¡Alto! O te enamoro… (Costa Serena 7) 20 – Nirvana #2
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20 – Nirvana #2

Me incliné hacia el lateral de su cara, le mordí el lóbulo de la oreja y le hablé tan bajo y grave que casi no me reconocí.

—Dime que me lo das todo.

No tardó ni un segundo en contestar.

—Te lo doy —murmuró—. Todo.

Me recorrió un escalofrío de arriba abajo, como una maldita descarga que despertó hasta la última célula dormida de mi cuerpo para que se pusiera a trabajar.

—Si quieres que pare, dímelo.

—Lo mismo digo.

Se me escapó una risa ronca. Ni de puta broma sería yo el que detendría aquello.

La agarré de la cintura y cambié nuestras posiciones sobre la cama. Ella soltó una exhalación sorprendida, aunque no protestó. Se quedó allí, tumbada, expectante, mientras a mí se me dibujaba una sonrisa hambrienta en la boca que no me molesté en contener.

—Voy a comerte entera.

Lo último que vi de su cara fue cómo se mordió el labio, pues la acerqué hasta el borde, me puse de rodillas y me concentré en ese trozo de tela gris que dejaba en evidencia cómo de mojada estaba.

Le besé el muslo por dentro y noté cómo se le tensaban las piernas. Subí sin prisas, repartiendo besos, dejando que mi boca la acariciara a la vez que la recorría con las manos.

Fabiola coló los dedos en mi pelo y tiró un poco hacia arriba.

Levanté la cabeza y lo que vi me dejó sin aliento. Se había incorporado sobre un codo y me observaba con el pelo desordenado, los labios hinchados y el pecho subiendo y bajando rápido.

—Rodrigo…

—Estoy aquí.

No dejé de observarla ni un segundo; ni cuando la dejé desnuda de cintura para abajo ni cuando moví los dedos entre sus pliegues, impregnándolos de su humedad y disfrutando del sonido.

Fabiola jadeó al ver cómo me los llevé a la boca y los lamí. Y yo, al registrar su sabor, me volví loco.

Hundí la cabeza en su sexo, y ella se arqueó para mí.

Y la besé. La devoré, la lamí y hundí los dedos en su carne caliente. La escuché perder el aliento, la sentí moverse buscando más y no me detuve hasta que se dejó ir entre temblores y gemidos.

Me quedé un poco más entre sus muslos, siguiendo su ritmo hasta estar seguro de que estaba bien. Después, levanté la cabeza y me relamí. Ella tardó un poco más en encontrar el ritmo normal de su respiración.

Cuando abrió los ojos, me sostuvo la mirada, sonrió y suspiró. Y fue entonces, cuando le vi esa expresión satisfecha y confiada, que supe que aquello era más de lo que podía soportar.

El cuerpo me reaccionó por pura necesidad.

Me incorporé y, sin demasiadas ceremonias, me deshice de mi ropa. No hubo exhibición ni intención, solo la necesidad de no dejar nada entre nosotros. De sentirla completamente contra mí.

Fabiola siguió cada uno de mis movimientos sin perderse detalle, y a mí se me formó una sonrisa al ver cómo luchaba por no mirarme de cintura para abajo.

—No muerde.

Negó abochornada.

—Eres idiota.

Me llevé una de las manos a la polla, provocándola al masturbarme delante de ella para que bajase los ojos de una vez y comprobase cómo me tenía desde que me había abierto la puerta un rato antes con ese trozo de tela minúsculo.

Disfruté demasiado al ver cómo intentaba mantener la compostura, aunque la diversión duró poco, pues no tardó en descender la mirada.

Lo hizo despacio y, con un gesto que terminó de volarme la cabeza, se humedeció los labios.

—Joder —mascullé y apreté más el puño.

Habría matado allí mismo a cualquiera por sentir su boca a mi alrededor, por agarrarle la cabeza y hundirme en ella hasta perder la razón.

Y fue ese mismo pensamiento burdo el que me hizo actuar.

Me coloqué un condón, me tumbé sobre ella y la besé. Pero el beso no fue suficiente para ella, pues me tiró del pelo y me mordió el labio, exigiendo más.

Le sujeté las muñecas con una mano y las pasé por encima de su cabeza.

—¿Buscas esto?

Una sonrisa le cruzó la boca, pequeña y provocadora.

—Sí. Justo esto.

Solté un gruñido, me incliné y la devoré. Con fuerza, sin ternura o palabras bonitas. Solo con un hambre feroz y unas ganas inmensas de entrar en ella de todas las formas posibles.

Fabiola respondió igual.

Me mordió el labio, movió las caderas y, cuando intenté bajar el ritmo para no hacer el ridículo antes incluso de empezar, enganchó las piernas en mi culo y me apretó contra ella.

—No pares ahora —exigió con los ojos brillantes—. Fóllame, Rodrigo.

Nunca habría imaginado que alguien se podría quedar helado y calentarse hasta arder en el mismo momento.

Hasta entonces.

No había ni un gramo de fragilidad en ella. Solo fuerza, hambre. Decisión. Y una provocación salvaje que me hizo apretar la mandíbula.

—Eres peligrosa.

—¿Y lo tuyo es solo fachada? —me retó.

Me incorporé y, sin darle tiempo a procesarlo, la puse boca abajo con un movimiento que le arrancó un gemido sorprendido.

La acerqué a mí y la obligué a girar el cuello con una mano.

—No sabes lo que estás despertando, novata.

Le mordí el hombro solo para sentir cómo reaccionaba. Ella gimió y me apretó el muslo. La empujé para que se pusiera a cuatro patas sobre la cama y me concedí un par de segundos para observarla a placer.

La forma en la que se ofrecía me hizo la boca agua; la espalda arqueada, la curva pronunciada de la cintura, ese espectacular culo expuesto, solo para mí.