¡Alto! O te enamoro… (Costa Serena 7) 17 – Cuerpo a cuerpo
59%

17 – Cuerpo a cuerpo

FABIOLA

—Remo, al despacho del jefe. —Escuché nada más cruzar la puerta de la comisaría—. Y cito: «Sin perder ni un minuto».

Alcé las cejas en dirección a Ruiz. No me había dado tiempo ni a darle los buenos días, y al parecer a él tampoco de tomarse su infusión ritual para antes del turno.

Miré el reloj de pared.

—Comenzamos bien la semana… ¿Ha pasado algo? —pregunté, porque aún faltaban veinte minutos para empezar.

—Ni idea —respondió encogiéndose de hombros—. ¿Quieres llevarle un cafelito de máquina por si acaso?

Negué divertida.

—No tentemos a la suerte.

Continué mi camino para ir —«sin perder ni un minuto»— al despacho de José. No me quise parar ni siquiera a dejar el casco de la moto en mi taquilla.

Toqué con los nudillos al llegar.

—Adelante.

Abrí… y me quedé un momento parada al ver quién estaba dentro con Salcedo.

—Buenos días. —Intenté que no se me notara la sorpresa y cerré tras de mí.

José levantó la mano para pedirme silencio mientras atendía una llamada. Me mantuve en posición, aunque eso no evitó que, por instinto, mis ojos buscaran la pared donde Rodrigo estaba apoyado.

Tenía los brazos cruzados, la pierna ligeramente flexionada y esa pose tan suya que mezclaba poder con cansancio natural. Daba la impresión de que su cuerpo vivía en alerta incluso cuando él trataba de relajarse.

Pero no fue eso lo que me tensó el estómago. Fueron sus ojos. Otra vez.

Rodrigo me observaba sin disimularlo, evaluando cada una de mis reacciones sin pestañear.

Fruncí el ceño en su dirección, y él me respondió con un gesto casi imperceptible, una pequeña curva en la comisura derecha. No fue una sonrisa, sino una insinuación.

Justo la que le vi antes de que me besara el viernes.

Y yo sentí el mismo fogonazo bajo la piel, la misma sacudida en el pecho y la idéntica necesidad de…

Rompí el contacto visual de inmediato.

—Disculpad —dijo Salcedo al colgar. Señaló las sillas frente a su mesa, aunque ni Santos ni yo nos movimos de nuestra posición—. Hoy no teníais ninguna visita programada, ¿no?

—No, señor —respondí—. Iba a ponerme con los expedientes y los informes de coordinación.

«Mientras mi compañero gruñe, refunfuña y no toca ni un papel», añadí en mi mente.

—Pues ya no. Ha habido un cambio de planes —respondió tan tranquilo—. Iréis de cursillo.

Parpadeé un par de veces.

—¿Los dos? —pregunté y miré de reojo a Rodrigo.

Él seguía igual: inmóvil, serio y con los ojos clavados en mí, como si no hubiera nada ni nadie más en el despacho. Ni nuestro jefe ni la mesa o los muebles. Solo yo.

—Sí. Reciclaje de defensa personal —continuó Salcedo—. Os vendrá bien para trabajar la compenetración del binomio y conocer vuestros estilos en el cuerpo a cuerpo.

La tos disimulada de Rodrigo me crispó un poco más los nervios. Él también había recordado nuestra «compenetración» del Matarratos y lo bien que se nos dio el cuerpo a cuerpo.

Bajé la vista a mis botas.

—Además —añadió José—, Fede está hoy de instructor externo.

Genial. Justo lo que necesitaba. Santos y mi padre en la misma sala, y yo intentando actuar como si nada de eso me afectara.

La semana no podía haber empezado peor.

—Perfecto, señor —mentí con una sonrisa forzada.

Nuestro jefe terminó de darnos las instrucciones y nos mandó abajo, al gimnasio.

Salimos del despacho en silencio.

No era la primera vez que caminaba junto a él sin decir nada, pero esa vez fue extraño. Lo sentía demasiado cerca, demasiado callado… y demasiado consciente de cada uno de mis pasos.

Me miraba. No como en el despacho, sino sonriendo con los ojos, aunque la boca no se le moviera ni un milímetro. Y, mientras más lo hacía, más apretaba yo el paso.

Pasamos por los vestuarios para cambiarnos y salimos casi al mismo tiempo. Cuando llegamos al gimnasio encontré a mi padre organizando las colchonetas, los bastones de práctica y los muñecos de intervención.

Al verme, se incorporó y me sonrió.

—Buenos días, entrenador —dije.

—Buenos días, agentes —respondió con tono neutro, aunque me dedicó un guiño rápido.

Rodrigo lo saludó con un gesto de cabeza y continuó caminando hacia la esquina donde estaban los demás.

No se me escapó cómo mi padre frunció el ceño en su dirección mientras lo analizaba de arriba abajo.

—Papá…

—¿Qué? —respondió con gesto inocente.

—Córtate un poco —susurré.

Fingió no entenderme, y yo rodé los ojos. Era evidente que acababa de radiografiar al hombre con el que compartía patrulla. Y con el que habían pasado más cosas de las que él era capaz de imaginar.

—En cuanto lleguen los de la brigada tres, empezamos —anunció en voz alta.

El instructor del cuerpo se le acercó y se pusieron a hablar.

Aproveché para dirigirme hacia donde estaban los demás. La postura de Rodrigo me dejó claro que no me había perdido de vista en ningún momento, pese a estar charlando casi de espaldas con la pareja de la brigada dos.

Los que faltaban llegaron cinco minutos después para completar el grupo; todos eran hombres menos yo, detalle al que ya estaba más que acostumbrada.

