20 – Nirvana #3
Llevé la mano hasta su cuello y le agarré el pelo en un puño. Con la otra, le recorrí la columna en sentido descendente, hasta llegar a ese glorioso coño empapado que martiricé durante unos segundos, hasta que perdí la poca razón que me quedaba cuando giró el cuello y me miró por encima del hombro.
No esperé más y la embestí hasta el fondo.
—¡Rodrigo! —jadeó.
Me quedé un segundo ahí dentro, con su carne envolviéndome en un abrazo ardiente y los ojos entornados.
Ella movió las caderas, reclamándome.
—¿Quieres más? —le pregunté con los dientes apretados.
«Respira. No te corras. Ni se te ocurra correrte, joder», me sermoneé.
—Sí.
—¿Duro?
—Como quieras, pero no pares —jadeó.
Echó el culo hacia atrás para reforzar sus palabras.
Qué puto regalo…
—No. —Solté una risa seca—. Ya no pienso parar.
Jamás había dicho una verdad más grande.
Me moví con rudeza, sin darle tregua. Me hundí en ella una y otra vez, agarrándome a sus caderas, a su pelo, a su cuerpo entero y, guiado por sus gemidos, me subí a la cima de aquella montaña con la misma furia con la que la montaba a ella.
Su respiración rota me guio, y sus manos buscando la sábana, como si necesitara algo a lo que agarrarse para no caer rendida, me confirmó que iba por buen camino.
Quise quedarme ahí a vivir, dentro de ella, pegado a ella, haciéndole perder la cabeza y perdiéndola yo también.
—Rodrigo —gimió jadeando.
No frené el ritmo. No le di ni un gramo de piedad. El golpeteo de nuestros cuerpos al chocar el uno contra el otro llenó toda la habitación.
Su voz gritó mi nombre, mi garganta gruñó el suyo.
Nos convertimos en piel y humedad. Sudor y gemidos. Dos cuerpos que por fin dejaban de reprimirse y aceptaban lo inevitable.
Hasta que todo se volvió demasiado y nos quedamos sin aire.
Le rodeé la cadera con un brazo y llevé la mano hasta su clítoris, que froté en círculos. No podía más, estaba a punto de correrme y necesitaba que ella me siguiera. Necesitaba…
—Córrete —ordené, a punto de reventar.
—Sí. —La penetré una, dos veces—. Rodrigo. Dios mío…
A la tercera Fabiola se contrajo a mi alrededor al alcanzar su segundo orgasmo, y yo me vacié en ella y gemí como una bestia malherida que encuentra cobijo en una cueva acogedora.
Había alcanzado el puto nirvana enterrado en su cuerpo, y ella ni siquiera era consciente de cómo me afectaba aquello.
—Joder —me salió en un murmullo y, tras salir de ella, me desplomé a su lado. Al girar la cabeza, mis ojos se toparon con la huella de mis dedos marcados en su trasero. Acaricié ese trozo de piel maltratado—. No debería haberme dejado llevar así.
No sé cuánto tiempo pasó después. Podrían haber sido segundos o una vida entera, pero sentí que se movía a mi lado y la busqué con la mirada.
La ironía me golpeó de lleno al ver cómo se escabullía, y yo seguía allí, clavado en la cama como un imbécil. Siempre había sido el que se levantaba en cuanto todo terminaba; el que iba al baño o buscaba agua como excusa.
El que se vestía primero para no dejar espacio para nada más.
—¿A dónde vas? —le pregunté agotado.
Ella no contestó y continuó moviéndose alrededor de la cama.
Con un bufido, me incorporé lo justo para agarrarla de la cintura. No me lo permitió, se revolvió como si aún estuviéramos en la clase de defensa personal y, en un par de movimientos, me hizo caer de espaldas en el colchón hasta ponerse encima de mí, en una postura tan inesperada como interesante.
Sus tetas quedaron tan cerca de mi cara que me relamí.
—Para —masculló seria.
Fruncí el ceño, desconcertado.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Fabiola… —insistí—. ¿Por qué te levantas?
—Porque ya hemos terminado —respondió sin emoción—. Y no voy a quedarme aquí haciendo el ridículo.
Me quedé mirándola, tratando de entenderla.
—¿De qué hablas?
—De nada.
—Ya, claro.
—Solo estoy buscando mis bragas. —Apretó los labios un segundo y tiró del brazo que le había agarrado—. Mi madre debe de estar a punto de llegar del trabajo.
Comenzó a deambular por la habitación, pero había algo en su forma de moverse, en cómo evitó mis ojos, que no se parecía a un «vete» sin más.
—Novata…
Se giró hacia mí, apretó la mandíbula e inspiró hondo.
—Rodrigo, haz el favor de vestirte.
Aquella frialdad me sentó como una patada en los huevos.
—¿Me estás echando? —Me reí sin ganas al ver que no me contestaba—. Genial. De puta madre.
Me levanté, me quité el condón que arrojé a la papelera bajo el escritorio, agarré mis cosas y me vestí sin perder un segundo.
¿Qué mierda había pasado para que cambiase de actitud de una forma tan radical?
Cuando salí de la casa supe que algo se me escapaba de las manos. No entendía en qué punto se había torcido tanto aquello, pero estaba claro que así era. Fabiola había pasado de pedirme que no frenara a querer vestirse como si acabara de cometer un error.
Y el único error posible allí era yo: mi forma de perder el control, el animal que llevaba dentro y que había dejado libre.
Deduje que habría sido demasiado para ella. Desagradable, incluso. Porque dos orgasmos no significan una mierda si después te quieren fuera de casa.
Apreté los dientes mientras caminaba hasta el coche y maldije cuando entendí que lo peor no sería intentar sacármela de la cabeza. Lo peor era que ya estaba demasiado metida en mi corazón.