18 – Demonios #2
—Cuando salí de la ducha me lo encontré dentro del vestuario.
—¿Te ha hecho daño?
—No.
—¿Te tocó? —me costó preguntar.
—Lo intentó, pero lo inmovilicé contra las taquillas —aclaró, aunque a mí no me calmó en absoluto—. Por supuesto, no me libré de sus lindezas y de que se marchara llamándome zorra, pero no consiguió lo que buscaba.
La oscuridad explotó dentro de mí. No como una bomba, más bien como una vena que se desgarra por la presión de demasiada tensión acumulada y tiñe todo de putrefacción.
El gruñido que me salió de la garganta me quemó la tráquea. Tanta era la furia que no noté la sangre martilleándome las sienes ni las uñas clavadas en las palmas.
—Lo voy a matar.
Ella se enderezó.
—No —rebatió firme. Debió de ver la determinación en mi cara, porque me puso las palmas en ambas mejillas—. No vas a hacer nada, ¿me oyes? Santos, no vas a hacer nada —repitió más despacio.
Yo casi no podía respirar sin bufar como un toro a punto de salir al ruedo.
—Ha intentado tocarte —escupí—. Ha entrado en el vestuario cuando estabas con la guardia baja y ha…
—No —me interrumpió con firmeza—. No lo consiguió. Me defendí, Rodrigo. Puedo defenderme sola, ¿no te acuerdas de la paliza que te he dado esta mañana?
—Fabiola…
—Mira, no te estoy contando esto porque necesite que des la cara por mí. Solo me estoy desahogando con un amigo.
—No somos amigos —solté, incapaz de pensar en ella como solo una amiga. Era un término ridículo para la magnitud de lo que, a esas alturas, sentía por ella.
—Compañeros —rectificó y, con las manos aún en mis mejillas, me inclinó la cabeza para que la observase—. Rodrigo, no le puedes pegar.
—Créeme que puedo.
Ella gruñó, y el sonido, tan parecido a los que yo solía hacer, me deshizo un poco el nudo del estómago.
Me soltó, y yo eché de menos su contacto desde el primer maldito segundo.
—No. No puedes, a menos que quieras acabar arrestado. Y no creo que quieras llamar a tu hija para decirle que vas a pasar la noche en el calabozo. ¿O sí?
Me llevé una mano a la frente y resoplé. No era capaz de calmar el fuego que sentía en el pecho.
—¿Y va a irse de rositas?
Negó y se apoyó de nuevo en el capó.
—Hablaré con Salcedo —explicó, y me quedé mirándola, impresionado por la seguridad que emanaba, aunque estuviese rota por dentro—.
No pienso ignorar algo así. Pero lo haré yo, Santos.
No tú. —Giró el cuello en mi dirección, y yo no disimulé que la estuviese observando—. Prométeme que me dejarás hacerlo a mí.
Abrí la boca para decirle que ni de coña, que lo mínimo que López se merecía era que alguien lo agarrase de la pechera y lo estampase contra la pared hasta que se disculpara, pero las palabras se negaron a salir.
Porque, por muy neandertal que a veces fuera, no era tan imbécil como para no ver que la forma en la que me miraba no era la de alguien pidiéndome permiso. Era la de una mujer reclamando su voz, su sitio, su derecho a no ser tratada como una víctima más.
Y, ante eso, yo no pude hacer más que sentirme orgulloso de ella.
—Lo prometo —cedí—. Lo harás tú. Pero si vuelve a acercarse a ti…
—Con que no lo mates me conformo.
—Eso no puedo prometértelo.
Ella soltó una exhalación parecida a una risa, pequeña y rota. Pero una risa al fin y al cabo. Y el fuego bajó de intensidad un poco. Solo un poco.
Porque lo que me nacía era conducir hasta el cochambroso piso de López y reventarlo vivo. Pero también quería que ella estuviera bien, y lo más acojonante fue que eso me resultó más importante que cualquier instinto asesino que tuviese.
El estómago me gruñó dándole voz a un impulso más básico y primitivo. Fabiola me miró con sorpresa.
—¿Eso ha sido tu barriga?
—Sí.
—No comiste nada en el descanso —recordó—. Y son casi las cuatro de la tarde.
—Esos sándwiches daban asco.
