24 – Señor
RODRIGO
Me senté despacio en la cama y esperé unos segundos. Cuando deduje que no me había delatado, apoyé una mano en la mesilla, la otra en el colchón y…
—¡Papá!
Me detuve y puse los ojos en blanco.
—¿Qué, Nora? —me quejé.
Ella se acercó a los pies de la cama, con las manos en jarras y esa mirada avispada que siempre me había encantado. Hasta ese momento.
—No puedes hacer esfuerzos —recitó una vez más—. Y estás poniendo esa cara.
—¿Qué cara? —refunfuñé.
—La de un señor que va a hacer justo lo contrario a lo que le han dicho los médicos y no se va a quedar acostado. Ya te lo dijimos ayer la abuela y yo, y antes de ayer cuando llegamos a casa. Pídenos lo que necesites.
Giré la cabeza lo justo para fulminarla con la mirada.
—¿«Señor»? —La muy bruja aguantó una sonrisa—. ¿En serio me acabas de llamar «señor»?
—Bueno, un chaval no eres —contestó con ese tono de sabelotodo igualito al de mi madre.
—Tengo treinta y cuatro años. —Ella alzó ambas cejas—. Te tuve con veinte. —Parpadeó a la espera de algo más contundente—. Soy el padre más joven de tu grupo de amigas.
Tampoco surtió efecto, pues se encogió de hombros. Bufé y la di por imposible.
Apoyé de nuevo las manos y, sin darle tiempo a reaccionar, me impulsé para ponerme en pie.
El tirón en el costado izquierdo me arrancó un gruñido de dolor y me hizo fruncir el ceño.
—Joder.
—¡Papá! —Nora se acercó y me rodeó la cintura con un brazo para servirme de apoyo. Odiaba sentirme tan inútil—. ¿Quieres que llame a la abuela y le diga que venga otra vez?
—No, por Dios. Déjala en su casa, que estará muy tranquila. —Mi hija soltó una risita—. Ayúdame a llegar al baño, anda.
Me acompañó a una velocidad ridícula y, en cuanto crucé el umbral, cerré la puerta y la dejé fuera.
—Ten cuidado. —Me llegó su voz desde el otro lado.
Negué, suspiré y me apoyé sobre el lavabo.
Desde que me dieron el alta un par de días atrás, aquello había sido una cadena de humillaciones: «No te levantes solo», «déjame que te peine como un hombre decente», «no tosas tan fuerte que vas a hacer que se te salten los puntos», «voy a hacerte la manicura, que tienes las uñas muy castigadas…».
No me dejaban ni respirar tranquilo.
Y encima de todo tenía que dar las gracias, pues por algún tipo de milagro cósmico, después de la quinta vez que les insistí en que me quedaría en mi propia casa y no en la de mis padres, las dos claudicaron.
Aunque ese consuelo era un jodido espejismo.
Porque sí, era mi casa, mi sofá, mi tele, mi cama y mi vida. Aun así, llevaba dos días y medio sintiendo que me habían encerrado en un centro de rehabilitación dirigido por dos enfermeras que querían heredar el negocio y que hablaban de mí como si yo no estuviera delante.
Dos días y medio, y ya me estaba volviendo loco.
Además, había otra cosa. Una que no se curaba con cirugía ni medicinas.
Ella, mi novata, no había vuelto.
Ni al hospital ni a mi casa. No hubo ningún mensaje ni una llamada. Nada. Y yo me repetía que era normal, que no teníamos nada y que era lo lógico después de cómo se había torcido todo entre nosotros.
Pero me despertaba envuelto en sudor y con su imagen en la cabeza. Con su cara y su voz antes de que todo se fundiera a negro en aquella maldita gasolinera.
Me incorporé despacio y me miré al espejo.
Tenía una pinta horrible. La piel pálida, las ojeras marcadas y el pelo levantado por detrás y aplastado por delante. Todo un cuadro.
No llevaba camiseta, no porque me hubiera dado por la exhibición o por el calor, sino porque cualquier roce en la herida me ponía de mala leche. Me quité el apósito y palpé la piel de alrededor de la herida; estaba algo inflamada y con ese color característico entre rojo y morado.
Se me fue la vista a la línea brillante de grapas. Pasé los dedos por encima, sin apretar, solo para aliviar la picazón, y bajé la mirada un poco más. Repasé los moratones dispersos en la barriga, pequeños círculos violáceos de diferentes intensidades de la puñetera heparina.
Inspiré hondo, pero tuve que cortar el movimiento en seco cuando me tironeó la herida.
Resonaron un par de golpecitos en la puerta.
—¿Estás bien?
Solté un lamento silencioso.
—Sí —mentí.
—Se te ha pasado la hora del analgésico.
—No me duele.
—Papá…
Cerré los ojos y conté hasta tres para no pegarle una voz. Ella no tenía la culpa de nada, bastante hacía ya al aguantar a un «señor» frustrado y un poco inútil, como para encima llevarse una bronca.
—Nora, por favor, ¿puedo mear tranquilo, cariño?
No me moví mientras ella se mantuvo en silencio. ¿Había sido demasiado brusco?
—Vale, papá. Iré a preparar el desayuno.
—Gracias, cielo.
Al escuchar sus pasos alejándose, abrí el grifo y me mojé la cara. El agua fría me sentó bien. Con un poco de suerte, el día pasaría rápido y podría tachar otro más en esa cuenta atrás absurda en la que se había convertido mi recuperación.
