15 – El desafío
FABIOLA
—Como la cerveza se me haya calentado, van a rodar cabezas —avisó Diana a la vez que se sentaba en la silla y dejaba caer el móvil en la mesa con un bufido—. Em os manda saludos.
—¿Cómo lo lleva? —preguntó Alana—. Mamá me ha dicho que estaba un poco nerviosa.
Diana puso los ojos en blanco.
—«Un poco» es quedarse muy corta.
—No todos los días se toca la guitarra en directo en la boda de tu cuñado —le respondió Alana y, tras cambiar de postura en la silla, comentó con intención—: Fue una pena que no aceptases la invitación, Diana. Podrías haber estado allí apoyándola.
—Ya lo hago —replicó ella—, pero desde la distancia. Ya sabéis que a cientos de kilómetros de Thiago estoy más mona.
Necesité intervenir.
—Yo tampoco hubiese ido a la boda de un ex. —Diana asintió agradecida por mi apoyo.
—Un ex con el que estuvo hace años, y que ahora es parte de la familia porque resulta que es el hermano del marido de vuestra hermana, además del tío de Beca.
Diana se giró hacia Rachel y la miró seducida.
—Pero cómo te gusta una situación morbosa y enredada, francesa mía.
Pasó el brazo por el hombro de su mujer, la atrajo hacia ella y la besó.
Sonreí. Todas conocíamos la historia. Aquel lío monumental que empezó cuando Diana le pidió a Emma que se hiciera pasar por ella para cortar con Thiago, y que terminó con Emma y Jaime enamorados, y Diana encontrándose a sí misma y a Rachel.
Por suerte, de todo aquel caos salieron cosas muy bonitas, incluso un Thiago reformado y a punto de casarse.
Desvié la mirada hacia mi cuñada África, que soltó un bufido.
—Cuando me casé con Bruno hace dos años nadie nos tocó la guitarra.
—Es que en el fondo nadie se creía que os fueseis a casar —la chinchó mi hermana Zahara—. Como os prometisteis en el paleolítico…
África levantó una ceja y le lanzó una aceituna.
—Nos estábamos dando tiempo, por si alguno se arrepentía.
—Menuda gilipollez —puntualizó Diana relamiéndose los labios tras el banquete que se acababa de dar con su mujer—. Lo de arrepentirse ya no servía de mucho. Estás unida por los restos a nosotros desde que tienes hijos. Quieras o no.
—¡Shh! —Fingió un escalofrío—. No menciones al demonio, por Dios. Estamos en nuestra cena de chicas, aquí no hay niños ni maridos ni trabajo.
—¡Ya estoy! Perdón… —se disculpó mi hermana Carolina, la única que faltaba por llegar. Se sentó en la silla que quedaba libre y sacó el teléfono—. Dadme un segundo… Ya. Móvil silenciado. ¿Y mi cerveza?
—Encima de que llega tarde viene exigiendo —comentó Zahara.
—Viene del hospital —la excusé.
—En realidad, la culpa de mi retraso es de Gabriel. Me ha entretenido en su despacho después de terminar el turno.
—Mira, otro retraso del que es culpable el doctorcito —la picó Diana a la vez que le observaba la barriga, donde crecía el miembro más pequeño de la familia—. Ya decía yo que sonreías más de lo habitual.
Se me escapó una carcajada.
Siempre pasaba lo mismo, quedábamos para un rato tranquilo de chicas y la cosa se desmadraba desde el minuto uno.
—Bueno, sigue contándonos lo del control, Fabs —insistió Alana.
Se me congeló la sonrisa al saber que se había terminado la diversión para mí.
—Ponedme en contexto, por favor —pidió Carolina—. ¿Qué control? ¿Te has examinado, Fabi?
Negué, aunque dejé que Diana la pusiera al día de lo ocurrido tres días atrás mientras yo maldecía mentalmente.
Albergaba la esperanza de que se olvidaran, pero ni siquiera todas las distracciones de la noche habían conseguido que Alana pasara por alto el tema.
«La próxima vez que quieras hablar conmigo, no hace falta que esperes a pararme en un control. A menos que te guste sentirte superior a mí, claro», se repitió una vez más en mi mente.
¿En qué demonios estaba pensando para decirle eso a Santos?
Diana entrecerró los ojos, y yo me puse en guardia.
—Y ahora es cuando Fabs nos cuenta la parte interesante.
—No hay parte interesante —mentí.
La cerveza sin alcohol de Carolina llegó en ese momento a la mesa, junto con una ronda de chupitos.
Aproveché para darle un sorbo a mi bebida y así ganar tiempo.
Por supuesto, no sirvió de nada. Mis hermanas y cuñadas captaban mis nervios con la misma eficacia que los tiburones huelen la sangre en el agua.
—Fabs…
—Solo fue un control rutinario —dije encogiéndome de hombros—. Enseñé la documentación, soplé y me fui.
