¡Alto! O te enamoro… (Costa Serena 7) 12 – Loco
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12 – Loco

RODRIGO

No había terminado de probar el arma cuando escuché el chirrido característico de la puerta del vestuario femenino. Me quedé quieto unos segundos, alerta, y traté de adivinar los movimientos de la única mujer de mi turno, la misma que llevaba toda la maldita semana colándoseme en la cabeza.

Cuando no fui capaz de adivinar sus pasos, me obligué a continuar con lo mío.

—Puto calor —mascullé a la vez que me secaba el sudor de la frente y terminaba de probar la pistola.

Aún quedaban cuatro días para que comenzase el verano, pero llevábamos una semana con un bochorno insoportable y el calor pegajoso de aquel día en particular me tenía de los nervios.

Guardé el arma en el cinturón y, sin dilatarlo más, salí.

Al girar hacia la sala de reuniones, la vi. Fabiola avanzaba por el pasillo con ese andar rígido que mantenía incluso cuando el resto del mundo iba acelerado —cuando yo iba acelerado—. Pelo recogido en su típica trenza, uniforme impoluto, expresión contenida… Pero no fui el único que la observó.

López la interceptó y le sonrió con esa cara de baboso que usaba siempre que estaba a menos de diez metros de una mujer.

Se me tensó el cuello al ver cómo hablaban y él apoyaba un brazo en la pared para bloquearle el paso.

Estuve a punto de acercarme para frenarlo, aunque no me dio tiempo, pues Fabiola le dijo algo, se giró y se escabulló con un movimiento elegante. Y yo tuve que contener las ganas de aplaudirle cuando pasó por mi lado.

—Buenas tardes —me saludó con ese tono neutral que usaba cuando no quería dar pistas de su estado.

—Hola —respondí sin dejar de mirar a López.

Este se giró al escucharme y la sonrisa se le congeló en la cara.

Veintiséis días después de la bronca que habíamos tenido por su comportamiento de mierda con Remo aún seguía evitándome.

No tenía claro si me gustaba o no. Una parte de mí habría preferido que tuviera huevos para encararse de una vez conmigo, sobre todo en días como aquel.

Casi le habría agradecido que me buscara las cosquillas, pues, con la tensión que llevaba encima y la falta de sueño, al menos tendría una forma de soltarla.

Pero no, López no era tonto y sabía cuándo —y con quién— podía hacerlo.

No tuve que decir nada; solo me quedé allí, de pie, serio y cruzado de brazos. Él tardó medio segundo en enderezarse, soltar un bufido y dar media vuelta.

Ni siquiera llegué a entrar en la reunión previa.

La emisora estalló con un aviso de pelea entre menores a la salida del instituto, así que salimos cagando leches. Remo y yo apenas intercambiamos un par de palabras antes de montarnos en el coche.

—Tutor uno en desplazamiento —dijo ella por la radio.

—Recibido.

Arranqué sin perder un segundo y, mientras ponía el coche en marcha, traté de ignorar el nudo que tenía en el estómago desde que me la había encontrado en el pasillo.

Una semana sin verla. Siete días enteros que se me habían hecho eternos y en los que había tratado de meterme en razón yo mismo a empujones, utilizando el argumento de que solo éramos compañeros y que cada uno tenía su vida.

Punto.

Solo que el punto se convertía en una coma y la historia no terminaba ahí.

—Llegaremos en ocho minutos —comenté a la vez que encendía las luces.

—En cinco si coges por la calle Alborán.

Negué.

—Hay obras. Mejor por la avenida del Faro.

—Conozco la zona. Podemos entrar por detrás y…

—Y encontrarnos el tapón de coches de todos los días a esta hora. No, es mejor por la avenida del Faro —zanjé.

Ella cerró la boca y vi por el rabillo del ojo cómo inspiraba hondo. Yo también respiré. Y aceleré.

No volvió a hablar, aunque se mostraba más inquieta de lo normal.

Se lo notaba en cómo movía las manos, en la forma de agarrarse al cinturón.

Recordé que había mencionado de pasada que un par de sus numerosos sobrinos estudiaban en ese instituto, así que deduje que por eso iba tan rígida. Más de lo habitual, quería decir.

El resto del camino fue un silencio tenso y expectante.

Llegamos ocho minutos después y enseguida localizamos el tumulto: unos pocos adolescentes arremolinados junto a los aparcamientos interiores, con un corrillo alrededor que los jaleaba entre gritos y empujones.

