¡Alto! O te enamoro… (Costa Serena 7) 14 – ALTO
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14 – ALTO

RODRIGO

Pinché el último trozo de tortilla y me lo llevé a la boca a la vez que me levantaba de la silla.

—Te va a sentar mal —me advirtió mi madre, que fregaba los cacharros con su delantal de lunares favorito puesto.

—Tengo prisa.

—¡Hola! —Escuché la voz de Nora.

Salí de la cocina en dirección al salón. Mi padre roncaba en el sofá con la tele encendida a un volumen inhumano.

—Hola, cariño —le dije a Nora cuando llegó al final del pasillo.

—¿A dónde vas?

—Al trabajo.

Bufó resignada.

—¿No se suponía que estabas de descanso? —preguntó sin moverse del sitio. Tenía el móvil en la mano y el pelo un poco revuelto.

—Sí. —Me guardé la cartera en el bolsillo trasero del pantalón, me acerqué a ella y le puse la mejilla para que me diese un beso—. Pero es San Juan y me toca reforzar. Las multas a los descerebrados que beben y conducen no se ponen solas.

—Jo… Claudia y Lucía iban a venir a casa para ver una peli.

—Podéis verla aquí, ¿no?

Nora resopló.

—La tele de mi habitación es minúscula, papá, y en el salón están los abuelos —se quejó y, acto seguido, cambió el gesto a uno esperanzado—. ¿Podemos ir a casa las tres y nos quedamos allí a dormir juntas? Por favor. Te prometo que no dejaremos nada por medio y no entrarán chicos.

—Joder, Nora. No hace falta que me desbloquees más miedos.

—No digas palabrotas delante de la niña, Rodrigo —me amonestó mi madre, que se quitaba el delantal mientras caminaba desde la cocina.

—La niña tiene catorce años, mamá —le recordé—. A su edad yo hacía cosas mucho peores que decir palabrotas.

—Y así te fue —murmuró.

—¿Puedo, papi? —repitió mi hija mirándome con un gesto suplicante que me recordó demasiado a Rocío. El movimiento de los labios, la forma de poner las manos frente a ella…—. Porfa, papá…

Miré a mi madre, que nos observaba de reojo mientras colocaba bien los adornos de croché de los sillones, y después a mi pequeña.

Me pasé la lengua por la cara interna de la mejilla y contuve el impulso de decirle que no, que la quería metida en una burbuja hasta que cumpliese, al menos, treinta. O mejor cuarenta.

Sin embargo, cedí. Porque, ¿qué otra cosa podía hacer?

—Está bien, pero…

—¡Gracias, papá! —me interrumpió y me abrazó tan fuerte que no me quedó más remedio que sonreír—. Te prometo que no haremos ruido cuando nos levantemos. Y que vendré a casa de los abuelos a esperar a que te despiertes.

—Cualquier cosa…

—Te llamo —completó ella—. Prometido, papá.

—Vete tranquilo, hijo —añadió su abuela—. Yo estaré pendiente de ellas y de tu padre.

Desde el sofá nos llegó un ronquido seguido de un pedo, prueba irrefutable de vida. Las dos se echaron a reír.

—Él no creo que te dé mucho trabajo. —Lo señalé con la barbilla. Luego, saqué un billete y se lo tendí a Nora—. Toma, pedid unas pizzas . Y guárdame algún trozo para desayunar, anda.

Mi madre refunfuñó por lo bajo sobre mi alimentación. Hice oídos sordos a la vez que Nora daba pequeños saltitos de emoción y tecleaba en el móvil a la velocidad de la luz.

Me despedí de la mayor con un beso rápido en la mejilla y abracé a mi hija antes de darle un beso en el pelo.

—Os quiero.

—¡Y nosotras! —respondió ella sin apartar la vista de la pantalla.

Crucé una mirada con mi madre y eché un vistazo al salón, donde mi padre seguía roncando, con las manos cruzadas sobre la barriga y la tele iluminándole la cara.

—Llámame si pasa cualquier cosa.

Ella asintió y salí al fresco de la noche.

El aire olía a verano. A ese calor pegado al asfalto incluso cuando el sol ya no está, al jazmín que trepaba por las fachadas del barrio y a un regusto a humo y sal que venía directo de la playa más cercana.

A lo lejos se escuchaban risas, música y algún petardo suelto que anunciaba que la noche de San Juan ya estaba en marcha.

Mientras conducía hacia la comisaría, me visitó el recuerdo de una noche como aquella, dieciséis años atrás. Una noche con hogueras, arena y la sensación típica que se tiene a los dieciocho años, cuando crees que te vas a comer el mundo.

Conocí a Rocío esa noche. Y once meses después —tras alguna ida y venida por mi parte— se quedó embarazada.

El recuerdo de la madre de mi hija siempre venía acompañado de una punzada amarga que tardaba horas en esfumarse. Aunque ya no dolía como antes. No con tanta intensidad, al menos.

El tiempo había hecho su parte, para bien o para mal.

Quizá por eso no me sorprendió que el pensamiento no se quedara anclado en ella. O puede que porque aquella sensación de vértigo, la de que algo está a punto de desordenarte la vida, llevaba semanas apareciendo cuando pensaba en otra persona.

En la novata, para ser más exacto.

¿Por qué Nora, que me había salvado más de una vez de cometer alguna que otra estupidez, no hacía lo mismo en ese momento y, por el contrario, insistía en que le hablase de Fabiola?

