16 – Helado
RODRIGO
Estaba hasta las pelotas de estar allí. Y de las risas, del choque de vasos, de la música…
López llevaba diez minutos haciéndose el gracioso, y yo llevaba los mismos diez minutos con ganas de estrellarle mi copa aguada en la cabeza y largarme.
Intenté centrarme en el motivo por el que estábamos reunidos —el cumpleaños del sargento— y no en el calor que me subía por la garganta. Pero López, además de pesado, ese día estaba crecidito.
Y, cuando López se crecía, se volvía aún más insoportable.
No siempre había sido así. Hubo un tiempo en que Alberto me caía bien, me reía de sus salidas, iba a comer a casa de mis padres y pensaba que, debajo de esa chulería, se escondía un tío leal.
Ya no pensaba igual.
No después de encajar piezas que llevaba tiempo ignorando. Comentarios, actitudes y, sobre todo, la forma en que trataba a Fabiola desde que llegó al equipo.
No me gustaba esa versión suya. Y me jodía haber tardado demasiado en ver quién era en realidad el tipo que había metido en mi casa. En mi familia.
En aquel momento estaba contando por tercera vez una historia sobre una chica que, supuestamente, le había tirado los trastos en el baño. Y Blanco le reía cada gilipollez como si nunca hubiese oído nada igual.
—Tío, en serio, ¿qué te pasa hoy? —me preguntó Blanco cuando solté el enésimo bufido.
Lo ignoré. Era eso o mandarlo a la mierda también a él.
Y que conste que había intentado hablar con Alberto.
En un ejercicio de madurez y responsabilidad laboral, me acerqué a él antes de que se bebiese la primera copa, dejando a un lado mi mala hostia al recordar cómo había tratado a Fabiola, y su respuesta fue un «No me calientes la cabeza, Santito» que casi lo deja sin dientes.
Me contuve, por suerte, pero mi pequeño vaso de la paciencia estaba a una gilipollez más de rebosar. Y, como eso ocurriese, la sangre llegaría hasta el último puto centímetro del Matarratos.
Me levanté de la barra.
—Santos —me llamó Salcedo.
—Voy al baño —solté sin pararme a dar más explicaciones.
—Lo mismo tienes suerte como López —se burló Blanco cuando ya había dado un par de pasos.
Tuve que contenerme para no girarme y descargar adrenalina contra su cara.
Moví el cuello de un lado al otro mientras meaba. Tenía los hombros cargados y la mandíbula tensa y eso por no mencionar que odiaba sentirme tan al límite.
Ni siquiera se me pasó cuando me lavé las manos y me refresqué la nuca.
Decidido, me iba a largar de allí cagando leches y sin dar explicaciones. No estaba para cumpleaños ni para rondas ni para ver a medio turno comportarse como si tuvieran quince años y recibir consejos paternalistas de la otra mitad.
Abrí la puerta del baño y lo que vi me hizo detenerme en seco.
No, «lo que vi» no. A quién vi.
Fabiola entraba en el local en ese mismo instante. Y a mí se me acababa de enganchar el corazón en una costilla. No encontraba otra explicación para ese latido tan exagerado.
«Remo tiene un compromiso», fue lo único que dijo Salcedo cuando hicieron el recuento y resultó que ella era la única baja.
Pues a la vista estaba que había cambiado de planes.
La observé desde la sombra del pasillo. Pese a haber entrado con paso decidido, la confianza le duró exactamente dos segundos. Luego se paró, miró alrededor y se pegó a la pared como si quisiera fundirse con ella.
Me mordí la cara interna de la mejilla para no sonreír cuando la vi apresurarse a dejar paso a una chica que entró tras ella.
No me detuve a analizar por qué me había parecido tan jodidamente adorable que tropezara con su propio pie y tuviera que apoyarse en la pared para no comerse el marco de la puerta del personal.
Aunque sí dejé escapar una risa baja y casi enternecida que duró lo que ella tardó en girarse.
La ternura se evaporó y fue sustituida por una hoguera encendida en el mismo centro de mi estómago.
Jo-der.
Respiré por la nariz, muy lento.
Fabiola llevaba una blusa negra que había sido creada con el único propósito de joderme el poco autocontrol que me quedaba. El escote perfecto, los tirantes finos, la tela suave… Para colmo, tenía el pelo suelto cayéndole sobre los hombros y los labios pintados de un rojo suave.
¿Y el pantalón? Ese trozo de cuero ajustado debía de ser ilegal.
Me limpié una gota de agua que me bajó del pelo hasta el cuello y me aclaré la garganta solo para confirmar que me acababa de quedar sin provisiones de saliva.
