22 – Fundido a negro
RODRIGO
La cristalera devolvía reflejos sucios: estanterías, luces, una sombra que se movía demasiado rápido. Dentro, junto con el dependiente, había alguien muy alterado.
Tenía el olor a gasolina metido en la garganta y me escocían los ojos por contener las ganas de carraspear. La mano descansaba sobre el arma enfundada, relajada por fuera, pero preparada por dentro.
Había pasado por decenas de escenas parecidas. Gasolineras, bares, casas pequeñas con puertas estrechas. Sitios donde todo podía torcerse en un segundo.
Era mi trabajo, mi modo de vida, aunque en aquella ocasión tuve un mal presentimiento, algo que no sabría explicar, pero que se acentuó cuando noté un cosquilleo en la nuca.
No me hizo falta girarme, tampoco que nadie avisara por la emisora. Simplemente lo supe, igual que sabes cuándo alguien se coloca a tu espalda sin hacer ruido.
Fabiola acababa de llegar.
Me obligué a no pensar en nada que no fuera el interior de aquel lugar. En no recordar la piel caliente, su entrega absoluta, el silencio posterior, la forma en la que me echó de su lado y cómo me había ignorado desde entonces.
—Esto se está calentando. Cuando lo veas claro, entramos —murmuró Blanco a mi espalda.
Sacudí la cabeza. No era el momento de pensar en ella.
—Unidad cuatro en posición —escuché a Cuenca por la malla.
—Recibido. Mantengan cobertura.
El dependiente bajó las manos tras el mostrador, y no me dio tiempo a decidir si eso era una buena o mala señal cuando una de las estanterías cayó y el estruendo arrancó un grito del trabajador.
Di medio paso adelante y entonces vi su reflejo por el cristal.
Giré la cabeza un segundo, lo justo para confirmar que era ella, y me cabreé cuando vi que había avanzado hasta colocarse en el maldito punto de mira de la salida.
Y ese segundo me costó el mundo.
La puerta se abrió de golpe y todo ocurrió a la vez.
El tipo salió con la cara desencajada y los ojos desorbitados. Tenía un brazo levantado en un gesto absurdo y creí ver un destello metálico cuando echó a correr.
Hacia ella.
Hacia la jodida posición en la que estaba Remo.
Sentí la tensión en la nuca, en los hombros, en ese punto exacto donde el cuerpo reacciona antes de que la cabeza tenga tiempo de ordenar nada.
Y no pensé.
No tuve tiempo para hacerlo. Solo supe que ella estaba allí y yo no iba a permitir que aquel gilipollas diera ni un paso más en su dirección.
Así que reaccioné.
—¡Alto! ¡Al suelo! —oí gritar a Blanco.
Avancé un paso largo, instintivo, y me metí en su trayectoria antes incluso de ser consciente de lo que estaba haciendo, con el cuerpo entero como escudo.
Sentí el impacto en el costado izquierdo, un golpe sordo y contundente que me robó el aire un instante.
El tipo lo aprovechó para escabullirse, aunque Cuenca se lanzó por el otro lado, rápido y limpio. Fabiola también reaccionó al instante, cubriendo el flanco con una precisión que me atravesó el pecho de orgullo.
Me levanté con dificultad y la respiración desacompasada. Debía de haberme jodido alguna costilla en la caída, pues el dolor en el costado era ensordecedor.
Vi al tipo morder suelo, escuché el golpe seco de su cuerpo contra el asfalto, el sonido de los grilletes y las órdenes claras de mis compañeros.
Todo seguía su curso, como siempre, aunque yo me estaba quedando atrás.
Cada vez me costaba más respirar.
Trastabillé y me apoyé contra el cristal. El dolor empezó a extenderse desde el costado como una marea espesa y caliente. Demasiado caliente.
Me ardía por dentro y sentía el pulso acelerado.
Joder, tenía que calmarme, tenía que…
Me miré la mano con la que había palpado el lugar y fruncí el ceño al ver cómo se había teñido de rojo.
¿Me había apuñalado?
—Maldito cabrón —mascullé.
Parpadeé cuando la visión empezó a cerrárseme por los bordes. La busqué con la mirada hasta dar con ella. No vi sangre. Seguía en pie. Intacta y preciosa.
Fabiola estaba bien, y me aferré a esa idea mientras el mundo empezaba a ralentizarse. Me dejé caer, despacio, sin dejar de mirarla.
La vi girarse, localizarme y echar a correr hacia mí.
Y, en cuanto supe que venía, cerré los ojos y dejé de luchar contra la consciencia.
Creo que incluso sonreí como un capullo.
La escuché decir mi nombre o quizá gritarlo. Su voz sonaba amortiguada y parecía que me hablase a través del agua.
—Santos, ¡abre los ojos! ¡Rodrigo!
Quería decirle que estaba bien, que no pasaba nada y que no tenía que asustarse, pero la boca no me respondió como debería. Ni siquiera fui capaz de gruñir en condiciones.
Parpadeé y la vi borrosa, inclinada sobre mí.
Noté tirones en el uniforme, unos dedos firmes palpándome y luego una presión horrible y punzante en el costado.
El dolor me partió en dos y me arrancó un jadeo seco que me devolvió al presente de golpe.
—Joder… —se me escapó entre dientes.
—¿Qué he hecho? —estaba diciendo con la voz rota—. ¿Por qué has tenido que mirarme?, ¿por qué…?
Negué despacio, aunque no supe muy bien si ella lo vio.
—Estoy bien —mascullé.
Me miró con los ojos muy abiertos y brillantes.
—Rodrigo…
La cabeza me daba vueltas, el mundo se inclinaba hacia un lado. Aun así, conseguí enfocar un poco más su cara, solo la suya.
—Te miraré siempre, novata —dije sin pensar, sin filtro, sin fuerzas ya para mentir—. Aunque me cueste la vida.
Su expresión rota fue lo último que vi. Sonrió y lloró a la vez o quizá eso lo imaginé yo. Ya no estaba seguro de nada.
El sonido de la sirena en la lejanía se estiró, se volvió irreal… hasta desaparecer por completo. Lo último que sentí fue el calor del suelo en las manos cuando estas cedieron.
Después, todo se apagó.