¡Alto! O te enamoro… (Costa Serena 7) 14 – ALTO #2
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14 – ALTO #2

Hubo un momento de batalla silenciosa entre las tres. Al final, fue la de los ojos rasgados quien cedió. Se colocó el casco, le tocó el muslo a su compañera y le indicó que hiciera lo mismo.

Me aparté un paso para dejarles espacio, encendieron la moto y se alejaron con un rugido que se perdió a los pocos segundos.

Volví la vista hacia Fabiola, que se había recolocado sobre la moto y me observaba con las manos aún en el manillar.

—Santos.

—Remo —respondí igual de tranquilo—. Documento de identidad y permiso de conducción, por favor.

Ella levantó una ceja.

—¿En serio?

—En serio —confirmé.

Fabiola suspiró, aunque no protestó. Se abrió la cremallera de la chaqueta y buscó la cartera en un bolsillo interior.

Fue entonces cuando me di cuenta de que, bajo la cazadora negra de cuero, llevaba un top corto de tirantes, también negro, que le dejaba al descubierto una buena franja de piel del abdomen.

Nada vulgar ni llamativo. Nada que no hubiese visto antes en cientos de mujeres. Nada… y, aun así, me costó tragar.

—Toma —dijo tendiéndome la documentación.

Me obligué a mirarla a la cara, no al escote. No a la curva donde el top se encontraba con su piel pálida. No a nada de lo que me estaba tentando como un puto adolescente.

—¿Todo bien, Santos? —preguntó Hernández a mi espalda.

Me limité a asentir y a ignorar el hormigueo que me subió por el brazo cuando le rocé la mano al coger lo que me tendía.

—Me has parado aposta, ¿verdad?

Ni de coña iba a admitirlo en voz alta.

—No te he parado aposta —mentí mientras jugueteaba con la bolsa de la boquilla—. Tú has salido a pasártelo bien, yo tengo que cumplir con mi trabajo, y te ha tocado.

—Ya.

—¿Has bebido? —ataqué por otro lado.

—No.

—Entonces no tendrás problemas en soplar.

Me perforó con sus pupilas.

—¿Y si me niego?

Sonreí y me humedecí los labios despacio.

—Pues estarías cometiendo un delito, según el artículo trescientos ochenta y tres del Código Penal español —recité—.

Eso puede conllevar hasta seis meses de prisión, multa económica y retirada del permiso de conducir entre uno y cuatro años.

Y hoy, además, tenemos una oferta especial que consiste en un bonito expediente manchado por incumplir la ley en tu propia demarcación como agente.

¿Qué te parece?, ¿te lo preparo para llevar?

Se le escapó una sonrisa mínima, casi imperceptible, que borró enseguida.

—Anda, sí que te sabes el reglamento. —Su tono irónico me ensanchó la sonrisa—. Qué calladito te lo tenías.

—Sorpresa —murmuré. Rompí la bolsa, empujé la boquilla y se la tendí. Ella la cogió despacio, sin apartar los ojos de los míos, y la colocó en el aparato con una parsimonia que me supo a provocación—. Cuando te diga, suelta el aire de forma continua hasta que la máquina pite.

—Estoy familiarizada con el proceso.

—Sopla —ordené en tono grave cuando se lo metió en la boca.

El aire le salió de los pulmones en un chorro constante y regular. A mí, directamente, se me olvidó cómo se respiraba.

La imagen de su boca alrededor de la boquilla y de cómo me observaba mientras soplaba me la pusieron dura. Muy dura.

El pitido del aparato me sacó de golpe de la fantasía.

—Vale —le dije brusco—. Suficiente.

Miré la pantalla: cero coma cero.

—¿Qué tal? —susurró ella con una sonrisita de suficiencia—. ¿Todo bien, agente ?

«Todo estupendo. Tanto como para darte media vuelta, apoyarte las manos en el depósito y metértela hasta el fondo».

Gruñí.

—Baja un momento del vehículo —le pedí sin pensar.

—¿Perdona?

—Quiero comprobar las luces traseras. Y los neumáticos —añadí, consciente de que sonaba a excusa barata.

Me sostuvo la mirada un segundo, y tuve la sensación de que estaba decidiendo si enviarme a la mierda —otra vez— o seguir el juego.

Por suerte para mí, inclinó la moto hacia un lado y se bajó con un movimiento ágil.

Cuando se plantó frente a mí, sin la moto como barrera, el impacto fue peor. Mucho peor.

Fabiola era alta, atlética; tenía el cuerpo definido gracias a años de entrenamiento que —gracias a Dios— no habían reducido sus curvas, sino todo lo contrario.

Y, aunque todo eso ya lo sabía y lo había visto antes, esa vez me golpeó diferente.

Quizá porque yo también estaba distinto, como si volviese a tener dieciocho años y sintiera que podía comerme el mundo.

O a ella.

—¿Y ahora qué? —preguntó cruzándose de brazos.

Me agaché para mirar la rueda trasera y, de paso, preguntarme qué cojones estaba haciendo. Comprobé la presión y el dibujo.

—Los neumáticos están perfectos —informé al tiempo que me incorporaba.

—Qué alivio —contestó irónica—. Me preocupaba que me mandaras al taller a estas horas.

El ruido de los coches, las voces de mis compañeros y el pitido del etilómetro me parecieron más lejanos cuando se cruzó de brazos y el escote captó mi atención.

—¿De dónde vienes?

—No tengo obligación de decírtelo —respondió sin amilanarse—. He soplado, el resultado es cero, la moto está en regla y…

—Solo te he hecho una pregunta —insistí.

Vaciló una décima de segundo.

—De la playa. De una hoguera familiar.

—¿Familiar? ¿Las de la otra moto eran…?

—De mi familia, sí. —Agarró el casco del manillar—. ¿Puedo irme ya?

—¿Qué deseo has pedido? —se me escapó.

Tardó un momento en reaccionar. Cuando lo hizo, los labios se le curvaron en una media sonrisa que me descolocó un poco más.

—Si lo digo, no se cumple.

La respuesta me dejó con ganas de más, pero era consciente de que no podía retenerla eternamente.

—O lo mismo sí —rebatí. Me incliné un poco hacia ella y le murmuré—. Tengo una duda.

—¿Cuál? —preguntó en el mismo tono, sin apartarse.

—¿Miras a los ojos a todos los agentes que te hacen un control de alcoholemia o solo a mí?

La respiración se le paró a medio camino.

El pecho se le detuvo un segundo antes de tomar aire, más rápido esa vez. A la distancia que estábamos, pude ver en detalle cómo se le ensanchaban las fosas nasales, cómo se le tensaba la mandíbula y cómo bajó la mirada a mi boca durante una fracción de segundo.

—No sé de qué hablas —susurró.

Sonreí y di un paso atrás.

—Ya lo creo que lo sabes.

Se colocó el casco, se subió a la moto y la encendió.

La máquina rugió bajo sus piernas con la misma intensidad que mis entrañas gruñeron por dejarla marchar.

—Una cosa más —comentó antes de acelerar.

—Tú dirás.

—La próxima vez que quieras hablar conmigo, no hace falta que esperes a pararme en un control. A menos que te guste sentirte superior a mí, claro.

No supe si aquello fue una invitación disfrazada o una advertencia con todas sus letras, y esa duda me machacó durante los días que tardamos en volver a vernos.

Lo que ella desconocía por completo era que, después de esa noche, hablar sería lo último que íbamos a hacer.

Y, desde luego, lo menos necesario.