Y luego me pasé media noche reviviendo el momento como una idiota, aunque eso no pensaba contarlo.
—Ya —dijo Diana ladeando la cabeza—. Pero no todos los controles rutinarios los hace un tío que te mira como si se debatiera entre empotrarte encima de la moto o matarte con sus propias manos.
—¡Tía! —la frenó Alana y me señaló con la cabeza—. No seas bruta.
—Es pura observación —añadió Diana—. Tengo más criterio que vosotras, que veis a un tío con músculos y resultón y os hacen chiribitas los ojos. Y lo que no son los ojos también.
—Tu padre entra en esa categoría —canturreó África, lo que provocó una ronda general de arcadas.
—Cariño… —advirtió Rachel a su mujer.
—¿Qué? —se defendió Diana—. Yo hace años que solo analizo a los tíos desde un punto de vista práctico y lesbiánico .
—Eso no es verdad. Y eres bisexual —apostilló Rachel.
—Llevas razón. —Sonrió—. Y, como tengo doble perspectiva, desde las dos te digo que ese tío estaba para que Fabs le hiciera un estudio entero. Completo y en detalle.
—Es mi compañero de turno —solté.
El silencio se hizo en la mesa durante cuatro segundos enteros, tiempo más que suficiente para arrepentirme de haber abierto la boca.
No, no había sido buena idea salir con ellas en ese estado de nervios perpetuo en el que vivía esas últimas semanas. Hubiese sido mejor haber aceptado el plan de Tomy de pizzas y peli en su casa.
—¿ Ese es tu compañero?
—Es el mismo que vino a buscarte al gimnasio, ¿no? —indagó Alana. Se escuchó algún «ohh» y «uhh» que ignoré. Asentí a ambas preguntas—. Pues sí que tiene pinta de empotrador.
—¿Por qué no me dijiste que el policía que nos paró es tu compañero? —me recriminó Diana con esa voz que me solía poner nerviosa, la que indicaba que se avecinaban curvas.
Tragué saliva.
—Me paró a mí, no a vosotras. Y no vi necesario aclararlo en ese momento.
Todas, absolutamente todas, se inclinaron hacia delante para no perderse ni una sílaba de la conversación entre las dos.
—De haberlo sabido, no me habría preocupado al dejarte allí sola —insistió ella.
—Te dije que estaba bien.
—Tú siempre dices que estás bien, Fabs. Pero sé lo que vi, y estabas más tensa que mi mujer cuando corrige exámenes.
Lo comentó sonriendo, pero lo que no verbalizó me dolió más que la broma. «Tú siempre dices que estás bien…». Me forcé a mantener la compostura y a no demostrar cuánto me había afectado.
—Ahora quiero ver cómo es ese Santos —comentó África.
—Confirmamos que la menopausia no te ha bajado el calentón —la picó Zahara—. Sigues salida.
—¡¿Qué menopausia, niñata?! Tengo cuarenta años.
—Pues eso…
Carolina me apoyó una mano en el muslo.
—¿Estás bien? —susurró.
Asentí y forcé una sonrisa. África levantó entonces una mano, y yo agradecí la distracción.
—Tengo un plan. El lunes todas fingiremos que estamos enfermas para no ir a currar, quedamos en casa de Alana por la mañana y avisamos a la policía por un… —Se paró a pensar.
—¿Gato en un árbol? —aportó Diana.
—¡Eso! —celebró África—. Así Fabs aparecerá con su compañero empotrador para salvar al pobre gato, y todas nos fijaremos bien y así podremos opinar en igualdad de condiciones sobre el chiquillo.
Reí. No me quedó más remedio.
—«Chiquillo…» —titubeó Alana—. No me pareció un chiquillo, precisamente. Además, ¿por qué tenemos que quedar en mi casa y no en la tuya?
—Tiene treinta y cuatro años —aclaré.
—Mira qué bien te lo sabes —ironizó Diana.
—Yo tengo un plan mejor —propuso Zahara, y todas la miramos—. Terminamos de bebernos esto y nos vamos al Matarratos.
Por poco se me salió la cerveza por la nariz al escucharla.
—¿Y qué se nos ha perdido allí, enana? —preguntó Carolina.
—El compañero de Fabi… —Las cabezas de todas se movieron de Zahara a mí al unísono. Levanté las manos y negué, pero ella continuó—. Esta mañana me he enterado de una cosita.
—Zahara, no —le pedí, aunque ya era tarde.
Por cómo me sonrió —esa sonrisa de pequeño demonio—, entendí que no pensaba callarse.
—José ha estado en casa y le ha dicho a nuestra hermana que todos iban a estar allí esta noche tomando unas copas para celebrar su cumpleaños.
—Se echó hacia atrás en el asiento, muy satisfecha—.
Y, si el poli buenorro es su compañero, quiere decir que José también es su jefe y por lo tanto estará allí.
