¡Alto! O te enamoro… (Costa Serena 7) 18 – Demonios
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18 – Demonios

RODRIGO

—¿Seguro que no te pasa nada? —insistió el sargento, y yo negué.

—Estoy bien.

Salcedo alzó una ceja.

—El viernes en el bar casi te comes a tus compañeros vivos, y llevas días llegando a comisaría con cara de pocos amigos. Sé que lo de tu padre no te lo está poniendo fácil, pero este no eres tú. ¿Quieres contarme qué pasa?

Apreté la mandíbula.

No. No quería hablar de mi padre. Ni de nada.

Sabía que no era solo el cansancio acumulado lo que me tenía así. Ni el calor, la tensión con López o la falta de sueño. Es que llevaba semanas con la sensación constante de estar a punto de estallar y de que la vida se me había quedado pequeña de golpe.

Trabajo, casa, responsabilidades… Y vuelta a empezar. No encontraba espacio para nada más. Me había metido ahí yo solo, y había llegado a un punto en el que no podía ni respirar.

Tampoco ayudaba llevar semanas evitando cualquier intento de desahogo. Desde aquella vez en el baño, desde que la cabeza me traicionó poniéndole la cara de Fabiola a otra mujer, no me fiaba de mí mismo.

Y la tensión, cuando no sale por algún sitio, acaba encontrando el peor camino posible.

Lo único que conseguía bajarme las revoluciones era estar con mi hija. Verla reír, escucharla contarme su día como si fuera lo más importante del mundo. Con ella, el ruido se apagaba. Aunque en el fondo sentía que, últimamente, ya no me necesitaba igual que antes.

Y, sin saber muy bien cómo ni cuándo, Fabiola había empezado a provocarme una sensación parecida.

Con ella no tenía que fingir, ni controlar cada maldito gesto. El tiempo se me pasaba sin darme cuenta. Me reía más, pensaba menos. Y eso, para alguien que llevaba años viviendo en tensión permanente, era casi peligroso.

Porque, cuando algo te da calma en mitad de la tormenta, corres el riesgo de aferrarte demasiado.

Pero nada de eso le interesaba a Salcedo.

—No —solté y rectifiqué—. No hay nada que contar, señor.

Recé para que lo dejase estar; lo único que quería era ir a darme una ducha y encerrarme en casa para pegarme una buena siesta bajo el aire acondicionado.

Con lo agotado que estaba, solo quería dormir, porque la alternativa era pasarme la tarde viendo desfilar las imágenes de Fabiola en el cuerpo a cuerpo de esa mañana en el gimnasio.

«Joder. Ya me estoy empalmando de nuevo», me quejé mentalmente y me concentré en el movimiento del bigote del sargento para distraerme.

—No te entretengo más —añadió él antes de levantarse—. Pero, si necesitas hablar en algún momento, ya sabes dónde estoy.

—Gracias, señor.

Me levanté también y asentí con la barbilla antes de marcharme del despacho.

Miré la hora en el teléfono mientras caminaba hacia el vestuario. Mierda, se me había hecho tarde. Muy tarde. Los demás ya se habrían largado, y yo seguía allí, con un agujero en el estómago, la ropa empapada y el cuerpo pegajoso del sudor.

Me di una ducha a la vez que me esforzaba por dejar de pensar y sentir. Y terminé de vestirme y atarme las botas en tiempo récord.

Andaba fantaseando con qué me habría preparado mi madre para comer cuando salí y lo escuché.

Un sollozo suave, casi imperceptible, que me hizo parar en seco y mirar a ambos lados del pasillo. Allí no había nadie excepto yo, así que debía de haberlo imaginado o la puerta al cerrarse habría emitido un quejido que…

Otro sollozo, esta vez más nítido, detuvo mis pensamientos y contradijo esa teoría.

Provenía del vestuario femenino.

El estómago se me tensó como si alguien lo hubiera agarrado con una mano helada. No. No podía ser. Hacía veinte minutos que habíamos acabado el curso, tiempo más que suficiente para que Fabiola se hubiese duchado, cambiado y largado.

Pero ese sonido…

Me acerqué despacio hasta la puerta. Quizá era alguna de las de la brigada de la tarde. No toqué. No quise asustar a nadie y tampoco parecer un imbécil colándome donde no debía. Así que me limité a esperar a ver si volvía a escuchar el sonido.

Entonces, la puerta se abrió.

La forma en la que Fabiola se tensó al verme me hizo ponerme en guardia.

Tenía el pelo mojado, la ropa de calle puesta y los ojos…, joder, los ojos completamente rojos. No rojos de la ducha ni de un despiste con el champú. Estaban rojos de llorar.

Llorar de verdad.

—¿Qué ha pasado? —La voz me salió más grave de lo habitual.

Ella tragó saliva, desvió la vista a la derecha, como aquella noche que huyó del Matarratos, y negó.

—Nada. Estoy bien.

Mentira. Una mentira tan grande que me quemó oírla.

—Fabiola —solo dije su nombre.

No gruñí, aunque quise. No la presioné, pese a necesitar saber qué ocurría.

Ella me miró un par de segundos y sus ojos me rogaron que no insistiera.

—Rodrigo —susurró—. Aquí no.

La entendí de inmediato. No quería hablar en la comisaría, por eso miraba hacia el pasillo como si alguien pudiera aparecer en cualquier momento.

—Ven conmigo.

Ni siquiera le pregunté. La guie, sin tocarla, hacia la salida lateral del edificio, la que casi nadie usaba a esas horas.

Fabiola me siguió en silencio y, cuando llegamos al aparcamiento y desbloqueé mi coche, abrió la puerta del copiloto y se sentó.

