¡Alto! O te enamoro… (Costa Serena 7) 25 – Y volar…
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25 – Y volar…

FABIOLA

Regresar a Costa Serena fue como volver a respirar tras un tiempo sin hacerlo y descubrir que el aire también podía doler.

Había pasado cinco días en Barcelona por una situación que me salvó y me delató a la vez. Mi hermana Emma nos había sorprendido con una noticia agridulce: había tenido un sangrado estando allí con la familia de Jaime y, al acudir al hospital, descubrieron que estaba embarazada de su segundo bebé.

No corría peligro si se lo tomaba con calma, pero el susto fue suficiente como para dejarnos a todos con el corazón en la garganta.

Los demás no podían dejar sus trabajos sin previo aviso, y Emma se encargó de repetir que tampoco hacía falta montar un drama. Yo, en cambio, tenía esa semana de descanso. Y eso lo precipitó todo.

Cogí una mochila, miré horarios y, en cuestión de horas, estaba subiendo a un avión.

Me repetí que iba por Emma. Para cuidarla, estar a su lado y servirle de ayuda con Beca. Y era verdad, pero también lo era que poner más de setecientos kilómetros de por medio me resultó demasiado tentador.

Alejarme de Costa Serena —y de Rodrigo; de su sangre, de su mano soltándose de la mía, de su cuerpo cayendo al suelo y de la incertidumbre que me había ahogado en el hospital— fue un alivio que no me atreví a reconocer en voz alta.

Aunque pronto entendí que solo había sido un espejismo.

Porque estar allí no me ayudó a despejarlo de mi mente, sino todo lo contrario. Ver cómo Jaime no se separó ni un segundo del lado de su mujer, sentir el amor que los envolvía, incluso el miedo, me hizo pensar aún más en Rodrigo.

En lo fácil que es querer cuando alguien se queda.

Y en lo difícil que es seguir fingiendo que no sientes nada cuando todo dentro de ti ya ha decidido desbordarse.

Había intentado racionalizar mis sentimientos de mil maneras, pero ninguna funcionó. No hubo distancia suficiente ni excusa válida ni silencio capaz de apagarlo.

Estaba enamorada de Rodrigo.

Y decirlo —aunque solo fuera para mí— no me dio vértigo. Me dio claridad y la certeza de que no quería perderlo por miedo, ni desaparecer para protegerme o retrasar lo inevitable.

Tenía que hablar con él. Mirarlo a los ojos y decirle la verdad, aunque doliera. Aunque no supiera cómo iba a terminar.

Y fue catártico el hecho de que no me diese miedo admitirlo y decidir luchar por lo que sentía. Por lo que quería.

Por suerte, tras una última visita al ginecólogo y el visto bueno definitivo, Emma pudo volar.

Y volvimos. A Costa Serena, y a aquella fiesta sorpresa en forma de barbacoa.

La casa de mis padres estaba llena, para no variar. Y yo necesité unos minutos más antes de salir de mi habitación y bajar las escaleras.

No porque quisiera cambiarme de ropa ni porque necesitara retocarme el maquillaje, como les había ido diciendo cuando subieron a buscarme, sino porque necesitaba un rato más a solas.

Para mí.

Por mí.

Para que nadie adivinase que me moría de ganas de salir de allí e ir a buscar a Rodrigo.

Me apoyé en el borde de la cama y respiré hondo.

La incomodidad en el pecho no se me iba, una sensación parecida a cuando tienes una herida que ya no sangra, pero que todavía escuece si la rozas.

Y yo sabía que no se cerraría sola; necesitaba que alguien la tocase, aunque doliera.

Alguien no. Él.

Me levanté y me acerqué a la puerta.

—No pasa nada —me dije en voz baja antes de abrir—. Un rato más y podrás ir a verlo.

Llegué a la planta baja cuando la celebración estaba en su máximo apogeo. Los niños corrían descalzos por el jardín, los platos iban y venían y la música sonaba de fondo, aunque nadie le prestaba atención, pues el volumen de las voces la había derrotado hacía rato.

