20 – Nirvana
RODRIGO
Entré tras ella y me detuve en seco en cuanto la vi cerrar la puerta y poner el seguro en un gesto demasiado rápido. No se giró enseguida, se quedó de espaldas a mí, con los hombros tensos y la mano sobre el pomo.
Inspiró una vez, dos. Tres.
—Fabio… —empecé, aunque se dio la vuelta antes de que terminara de decir su nombre y negó con una sonrisa.
No me moví y no porque no quisiera.
Fue ella la que acortó la distancia, pero no me besó. Tan solo me apoyó la frente en el pecho, y yo cerré los ojos un segundo. No contuve las ganas de rodearla con los brazos.
Joder. Estaba temblando.
—¿Estás bien?
—Sí —dijo en voz baja—. Solo intento procesarlo.
La apreté más contra mí, tal y como llevaba semanas imaginando.
—No tienes que hacer nada que no quieras.
Dejó escapar una pequeña risa y levantó la cabeza. La forma en la que me miró me apretó el pecho.
—Y tú no tienes que tratarme como si fuera a romperme —murmuró—. No te pega nada, la verdad.
—Ah, ¿no?
Negó con la cabeza.
—No. En absoluto —respondió.
—¿Es que has fantaseado conmigo, novata?
La rapidez con la que se le colorearon las mejillas me dio datos de sobra.
—Es posible.
Sonreí y la miré. La miré de verdad. Analizando su expresión, sus ojos… No había duda en ellos ni esa limitación suya que siempre aparecía cuando algo empezaba a removerla por dentro.
Estaba nerviosa, sí. Pero también se mostraba segura e incluso juguetona. Y eso me encendió más que cualquier provocación descarada.
Llevé una mano a su brazo y me detuve justo antes de tocarla.
—¿Puedo?
—Sí… —susurró y me dio la impresión de que le hacía gracia que le preguntase—. Has podido desde el día en el que me miraste como si te molestara que existiera.
Solté una risa por la nariz.
—No me molestabas. Me descolocaste.
—Mejor —dijo y el brillo travieso de sus ojos se volvió más intenso—. Porque hoy quiero hacerlo otra vez.
No supe si fueron las palabras o el tono. O el hecho de que las dijera sin apartar la mirada, dispuesta a sostenerme el pulso, pero a mí se me tensó el cuerpo entero, alerta y hambriento.
Me agarró de la camiseta, a la altura del pecho, y tiró de mí.
Su boca se hizo dueña de la mía en un beso que no fue torpe ni apresurado. Fue lento, profundo y provocador.
Se movió con seguridad sobre mis labios, marcando el ritmo e invitándome a que la siguiera. Me costó la vida mantener la calma. Le respondí, claro, pero sin apoderarme del espacio.
Quería que ella llevase la voz cantante, que no se sintiera presionada a hacer nada que no quisiera.
Sabía muy bien lo que me pasaba cuando el deseo me nublaba el juicio.
Lo sabía de sobra… Dejaba de pensar. Mi cuerpo tomaba el mando y yo iba detrás, hasta que solo quedaba un amasijo de piel, sudor y deseo.
Entonces, dejaba de ser delicado para tomar lo que quería, lo que necesitaba. No era paciente ni especialmente amable, aunque sí me aseguraba de que la otra persona llegara conmigo.
Y eso, justo eso, era en lo que no quería convertirme.
Porque ella no se merecía al animal que salía cuando yo dejaba de controlarme. No merecía que nadie la dominase ni la hiciera sentir pequeña, sino a alguien que la tratara con cuidado y respeto.
Sin embargo, notó que yo no estaba al cien por cien y me lo hizo saber.
—¿Por qué te contienes? —susurró contra mi boca.
—Solo estoy disfrutando.
Soltó un sonido de frustración, me agarró de las manos, tensas en sus costados, y volvió a besarme.
Cuando no fue suficiente, llevó la boca hasta mi mentón y continuó bajando. Me hizo cosquillas cuando me pasó la nariz por la nuez y eché la cabeza hacia atrás, dejándola hacer.
Joder. Qué puñetera maravilla de boca.
—Rodrigo —murmuró contra mi piel—. Si sigues sin tocarme voy a pensar que no estás interesado.
Como ser básico que era, caí en la trampa.
La agarré de la cintura con firmeza y sus dedos se cerraron en torno a mis bíceps cuando la alcé y la pegué a mi erección. No tardó ni una milésima de segundo en rodearme las caderas con los muslos, pasarme los brazos por el cuello y acoplarse a mí.
—¿Crees que no lo estoy? —Le devoré la boca y gruñí al sentir cómo se movía y me rozaba con descaro—. Novata, no juegues con eso.
Sonrió.
—¿Por qué no?
Sin dejar de besarla, me moví y la apoyé sobre el escritorio. Ella me observó con la respiración entrecortada cuando me separé unos centímetros y aprovechó esa pausa para llevar las manos a su hombro izquierdo y deshacer uno de los botones.
Mierda.
Si empezaba a desnudarse no iba a poder contenerme tan fácilmente.
Cerré los ojos un momento y traté de llenarme los pulmones al máximo. Cuando volví a abrirlos, se entretenía en desatar el segundo sin dejar de analizarme con una mueca divertida y segura que no le había visto jamás.
La tela le cayó hasta la cintura, dejando a la vista un pequeño sujetador de tela por el que se le adivinaban los pezones oscuros.
La garganta me vibró al dejar escapar un sonido bajo y no del todo humano. Maldije y eché el cuello hacia atrás sin saber qué hacer o pensar para aguantar.
