13 – Brilla como un arcoíris
FABIOLA
Agradecí tener buenos reflejos cuando la puerta del armero se abrió, pues me pilló tan desprevenida que por poco se me cayó el cinturón de la impresión.
—Hola, Remo —me saludó Cuenca mientras caminaba hacia su casillero.
—Hola, buenas tardes —respondí y respiré hondo.
Llevaba cuatro días poniéndome el uniforme con una especie de peso en el pecho que no terminaba de deshacerse. Cuatro días desde la discusión con Santos. Y cuatro días desde que casi nos besamos.
¿De verdad había estado a unos milímetros de hacerlo?
Todavía no terminaba de comprender cómo había llegado a ese punto tan fuera de lugar. Tan fuera de mí.
Tal y como él me reprochó durante la pelea, había vuelto a actuar por un impulso. Y no era capaz de achacarlo solo a un momento de enajenación mental en el que no me paré a pensar en las consecuencias. Porque lo había deseado demasiado. E imaginado aún más.
No. No se podía repetir. Yo no me lanzaba e iba por libre.
«¿Estás segura?».
Ignoré a mi voz mental y, tras comprobar mi arma, salí junto a Cuenca y caminamos por el pasillo para acudir al pase de lista.
Rodrigo estaba allí, y no me miró cuando avancé frente a él.
—Esta tarde os quiero especialmente finos —anunció el sargento. Me senté, enderecé la espalda y asentí en su dirección —. Remo y Santos, a partir de las diecisiete treinta cubrís la fiesta de fin de curso del colegio Solimar.
—Los niñeros —murmuró López en tono despectivo.
Blanco soltó una risa baja, y Rodrigo gruñó, cayendo en la provocación.
—A las veintitrés, si todavía no ha terminado, entrarán los del turno de noche y os podréis retirar —continuó Salcedo—. ¿Alguna pregunta?
Negamos a la vez en una perfecta armonía profesional. Irónico, viendo la nula coordinación emocional que teníamos en las últimas setenta y dos horas.
Mientras tomaba nota mental del resto de operativos, una parte de mí —esa que trataba de silenciar sin demasiado éxito— se repetía la misma pregunta: ¿por qué me afectaba tanto que él actuara como si yo no existiera?
Y eso sin contar con que aún me sorprendía que el sargento siguiera nombrando nuestro binomio para patrullar.
Cuando todo pasó, di por hecho que Santos pediría un cambio de compañera nada más pisar la comisaría. Sin embargo, no lo había hecho. O, si lo hizo, Salcedo no lo aprobó.
Aunque, en el fondo, lo que más me sorprendía era que yo misma tampoco me hubiese planteado solicitarlo.
Mi cabeza insistía en que poner distancia era lo mejor, pero no con tanta fuerza como ese otro sentimiento que llevaba días pegado a mí.
Ese que todavía no sabía muy bien cómo manejar y que había duplicado su tamaño cuando casi nos besamos.
Maldije a mi mente. ¿Por qué no era capaz de olvidar ese momento?
No debía recordarlo mientras lo tenía allí, caminando a mi lado en dirección al coche.
No debía recordarlo mientras su respiración llenaba todo el vehículo y se me colaba en el oído sin pedir permiso.
No debía recordarlo. Pero lo hacía.
En determinados momentos intentaba convencerme de que lo había exagerado, de que solo se trataba de un acercamiento provocado por la tensión de la discusión y el calor del coche.
Aunque bastaba con cerrar los ojos para recordar la forma en la que se había inclinado hacia mí, cómo me miraba los labios justo antes de susurrar mi nombre y la reacción de mi cuerpo, que no se calmó ni cuando puse todo mi empeño en que lo hiciera.
¿Me molestó que lo detuviera? Sí. Más incluso que sus palabras hirientes de después.
¿Me sacaba de quicio que eso me molestase? Mucho.
—Remo. —Su voz grave cortó mis pensamientos de golpe—. La puerta.
Levanté la cabeza y lo observé. Apretaba el volante con tanta fuerza que los nudillos habían perdido todo el color.
—Sí. —Tiré de la maneta y la cerré con un portazo—. Perdón.
La primera parte del turno fue tensa, aunque tranquila, y el sol aún calentaba fuerte cuando llegamos al colegio. Eran poco menos de las cinco y media de la tarde, y el recinto ya estaba lleno de gente.
Se veían globos de colores atados a las vallas, guirnaldas de papel colgando de una carpa a otra y el olor a palomitas y hamburguesas comenzaba a llenar el ambiente.
Un grupo de niños pasó corriendo delante de nosotros, uno con una espada de espuma y otro con una pistola de burbujas.
—Me retracto —murmuró Santos—. El infierno no es quedarse en la comisaría haciendo papeleo. Es esto.
—A mí me gusta. Es un día bonito —reconocí.
Él gruñó a la vez que esquivaba a un niño con un algodón de azúcar del tamaño de su cabeza.
Recorrimos el lateral externo del edificio y bordeamos la zona de juegos infantiles. Había visto muchas veces ese patio, jugado en él, llorado en él. Sin embargo, era la primera vez que lo pisaba como policía con ellos como testigos.
Porque ya estaban allí.
A lo lejos, junto a una de las carpas, distinguí el pelo rubio de mi madre, la figura alta de mi padre a su lado y las siluetas de mis abuelos sentados en unas sillas a unos pocos metros. También distinguí unas cuantas figuras familiares y más pequeñas, las de mis sobrinos.