Durante un tiempo los platos se fueron vaciando y las conversaciones se sucedieron, aunque no presté atención del todo. Estaba removiendo la ensalada cuando mi hermana Diana me dio un toque con el pie en el muslo.

—Fabs —murmuró—. Tienes visita.

La miré confundida, y ella señaló con la cabeza al lateral de la casa.

Mi corazón se saltó un par de latidos cuando lo vi.

Rodrigo estaba allí. De pie, junto a Nora.

—¿Quién es? —preguntó mi primo Aliel.

—El compañero de Fabiola —murmuró Alana en una explicación que no abarcaba ni por asomo todo lo que él era para mí.

Me levanté despacio y las conversaciones bajaron de volumen. No se detuvieron, pero sí se apagaron lo suficiente como para que notara que éramos el centro de atención.

Sentí las miradas de casi todos siguiendo mis movimientos mientras rodeaba la mesa.

Nora me localizó cuando avancé hacia ellos. Sus ojos se iluminaron y me dedicó una sonrisa abierta que traté de corresponder. Rodrigo ya me estaba observando cuando desvié la vista hacia él.

—Hola —los saludé y me detuve frente a ellos.

Ella murmuró un saludo mientras Rodrigo y yo nos quedamos callados sin romper el contacto visual.

Tenía peor color que de costumbre, la barba más larga y el pelo un poco despeinado. Vestía sencillo, como siempre. Y estaba guapo, mucho, pese al rastro de dolor en su cara.

Sin embargo, noté un matiz nuevo, un destello de vulnerabilidad que lo hacía peligrosamente atractivo.

Nora carraspeó.

—Bueno…, pues… —comentó incómoda y giró la cabeza hacia mi sobrino Kay, que pasaba por nuestro lado con un trozo de pan en la mano—. Mira, un completo desconocido con el que me apetece mucho charlar… ¡Hola! ¿Qué tal?

Kay la miró sorprendido cuando esta lo agarró del brazo y lo instó a seguir caminando.

Al fijarme de nuevo en Rodrigo me di cuenta de que él no había dejado de mirarme. Sus ojos estaban clavados en los míos y me bastó verlo para que la presión en el pecho se disipara.

—Hola —dijo.

No supe de dónde sacar las palabras.

—Estás… —empecé.

—Hecho polvo —terminó por mí—. Ya lo sé.

Un amago de sonrisa trató de abrirse camino en mi boca, pero lo contuve.

—¿Cómo te encuentras?

—Pica y tira como el demonio —admitió y, tras inspirar hondo, preguntó—: ¿Podemos hablar?

Asentí y le pedí que me acompañase. Nos apartamos unos metros, lo suficiente para tener cierta intimidad, aunque por desgracia seguíamos estando a la vista.

—¿Quieres sentarte? —Lo miré preocupada cuando se tocó el costado.

—No, tranquila. Es la camiseta, que me molesta.

—Aún no estás recuperado.

—Estoy bien —mintió—. O no. En realidad, no.

—¿Te duele mucho?

—Mucho. —Se llevó la mano al pecho, demasiado arriba para señalar la herida—. Pero aquí… Y se me da de pena soportar este dolor.

—Rodrigo…

—¿Por qué no volviste?

Supe que había llegado la hora de ser honesta.

—Siento lo que ocurrió en el operativo.

—No he sacado el tema para que me pidas perdón —me contradijo—. No tienes que hacerlo.

—Sí —insistí—. Te apuñalaron por mi culpa, porque me salté el protocolo. Y lo siento. Siento todo lo que pasó.

Él negó con una sonrisa.

—Volvería a hacer exactamente lo mismo, Fabiola —me contestó con calma—. Sin dudarlo.

—No digas eso.

—Es la verdad —zanjó, me agarró de la mano y tiró con suavidad de mí para que dejase de rascarme la muñeca.

—Rodrigo, no… No solo quiero pedirte perdón por lo del operativo. También te debo una disculpa por lo que pasó en mi casa. —Miré nuestras manos unidas—. Debí haberlo hecho antes, pero dejé que interfiriese en el servicio y…

—Soy yo el que tiene que disculparse.

