual y llenar la casa de pequeños detalles que la hacían más acogedora, más nuestra. De los tres.

Bajé la vista a mi pecho, donde Fabiola había levantado mi camiseta y besaba la cicatriz ya cerrada.

—Lo sé —dije al fin—. Sé que no hay que correr. Aunque cuando estás encima de mí me cuesta la vida recordar por qué.

Le hundí los dedos en el trasero.

—Sé bueno…

—En cuanto esté lo bastante recuperado —murmuré rozándole la piel con la barbilla—, quiero que hagamos algo que no se me va de la cabeza.

—¿Una fantasía, Santos?

—Depende. —Sonreí de medio lado—. Te incluye a ti, a mí y a tu moto.

Se le escapó una risotada.

—Eres incorregible.

—Aunque… de momento me vale con tenerte encima de mí. Todo el día. A todas horas. Y, si puede ser, sin que nadie nos interrumpa. —La garganta me vibró cuando me lamió un pezón.

—Cualquiera diría que esta se ha convertido en tu postura favorita.

Le elevé la cabeza para mirarla a los ojos.

—Lo es —admití en voz baja—. No quiero perderme ni una sola de tus expresiones.

Y supe que entendió todo lo que esa explicación significaba. Todas las veces que, en el pasado, había evitado tener de frente a las mujeres con las que me acostaba. Las primeras veces que lo hice con ella, hasta que me sentí capaz de abrir los ojos en todos los sentidos.

Sonrió despacio, como si no lo hubiera analizado del todo hasta ese momento. Se irguió, me agarró la cara con ambas manos y me besó con una calma deliciosa.

—Estoy muy orgullosa de ti —murmuró contra mis labios.

—¿Por ser un chico bueno? —bromeé.

Apoyó la frente en la mía y negó con una risa suave.

—Por quedarte —respondió, y esa frase me atravesó más hondo que cualquier aguja—. Por aprender a vivir sin el uniforme puesto todo el tiempo. Y por dejarte cuidar y cuidarnos a nosotras en el camino sin anteponernos.

Un nudo enorme en la garganta me impidió tragar y respiré hondo.

—Te quiero —reconocí por primera vez en voz alta.

La frase no me pesó tanto como había imaginado. No me quitó fuerza ni me sentí expuesto, sino todo lo contrario.

No me pasó desapercibido cómo se le abrieron los ojos y la espalda se le envaró unos segundos. Un momento después, se abrazó a mí y hundió la cara en el hueco de mi cuello.

—Yo también te quiero, Rodrigo.

La rodeé con los brazos y la apreté contra mí, solo para dejarle claro que no pensaba moverme de allí.

Ni por todas las fantasías del mundo.