«A menos que te guste sentirte superior a mí…», se repitió su voz en mi cabeza.
¿Superior a ella? Claro. Como si eso fuera siquiera posible.
Avancé despacio y aproveché que se puso a examinar un cartel en la pared de una actuación de la semana anterior, ajena a cómo la estaba devorando con la mirada, para acercarme sin pensar demasiado en lo que estaba haciendo.
Cuando estuve lo bastante cerca, me incliné hacia su cuello, apoyé ambas manos en sus caderas y, durante un momento, me planteé si aquello era una muy mala idea, tanto para mí como para mis dientes.
El olor de su colonia se me coló por la nariz, dulce, suave, y tuve que morderme los labios para no abalanzarme sobre ella y comérmela allí mismo, contra ese jodido cartel.
—Hola, novata —susurré.
Sonreí satisfecho cuando la piel del cuello se le erizó, aunque en cuanto noté cómo se tensaba rompí el contacto de mis manos.
Giró la cabeza despacio, después el cuerpo. Y yo me obligué a mantener el tipo cuando por fin pude verla de cerca. Tan cerca que podría haberle contado esas pestañas kilométricas. Tan cerca que sus ojos parecían más verdes que marrones. Y más peligrosos.
Tan cerca que podría haberla devorado allí mismo.
—Santos. —Deslizó un instante la mirada a mi espalda y volvió a mí. Tuve que apoyarme en la pared para no cometer una estupidez—. ¿Qué haces aquí?
Sonreí.
—¿Qué haces tú aquí? —repliqué intrigado por su nerviosismo—. Salcedo nos dijo que tenías un compromiso.
—Lo tenía.
—Parece que los planes han cambiado.
Noté cómo tragaba saliva.
—Sí… —titubeó—. Solo he venido a… saludar a José.
—Ah. —Incliné la cabeza y dejé que mi mirada bajara despacio por su cuerpo antes de volver a subir, deteniéndome en su boca entreabierta—. ¿Y por qué te has escondido aquí?
—No me escondo —repuso muy digna, aunque juraría que las mejillas se le encendieron.
—Claro que sí. —Me separé de la pared y me acerqué un poco más—. Y lo haces fatal, si quieres saber mi opinión.
Entrecerró los ojos, en un gesto que pretendía ser de desafío, pero el leve temblor en su boca me dijo todo lo contrario.
No aparté los ojos de ella. No era capaz de mirar a otro sitio.
—No te la he pedido —dijo.
—Una pena.
A lo lejos, una carcajada de López atravesó el pasillo, seguida de la voz de Blanco pidiendo otra ronda. Sonaban como si estuvieran a kilómetros, aunque en realidad solo nos separaban unos metros.
Unos metros…
Joder. Estábamos a solo unos pocos metros de todos ellos, y cualquiera —especialmente López— podía vernos.
Podría verla a ella. Así vestida.
No. No quería que López la viera así. Ni que Blanco soltara un comentario de mierda. Ni que nadie se recreara en su cuerpo más de la cuenta.
Quería quedármela yo. Toda para mí.
La cogí de la mano.
—¿A qué juegas, Santos? —me preguntó sin amilanarse. Tampoco se soltó de mi agarre—. No tienes que mantener un papel. Estamos fuera del trabajo y tampoco es que haya nadie aquí a quien tengas que convencer de que me soportas.
—Y menos mal. Porque si estuviésemos en el trabajo no podría hacer esto.
Tiré de ella y, por alguna intervención divina, no me mandó a la mierda.
Caminé hacia la izquierda —al lado contrario de donde estaban los demás— y nos adentramos en la pista de baile.
La música vibraba allí. Había luces moradas y azules y cuerpos moviéndose al mismo ritmo de la música. Muchos cuerpos.
Fabiola dio medio paso hacia mí para no verse arrastrada por ellos. Y yo supe que estaba perdido al notar cómo pegaba el torso al mío involuntariamente cuando alguien la empujó en pleno baile.
Se disculpó y fue a separarse, pero mis manos se anclaron una vez más en sus caderas. Nos quedamos quietos, mirándonos.
Cuando supe que no había peligro, me acerqué un poco más. No llegué a rozarla, pero el espacio que quedó entre nosotros dejó de ser una unidad de medida existente.
—La próxima vez que quieras hablar conmigo —susurré—, no hace falta que te escondas en un pasillo.
Tomó aire.
—Yo no… he venido a hablar contigo.
La sonrisa se me ladeó sola.
—Mentira.