—Salgo —anunció ella y abrió la puerta antes de que pudiera detener el coche del todo.

—¡Remo! ¡Espera! —le ordené. Tarde. Antes de acabar la frase ella ya estaba fuera—. ¡Joder! —maldije y aceleré para poder acercarme lo suficiente mientras la veía correr hacia el tumulto.

Levantó las manos en señal de paz cuando llegó a ellos. Yo abrí la puerta de un empujón y no la perdí de vista mientras caminaba rápido hacia la zona; por eso pude ver el golpe con absoluta claridad.

Uno de los niñatos, nervioso, soltó un puñetazo al aire para intentar apartar a otro, pero falló de objetivo.

—¡Eh! —troné y apreté el paso. Me puse entre ella y el chaval y la agarré por el codo—. ¿Estás bien?

—Sí —murmuró.

Me dio la impresión de que estaba más sorprendida por mi pregunta que por el golpe.

Asentí una sola vez y me cuadré frente al crío, que aún tenía la mano levantada y el gesto congelado.

—¿Qué cojones te crees que haces? Has golpeado a una agente de la ley. ¿Sabes lo que puede caerte por eso?

—Yo… yo no quería que… —balbuceó.

—Las manos abajo. Ahora.

Sus compañeros dieron un paso atrás mientras él hacía lo que le decía. Sentí una mano en el brazo un segundo antes de escuchar a Fabiola.

—Estoy bien, Santos. Ha sido un accidente. Déjame hablar con ellos, ¿vale? —comentó y bajó la voz para que solo yo la escuchase—. Son solo niños.

Solo niños, sí. Pero a esa edad ya había visto más de un estallido que acababa en desgracia. De repente imaginé a Nora rodeada de un grupo como ese, a merced de idiotas que no medían la fuerza, y fue más de lo que pude soportar.

Me aparté un paso, pero no le quité ojo. Ni al chaval, que miraba de uno a otro con los ojos muy abiertos.

Me obligué a soltar el aire despacio cuando los padres comenzaron a llegar, nerviosos, pidiendo explicaciones.

Remo gestionó la mediación con una soltura impecable mientras yo solo podía pensar en arrancarles la cabeza de cuajo. No lo hice, pero no por falta de ganas. Me limité a estar ahí, firme, vigilando que ningún imbécil le levantara la mano otra vez.

—Lo anotaremos como incidencia leve —informó Fabiola.

—¿Incidencia leve? —repetí, incrédulo.

Ella me lanzó una mirada cargada de intención que me dejó claro que no quería saber mi opinión. Negué cabreado y me di la vuelta justo cuando llegó el segundo coche patrulla.

Nos llevó menos tiempo despejar la zona de lo que tardaron mis pulsaciones en volver a un ritmo decente. Y, cuando un rato después entramos al coche patrulla y cerré la puerta de un portazo, aún me duraba el cabreo.

No dijimos nada, tan solo puse en marcha el motor con el ceño más marcado que las líneas de la carretera.

La calma duró poco.

Fabiola bajó el parasol y se miró el pómulo en el espejo. Yo seguía conduciendo, aunque en realidad ya no veía la carretera, solo podía ver la imagen del golpe repitiéndose en mi cabeza.

Cerré los ojos un segundo, apreté el volante entre los dedos y me obligué a inspirar hondo antes de hablarle.

—No vuelvas a hacer eso.

Se giró hacia mí muy despacio, y yo volví la cabeza hacia ella un instante.

—¿Perdona?

—No puedes lanzarte e ir por libre. —Negué e hice un aspaviento con una mano—. Son niñatos hormonados en pleno calentón. ¿En qué estabas pensando?

No me importó saber que me estaba taladrando con la mirada.

—Según la normativa de intervención con menores, la prioridad es dialogar y reducir la…

—¡No me vengas con esas! —la corté, frustrado—. El instinto de supervivencia no se aprende en un puto manual, Remo. Si uno de esos críos llevase un arma blanca, ¿qué?, ¿también lo resolverías con diálogo?

—Sé lo que hago.

Solté una risa seca.

—¿Sí?

—Sí. Y deja el dramatismo, por favor.

Apreté los dientes y frené en seco en el arcén. Por suerte, íbamos por una carretera secundaria poco transitada y mi maniobra brusca no afectó a nadie más que a nosotros.

