17 – Cuerpo a cuerpo #2
A la una, las piernas me pedían una tregua. Rodrigo, por su lado, estaba empapado. De forma exagerada, de hecho.
Había intentado no mirarlo mucho mientras cambiábamos de compañeros en los diferentes ejercicios, aunque fallé miserablemente. Era imposible no hacerlo cuando la camiseta se le pegaba a los pectorales, mojada y casi transparente. O cuando se pasaba la mano por el pelo, despeinándoselo aún más.
A las dos llegó el último bloque, el peor: defensa en suelo. La parte más física y también la más íntima.
Rodrigo se acercó a mí y le echó una mirada al agente que había tomado posición a mi lado.
—Yo voy con ella —anunció, aunque a mí me sonó a amenaza en toda regla para el otro tipo.
Nos colocamos sobre la colchoneta. Rodrigo se agachó antes que yo.
—Ven.
Tragué saliva con cierta dificultad cuando lo vi allí abajo, observándome y esperando a que me acercase.
—Ataque desde arriba —dijo mi padre.
Me puse en posición, apoyé las rodillas en el tatami, y Santos se deslizó hacia mí con una calma que me crispó los nervios. Su torso quedó por encima del mío, sin tocarme.
En cuanto empezó el conteo, Rodrigo apoyó una mano en mi muñeca derecha y la otra junto a mi cabeza, imprimiendo el peso justo para limitar mi movimiento, pero no tanto como para hacerme daño.
—Tienes que mover las caderas —susurró.
—Ya lo sé —gruñí.
—Pues muévelas.
Intenté girarme, y él me bloqueó con la rodilla.
—Si haces eso solo vas a conseguir…
No pudo terminar, pues, tras respirar hondo y plantar bien los pies, giré de golpe hacia mi izquierda, no hacia la derecha como él esperaba, y lo pillé desprevenido.
Perdió el equilibrio, y aproveché la inercia para enganchar su hombro y voltearlo sobre la colchoneta.
—Me vas a matar —susurró él cuando quedé encima.
—No te quejes —murmuré mientras me incorporaba—. Has empezado tú.
Sonrió. Y esa sonrisa me hizo bajar la guardia, detalle que él aprovechó para moverse y cambiar los roles. No supe qué me gustó más, si tenerlo bajo mi cuerpo o que él me cubriese con el suyo.
—Y tú te has relajado demasiado, Remo.
No quise buscarle el doble sentido a sus palabras, aunque lo encontré igual. Porque la idea de mostrarme débil delante de alguien era precisamente lo que siempre había evitado.
—Y tú aprovechas cualquier bajada de defensas, ¿verdad?
—No soy tonto.
—O ya vas conociendo mis puntos débiles y sabes dar donde duele —solté sin pensar.
En cuanto las palabras me salieron de la boca, él dejó de sonreír, y yo me arrepentí. Porque aquello había dejado de ser una broma para mí, y él lo había captado al instante.
—Fabiola —respondió serio y sin apartar sus ojos de los míos—. Yo nunca te haría daño.
Nos quedamos así un segundo más, hasta que a mí se me nubló la vista y tuve que romper el contacto visual.
En ese instante supe dos cosas: que él podría derribarme cuando y como quisiera. Y que, al mismo tiempo, jamás sería él quien me dejase caer.
El agua helada me resbaló por la nuca y me devolvió la utilidad de medio cerebro.
Me enjaboné rápido mientras escuchaba a las dos agentes de la brigada de tarde terminar de cambiarse.
Me aclaré y, para cuando salí con la toalla envuelta alrededor del cuerpo y el pelo goteándome la espalda, ellas ya no estaban.
Me dirigí a mi taquilla, cogí la ropa y, al girarme, lo vi.
Apoyado en el marco de la puerta cerrada, mirándome y sonriendo.
Toda la sangre, que llevaba hirviendo desde esa mañana, se me congeló en un segundo.
—Te has equivocado de vestuario —le dije y traté de sonar despreocupada.
—Qué va —respondió él. Escuché el chasquido del seguro de la puerta al cerrarse—. Estoy justo donde quiero estar.
Se acercó un paso más, y yo me ajusté mejor la toalla.