Empecé a moverme al ritmo de la música, lento, invitándola a seguirme. Al principio se mostró rígida, como si estuviera en formación y esperase que alguien pasara lista. Pero poco a poco empezó a contonearse, a ceder.
Nuestras caderas se encontraban en cada paso. Y, cuando el bajo retumbaba, ella rozaba el muslo contra mí y me volvía loco una, y otra, y otra vez.
Tenía la mirada fija en mis ojos. Y había algo en esa mirada —un brillo, una petición que no se atrevía a expresar en voz alta—, que me empujaba a seguir retándola. A llevarla un poco más al borde. A descubrir por qué me seguía el juego y me provocaba con ese disimulo que no engañaba a nadie.
A mí menos que a nadie.
Pues yo sabía, por cómo se le entrecortaba la respiración, que se había dado cuenta de que estaba duro desde hacía rato.
—Dime una cosa —susurré entonces—. Si mantener la distancia profesional es tan importante para ti como le haces creer a todo el mundo, ¿por qué sigues bailando conmigo?
No me contestó de inmediato.
Vi a la perfección cómo se peleaba consigo misma para darme una respuesta. Como si dentro de ella convivieran dos versiones tirando en direcciones opuestas: una, la que siempre mantenía el control, y otra, la que llevaba toda la noche rogándome en silencio que la ayudara a perderlo.
Se humedeció los labios con la lengua. Esa lengua que me moría de ganas de morder. Y lamer. Y besar.
Joder. Me estaba volviendo loco.
—Porque —empezó, y yo incliné la cabeza. Me acerqué un poco más. Esperé un poco más—. Yo…
—¿Sí?
—Rodrigo… —susurró.
—Dime.
No dijo nada.
En lugar de eso, pegó su pecho del todo al mío y cerró las manos sobre la tela de mi camisa, justo debajo del corazón.
Busqué con la boca la línea de su mandíbula sin llegar a tocarla, y el aire que entró y salió rápido de ella me hizo cosquillas en el cuello.
Noté cómo tragaba saliva antes de ladear la cara hacia mí. Yo bajé la mía y me acerqué a su oreja. La rocé con los labios, la mordí suave, y ella soltó un gemido que sentí directamente sobre mi polla.
Si se movía un centímetro más, la besaría.
Si se apartaba, me moriría.
—No deberíamos —jadeó a menos de cinco milímetros de mi boca.
—Entonces dime que pare.
No lo hizo.
En cambio, subió los dedos hasta mi nuca. Los míos se movieron por su costado hasta enterrarse en su cintura. Y no me contuve más.
Me apoderé de su boca con un gruñido.
El beso explotó con la fuerza de una bomba que llevaba semanas programada y dejó un paisaje desolador en el centro de mi pecho.
«Dios», pensé.
La besé con más ansia. Como si me faltara el aire. Como si ese beso fuese la única cosa que había querido hacer desde que la vi llegar el primer día a la comisaría.
Y ella respondió con la misma hambre. Con la misma necesidad.
Se apretó más contra mí, tiró de mi camisa y, haciéndose dueña del beso durante unos segundos, me invadió la boca con la lengua.
Y yo pensé, por primera vez en muchos años, que no podría sentir nada parecido en lo que me quedase de vida.
Y que estaba tan metido hasta el cuello que no había salida posible, ni aunque quisiera.
Pero no quería. No podía parar…
Hasta que un líquido frío se derramó sobre nosotros.
Fabiola dio un respingo y se separó de golpe. Yo pestañeé para salir del trance y me encontré con la cara desencajada de una mujer que nos pedía disculpas.
Perfecto. Nos había tirado una copa encima y ni siquiera así se me enfriaban las ganas que tenía de ella.
Fabiola me miró desorientada y el paso que dio hacia atrás me golpeó como si, con él, se llevase un trozo de mí.
Apreté la mandíbula al darme cuenta de que no dejaba de pasear la mirada de la chica a la salida y después a mí.
—Tengo que… —balbuceó.
—No te vayas —la interrumpí—. Por favor. No te vayas.
—No… no puedo.
—Fabiola.
Negó con la cabeza, se tocó el pelo con una mano temblorosa y, antes de que pudiera decir algo más eficaz para detenerla, se giró y salió disparada hacia la puerta.
Me quedé allí, empapado, con los labios todavía calientes del maldito beso más alucinante de mi vida y el pulso retumbándome en los oídos.
Y tuve la certeza absoluta de que nada, ni siquiera una bañera llena de copas heladas, iba a bastar para apagar lo que acababa de encenderse entre nosotros.
Tampoco estuve seguro de querer encontrar la manera de extinguirlo.