¡Alto! O te enamoro… (Costa Serena 7) 23 – A vida o muerte
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23 – A vida o muerte

FABIOLA

Se llevaron a Rodrigo al hospital Altamar. Estaba grave y había perdido mucha sangre, según nos dijo el médico que lo asistió en el suelo sucio de la gasolinera.

No sé si asentí o pregunté algo. Solo recuerdo el sonido de la camilla alejándose, las ruedas chirriando y cómo se zarandeó al subirlo a la ambulancia.

—Remo. —Escuché a Blanco a mi lado—. Eh, Remo, mírame.

Mi compañero me sostuvo la cara entre las manos, en un gesto demasiado parecido al de Rodrigo, y me eché a llorar allí mismo.

«Te miraré siempre, novata. Aunque me cueste la vida», se repetía en mi cabeza.

No. No podía morir. Rodrigo no podía morir.

—No… —sollocé.

—Respira, Remo —ordenó Blanco y miró a Cuenca—. Llévatela. Yo me encargo de esto.

Me dejé guiar sin oponer resistencia, pues todo lo que podía hacer era revivir las escenas de Rodrigo en mi cabeza una y otra vez.

Rodrigo al interceptar al individuo.

Rodrigo cayendo cuando las piernas dejaron de sostenerle.

Rodrigo mirándome como si no entendiera por qué estaba allí tirado en el suelo, en lugar de a mi lado.

Y Rodrigo con los ojos cerrados y el cuerpo inerte.

«Estoy bien», me había dicho.

Mentiroso.

Las horas siguientes estuvieron rodeadas de ruidos y silencios. De pasillos demasiado vacíos, de gente susurrando y máquinas pitando.

Sus padres no se separaron de la puerta del quirófano de urgencias ni un segundo. Tampoco su hija, que no dejaba de llorar mientras Manuel, el padre de Rodrigo, preguntaba cuánto iba a tardar el médico en salir.

—¿Cómo estará? —insistió una vez más a Felisa.

—Bien —respondió ella con una paciencia infinita—. No va a dejar de luchar.

Manuel asintió, convencido de lo que decía su mujer.

Nora se me acercó en un momento dado y se sentó en la silla que había vacía a mi lado.

—¿Él estaba…? —preguntó, aunque no pudo terminar la frase.

Me acerqué a ella sin pensar y la abracé. Hundió la cabeza en mi pecho y lloró desconsolada.

—Es un hombre fuerte, Nora —le dije—. Y está en buenas manos.

—¿Estabas con él cuando pasó? —susurró.

Asentí y le acaricié la espalda sin añadir nada más. ¿Cómo iba a decirle que su padre estaba debatiéndose entre la vida y la muerte por mi culpa? Ella apoyó la frente en mi hombro y respiró hondo. Por suerte, se calmó después de un rato.

Cuando escuché pasos, levanté la vista. Al verlos, me incorporé.

Mi hermana Carolina avanzaba por el pasillo junto a su marido. Ambos vestidos con la ropa del hospital y una expresión seria.

Me puse en pie de inmediato.

—¿Habéis podido averiguar algo? —les pregunté antes incluso de saludarlos.

Carolina asintió despacio.

—Lo están operando todavía —respondió—. Han dejado entrar a Gabriel un momento para hablar con el equipo.

—Tiene una hemorragia interna importante —añadió él sin alterarse, como siempre—. El cuchillo le ha perforado el bazo.

Sentí cómo se me aflojaban las piernas.

—¿El bazo? —repetí, torpe—. ¿Eso es…?

—No es un órgano vital —me interrumpió mi hermana enseguida, anticipándose a mis dudas—. Cuando se rompe, se extirpa. Es aparatoso, sangra mucho, pero es una cirugía relativamente sencilla.

Tragué saliva, y Nora se adelantó a mi siguiente pregunta cuando se acercó a nosotros.

—¿Se va a curar?

—Es su hija —les aclaré y rodeé a Nora con un brazo.

—Todo apunta a que sí —le respondió Gabriel—. Ahora mismo lo más importante es que la hemorragia esté controlada.

—Vale —contestó ella emocionada—. Muchas gracias.

Carolina me miró fijamente, y yo apreté los labios.

—¿Podemos hablar un segundo?

Asentí en dirección a mi hermana y le pedí a Nora que fuese con sus abuelos a contarles la última información.