—No estabas en el jardín —me quejé.
—Mi habitación tiene unas vistas increíbles, hermanita. No sabéis la cantidad de cosas que he presenciado durante estos últimos años. Tengo material para chantajear a todos los miembros de esta numerosa familia. Me pregunto qué pensarán papá y mamá de lo que hacéis en su casa.
—Maldita niña —se quejó África.
—Alguien no va a salir viva de aquí hoy —murmuró Carolina.
—No os desviéis del tema. El Matarratos.
—No voy a ir —repetí.
—José te adora —añadió Diana—. ¿Le vas a hacer ese feo?
—Ya le di su regalo esta mañana.
—Escúchame un momento —me pidió ella—. ¿Qué pierdes? Es viernes, estás de descanso y estamos todas juntas. No vas a ir sola.
—Eso es aún peor. No pienso aparecer allí con vosotras detrás como escolta.
—Dejadla tranquila —pidió Rachel.
Se lo agradecí con una sonrisa.
—¿Y por qué no? —preguntó Zahara—. ¿Es que te avergüenzas de tu familia?
—No —sonrió Diana—. Por cómo se rasca la muñeca, yo diría más bien que su compañero le hace tilín y no sabe cómo actuar.
—Santos no me hace tilín.
—¿Te hace tolón ? —se carcajeó Zahara—. Yo también creo que te mueres de ganas de verlo, aunque no lo admitirías ni bajo tortura, claro.
—No es verdad —mentí de nuevo.
—Demuéstralo —me pinchó Diana.
La miré utilizando la misma expresión que usaba en la comisaría cuando alguien se ponía demasiado intenso, aunque con ella fue inútil.
Daños colaterales de conocerse demasiado, supuse.
—¿Y cómo quieres que lo demuestre?
La sonrisa de Diana se ensanchó en cuanto vio que mordía el anzuelo.
—Si, según tú, no te importa verlo, tampoco te importará ir al Matarratos. —Me detuvo con una mano en alto cuando fui a negarme—. Sola, pero te acompañaremos hasta la puerta y te veremos entrar. ¿Qué me dices?
Zahara y África protestaron, Alana levantó las cejas a la vez que me sonreía, Rachel negó, y Carolina bufó antes de darle un trago largo a su cerveza.
Tardé unos segundos más en decidir qué contestar.
Por un lado, si me negaba seguirían dándome el coñazo toda la noche con él, y no estaba dispuesta. Pero si decía que sí tendría que ver al mismísimo Santos en carne y hueso.
Y no estaba preparada para eso. No hasta el lunes, por lo menos.
Cogí aire, miré a Diana a los ojos, agarré un chupito y asentí.
—A la mierda.
Me lo bebí de un trago.
Todas me corearon y brindaron. Necesité también el chupito de Carolina y el de Rachel para reunir el valor de levantarme de la silla.
Veinte minutos después, caminamos un par de manzanas hasta llegar al local. Cuando me paré frente a la puerta, todas se detuvieron en seco.
—Hasta aquí —dije.
—¿En serio no vamos a entrar? —preguntó Zahara.
—No —confirmó Diana, que me guiñó un ojo—. A por él, tía buena.
Puse la mano en la madera, respiré hondo y empujé la puerta.
Al fondo del pasillo vi a López y Cuenca. Estaban riendo y hablando a gritos, acodados en la barra, mientras la música marcaba un pulso constante y el murmullo típico de un viernes noche llenaba el local.
No vi a Santos en ese primer vistazo, así que di un par de pasos, solté la puerta a mi espalda y recé para que ninguna de mis hermanas incumpliera su palabra y entrase detrás de mí.
Avancé un poco más, despacio, pegándome al lateral, y me hice la distraída mirando el cartel de una actuación en vivo que colgaba en la pared junto a una puerta.
Pensé que podría quedarme por allí un par de minutos, esperar a que a la panda de locas que había fuera se les bajase la emoción y se fueran, y así poder salir de allí sin que nadie me viera.
Sí. Podría hacerlo. Solo tenía que aguantar un poco más y…
Mis pensamientos se detuvieron de golpe, al igual que mi respiración, cuando lo sentí.
No fueron pasos. Fue… un cambio en el aire. Ese tipo de alarma silenciosa que te atraviesa sin aviso ante la certeza absoluta de que había alguien justo detrás de ti. Como cuando entras en una habitación y sabes que la televisión está encendida, aunque no la oigas ni la veas.
El vello de los brazos se me erizó un instante antes de notar el calor de un cuerpo demasiado pegado al mío y unas manos apoyarse en mis caderas.
Supe, sin necesidad de girarme, que era él.
Su voz me lo confirmó cuando me rozó la oreja, grave, baja y peligrosamente cerca. Y todo mi cuerpo respondió a su reclamo.
—Hola, novata.