Tragué saliva.
—¡Agente!
Los dos giramos la cabeza a la vez.
Reyes caminaba hacia nosotros. Llevaba un vestido veraniego, sencillo, pero favorecedor, y unas sandalias con un tacón imposible que le daban un aire elegante y sofisticado.
Por primera vez odié el mismo uniforme que tanto había adorado desde niña.
—Buenas tardes —saludé.
Ella me miró y me dedicó una sonrisa durante la friolera de una centésima de segundo antes de girar la cabeza hacia mi compañero.
—Vaya, no pensé que te mandarían a ti —comentó colocándose frente a Santos. Él le hizo un movimiento de cabeza—. ¿No trabajabas en el turno de mañana?
—Información confidencial.
Yo alcé las cejas ante la respuesta escueta de mi compañero y continué observando el intercambio entre ellos.
¿Información confidencial? Me dieron ganas de echarme a reír de puros nervios.
—Ah… Vale, vale. Entiendo. —Soltó una risita cómplice y se le acercó un poco más. Tuve un déjà vu cuando le posó una mano en el antebrazo y bajó la voz—. Por cierto, te he escrito. Dos veces.
Sus palabras me entraron por el oído, se me colaron en el torrente sanguíneo y viajaron hasta formar un frente hostil alrededor de mi corazón.
—He estado liado —respondió él.
Fui testigo principal de cómo esa frase impactó contra Reyes. Un primer golpe limpio a sus trincheras.
Ella no se inmutó. Al contrario, ladeó el cuerpo con una elegancia que parecía ensayada frente al espejo y dejó a la vista el escote de su vestido; toda una carta ganadora sobre la mesa.
—Cuando tengas un rato, ya sabes… —susurró y se mordió sutil el labio—. Podemos retomar lo que dejamos pendiente.
Mi cerebro, muy eficiente para ciertas cosas, decidió rellenar el concepto «pendiente» con imágenes que no quería ver, ni en ese momento ni en ningún otro de mi vida.
—Creo que…
—¿A qué hora acabas el turno? —lo interrumpió sin perder la sonrisa—. ¿O eso también es información confidencial, agente ?
A pesar de que cada vez quedaba menos cabo del que sostenerse, ella seguía aferrada a él de una forma impecable, serena y perfecta.
Santos desvió la atención hacia mí, y yo le sostuve la mirada. ¿Era posible que estuviese más incómodo que interesado?
No. No podía ser eso… ¿O sí?
—Tenemos que continuar la ronda —dijo él al fin.
—Por supuesto. —Reyes lo aceptó con una naturalidad casi insultante. Algunas en su situación se habrían echado a llorar allí mismo, como, por ejemplo, una servidora—. Yo también debería ponerme en marcha, aún queda mucho por hacer.
Se giró hacia mí, me regaló un gesto educado y se alejó con un andar tan seguro que me resultó imposible no seguirla con la vista.
Volví a la realidad al escuchar el sonido que emitió Santos, mitad gruñido mitad suspiro. Y, aunque no iba a admitirlo ni bajo la peor de las torturas, ese pequeño detalle me supo a victoria.
Lo observé de reojo. Él se pasó la mano por la cara y apretó la mandíbula. No explicó nada, no justificó la situación ni pronunció ninguna de esas frases hechas que, en realidad, no tenía obligación de decir. Tan solo comenzó a caminar.
Antes de poder alcanzarlo, un pequeño proyectil humano me impactó de lleno contra las piernas.
—¡Tata Fabi! —chilló Beca y me rodeó las piernas con los bracitos.
La espalda se me tensó y no supe reaccionar.
Estaba de servicio y, hasta ese momento, había sabido mantener las distancias con mi familia.
Me había prometido que no me tomaría licencias personales delante de todo el pueblo, aunque tampoco podía ignorar que mi sobrina más pequeña —por el momento— estaba abrazada a mis piernas como si le fuera la vida en ello.
No podía ignorarla, pero tampoco sabía qué hacer.
—Hola, Beca.
Abrí los ojos y giré el cuello despacio hacia el origen del sonido.
Santos había retrocedido hasta nosotras y miraba a la niña con una sonrisa cariñosa. No podía dar crédito a que esa voz tan dulce saliera de alguien cuyo idioma principal era el gruñido.
—Hola —contestó mi sobrina algo recelosa.
Se escondió detrás de mí, y yo me envaré un poco más.
—Estás muy guapa. ¿Verdad, tata Fabi ? —Rodrigo alzó una ceja en mi dirección, y yo hice un esfuerzo titánico por mantener la mandíbula en su sitio.
Necesité cuatro segundos enteritos para procesar lo que acababa de pasar. Cuatro segundos en los que él no dejó de sonreír ni de traspasarme con sus ojos negros e hipnotizantes.
Por fin — por fin — fui capaz de reaccionar y bajé la mirada. Mi sobrina, con un tutú blanco cubierto de purpurina plateada, una camiseta con un arcoíris y unas deportivas que parpadeaban al ritmo de sus pasitos, me observaba expectante.
—Peque… —Me agaché un poco—. Estás preciosa.
—Es que voy a bailar, tata. Tengo que estar preciosa —dijo y pronunció la palabra con toda la gravedad del mundo.
—Ya veo.
Santos no había dejado de sonreírle, y a mí se me contagió el gesto.
Cuando me separé de Beca, ella señaló mis pantalones y soltó un pequeño «ups» que me puso en guardia.