La frente se me arrugó cuando lo estudié, confundida.

—No. Fui yo la que insistió… —Giré el cuello en dirección contraria un momento y negué—. De verdad, me siento tan ridícula desde entonces.

—¿Ridícula? —repitió, incrédulo—. ¿Por querer estar conmigo?

—Por tener que rogarlo —respondí sin rodeos—. Te obligué a que reaccionaras. Y tú hiciste cosas que, claramente, no te nacían.

Mis palabras parecieron escocerle más que la herida del cuchillo.

—¿Qué? —dijo al fin—. Fue justo al revés. ¿De verdad piensas que no quería estar allí contigo?

—Fue obvio.

Se pasó la mano por la barba y cerró los ojos en busca de las palabras adecuadas. Cuando los abrió, yo lo observaba expectante.

—Fabiola, no me comporté así porque no quisiera estar contigo. Me contuve porque no quería joderlo todo.

—Eso no tiene sentido.

Me agarró ambas manos y se acercó a mí.

—Mira, yo no suelo… implicarme así con las mujeres. Nunca he sabido hacerlo de otra manera que no fuera utilizando el sexo como escudo.

—¿Y Rocío? —le recordé a la madre de Nora.

—Teníamos diecinueve años, y yo estaba muy perdido. La dejé embarazada sin querer, después de discutir porque me había enrollado con una de sus amigas tras una pelea.

—Rodrigo…

—Lo sé. —Asintió—. He hecho muchas cosas mal en la vida, Fabiola. Muchas. Y cada día trato de ser mejor persona; mejor hijo, mejor padre y mejor hombre. Pero siempre he ido a lo fácil, a lo rápido, a lo que no me hacía pensar ni sentir.

—Y yo te obligué a hacer lo contrario.

Rio sin ganas.

—Tú me haces sentir desde que apareciste en la comisaría el cinco de mayo, montada en tu moto, con tu trenza y esa cara de no haber roto un plato en tu vida —me dijo abriéndose en canal—. Y desde entonces esos sentimientos no han hecho más que crecer.

—Creí que me odiabas al principio.

—Eso creí yo también. Hasta que entendí que lo que sentía era otra cosa —reconoció—. Si alguien tiene que pedir perdón hoy soy yo. Por hacerte sentir insegura y obligarte a rogarme, cuando en realidad lo único que intentaba era no asustarte.

—¿Asustarme? No me das miedo, Rodrigo.

—Estoy podrido por dentro y no quiero contagiarte.

A nuestro alrededor el mundo seguía sonando, pero para mí todo se redujo a él y a su voz.

—No estás podrido —dije al fin—. Solo temes verte y no gustarte. Y lo sé porque yo me he sentido así toda mi vida en muchos momentos. Pero contigo me siento capaz de ser valiente.

Apretó los labios, y yo sentí el corazón desbocado.

—Cuando me clavaron el cuchillo pensé que me moría —recordó e inspiré con fuerza—. Y no solo de manera literal. Me mató creer que no iba a poder decirte nada de lo que sentía.

—¿Qué sientes? —susurré—. ¿Qué sientes de verdad, Rodrigo?

Dio un paso más hacia mí hasta quedar muy cerca.

—Que eres como una brújula para mí, novata —soltó y espiró fuerte en una especie de risa inesperada—. Una enorme y preciosa, con flechas y luces de neón, hecha a mi medida para que no me pierda. Y no puedo dejarte escapar. No quiero pasar otro día más sin ti.

La palabra se me quedó enganchada dentro.

«Brújula».

Pensé en todas las veces que yo misma había estado perdida y en lo extraño que era sentir que podía ser dirección para alguien sin desviar mi camino.

Giré el cuello y perdí la vista un momento en mi familia. Todos habían retomado la normalidad, charlaban, reían y comían. Me había pasado media vida creando un círculo de espacio a mi alrededor para poder huir si algo se volvía demasiado intenso o doloroso.