Lo demás ya lo iría gestionando cuando no me sintiera tan patético.
De haber sabido que en casa iba a estar más vigilado que en el hospital, no habría insistido tanto para que me dieran el alta.
Me comí la tostada, la fruta y el yogur sin rechistar, y me levanté al acabar de desayunar. El tirón me hizo apretar los dientes, pero antes de poder dar dos pasos me sonó una notificación en el teléfono.
Lo miré con una esperanza tan ridícula como automática que se desvaneció en cuanto vi que se trataba de publicidad.
Solté el aire de forma sonora y levanté la cabeza. Nora estaba apoyada en la encimera, con los brazos cruzados y esa expresión que solía poner cuando tramaba algo.
—¿Qué? —pregunté con sospecha.
—Nada —respondió demasiado inocente—. ¿Es que esperas una llamada?
—No.
—¿Y un mensaje?
—No —gruñí esa vez.
—Estás enfadado —afirmó.
Reí sin humor.
—Estoy recién operado, lleno de grapas y sin poder hacer nada solo —recité—. ¿Cómo quieres que esté?
Negó.
—No se trata solo de eso.
—Ah, ¿no?
Movió de nuevo la cabeza.
—Estás molesto porque Fabiola no te contesta.
El aire se me quedó atrapado en el pecho.
—¿Cómo…? —La miré suspicaz—. ¿Has leído mis conversaciones?
—Sí. —Se encogió de hombros—. No tengo la culpa de que lo dejes desbloqueado todo el tiempo. Además, cuando hablamos de ella no te quejas ni gruñes, y eso es raro.
Me senté de nuevo en la silla, cansado de repente.
—Si no fuera porque tu abuela no ha dejado de repetir que Remo apenas salía del hospital cuando estuve inconsciente, creería que haberla visto el día que me subieron a planta fue producto de mi imaginación —admití.
—Papá…
—No ha dado señales de vida. —Apreté la mandíbula—. Ninguna.
Mi hija se acercó y se sentó a mi lado.
—En realidad, eso no es técnicamente cierto.
La miré de golpe.
—¿Qué?
—Nos escribe cada día —murmuró—. A la abuela y a mí. Nos pregunta cómo estás, si estás durmiendo bien, si te duele mucho, si estás de mal humor… Bueno, esto último ya lo da por hecho, la verdad.
Cerré los ojos y me pasé la mano por la cara.
—¿Y por qué no me ha escrito a mí?
Nora se encogió de hombros.
—No lo sé.
—Tampoco ha venido —insistí.
—No está en Costa Serena —aclaró—. Se tuvo que marchar por una emergencia familiar.
Solté una risa amarga y el dolor en el costado volvió a hacerse notar, aunque esa vez no fue solo físico.
—Qué oportuno.
—Papá, le importas —la defendió.
Tragué saliva.
—Pues no lo parece.
—Sí que lo parece, pero no como tú esperas —insistió y me agarró una mano—. Estás molesto porque se fuera sin decirte nada, y es normal. Pero no todo el mundo actúa igual cuando las cosas se ponen difíciles.
Miré nuestras manos unidas y luego la observé a ella. Me dedicó una sonrisa y se inclinó hacia mí.
—Eres muy lista para tener catorce años —le dije cuando apoyó la cabeza en mi hombro con cuidado.
—Lo sé.
Suspiré despacio y disfruté unos segundos del silencio.
—¿Te ha dicho algo más? —susurré y supe que mi hija sonreía.
—Que no te dejase hacerte el fuerte. Que descanses. Y que… —dudó.
Se me aceleró el corazón.
—¿Qué?
—Que regresará mañana —añadió entonces—. Su familia le va a celebrar una fiesta sorpresa de cumpleaños.
—¿Y tú cómo sabes eso?
Ella se separó y enderezó la espalda con una expresión satisfecha.
—Porque me lo ha contado ella. Se supone que no debe saberlo, pero escuchó a su hermana hablar por teléfono con su madre y… también es una mujer lista.
No pude evitar sonreír, aunque el momento de intimidad padre e hija se rompió cuando la sucesión de timbrazos que solía utilizar mi madre resonó en la estancia.
Qué bien, la generala Felisa había decidido romper su rutina de limpieza mañanera y adelantaba el pase de lista.
—Tu abuela se ha debido de olvidar las llaves —deduje y me puse en pie—. Me voy a la cama.
Aceleré el paso mientras Nora se acercaba a la entrada, porque no estaba dispuesto a aguantar la charla de mi madre si me veía deambulando por la casa y mucho menos en aquel momento en el que tenía el pecho revuelto y la cabeza hecha un lío.
—Papá —me llamó antes de llegar al pasillo. Me detuve y me giré—. No te castigues esta vez, por favor.
No contesté. Me limité a inspirar hondo en señal de rendición y seguí avanzando hacia el dormitorio justo cuando la puerta de entrada se abría y la voz de mi madre llenaba la casa.
—¿Cómo está hoy el héroe de la familia?
Gruñí y cerré tras de mí. Me tumbé en la cama y fijé la vista en el techo.
«Mañana. Fabiola vuelve mañana», me dije.
Y por primera vez desde que me dieron el alta en el hospital encontré un motivo de peso para empezar a planear cómo salir de aquella casa sin que mis dos generalas me ataran a la cama.