«Porque ella no es ninguna estupidez, y tu hija no es tonta».

Me obligué a dejar de pensar cuando aparqué en el estacionamiento de la comisaría, justo en el lugar donde la novata solía dejar su moto en cada turno, y sonreí ante mi absurda fechoría.

Entré en el edificio, intercambié saludos con la brigada de noche, me tragué dos bromas sobre «los príncipes del turno de día» y me mantuve callado en el pase de lista, que fue breve y conciso.

Cuando enfilamos la carretera donde haríamos el control, vislumbré la zona de la playa y del paseo marítimo.

Desde mi posición se veía una línea de hogueras desperdigadas como si alguien hubiera derramado brasas encendidas sobre la arena.

Coches entrando y saliendo, grupos de chavales andando con botellas en una mano y bolsas con vete a saber qué en la otra.

La típica noche en la que, si algo podía complicarse, lo haría.

El dispositivo estaba montado en la rotonda que daba acceso a esa carretera. Aquello tenía poca ciencia, pero requería mucha paciencia.

—¡Más ánimo, Santos! Y ubica bien esos conos, que luego se nos cuelan por la izquierda —canturreó Hernández.

—Llevo colocándolos igual desde antes de que tú tuvieras canas en la barba —le respondí y soltó una carcajada.

—Eso lo dices porque no me conociste cuando era un chaval —se burló mientras se ajustaba el chaleco reflectante sobre la barriga—. Era todo un monumento.

—Seguro. Y yo, un santo —contesté irónico a la vez que preparaba el etilómetro—. Estudiaba, llegaba a casa temprano y respetaba todas las normas sin rechistar.

Su carcajada me hizo sonreír, pero la sonrisa se esfumó cuando vi que se acercaba un coche con un grupo de veinteañeros con la música casi reventando las ventanillas y decidí que, con ellos, empezaba el operativo.

Luego llegó el turno de una pareja. Después, un padre con cara de querer vender a sus hijos adolescentes al mejor postor. Dos chicas que se sabían el procedimiento mejor que nosotros porque estudiaban Derecho y así uno tras otro sin demasiadas complicaciones.

Hasta que escuché el rugido.

No era el de un vehículo cualquiera. Ese sonido grave, redondo, de cilindros grandes que se tragaban el asfalto me resultó demasiado familiar.

Entrecerré los ojos.

Dos pares de faros se acercaban por la recta, uno al lado del otro. Dos motos grandes, de las que te erizan la piel al pasar por tu lado, aunque en aquel momento tan solo ronroneaban al avanzar con calma.

Al acercarse, pude ver que una de ellas, negra como la noche misma, llevaba a dos personas encima: la piloto, menuda y con la espalda recta, y una figura femenina un poco más grande pegada a ella.

En la otra moto solo iba una persona.

Y la reconocí antes incluso de que la luz del operativo rozara el chasis.

La manera de agarrar el manillar, el gesto exacto de la muñeca al soltar gas, esa caída mínima del tobillo antes de apoyar el pie… Tenía la elegancia felina de una pantera que ha aprendido a domar a un animal que debería ser más salvaje que ella.

La moto era una bestia disfrazada de cordero. Una naked gris mate, compacta y rápida, capaz de tragarse medio paseo marítimo sin despeinarse.

A simple vista parecía discreta, pero, si te fijabas un poco, veías la potencia escondida en cada línea.

Justo igual que su dueña.

No pensé. Simplemente levanté el brazo y señalé el arcén.

Las motos redujeron la velocidad prácticamente a la vez y se colocaron donde indicaban los conos, a un lado de la calzada.

Me acerqué con paso seguro y la linterna en la mano. El casco integral de la motorista solitaria le ocultaba la cara, aunque no necesité verla para saberlo.

Era ella.

—Buenas noches —dije al plantarme frente a su moto. Con la linterna, señalé a la otra—. Ustedes pueden marcharse. Y, usted, apague el motor.

Fabiola se quedó quieta, con las manos firmes en el manillar y la moto aún vibrando entre las piernas. Unas piernas envueltas en unos vaqueros que le marcaban cada curva como una maldita segunda piel.

«Joder».

—¿Nena?

Giré la cabeza.

¿Todavía seguían allí?

Las de la otra moto, ignorando mi orden, se habían quitado los cascos.

La piloto tenía el pelo oscuro, expresión tranquila y ojos rasgados.

La que iba detrás era todo lo contrario; una rubia bastante llamativa, de ojos claros y que me estaba fulminando con ellos como si le acabara de arrancar un juguete de las manos.

Alcé una ceja y desvié la atención a Remo.

—El casco fuera —le dije.

—¿Hay algún problema? —preguntó la rubia con tono frío.

—Ninguno, de momento —respondí sin prestarle atención.

Fabiola se quitó el casco y giró la cabeza hacia ella.

—Estoy bien —le aseguró. Me tuve que morder la lengua para no confirmarlo. Con el pelo suelto y despeinado por el viento estaba más que bien—. Id tirando, os alcanzo luego.

La rubia frunció aún más el ceño.

—No me hace gracia dejarte aquí sola.

—No estoy sola.

—Señoras —intervine y me acerqué a ellas con el etilómetro en la mano—. Si quieren soplar ustedes también, no tengo ningún problema. Pero no es obligatorio si no las hemos parado.

—Yo sí quiero —dijo la rubia, con una sonrisita que no me gustó ni un pelo.

—Diana —replicó Fabiola, más seria—. Marchaos, por favor.