—Te estás conteniendo otra vez.
Me colocó las manos sobre el pecho, bajó del escritorio y me hizo retroceder unos pasos, hasta que noté la cama en las pantorrillas. Me empujó suave para que me sentara y obedecí.
Le brillaban los ojos como dos putos luceros.
Se quedó de pie y llevó las manos a su cintura, donde la tela se mantenía atascada. Se bajó la prenda sin prisas, sin vergüenza, con la mismísima seguridad de una diosa que es consciente de que nadie se atrevería a juzgarla, sino a adorarla.
El animal rugió dentro de mí, reclamando su espacio, exigiendo tomar el control. Lo ignoré y me limité a recorrerle el cuerpo con la mirada, despacio, grabándola en la retina.
Era perfecta. Sencillamente perfecta.
—¿Te gusta lo que ves? —me preguntó.
Cualquiera que no la conociera no lo habría descubierto.
Tan solo habría visto a una mujer segura y desinhibida que se mostraba en ropa interior ante él.
Sin embargo, a aquellas alturas yo sabía leer sus expresiones y su tono a la perfección, y no me costó detectar el punto de vulnerabilidad en su voz.
La culpabilidad me atravesó como una flecha ardiendo y me levanté de golpe.
No se lo esperaba, me lo dijeron la forma en la que desvió la mirada y su ceño fruncido, y me esforcé por hacerle entender que aquello no tenía nada que ver con su cuerpo. Ni con ella.
Le agarré la cara con ambas manos y le sonreí.
—Mírame. —Lo hizo sin dudar—. Me encanta lo que veo, te lo aseguro. Solo estoy tratando de mantener la calma y…
—No —negó, rotunda, a un paso de mi boca—. No tienes que hacerlo, Rodrigo. No te contengas.
Cerré los ojos un segundo. No iba a aguantar mucho más y menos aún si me lo pedía de esa forma.
—¿Qué quieres? —murmuré rendido, y reuní toda la fuerza de voluntad para no besarla aún—. ¿Qué necesitas?
Sacó la lengua, la pasó por mis labios entreabiertos en un roce que me supo a poco y me empujó de nuevo hacia atrás.
—A ti. —Se acercó y se colocó a horcajadas sobre mí con una seguridad que me hizo la boca agua—. Es a ti a quien he invitado a mi habitación y es a ti a quien necesito aquí, conmigo. Si estoy ofreciéndote todo lo que soy, me merezco lo mismo de tu parte.
Gemí, rendido, y la atraje hacia mí.
—Me vas a matar. —Apoyé la cabeza en su pecho.
—No —susurró y me tiró del pelo de la nuca para que la mirase—. Te voy a curar. Y tú a mí.
Y ahí ya no pude hacer nada más por contenerme.
Le agarré la nuca y la besé como si me fuera la vida en ello. Ya no había filtros ni prudencia, solo esa necesidad cruda de hacerla mía, de demostrarle todo lo que era y dejar salir todas las ganas que llevaba tragándome desde que se había metido en mi cabeza hacía semanas, empeñada en no salir.
Fabiola gimió cuando la apreté contra mí y ese sonido me derritió el último resto de cordura.
La sujeté con firmeza y marqué el ritmo con mi cuerpo, dejándole claro que yo tenía el mando solo porque ella me lo estaba cediendo. Y no hubo temor en su forma de agarrarse a mí, ni siquiera reparos ante mi brusquedad, solo expectación y entrega.
Le deslicé la boca por el mentón, bajé por el cuello y me perdí en su escote. La respiración se le volvió irregular cuando le lamí el pezón sobre la tela y me clavó los dedos en los hombros al capturarlo entre los dientes con la presión justa.
—Más —exigió.
Llevé las manos a su espalda y le desabroché el sujetador. Ella se arqueó al sentir las caricias de mi nariz en su piel, me agarró de la cabeza al meterme uno de los pezones en la boca y no dejó de moverse contra mi erección mientras yo lamía y succionaba.
Subí la cabeza y la miré.
Tenía los labios entreabiertos, las mejillas encendidas y los ojos más oscuros que nunca. Y lo poco que quedaba en pie de mi parte racional cayó rendida ante aquella visión.
—Eres perfecta.
—Gracias —respondió sin dejar de mirarme.
Le mordí el labio inferior, suave y lento. Y, cuando coló las manos bajo mi camiseta y me pellizcó los pezones, jadeé y dejé escapar un gruñido grave que le arrancó una sonrisa satisfecha.
Se movió sobre mí con una lentitud calculada, consciente de cada reacción que provocaba, y la dejé hacer. Me perdí en el roce constante de su coño caliente sobre mi pantalón y apreté los dientes cuando la necesidad de hundirme en ella fue demasiado grande.
Le sujeté las caderas con fuerza, deteniendo ese vaivén solo para volver a imponerlo yo. Más firme, más decidido. Noté cómo se le escapaba el aire cuando le marqué el ritmo con el cuerpo y le dejé claro que ya no iba a soltar el mando.
Su piel estaba caliente y húmeda. Y yo me moría de hambre.
La besé sin ningún cuidado. Le mordí el cuello, el hombro, las tetas. Ella se arqueó buscando más, ofreciéndose sin reservas en un banquete irresistible, y esa entrega me postró a sus pies.
Le agarré la nuca con una mano, y su respiración, errática, desordenada y preciosa, me noqueó.
—Dímelo —exigí contra su boca.
—¿El qué? —La voz le salió rota y ansiosa.