—¿Qué quieres, López?
—Hablar —respondió con tono suave y ojos afilados—. Del viernes, por ejemplo.
Fruncí el ceño. No esperaba que me echase en cara el no haber asistido al cumpleaños de Salcedo.
—No pude ir. Se lo dije al jefe, tenía un compromiso.
Su risa, vacía e irónica, me puso en guardia.
—¿Sí? —Acortó más la distancia, y yo fingí que estar allí, encerrada con él, no me afectaba en absoluto—. Entonces…, ¿tienes una gemela?
Imité su mismo tono.
—No, qué va.
Siguió avanzando despacio, hasta que solo quedó un cuerpo de distancia entre nosotros. Enderecé la espalda y los músculos de mi cuerpo, agotados tras el entrenamiento, protestaron.
Los ignoré, a la espera de su siguiente movimiento.
—Te vi, ¿sabes? —Bajó la voz—. Bailando con Santos. Besando a Santos. Y no entiendo cómo eliges a ese amargado en vez de a alguien normal.
La bilis me subió por la garganta.
—¿Normal? —Sonreí, y él me imitó—. ¿Te refieres a alguien como tú?
Asintió.
—Matrícula para la señorita —soltó con malicia—. No esperaba menos de la lista del grupo, la verdad. Aunque está claro que, cuando os encapricháis de una polla, todas os volvéis tontas.
Apreté los dientes.
—Sal del vestuario, López.
No lo hizo. Al contrario, se inclinó más hacia mí.
—No te pongas así —susurró y me tocó el pelo—. Si, total, ya sabemos que en el fondo no eres tan fría como nos hacías creer. ¿Qué necesitas, que te ladre un par de veces como él?, ¿es eso lo que te gusta?
—Para.
—Cuéntame, Fabi. ¿Te pone cachonda que te gruñan? —Agarró un mechón con el puño y apenas sentí la presión que ejerció al tirar de mi cabeza hacia atrás, pues una ira visceral se adueñó de mí—. ¿Esto es lo que…?
No lo dejé terminar.
La visión se me estrechó cuando le di libertad a mi cuerpo, que se movió gracias a la memoria muscular.
Repetí los movimientos que había practicado esa mañana, esta vez con mucha más furia y menos control. Le agarré la muñeca, roté el cuerpo hacia un lado y, en un parpadeo, lo tenía estampado contra las taquillas, con el brazo bloqueado y un gesto de dolor real.
—No. No es eso —escupí con una voz que no reconocí.
—Puta —gimió.
—No te pongas así, hombre —utilicé sus mismas palabras—. Si, total, ya sabemos que en el fondo eres un gilipollas. No tendremos en cuenta que de verdad hayas pensado que me dejaría intimidar por alguien como tú.
Él forcejeó y solo consiguió que lo apretase aún más.
—Eres una zorra.
—Sí. —Pegué la boca a su oreja—. Y, como se te ocurra volver a tocarme, te corto las manos en cachitos y te hago recogerlos por toda la comisaría con la boca. A cuatro patas. Como el cerdo que eres.
Lo solté y me retiré dos pasos.
López resopló, rojo de ira. Me observó unos segundos, escupió otro insulto y, tras quitar el seguro a la puerta, salió dando un portazo.
El silencio volvió. La soledad también. Pero ninguno de los dos consiguió calmarme los latidos del corazón.
Me vestí deprisa y con manos torpes. El dolor en el pecho no tardó en llegar; la sensación asfixiante y la respiración entrecortada le siguieron.
No.
No, por favor.
Corrí hasta el cubo de basura y vomité lo poco que había comido en el descanso. Las arcadas secas me quemaron la garganta y, cuando noté el hormigueo en las piernas, me apoyé en las taquillas y me dejé caer al suelo.
Con el bajón de adrenalina volví a sentirme como cuando era pequeña y me convertía en el centro de todas las burlas. No era un solo recuerdo concreto, sino esa pegajosa sensación de no poder moverme, de no saber cómo hacer que el mundo me dejase en paz.
No. No podía permitir que me diese un ataque de pánico en la comisaría, pero no encontré el impulso necesario para levantarme.