Mi cuñado le dio un beso discreto a su mujer en la mejilla, le acarició la barriga y me dedicó una leve sonrisa antes de marcharse.

Caminamos hasta el recodo de un pasillo, y Carolina me abrazó en cuanto estuvimos a solas.

—¿Cómo estás?

—No estoy herida.

No, al menos, de forma visible.

—¿Estabas en el aviso con él?

—No en la misma patrulla, pero estaba allí, sí.

Carolina no añadió nada más. Se limitó a rodearme con los brazos de nuevo durante un momento.

—Ahora entiendo a mamá cuando dice que, entre Bruno y tú, la vais a matar de angustia.

Sonreí sin demasiadas ganas. Ocho hijos, y dos de ellos con profesiones de riesgo: bombero y policía.

—Estoy bien.

—No —murmuró—. No lo estás. ¿Qué ocurre?

Rehuí su mirada, pero ella no se rindió e insistió hasta que me abrí en canal.

Carolina nunca se rendía. Jamás. Y yo siempre la había tomado de ejemplo.

—Me… —comencé con un hilo de voz—, me salté el protocolo. Y él… se puso delante… Me protegió sin pensar en las consecuencias. Yo estaba armada y podría haberme defendido. No tendría que haberlo hecho, pero…

—Sí —me interrumpió—. Sí que tenía que hacerlo.

La miré fijamente.

—¿Qué?

—Si tú podías defenderte, él lo hizo porque le importas lo suficiente como para arriesgar su vida.

«Te miraré siempre, novata. Aunque me cueste la vida».

—Yo…

—¿Habrías hecho lo mismo por él?

Me observó tranquila y supe que ella no me juzgaría, dijese lo que dijese.

—Sí.

—Pues ahí lo tienes.

—No es lo mismo.

—Sí que lo es. Mira, Fabi —continuó y me apretó la mano—.

No sé casi nada sobre él. Solo lo poco que nos contaste aquella noche a todas y lo poco que estoy viendo ahora.

Pero a ti sí que te conozco. Y sé cómo eres cuando alguien te importa de verdad.

Sé cómo te culpas siempre cuando damos la cara por ti o te defendemos.

Siempre has querido ir un paso por detrás, como si así doliera menos.

Sin embargo, hay cosas de las que no podemos escondernos eternamente.

Y eso es algo que me quedó bastante claro cuando conocí a cierto doctor irritante y perfecto.

Compartimos una sonrisa que duró lo justo para no romperme.

—Me da miedo —admití—. Cuando pienso que podría perderlo, me mata la culpa.

—Es que eso no es culpa, cariño —susurró con delicadeza—. Es que te importa de verdad.

Cerré los ojos, y ella me rodeó con los brazos una vez más. No me resistí, le devolví el abrazo y respiré hondo contra su hombro.

Cuando me separé y nos despedimos, me di cuenta de que tenía las manos menos frías y ya no temblaban tanto.

La operación salió bien. Le extirparon el bazo y controlaron la hemorragia. Lo pasaron a la Unidad de Cuidados Intensivos y lo dejaron sedado como medida preventiva.

Mi hermana me ofreció colarme para poder verlo, pero no me pareció justo dejar a sus padres y a su hija sin esa oportunidad, así que la rechacé.

El sábado solo salí del hospital para cubrir mi turno en la comisaría, aunque continué al tanto de su estado gracias a mi hermana. Ella y Gabriel se acercaban cuando podían, hablaban con sus compañeros, preguntaban y me tranquilizaban.

Y me convertí, sin pretenderlo, en el hilo que mantuvo unida a la familia Santos con información médica en primicia.

«Sigue estable».

«La sedación es normal las primeras veinticuatro horas».

«Si responde bien lo subirán mañana domingo a planta».

Felisa no paraba de darme las gracias, como si yo estuviera haciendo algo extraordinario, cuando en realidad no era así.

Nora pasó de reaccionar con emoticonos a mis mensajes el sábado a narrarme detalles el domingo sobre cómo era Rodrigo como padre, cómo se desvivía por ella y por sus abuelos y lo poco que le gustaba dejarse cuidar.

Como si yo necesitase más detalles para terminar de caer.

Fui a verlo a mediodía, en cuanto salí de la comisaría. Caminé por el pasillo con un nudo en el estómago, aliviada porque ya lo hubieran subido a planta y a la vez temerosa de lo que pudiera pasar después.

Me detuve frente a la puerta cerrada de la habitación doscientos seis e inspiré hondo.

