21 – El aviso
FABIOLA
El uniforme me pesó más de lo habitual cuando crucé la puerta las siguientes jornadas.
Era una mezcla de cansancio físico, agotamiento emocional y una presión sorda y constante en el pecho que no terminaba de aflojarse.
En dos días habían pasado muchas cosas. Algunas importantes, otras irreversibles.
Y también tuve tiempo de sobra para repasar, una y otra vez, las mismas escenas; cada palabra, cada caricia, el clic de la cerradura al cerrarse cuando Rodrigo se marchó cabreado de mi habitación el día de mi cumpleaños.
Y todo lo que acarreó.
No me arrepentía de lo ocurrido entre nosotros. Había sido intenso y satisfactorio, y lo había hecho porque lo deseaba. Durante unos minutos —solo unos cuantos— me sentí elegida, adorada y en el sitio correcto.
Pero no se me iba de la cabeza un detalle. Ese que apareció cuando el deseo se disipó y todo quedó demasiado expuesto.
Fui yo la que se adelantó y puso distancia. La que se levantó antes de seguir cagándola y la que necesitó ordenar el silencio porque no sabía qué hacer con él.
También fui yo la que suplicó, la que provocó, la que le exigió que reaccionara cuando lo noté contenido y ausente por momentos. Y la sensación de que, quizá, había cruzado una línea que él nunca quiso traspasar no se me iba.
¿Por qué había accedido?, ¿por pena?, ¿por no hacerme sentir peor después de lo del día anterior?
Sí, me deseaba. Sería absurdo negarlo cuando su cuerpo respondió al mío.
Sin embargo, eso no significaba que hubiera querido estar allí de verdad.
Al menos, no de la misma manera que yo. Al fin y al cabo, era un hombre frente a una mujer desnuda que le pedía que no se fuera. Que le rogaba que se la follara.
Dios. Me sentía tan patética…
Por eso no le había contado nada a Tomy. Y, por eso, cuando vi a Rodrigo el miércoles en comisaría, me aferré a la profesionalidad como un salvavidas.
Por suerte, no tuve que cruzármelo mucho ese día. Aun así, su presencia no me permitía bajar la guardia. Sabía dónde estaba sentado en el pase de lista sin necesidad de buscarlo con la mirada, notaba cuándo regresaba de algún aviso, cuándo se marchaba…
Por desgracia, tampoco lo tuve como apoyo cuando fui a comparecer a Asuntos Internos por lo de López.
La declaración fue larga, fría y meticulosa. Relatar hechos, repetir palabras, explicar gestos. Traté de contarlo todo sin emoción, como si no hubiera sido una experiencia personal y aquel día en el vestuario no me hubiera removido por dentro más de lo que me hubiera gustado admitir.
Cuando regresé, me encontré a Rodrigo en el pasillo.
—¿Estás bien? —me preguntó en voz baja. Asentí—. ¿Lo has visto?
—Sí.
Dio un paso hacia mí.
—Si necesitas…
—Estoy bien, Santos —lo interrumpí antes de que dijese nada que no estaba preparada para escuchar.
Se quedó callado, apretó la mandíbula y asintió.
—Vale.
Y ese fue su primer y único intento fallido de acercamiento. Breve, incómodo y profesional hasta doler.
Esa misma tarde hablé con mis padres y les conté lo sucedido con López. Me ahorré detalles innecesarios, tan solo les expliqué que uno de los compañeros de brigada se había intentado sobrepasar físicamente conmigo, pero me defendí y no fue a mayores.
No vi necesario preocuparlos de más, sobre todo teniendo en cuenta cómo le afectó a mi madre lo poco que les había contado.
El jueves me comunicaron la resolución: diez meses de suspensión de empleo y sueldo para López.
Sentí alivio, sí, pero también un cansancio emocional que me dejó sin fuerzas para celebrarlo. Tampoco ayudó que, de nuevo, me pasara el día entero en comisaría, atrapada entre esas paredes que se me venían encima por minutos.
Así que el viernes, antes de empezar el turno, me colé en el despacho de Salcedo.
—Buenos días, Fabiola. ¿En qué puedo ayu…?
—Señor —lo interrumpí—. Póngame a patrullar. No puedo quedarme más tiempo aquí dentro.
José suspiró, apoyó los codos en la mesa y se frotó la frente.
—¿Estás segura?
—Sí, señor.
—De acuerdo. ¿Algo más?
Lo cierto era que sí, había algo más. Y me costó verbalizarlo más de lo que esperaba.
Inspiré hondo.
—¿Podría ponerme con Cuenca?
Me observó unos largos segundos.
—¿Ha pasado algo con Santos? —preguntó receloso.