Aquella gente era mi red, los que me defendían, aconsejaban y cuidaban siempre, aunque yo me distanciara.

Y supe que, si ellos no se habían rendido conmigo, yo podía hacer lo mismo con el hombre del que me había enamorado sin pretenderlo.

Crucé una mirada con Carolina, que me sonrió con esa mezcla de orgullo y advertencia que solo ejercen las hermanas mayores cuando saben que estás a punto de cruzar una línea importante.

Inspiré hondo antes de volverme hacia Rodrigo.

Su postura era tensa, se le notaba en el pecho amplio, que subía y bajaba con dificultad. En los hombros. En la expresión…

No estaba frente a un hombre que venía a salvarme ni a prometerme imposibles. Estaba frente a alguien que, por primera vez, se quedaba quieto para dejarme decidir, pese a estar muerto de miedo.

Que no me empujaba, que no exigía. Y que había tratado de contener en un armario todos sus monstruos para que no me aterrorizaran, sin ser consciente de que lo que yo quería era luchar con él para vencerlos a todos, los suyos y los míos.

Pese a todas nuestras diferencias, me vi reflejada en él con una claridad que me asustó. Mis miedos, mis ganas, mi forma torpe de existir sin pretender ocupar demasiado espacio.

Y sentí que podía hacerlo. Que esa vez sería capaz de elegir sin esconderme, de priorizarme. Y él esperó, con el vértigo impregnado en los ojos y la determinación en la piel.

Fue entonces cuando supe que estaba preparada, pese al miedo.

—Intentémoslo. Pero prométeme que…

—No la voy a cagar.

—No quiero que me prometas algo que no sabes si vas a cumplir o no, Rodrigo —dije—. Quiero que me prometas que, si ocurre, no te irás y lo trataremos de solucionar juntos. Estoy dispuesta a intentarlo si tú también lo estás.

Le brillaron los ojos.

—No me iré —afirmó.

—Eso… —susurré—. Eso es todo lo que necesitaba saber.

Me rodeó la cintura con cuidado y apoyó la frente sobre la mía.

—¿Eso quiere decir que tú y yo…?

No lo dejé terminar.

Mi respuesta fue unir nuestros labios en un beso que me hizo llorar y reír al mismo tiempo. Él gruñó y me pegó más a su pecho, y yo noté cómo el murmullo del jardín se acallaba, como una ola que retrocede antes de romper.

Casi de inmediato nos llegaron unos tímidos aplausos y algún que otro silbido, que fueron en aumento conforme Rodrigo profundizó el beso.

Me separé lo justo para observarlo. Él se me quedó mirando la boca con una sonrisa medio torcida y murmuró:

—Creo que te acaban de pillar con el chico malo.

—Que se acostumbren —respondí y sonreí sobre sus labios.

Le rodeé el cuello con los brazos y lo besé de nuevo, esta vez sin contenerme. Rodrigo respondió al instante, pero se quejó entre dientes cuando me pegué demasiado a él.

—Perdón —murmuré—. Me he emocionado de más.

—No pasa nada. —Sonrió y me acarició el mentón—. Me gusta que te dejes llevar.

Suspiré, me separé un poco y lo miré. Le tendí la mano, y él no dudó en agarrarla. Entrelacé mis dedos con los suyos y le hice un gesto invitándole a entrar.

Asintió justo antes de echarnos a andar. Y caminé con él a mi lado, hacia mi lugar seguro, con la cabeza bien alta y una sonrisa que no intenté contener.

Y, mientras lo presentaba a mi familia y esta le daba dos besos o estrechaba su mano, supe que, pasara lo que pasara después, había elegido el camino correcto.

Las conversaciones se reanudaron, los niños volvieron a correr y la música siguió sonando como si nada hubiera cambiado, cuando en realidad todo lo había hecho.

Porque nunca más me escondería, ni me sentiría débil o menos que los demás, y alzaría la voz cuando supiera que era lo justo.

Nunca más dejaría que el miedo decidiera por mí, porque Rodrigo, con las alas magulladas y temor a las alturas, me había enseñado a volar.