La primera parte del curso fue más teórica y corrió a cargo del instructor del cuerpo: procedimientos legales en intervenciones, primeros auxilios tácticos y material policial.

A mi lado, Rodrigo bufó en un par de ocasiones, sobre todo cuando el instructor insistió por tercera vez en la proporcionalidad del engrilletado.

No era un sonido alto, pero yo lo escuchaba igual que si me hubiera susurrado al oído.

En un momento dado, se inclinó hacia mis apuntes, los observó como si tuviera algún derecho a hacerlo y, al levantar la vista, me guiñó un ojo y continuó atendiendo como si nada.

A mí me costó volver a concentrarme.

Por suerte, hubo un pequeño descanso en el que aproveché para ir al baño y picar algo. Y la racha continuó cuando, al volver, mi padre nos mandó a correr.

El calentamiento empezó suave, y yo me esforcé por mantener la suficiente distancia con Rodrigo, tanta como permitía el espacio del gimnasio. Tras eso, continuamos con diez minutos de movilidad articular, quince de trabajo de cuerda y, después, posturas de control y equilibrio.

Y entonces fue cuando se me acabó la suerte.

—Poneos en parejas —ordenó mi padre.

Rodrigo ya estaba frente a mí cuando giré la cabeza. No preguntó ni hizo el amago de buscar a nadie más, tan solo me hizo un gesto con la mano, un reclamo silencioso que no admitía réplica.

Me acerqué, pues no tenía alternativa. O porque la desesperación por calmar aquel cosquilleo guiaba mis pasos. ¿Quién podía saberlo?

—¿Estás nerviosa? —preguntó en un tono que sonó a provocación.

—No —respondí sosteniéndole la mirada.

—Tranquila, no te haré daño.

Sonreí.

—Tú, en cambio, no deberías estar tan tranquilo, Santos.

Él ensanchó las fosas nasales y movió el cuello a cada lado, estirándolo.

Mi padre explicó la técnica de sujeción básica y las diferentes maneras de abordarla según el movimiento del otro.

—Ahora es vuestro turno, agentes. Uno controla y el otro ataca —indicó.

—Tú controlas primero —se adelantó Rodrigo.

—Qué caballeroso —murmuré.

Inspiré hondo, afiancé los pies sobre el tatami y me coloqué. Rodrigo dio un paso hacia mí, me apoyó una mano en el abdomen, y ahí fue cuando le dije adiós a mi completa capacidad pulmonar para siempre.

—No te pongas rígida.

—No lo estoy.

—¡Remo! Relaja la espalda —voceó mi padre desde el otro lado de la sala—. Que no pueda ver cómo te intimida.

Maldije en silencio, y Rodrigo ensanchó la sonrisa.

—¿Ves? —Acercó un poco más su cara a la mía—. Estás tiesa como un palo.

—Será que tengo un compañero demasiado pesado. —Me quedé embobada en las pequeñas arrugas que le salieron al achinar los ojos—. Deja de sonreír.

—¿Te afecta, novata?

—Más quisieras.

—¡Santos! Ataca o que corra el aire —advirtió mi padre, como recordatorio de que estaba allí, a escasos metros, presenciando cada milímetro de esa tensión que me tenía al borde de la taquicardia.

—¿Preparada? —preguntó Rodrigo con los ojos llenos de desafío.

—Sí.

Me sujetó por el antebrazo para simular una agresión, y yo me quedé una milésima de segundo analizando lo bien que se veía su mano grande rodeando mi piel.

—Vamos —murmuró—. Gira la muñeca y rompe mi agarre.

Lo hice. O lo intenté. Porque, en cuanto me moví, él contrarrestó con un gesto rápido que me dejó atrapada entre su brazo y su pecho.

—Suéltame.

—No.

Sentía las manos frías y el cuello caliente. Mala combinación.

—Por favor…

—¿Esa es tu técnica infalible contra los atacantes? —La risa le vibró en la voz.

—Remo, sabes salir de esta —escuché decir a mi padre.

No lo podía ver, aunque sentía que estaba muy cerca de nosotros. Demasiado cerca.

—Estás bloqueada —masculló Rodrigo junto a mi oreja.

Rebusqué en mi mente toda la teoría de años de instrucción y me obligué a seguirla al pie de la letra para no tener que rendirme.

No. No me iba a dar por vencida. Ni de broma.

—Sé salir.

—Demuéstramelo —me retó—. Si es que puedes…

En cuanto noté cómo aumentaba un poco más la presión contra mi antebrazo, reaccioné sin pararme a pensar.

Flexioné las rodillas, bajé un nivel para desestabilizarlo y deslicé el antebrazo libre bajo su brazo atacante, lo que creó un ángulo imposible de mantener para un cuerpo tan grande.

Pivoté con el pie derecho, cargué el peso en su lateral y apreté los abdominales al girar. Rodrigo tuvo que reajustarse para no caer.

Aproveché ese microsegundo en el que él perdió firmeza para hacer un bloqueo de muñeca con ambas manos.

Él gruñó, pero no fue uno de sus sonidos habituales de cabreo o frustración. Sonó bajo, sorprendido, casi obsceno por lo grave que retumbó.

Lo tenía inmovilizado, y él, contra todo pronóstico, parecía disfrutar de ello.

Yo también lo hacía, ¿para qué engañarnos?

—¡Buenos reflejos, Remo! —exclamó el instructor, y mi padre asintió en silencio.

Solté el agarre despacio y di un paso atrás sin apartar la vista de mi compañero. Rodrigo movió la muñeca con una sonrisa ladeada.

—No está mal —dijo.

—Lo sé.

—Casi me partes el radio.

La risa me salió sola.

—No exageres.

Él no respondió. En su lugar, se colocó en posición y me invitó a atacarle.