Toqué suave con los nudillos y asomé la cabeza.

Lo vi tumbado en la cama y entré con sigilo. Estaba dormido o casi. La tele emitía sin sonido y sonreí nerviosa cuando Nora, Felisa y Manuel me vieron.

—Hola —susurré.

Felisa fue la primera en levantarse. Se acercó y me dio un beso en la mejilla que correspondí.

—Manuel te ha traído un bocadillo de la cafetería. Ha insistido en que fuera sin gluten.

Se me ablandó el corazón cuando el hombre me sonrió.

—Gracias, no era necesario.

—¿Has comido? —preguntó ella.

—No, pero…

—Pues era necesario —sentenció.

Nora se encogió de hombros, y yo les sonreí agradecida.

Dejé el casco sobre el alféizar de la ventana y me acerqué a la cama despacio, tratando de no alterarlo.

Tenía la mirada perdida en algún punto de la pared y los labios entreabiertos. Respiraba con calma, aunque el ceño lo seguía teniendo fruncido incluso en ese estado de seminconsciencia.

—Hola —le dije muy bajito. No reaccionó y me acerqué un poco más—. Rodrigo.

Nada.

Miré hacia el sofá con expresión confundida. Nora y Felisa asintieron para que volviera a intentarlo.

Me incliné y apoyé la mano en la suya, con cuidado de no tocarle la vía.

—Rodrigo, soy yo. —Inspiré hondo—. Fabiola.

Él giró la cabeza despacio, muy despacio, y me dio la impresión de que ese simple movimiento le costó un mundo.

—Novata… —Me miró sin verme del todo, con los ojos entrecerrados.

—Sí. —Tragué saliva con dificultad—. ¿Cómo estás?

—Jodido. —Me agarró de la mano cuando intenté apartarla—. No te vayas.

Me tensé cuando trató de incorporarse. La respiración se le aceleró en un instante y el monitor pitó con un sonido más rápido.

Le puse una mano en el brazo y lo detuve.

—Tranquilo. —Lo empujé con suavidad hacia el colchón—. Estoy aquí, contigo.

Se me quedó mirando, parpadeó varias veces en un intento de enfocar y frunció un poco más el ceño.

—Estás seria. —Cerró los ojos un momento—. Como aquella tarde… en tu casa —murmuró arrastrando las palabras—. Cuando me miras así… sé que… la he cagado.

Me envaré al temer lo que pudiera decir.

—Rodrigo, es mejor que…

—Le tiré de la trenza a una enfermera —me interrumpió y soltó una risa bobalicona. Estiró la mano hacia mi cara, pero esta cayó antes de llegar a tocarme—. Creí que eras tú, encima de mí. Pero no eras tú, ella no tenía tu cu…

—Shh. —Llevé dos dedos a sus labios para pedirle silencio—. Calla o dirás cosas de las que te arrepentirás.

—Vale. —Sonrió como un niño inocente, cerró los ojos y suspiró—. Ahora sí que estoy en el cielo.

Sentí un pinchazo en el pecho y me alegré de haber llegado antes que Salcedo.

—Será mejor que duermas un poco.

Cerró los ojos, y yo lo imité, con el corazón acelerado. Esperé a que la respiración de Rodrigo se ralentizara y, cuando deduje que se había dormido, me solté y le acomodé la sábana con cuidado.

Al darme la vuelta, agradecí que Manuel observara la televisión sin prestarnos atención, aunque fue el único. Felisa me miraba emocionada, y Nora sonreía mientras fingía estar tecleando en el teléfono.

—Creo que me iré a casa y volveré más tarde.

La mujer asintió.

—A ti también te vendrá bien descansar, hija.

«Hija».

No fui consciente en ese momento de lo mucho que significó que Felisa me llamara así. Ni de que la decisión de marcharme, que creí breve y casi rutinaria, iba a convertirse en algo más.

Me fui convencida de que volvería en unas horas, de que solo necesitaba tomar aire y ordenar la mente después de ver con mis propios ojos que Rodrigo estaba fuera de peligro.

El único detalle que desconocía entonces era que no sería tan fácil volver. No solo porque una mezcla de circunstancias me impondría distancia, sino porque —como me dijo mi hermana— hay cosas de las que no podemos escondernos eternamente.

Y fue entonces cuando la culpa, seguida de otros muchos sentimientos, salieron a mi encuentro.