¡Alto! O te enamoro… (Costa Serena 7) 19 – Regalo #2
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19 – Regalo #2

—En la comisaría. —Giró la cabeza y repasó el contorno de mi muslo de arriba abajo con los ojos—. No quise mirarte.

Tragué saliva. Ya no me parecía tan buena idea haber elegido un mono corto de algodón como única indumentaria.

—Lo noté.

—Te molestó.

Me encogí de hombros.

—Yo también estaba rara —confesé—. No sabía qué estaba pasando. Y… pensé cosas.

—¿Qué cosas?

Me abracé las piernas, y él se giró para quedar de frente a mí.

—Que habías solicitado el cambio de compañero. Que te habías arrepentido de lo del Matarratos y que… —Respiré hondo—. Que quizá yo había entendido mal todas las señales.

Sus ojos oscuros se clavaron en los míos.

No se movió ni dijo nada durante unos segundos. Pero el ambiente cambió, como si alguien hubiera bajado un grado la luz de la habitación y encendido la calefacción.

—No. A todo.

Se me secó la garganta.

—Entonces, ¿por qué…?

—Porque si te miraba se me iba a notar demasiado.

Su tono fue íntimo, cercano. Peligroso.

—¿Demasiado el qué?

Rodrigo se pasó la lengua por los labios, y yo tuve que cerrar los míos para coger aire.

—No suelo hacer las cosas bien. —Extendió la mano, sin invadir mi espacio, y yo estiré la mía. Me rozó el dorso con los dedos, y yo la giré y acaricié los suyos—. No sé cómo hacerlo bien contigo, Fabiola.

—¿De qué tienes miedo? —le pregunté, y él suspiró.

—No lo sé.

Jugueteé con sus nudillos y noté unas pequeñas rugosidades, las marcas de alguien que había actuado más de lo necesario.

—¿De esto? —probé—. ¿Te asusta tocarme?

—Hay pocas cosas que temo, Fabiola, y tocarte no es una de ellas. Pero creo que a ti sí que te asustaría saber todo lo que me apetece hacer contigo.

Me quedé quieta. Él me observó la boca, y yo lo imité. Y entonces entendí por qué había pasado todo el día con esa presión en el pecho. La misma que sentía en las semanas de descanso.

No era por lo de López, era porque necesitaba a Rodrigo cerca. Y porque ya estaba cansada de fingir que no sentía nada por él.

—Nunca he sido de… meterme en líos —admití.

Sus cejas se alzaron hasta el nacimiento del pelo.

—Pues has ido a dar con el menos indicado.

Eso me hizo sonreír de verdad.

Sin soltarle, me acerqué un poco a él. No se inmutó cuando mi rodilla tocó la suya. Tampoco cuando moví la mano libre.

—Rodrigo… —susurré.

—Dime.

Le acaricié el mentón con la punta de los dedos. Fue un gesto pequeño, casi inocente, pero sentí cómo se le tensaba la espalda.

—¿Puedo? —pregunté, aunque ya lo estaba haciendo.

—Puedes lo que quieras —dijo con la voz ronca.

Me acerqué un poco más. Él no se movió, solo esperó y se dejó llevar por el ritmo que yo marcaba, lo que me demostró que, con él, estaba a salvo.

Y eso me desarmó.

Acorté la distancia y lo besé. Lento. A conciencia. Saboreando cada segundo de esa tregua que se nos había concedido.

Imprimí en el contacto de nuestras bocas todas las ganas que había ido acumulando durante días y semanas, pero también otra cosa más profunda, más delicada: la certeza de estar tomando la decisión correcta.

Rodrigo respondió cuando elevé nuestras manos entrelazadas y las llevé a mi cuello. Entendió el gesto antes incluso de terminar de moverlas y me sujetó por la nuca con una suavidad que no esperaba.

No me sentí fuera de lugar o empujada a hacer algo por mí misma porque era lo que «tocaba». Por primera vez no tuve que esforzarme en estar cómoda. Y eso lo cambió todo.

Gemí cuando profundicé el beso. Él gruñó cuando pegué mi pecho al suyo y, al separarnos para coger aire, apoyó su frente en la mía y masculló:

—Vas a matarme.

Me reí de puros nervios. Porque estaba sintiendo demasiado y, aun así, no tuve la necesidad de protegerme de nada. Porque no estaba tensa ni intentando hacerlo bien ni midiendo cada gesto para cumplir expectativas ajenas o propias. Porque, sencillamente, me estaba encantando.

Él me besó de nuevo. Y otra vez más. Y otra. Besos cortos e intensos. Y cada contacto lo sentía como una pregunta silenciosa a la que yo seguía respondiendo que sí, sin prisas y sin presión.

Sí, a todo.

Porque sabía que besarlo no sería suficiente. Y porque, si lo dejábamos ahí, me pasaría la noche entera dando vueltas, reviviendo su olor, su sabor, la forma en la que su boca invadía la mía, el peso exacto de su mano sobre mi cadera.

Y es que aquello no era solo deseo, era una necesidad vital de no volver a esconderme jamás.

Tragué saliva, me separé lo justo para asegurarme de que seguía ahí, conmigo, y me armé de valor.

—Te necesito, Rodrigo.

Noté cómo le temblaron los dedos cuando fue a atraerme hacia él y cómo la confusión le inundó la cara al ponerle una mano en el pecho.

—¿Qué ocurre? —me preguntó con la respiración acelerada.

—Vamos a mi habitación.

No fue una orden, fue una entrega. Y supe que él lo había entendido por la forma en la que se le abrieron los ojos.

—¿Estás segura? —murmuró.

No dio nada por hecho ni buscó su propia satisfacción. En cambio, me ofreció una última salida que no necesitaba, porque esa vez no quería escapar de nada.

Un detalle más que lo diferenciaba todo. Otro punto más a su favor.

—Sí —respondí.

Me atrajo hacia su cuerpo y me besó la sonrisa.

—Me vuelves loco, novata.

Reí, aún temblando, y me levanté.

Rodrigo me agarró la mano cuando se la tendí. Y, al hacerlo, supe que no estaba dando un paso hacia él, sino hacia una parte de mí que solo había nacido a su lado.