—No, señor —mentí y me obligué a mirarlo fijamente y sin pestañear. Si lo hacía, existía la posibilidad de que no me creyese —. Solo pienso que me vendrá bien una compañía más veterana ahora mismo.
Asintió despacio.
—Está bien. Pero si ves que no estás cómoda, avísame.
—Gracias, señor.
Salí del despacho con alivio y tristeza. Aquello no solucionaba nada, solo lo posponía. Sin embargo, estaba demasiado sobrepasada para enfrentarme a otra cosa.
Y esa otra cosa tenía nombre de guerrero medieval, ojos oscuros y espalda ancha. Y una manera de mirarme que no sabía gestionar.
No establecí contacto visual con Rodrigo en todo el pase de lista. Y tampoco cuando nos montamos en los coches; él, con Blanco, y yo, con Cuenca.
—¿Todo bien, Remo? —me preguntó este último mientras se colocaba el cinturón.
—Todo bien —respondí.
Era mentira, claro. Una que había dicho tantas veces a lo largo de mi vida que ya me salía natural.
El turno fue tranquilo y lo agradecí. Me obligué a concentrarme en el tráfico, en las matrículas, en los casos rutinarios.
En cualquier cosa que no fuera él. Pero se empeñaba en aparecer en los sitios más absurdos: en un gesto ajeno, en una voz grave que se colaba por la emisora, en una risa que no era la suya…
Aun así, seguí. Contando segundos, respirando hondo y haciendo mi trabajo.
Hasta que la emisora crepitó sin previo aviso y rompió la calma engañosa de la mañana.
—Aviso a todas las unidades. Atraco en curso en la gasolinera de la salida norte. Repito: atraco en curso.
Reaccioné al instante.
—Unidad cuatro en camino.
Sentí un tirón en el estómago cuando Cuenca realizó un giro brusco de volante para cambiar de dirección.
—¿Un atraco a plena luz del día? —pregunté mientras activaba la sirena.
—Eso parece —respondió mi compañero sin apartar la vista de la carretera—. O está muy desesperado o muy pasado.
Asentí, aunque él no pudiera verme. El paisaje empezó a desdibujarse a nuestro alrededor mientras la sirena abría camino entre los coches que se apartaban a nuestro paso. Junto con ellos, aparté también mis sentimientos y dudas y tan solo dejé activa mi parte profesional.
Repasé el protocolo en la mente casi sin darme cuenta. Distancias. Cobertura. Comunicación visual. Nada de improvisar. Aun así, el pellizco en el estómago no me dejaba concentrarme del todo.
—Central, ¿tenemos confirmación de arma? —pregunté.
—Negativo por el momento —respondió la emisora—. Un testigo habla de un individuo muy nervioso, pero no ha podido concretar más.
Muy nervioso… Eso nunca era buena señal.
Al girar en la última rotonda, vi los destellos azules reflejados en los cristales de la gasolinera incluso antes de distinguir los coches. Había una patrulla en el lugar y un pequeño grupo de curiosos apartados a una distancia prudente.
Cuenca frenó en seco, y ambos salimos del coche casi al mismo tiempo.
El olor a gasolina fue lo que primero me golpeó. Después, el murmullo tenso de voces bajas.
Y entonces lo vi.
Rodrigo estaba allí. Cerca de la entrada, ligeramente ladeado, con el cuerpo orientado hacia el interior de la tienda y la atención fija en cada movimiento tras el cristal.
Blanco hablaba con él, pero Rodrigo apenas giraba la cabeza al contestar. Estaba concentrado, tenso. Era el agente Santos en estado puro.
—Unidad cuatro en posición —informó Cuenca por la emisora.
—Recibido. Mantengan cobertura —respondió la central.
Cuenca me hizo un gesto para indicarme que se dirigía hacia el lateral y asentí.
Distancias. Cobertura. Comunicación visual. Nada de improvisar…
Desde dentro de la gasolinera nos llegó un golpe seco y un grito ahogado. El murmullo exterior se apagó de golpe, como si todo el mundo hubiera contenido el aliento al mismo tiempo, y no pensé.
Avancé unos metros y sentí un vuelco seco en el pecho.
No debía haberlo hecho. No tendría que haberme saltado el protocolo. Lo supe en el mismo instante en que lo hice.
Rodrigo desvió la atención. No hizo ningún gesto, no dijo nada. Pero sus ojos se cruzaron con los míos un instante, solo uno; una fracción de segundo en la que su atención se partió en dos y a mí se me grabó su cara desencajada al verme.
Un instante que fue suficiente.
La puerta se abrió de golpe, el asaltante salió a trompicones, con el rostro desencajado y el brazo levantado de forma errática, y todo se fue a la mierda.
Rodrigo reaccionó tarde.
Y yo supe que acababa de estropearlo todo.