No necesité más.

Me monté, encendí el motor y marqué un número en el teléfono. Los tonos de llamada se escucharon a través de los altavoces del vehículo mientras salía del aparcamiento.

—Hola, papá.

—Nora —dije en cuanto contestó—. Voy a tardar un poco en llegar.

—Vale… ¿Estás bien?

Miré de reojo a Fabiola, que se rascaba la muñeca y observaba por la ventanilla con gesto ausente. Apoyé una mano sobre la suya, y ella se detuvo de golpe.

—Sí. No te preocupes. —Agarré de nuevo el volante con las dos manos—. Avisa a la abuela, por favor.

—Vale, pero como tardes mucho me comeré tus magdalenas de calabaza para merendar. Las he hecho esta mañana.

El estómago me rugió en señal de protesta.

—No seas glotona y guárdame alguna.

—No prometo nada —canturreó.

—Te quiero, luego nos vemos.

—Y yo, papá.

Colgó y el silencio reinó de nuevo en el coche.

No sabía qué estaba haciendo ni por qué tenía el corazón tan acelerado, pero necesitaba que ella estuviera bien. Joder, necesitaba que respirara sin que se le encogiera el pecho.

Conduje hasta una zona apartada, un desvío antiguo de la carretera donde los chavales solían aparcar por las noches, pero que, en ese momento, estaba vacío y tranquilo.

No tuve tiempo de quitar la llave del contacto cuando Fabiola salió del coche. La vi rodearlo, apoyarse en el capó y respirar hondo con las manos sobre las rodillas.

Me bajé y cerré la puerta con suavidad.

—Fabiola —la llamé. No tenía ni idea de qué se suponía que debía hacer, así que me limité a acercarme a ella sin tocarla y le dejé espacio para no agobiarla—. Si quieres hablar…

Le temblaron los hombros cuando se rompió. No explotó en un llanto ruidoso, ella no era de ese tipo de personas escandalosas; tan solo le falló la respiración primero, luego se le escapó un sollozo y después llegaron las lágrimas.

Se tapó la cara con las manos como si quisiera esconderse.

—No quiero sentirme así —masculló.

—¿Sentirte cómo?

Tardó en contestar.

—Débil —explicó al fin—. De pequeña siempre fui una niña frágil e invisible. Y odio sentirme así de nuevo.

—No eres frágil, Fabiola. Y mucho menos invisible.

Ella negó con la cabeza.

—Sufrí bullying en la escuela. —La palabra me dio un golpe directo en la tráquea.

—Joder.

Me miró. Tenía los ojos enrojecidos, húmedos y oscurecidos por una sombra de angustia que me hizo querer abrazarla.

—Sé que ya no soy esa niña, me he esforzado mucho por superarlo, pero hay momentos y situaciones que me hacen revivirlo.

«Como pasarme ocho horas pegada a un tío que no ha parado de intentar bloquearme», leí entre líneas.

—¿Hoy te has sentido así?

—Sí.

Mierda, claro que la había agobiado.

Yo fantaseando durante todo ese tiempo en el que había estado pegado a ella; tocándola, oliéndola y notando cómo temblaba cada vez que le rozaba la cintura con la mano, y ella, por el contrario, estaba reviviendo sus más oscuras pesadillas.

Santos, eres un capullo sin escrúpulos.

—Fabiola, yo… Lo siento.

—¿Qué? —Me miró con el ceño fruncido y supe que debía ampliar mi disculpa.

—Siento que se me haya ido de las manos el entrenamiento. Debí darme cuenta de que estabas tan tensa porque te hacía sentir incómoda. No sé cómo no me fijé, solo puedo decirte que se me fue la cabeza. Estar tantas horas allí encerrado, contigo…

Fabiola parpadeó y negó confundida.

—Rodrigo. Esto no tiene nada que ver con eso.

—¿Qué?

Se puso frente a mí y me miró directamente a los ojos al volver a hablar.

—No estoy así por ti —repitió y una sonrisa triste le curvó los labios—. Tú no eres el culpable, ¿me oyes?

—Pero el entrenamiento…

—El entrenamiento ha estado muy bien. —Asintió cuando alcé las cejas, incrédulo—. De verdad, muy muy bien. Y me ha gustado poder darte tu merecido en el tatami.

Se me escapó una carcajada que terminó tan pronto como me di cuenta de que, si yo no era el culpable, otra persona le había hecho daño.

Alguien que la había puesto tan nerviosa como para que no pudiera dejar de rascarse la muñeca.

¿Quién?

Cuando me fui, ella estaba aún en el gimnasio, charlando con su padre, y después ya me la encontré mal, saliendo del vestuario. Tenía que ser alguien que tuviese acceso a la comisaría y…

Me dio un vuelco el estómago.

Una alerta interna y un presentimiento de mierda me puso en guardia cuando un nombre me vino a la mente.

No tenía pruebas. Solo un recuerdo vago de habernos cruzado en el pasillo un rato antes, el golpe que me dio en el hombro cuando salí del despacho de Salcedo, la cara de mala hostia y el murmullo que no llegué a entender.

El instinto me quemó por dentro.

—Fabiola —susurré tratando de calmarme—. ¿Quién te ha hecho sentir así hoy? —Ella inspiró hondo, y a mí las manos se me cerraron solas—. Ha sido López, ¿verdad?

Se le abrieron los ojos de la sorpresa, y no necesité más respuesta que ese destello de aversión en su cara.

—Sí.

—¿Qué te ha hecho ese hijo de puta? —mascullé.

Me tembló un sentimiento oscuro y peligroso bajo la piel.