¡Alto! O te enamoro… (Costa Serena 7) 19 – Regalo
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19 – Regalo

FABIOLA

Llegué cinco minutos tarde al pase de lista. Por suerte, no era la última.

La puerta de la sala se cerró a mi espalda con un golpe seco y sentí que todas las miradas se giraban hacia mí al mismo tiempo.

—Buenos días —saludé y avancé entre ellos sin agachar la cabeza.

Algunos dejaron de mostrar interés al momento. Otros siguieron observándome con una curiosidad mal disimulada un poco más.

Salcedo entró justo detrás, con su carpeta bajo el brazo y gesto serio.

No me dio tiempo a sentarme cuando ya estaba ocupando su sitio frente a la pizarra.

—Vamos tarde —anunció sin preámbulos. Levanté la vista y busqué a Santos. Me observaba de reojo. Estaba sentado en la esquina y tenía el cuerpo girado ligeramente hacia mi asiento y la mandíbula tensa. Cuando fruncí el ceño en su dirección, rompió el contacto visual—. Remo.

Giré la cabeza y me enderecé.

—¿Señor?

—Hoy no patrullas con nadie, te quedarás en comisaría haciendo papeleo. Considéralo un regalo de cumpleaños.

El silencio que se formó fue denso e incómodo. Noté cómo la atención del resto se movía entre Santos, el jefe y yo, esperando una reacción que no llegó por ninguna de las partes.

Alguien murmuró un «felicidades, Remo», y yo di las gracias en un susurro.

Sentí unos ojos clavados en la sien derecha y no me hizo falta girarme para saber que eran de Rodrigo. Lo noté en el aire, en la presión extraña que siempre aparecía cuando estaba cerca. Cuando por fin desvié la vista, me encontré con sus iris oscuros fijos en mí.

—Santos —nos sobresaltó Salcedo—. Vas con Cuenca en la dos.

—Sí, señor.

—López no va a venir en unos días —zanjó, y nadie preguntó.

Fruncí el ceño, confundida.

Había hablado con Salcedo con la suficiente antelación como para que, cuando López apareciera por la comisaría, el jefe ya tuviera claro qué hacer con él.

Incluso me había citado en su despacho hacía apenas unos minutos para explicarme que ya estaba todo en manos de Asuntos Internos, así que no comprendía por qué no me avisó de los demás cambios.

Tampoco entendía por qué nadie hacía preguntas sobre la ausencia de López.

Y, sobre todo, no terminaba de captar por qué Santos, que había evitado mirarme la mayor parte del tiempo, no parecía afectado o sorprendido por la rotura de nuestro binomio.

La reunión terminó unos minutos después, y Rodrigo se marchó sin despedirse.

El turno avanzó despacio. Demasiado. Rellené informes, hice algunas llamadas y puse al día el papeleo, pero estaba distraída. Me pillé a mí misma mirando el teléfono más veces de la cuenta, dando un respingo cada vez que la emisora sonaba o girando la cabeza cuando alguien pasaba cerca.

Ninguna de ellas fue Rodrigo.

¿Qué le pasaba? ¿Habría sido él quien pidió el cambio de compañera?

Me reprendí al pensar que fui demasiado lejos al decirle que el beso había estado bien. Tendría que haberme quedado callada y no…

—Remo —me sobresaltó Salcedo desde la puerta—. ¿Cómo vas?

—Genial —respondí y guardé el móvil en el bolsillo—. Todo controlado.

No era mentira. Profesionalmente hablando, claro. Había hecho mi trabajo y aún me quedaba una hora de turno. Aunque, en la parte emocional, estaba hecha un desastre.

—Ya he hablado con Asuntos Internos. —Bajó la voz y se acercó—. Al ser una falta grave, en uno o dos días os llamarán para comparecer.

—De acuerdo.

Salcedo suspiró.

—Siento todo esto, Fabiola.

Negué con la cabeza.

—No pasa nada.

—Le caerá una suspensión de empleo y sueldo de, mínimo, seis meses. —Asentí—. Después… ya veremos, ¿vale? Lo solucionaremos.

A las tres, cuando terminé de recoger mis cosas, el coche patrulla de Santos aún no había regresado.

Firmé y salí de la comisaría sin despedirme de nadie.

El sol me dio de lleno en la cara nada más cruzar la puerta y agradecí ese contraste de temperatura. Necesitaba despejar la mente, necesitaba aire. Aun así, conduje la moto por el camino más corto hasta casa. Sabía que estaban esperándome para comer conmigo al ser mi cumpleaños.

Nada más entrar, mi hermana me interceptó antes incluso de que pudiera dejar las llaves en el cuenco del recibidor.

—Ya está aquí la cumpleañera —canturreó Zahara—. ¡Felicidades, Fabs! Último año para cambiar de década…

—Han llamado desde Japón —añadió Guille y se acercó para darme un abrazo—. No saben cómo ha acabado el banquete que tenían preparado para su rey aquí, en Costa Serena, pero esperan que te guste la degustación de comida.

—Japón no tiene rey, palurdo —puntualizó Zahara y puso los ojos en blanco.

—¿Cómo que no?

—Es un emperador.

—¿Ese no es el pescado que le gusta a papá?

Negué con una sonrisa.

—Hola, cielo —me saludó mi madre—. Hemos pedido tu comida preferida.

—Gracias —respondí, agradecida.

Papá fue el último en acercarse. Llevaba una bandeja enorme de plástico negra con una buena selección de sushi , makis y niguiris .

Se me hizo la boca agua.

—Hola, cariño. —Me lanzó un beso al aire, moviendo la cabeza—. ¡Vamos a la mesa!

