¡Alto! O te enamoro… (Costa Serena 7) 13 – Brilla como un arcoíris #2
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13 – Brilla como un arcoíris #2

—La seño ha dicho que teníamos que brillar como un arcoíris. —Seguí la dirección de su dedo y me di cuenta del rastro brillante que su tutú había dejado en mis pantalones del uniforme.

—Pues… creo que lo has conseguido.

—Y tanto —murmuró Santos.

Ella se despidió corriendo cuando su madre la llamó unos metros más atrás. Emma levantó una mano para saludarme, y yo le respondí con un gesto rápido y una sonrisa. De paso recé para que no se acercara y notase lo nerviosa que estaba.

Por suerte, no lo hizo.

No sería la primera vez que me veían con el uniforme, aunque sí la primera que yo estaba rodeada de gente en un servicio real.

Y con Santos.

—¿Otra hermana? —preguntó él.

—Sí.

—¿Han venido todos?

Negué con la cabeza.

—Faltan unos cuantos, aunque no descarto que se pasen luego. Suelen apuntarse a todo lo que tenga música y comida gratis.

Noté cómo se le curvaba la comisura de los labios y desvié rápidamente la mirada de su perfil.

—¿Con más niños?

—Adolescentes —aclaré—. Bueno, y el que se está cociendo en el horno de otra de mis hermanas.

—Tu familia pretende que le asignen una patrulla propia, ¿verdad? Con todos los que sois, dais la media seguro.

Solté una carcajada corta e inesperada.

Él desvió la atención hacia mí, sorprendido, y me dio la impresión de que lo había pillado desprevenido.

Su reacción casi me arrancó otra sonrisa.

Y fue toda una novedad, porque desde la discusión nuestra comunicación se resumía a lo estrictamente necesario para el servicio.

Nada de pullas ni bromas ni silencios cómodos.

Solo preguntas protocolarias, respuestas correctas y un muro invisible que crecía entre los dos.

Y el problema era que yo echaba de menos cuando aún podía asomarme por encima.

Me sacudí los muslos para arreglar el estropicio con unas cuantas palmadas, pero la purpurina no solo no se fue, sino que empezó a expandirse.

—No, por Dios —susurré.

Detrás de mí escuché un murmullo bajo, muy parecido a una risa, que me erizó el vello de la nuca.

Me giré.

—No se te ocurra reírte —le advertí a Rodrigo alzando una ceja.

—Sí, señora —replicó con mofa. Lo ignoré e intenté agitar las piernas con unos cuantos golpes de las botas en el suelo, por si así tenía más éxito. No sirvió de nada—. Mira el lado bueno, Remo. Si falta algún chiquillo, podrás sustituirlo en el escenario y pasarás desapercibida.

No fue borde. O no del todo. Sonó casi a… ¿una broma?

Nos mantuvimos la mirada. La suya lucía tan relajada que, de no llevar el uniforme, habría jurado que era su doble. O algún hermano gemelo.

«Imposible. Santos no tiene hermanos».

El nudo dentro de mí cedió un milímetro y la sonrisa me salió sola. No pude evitarlo. Y tampoco quise contenerla.

—¿Continuamos? —pregunté mucho más tranquila.

—Sí. —Los ojos se me fueron a sus dedos mientras se ajustaba el cinturón. Volví la cabeza de golpe al ser consciente de lo que estaba analizando—. Con un poco de suerte, ningún niño decidirá escalar la valla para huir de este infierno, y estaremos tranquilos.

—No cantes victoria tan pronto.

—Si ocurre, estoy seguro de que el sospechoso llevará tu apellido.

Carraspeé para ocultar una risa.

Durante unos minutos, caminar a su lado dejó de parecer una prueba de resistencia y se acercó más a lo que había sido justo antes de que todo se torciera.

No, en realidad fue incluso mejor.

Pero a aquellas alturas ya debía de saber que todo lo que llega de forma inesperada se marcha sin dar explicaciones. Y, en aquella ocasión, el detonante fue otro hombre.

Uno con un chaleco con bandas fosforitas y el pelo perfectamente revuelto como si acabara de coprotagonizar un anuncio de lencería barata.

—Pero bueno, ¡si es mi agente favorita del pueblo! —vociferó—. Qué honor tenerla frente a mi humilde unidad móvil dedicada a salvar culos ajenos.

Santos movió la cabeza de él hacia mí, de nuevo hacia él y la mandíbula se le marcó cuando apretó los dientes.

—Dame un momento —le dije sin mirarlo directamente—. Voy a saludar al dispositivo sanitario.

Su única respuesta fue girarse y ponerse a vigilar alrededor con los brazos cruzados.

Me acerqué a la ambulancia, y Tomy salió a mi encuentro con los brazos abiertos.

—Ni se te ocurra —le advertí.

No sirvió de nada. Mi amigo me rodeó en un abrazo enorme y me apretó las costillas.

—Tomás —me quejé—. Estoy de servicio.

—Y yo —replicó y, aunque me soltó, no se separó mucho. Inclinó la cabeza y me susurró—: Dime que ese hombretón de ahí es tu famoso Ogro.

—Es Santos, no «mi famoso Ogro».

La garganta de Tomy emitió un gemido absurdo, y yo lo amonesté con la mirada.

—No seas tan descarado.

—Tranquila, no soy el único. —Sonrió de medio lado—. Él no nos quita el ojo de encima. Y tiene una cara de cabreo que me dan ganas de ponerle un alprazolam [2] en vena. ¿Siempre está así?

—Sí.

«Excepto cuando casi nos besamos. Y cuando me trajo pestiños a casa. Y también hace un momento con Beca».

—Por cómo me está fulminando con la mirada, creo que, si te abrazo otra vez y él frunce el ceño un milímetro más, podré confirmar la existencia de celos latentes.

Abrí los ojos y negué.

—Tomy, no. ¿Estás loco?

—Como todo buen científico.

—¿Puedes dejar de ser tan intenso por un momentito?

—Jamás. —Sonrió y me besó la mejilla—. Va contra mi naturaleza. Y ahora vuelve con él antes de que nos dé con la porra. Aunque pensándolo bien…

Me alejé de la ambulancia sin perder un segundo.

—¿Vamos? —le pregunté a mi compañero al llegar a su posición.

Él estaba muy entretenido escaneando el entorno con una concentración casi exagerada.

Volví el cuello un instante hacia la ambulancia. Tomy nos observaba apoyado en el lateral, con un pie contra la goma del neumático. Me guiñó un ojo, señaló con la cabeza a Santos e hizo un gesto con las manos simulando llevar unas esposas.

Negué y comencé a andar.

Rodrigo no tardó en ponerse a mi altura, pero, al ver su ceño fruncido, mis esperanzas de haber firmado el tratado de paz se esfumaron.

Confirmado: volvíamos al punto de partida.