Me miró sorprendida.

—¿Qué haces?

Eché el freno de mano y me giré hacia ella.

—¿«Deja el dramatismo»? —repetí incrédulo.

—Te repito que sé hacer mi trabajo —contestó con la barbilla levantada.

—Eres demasiado confiada, Remo. Vas por ahí pensando que todo el mundo es buena gente, y no lo son. Ni en la calle ni en la comisaría.

—¿Me estás diciendo que es mejor desconfiar de todo el mundo?, ¿de ti, por ejemplo?

—Es mejor no ser tan ingenua, porque te puede salir muy caro.

—Gracias por el consejo —ironizó.

—Pues aquí va otro: no vayas por libre. Mientras seas mi compañera no vuelvas a hacerlo.

—¿Y quién me lo va a impedir?, ¿tú? —me preguntó con los ojos entrecerrados.

—Sí. Yo. —Su sonrisa irónica me tocó los cojones—. ¿Es que te da igual que te metan un navajazo por ir dos putos pasos por delante de mí? —Ella desvió la mirada y fue mi turno para sonreír—. Es eso, ¿verdad? Quieres ser una heroína y restregármelo en la cara, ¿no?

—¡Claro! Porque aquí todo gira en torno a ti, Santos. No sé cómo puedes soportar ser el centro del universo sin volverte loco.

—¡Tú eres la que me vuelves loco!

El silencio se hizo enorme en aquel coche y me quedé inmóvil al ser consciente de lo que había dicho… y de lo cerca que estaba de ella.

De lo cerca que tenía su boca.

Ella también debió de darse cuenta, porque me observó los labios el tiempo que duró un latido —un insignificante y agónico latido— y luego regresó la atención a mis ojos.

Y aquello me jodió vivo.

Porque no apartó la mirada como yo esperaba que hiciese; no se echó atrás ni evitó la confrontación como habría hecho cualquier persona sensata al ver mi cara de querer matar a medio planeta con mis propias manos.

No. Ella se quedó ahí, quietecita. Sin pestañear.

Como si supiera exactamente qué botón acababa de activar y le diera completamente igual.

Sentí que algo se me soltaba desde dentro. Una necesidad visceral e inoportuna que llevaba días conteniendo para que no se escapara.

El aire se volvió espeso y caliente, y no tuvo nada que ver con la temperatura del exterior, sino con ella. Con su olor, ese maldito olor que casi podía saborear y que me empujaba a acercarme más.

Un poco más.

La nuez me subió y bajó con lentitud cuando tragué saliva.

Ella inclinó la cabeza unos milímetros. No tantos como para que cualquiera lo advirtiera, pero sí los justos para que lo notase yo y para que mi cerebro dejara de funcionar como debía.

—Fabiola… —susurré.

Entreabrió los labios y aquello fue mi sentencia.

La fuerza que tiró de mí hacia ella no fue humana. Fue instinto, fuego. Necesidad básica y hambre pura.

Pero entonces la vi.

La rojez en su pómulo. La zona inflamada que demostraba lo cerca que había estado de perder el control al ver cómo el puño de aquel niñato impactaba contra su cara.

Necesité borrarle las marcas con mi boca, con mis besos. Con mi lengua. Y, al ser consciente de lo que estaba imaginando, me eché hacia atrás de golpe.

No. Ni de coña podía sentir aquello. No me podía involucrar tanto.

Fabiola no era nada mío, y bastante tenía ya con cuidar de tres personas cada día como para preocuparme por una más.

Como para temer por una más.

Agradecí haber recuperado la cordura antes de hacer una gilipollez monumental.

—Menos mal —dije y carraspeé al sentir la garganta seca—. Ya era hora de ver que no eres tan perfecta como aparentas.

—¿Qué? —murmuró.

—Estaba preocupado por si con quien comparto patrulla tenía agallas o le habían dado la placa por su cara bonita, pero ya veo que también sabes sacar las uñas cuando te interesa.

Le cambió del todo la expresión, y supe que había dado justo en el blanco.

Tensó la mandíbula un segundo antes de escupirme:

—Vete a la mierda, Santos.

—Llegas tarde —respondí, me obligué a sonreír y me giré para arrancar el coche—. Hace tiempo que vivo en la más absoluta mierda.

«Y acabas de enterrarte un poco más tú solito. Sobre todo en lo que respecta a ella».