Mi frase no tuvo nada de tierna, sin embargo, a ella se le suavizaron los ojos.
—Deberías comer antes de que te caigas redondo.
—Puedo aguantar —le resté importancia.
—Lo dudo, pero tú mismo. —Se encogió de hombros—. Entonces, ¿me llevas a recoger mi moto?
Con eso bastó. Nos metimos en el coche, lo puse en marcha y conduje hasta una cadena de comida rápida. A esas horas, el carril para coches era una de las únicas opciones.
Pedí comida para cuatro —a pesar de que negó cuando le pregunté qué quería—, aparqué en una calle cercana a la sombra, y no tardó ni cinco segundos en robarme las patatas.
Me alegré de haber pedido las que ya le había visto elegir otras veces.
La pillé mirándome cuando acababa de morder casi media hamburguesa.
—¿Qué? —farfullé con la boca llena.
—Te va a sentar mal —comentó ella con diversión—. No te había visto comer con tantas ganas nunca.
Alcé una ceja.
No era la primera vez que comíamos juntos en el coche patrulla, pero sí la primera en la que ella me miraba sin ningún disimulo.
Tragué lo que tenía en la boca y se me formó una sonrisa lenta cuando llevé un dedo a la comisura de su labio, donde tenía un rastro de sal, y me chupé la yema sin dejar de mirarla.
Ella tampoco rompió el contacto visual. Ni siquiera cuando mi gesto se volvió más lento de lo necesario. Más carnal de lo aconsejable.
—Me muero de hambre.
—¿Sí? —susurró.
No me pareció una duda, sino más bien interés. La devoré con los ojos.
—Sí. Es la consecuencia de llevar mucho tiempo sin llevarme nada a la boca.
Fabiola tragó saliva y desvió la atención a mis labios.
—¿Seguimos hablando de hamburguesas? —preguntó al fin con la voz un poco más baja.
—¿De qué, si no?
—Tú dirás.
Las palabras se quedaron flotando entre nosotros, colgando de un hilo muy fino. Podría haber tirado de ellas para ver hasta dónde llegaban.
También podría haberle agarrado la barbilla, acercado a mí y comprobado si sus labios también sabían a sal o a otra cosa más nociva para mi salud mental. Más adictivo y visceral.
Pero no era el momento. No así. No, después de todo.
Fabiola cerró los ojos un instante y respiró hondo.
—Te llevo de vuelta —murmuré.
—Acaba de comer tranquilo. No hay prisa.
—Te llevo de vuelta —repetí y cerré la caja de la hamburguesa.
Me abroché el cinturón, le robé un puñado de patatas y arranqué antes de que pudiera arrepentirme.
El trayecto de regreso se me hizo demasiado corto, no porque estuviéramos tan cerca, sino porque no quería despedirme de ella hasta el día siguiente.
Aparqué junto a su moto.
—Rodrigo.
—Dime.
—Lo de López… —Se mordió el interior de la mejilla—. Quiero que sepas que no voy a maquillarlo.
—Bien. No se lo merece.
Asintió.
—Gracias por todo. Por escucharme y por no cometer un delito de lesiones con alevosía —trató de bromear.
—Todavía es pronto. Dame tiempo y verás.
Rodó los ojos, y yo me alegré de que, al menos, ya no se sintiera tan mal como un rato antes.
Se quedó con la mano en el tirador de la puerta y dudó.
—El otro día, en el Matarratos… —titubeó—. Estuvo bien, ¿verdad?
¿Me estaba preguntando lo que de verdad me estaba preguntando? No, no podía ser.
—¿Te refieres al baile?
—Al baile… y al beso. —Agradecí no haberme quitado el cinturón de seguridad, porque de lo contrario me habría abalanzado sobre ella. Joder. Esa mujer me rompía todos los esquemas continuamente. Gruñí, cerré los ojos y eché la cabeza hacia atrás hasta golpear el asiento—. Hasta mañana, Santos.
Cerró la puerta antes de que pudiera contestar.
Mejor. ¿Era una declaración de intenciones o me estaba haciendo una paja mental?
Me quedé allí, con el motor a ralentí, la rabia por lo de López todavía dándome vueltas por la sangre y ese sentimiento por ella enroscándoseme en el pecho.
Porque yo no era el único. Ella también seguía pensando en ese jodido y alucinante beso.