Me lavé las manos y me senté. Probé un poco de todo y participé en la conversación lo justo para no levantar sospechas. No quería arruinar el día contándoles lo de López, aunque sabía que tendría que hacerlo pronto.

Hablamos de la barbacoa de celebración, aplazada hasta que el tío Leo y la tía Leire pudieran bajar desde Alicante a mediados de mes y algunos de mis hermanos tuvieran vacaciones.

Aun así, me notaba rara.

Asentía, sonreía, hacía algún comentario suelto… y volvía a perderme en la misma pregunta una y otra vez.

¿Por qué Rodrigo estaba tan distante?

Cuando terminaron de recoger, la casa se fue quedando en silencio. Mis padres se marcharon a trabajar, Zahara había quedado con unas amigas en la playa, y Guille, que fue el último en despedirse, cogió la mochila y salió disparado a sus clases de escalada.

Suspiré al quedarme sola.

Podría haberme ido a casa de cualquiera de mis hermanas; de hecho, las cuatro —y también mi cuñada África— me habían escrito a lo largo del día para proponerme diferentes planes. Pero necesitaba justo lo contrario: silencio y nada que hacer.

Me di una ducha, me puse ropa cómoda y me tumbé en el sofá a ver una serie. El mando descansaba sobre mi abdomen y la pantalla cambiaba de escena, aunque no le seguía demasiado el hilo.

En un momento dado, el móvil vibró en la mesita. Lo cogí sin mirar, convencida de que sería algún mensaje del grupo familiar.

Solo que no lo era.

Santos:

Te sienta muy bien el amarillo.

Me incorporé de golpe. Miré alrededor y, con el corazón retumbándome en el pecho, lo localicé. O a una parte de él, delineada a través de la rendija que dejaban las cortinas en el salón.

Sonreí con ganas por primera vez en todo el día.

Me obligué a no correr cuando, descalza, me acerqué a la puerta. Estaba al otro lado, apoyado en el porche, con las gafas de sol puestas y esa media sonrisa suya que me aceleraba el pulso.

Cuando me vio, movió los dedos a modo de saludo.

—Hola. ¿Qué haces aquí?

—Felicidades. No sabía que era tu cumpleaños —explicó, y yo incliné la cabeza en agradecimiento—. Me enteré en el pase de lista.

—Ya, lo noté.

Apretó los labios y me tendió una bolsa pequeña.

—Es para ti.

Dentro había un accesorio nuevo para la moto: un soporte para el teléfono, sin envolver. Justo el que llevaba semanas pensando que tenía que cambiar, porque el que usaba estaba tan estropeado que daba pena.

—Gracias.

—De nada. Me fijé en San Juan, cuando te paré de forma totalmente inocente y para nada premeditada.

Se me escapó una risa por la nariz.

Tardé un momento en ser capaz de apartar la vista de su boca curvada.

—¿Quieres pasar?

Alzó una ceja.

—¿Quieres que lo haga?

Asentí y me hice a un lado. Él entró, y yo entorné los ojos un instante cuando me llegó el olor de su colonia. Cerré la puerta y, al girarme, descubrí a Rodrigo observando la planta baja.

—¿Te apetece tomar algo?

—De momento no, gracias —respondió—. Una casa muy bonita.

—El mérito es de mi madre. Es decoradora de interiores.

—Si algún día me decido a amueblar del todo la mía, la llamaré —comentó mientras me seguía hacia el sofá.

—¿Te acabas de mudar?

Se rio y se sentó.

—No. La tengo desde hace años, pero paso la mayor parte del tiempo en la de mis padres, que está justo enfrente, y con lo básico me apaño.

—¿Y Nora? —indagué.

—Su habitación es la única que tiene cortinas y cuadros. Aunque no ha sido mérito mío, yo solo manejé el taladro mientras ella y mi madre me daban órdenes.

Me eché a reír.

—Parece una chica estupenda.

—Lo es —respondió, y me gustó demasiado su expresión dulce y orgullosa.

—¿Y su madre? —pregunté sin pensar. En cuanto fui consciente de mi falta de tacto, me arrepentí—. Perdón, no quería…

—No te preocupes —dijo tranquilo—. Rocío murió cuando Nora tenía siete meses.

—Oh… Lo siento.

—Gracias —comentó con una calma que no parecía fingida—. Hace muchos años ya.

—¿No te molesta hablar de ello?

—No —respondió, y me sorprendió su sinceridad—. Contigo no.

No supe muy bien qué decir después de eso.

—Ah…

—Hablaste con Salcedo esta mañana —afirmó.

—Sí. —Intenté que no se me tensaran los hombros al recordarlo—. Antes del pase de lista. Por eso llegué tarde.

—¿Y estás bien?

Me apoyé en el respaldo del sofá y subí los pies al asiento. Busqué las palabras, pero solo encontré una que no dolía demasiado.

—Cansada.

—Ya.

—Me ha dicho que Asuntos Internos me llamará entre mañana y pasado.

Rodrigo asintió, serio.

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

—He hablado con Salcedo hace un rato.

—Ah… ¿Y qué le has dicho?

—La verdad —respondió. Su tono fue tranquilo, aunque por debajo se intuía una buena dosis de rabia contenida—. Y también le exigí que moviera el culo para zanjarlo cuanto antes.

—¿Hablas en serio?

—Sí.

Se me apretó el pecho.

—¿Le has exigido a nuestro jefe que mueva el culo por mí?

—Sí. Y le he dicho que, como vuelva a ver a López a dos metros de ti, es lo último que hará en su vida.

La frase me recorrió por dentro, caliente y peligrosa. Como él.

—Rodrigo…

Se inclinó hacia delante y apoyó los antebrazos en las rodillas. Suspiró y estiró el cuello.

—No he querido mirarte mucho hoy —cambió de tema.

Parpadeé.

—¿Qué?