¡Alto! O te enamoro… (Costa Serena 7) 11 – Interés #2
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11 – Interés #2

El comentario me afectó, no porque Tomy pretendiera hacerme daño, sino porque en el fondo llevaba razón. No entendía esa versión mía que reaccionaba cada vez que Rodrigo hacía o decía cualquier cosa y que se ponía a dar tumbos dentro de mí, empeñada en removerlo todo y desestabilizarme.

—No sé. —Me rasqué la muñeca, frustrada conmigo misma—.

Un día me desespera, al siguiente lo veo ser tierno con su padre y su hija, y…

—Me mordí el labio, buscando las palabras—.

Y luego se presenta en mi casa, me sonríe y me mira de una forma demasiado intensa.

Y me trae pestiños. Pero después se pone a cuchichear con Reyes. ¿Qué me pasa? Esto es absurdo.

—No. Lo que te pasa es que estás viva y él te gusta.

—Es el Ogro.

—El disfraz de Fiona te sentaría genial.

La carcajada se me escapó antes de poder contenerla.

—Estás fatal —admití y, cuando dejamos de reírnos, apoyé la cabeza en su hombro—. Tomy.

—Dime.

—¿Me gusta Rodrigo?

—Sí. Eso creo.

—No quiero que me guste.

—Ya, pero no puedes hacer nada. Sois polos opuestos, y ese es el ingrediente básico para que el universo decida ponerse a jugar a hacer repostería con vosotros.

Estés de acuerdo o no. —Me agarró de la mano y su silencio me puso en alerta—.

Y ahora viene la última pregunta del día. Y la más importante. ¿Te pone?

Cerré los muslos en un gesto involuntario.

—¿Qué? No.

—No pretendo entrometerme. —Su tono no fue burlón, sino tranquilo, casi profesional—. Pero sé lo que hay dentro de esa cabecita tuya.

—Ya —contesté resignada.

—Y, además, esto contestaría a esa absurda pregunta que sueles hacerte de si hay algo mal en ti. —Me levantó la barbilla—. ¿Te atrae físicamente?

Tragué saliva.

—Es… es una pregunta innecesaria.

—Que no estás respondiendo.

—¡Porque no hay nada que responder!

La garganta se me cerró de golpe en cuanto me di cuenta de que le había gritado. A Tomy. A mi mejor amigo.

Me odié al instante por llegar siempre tarde a las reacciones que, de un tiempo a esa parte, se despertaban en mí sin control.

Él no le dio importancia. Se encogió de hombros, se tumbó de espaldas y entrelazó las manos detrás de la cabeza mientras miraba hacia el cielo.

—Vale. Entonces debo de estar equivocado. Así que, como no te afecta, voy a visualizarlo: Reyes lo arrincona en la sala de profesores, él le sube la falda, ella se quita las gafas y se abre el escote para que él le pueda…

—¡Para! —Le tapé la boca con una mano.

—¿Por qué? —balbuceó, y lo solté—. Si te da igual, ¿no?

De hecho, lo mismo hasta les pilló el de Matemáticas y se unió a la fiesta.

Seguro que, mientras tú rellenabas el papeleo en el despacho del director, ellos estaban dándose el lote encima de los archivadores.

¿Tiene pinta de empotrador? Necesito conocerlo para poder imaginármelo mejor.

—No. No vas a conocerlo. Y tampoco fue a la sala de profesores, así que déjalo ya.

—¿Lo perdiste de vista en algún momento?

—No. Y me… me da igual lo que haga con ella o con quien sea.

—Quizá te creería si me lo dijeses sin tartamudear.

—No me… —Lo miré exasperada—. Eres un imbécil.

Tomy soltó una carcajada bajita.

—Fabs, cariño, estás roja como un tomate maduro. —Le lancé su camiseta a la cara, enfurruñada—. No pasa nada si reconoces que Rodrigo está bueno y te pone.

Apreté los labios.

—Es un hombre atractivo. Nada más.

—Te pone.

—Tomy, ya.

Mi amigo se levantó de la toalla y, tras colocarse bien el bañador, me miró desde arriba y se encogió de hombros.

—No es tan difícil, solo repite conmigo: «Rodrigo Santos, alias el Ogro, está bueno y me pone cachonda».

—¡Tomás!

—Te daré un consejo profesional como tu mejor amigo y enfermero diplomado en Cachonditis Aguda: tíratelo. Solo así sabrás si es un calentón o hay más. Y luego me lo cuentas, por favor.

—¡¿Qué?! —Mi voz salió una octava más alta.

—Que te acuestes con él, Fabs. Sexo terapéutico. Descargáis tensión, aclaras la mente, te respondes dudas existenciales y luego decides si también quieres ahondar en la parte emocional con él.

—Estás loco. Completamente loco.

—No lo negaré. Pero eso no me quita la razón. —Estiró los brazos y se crujió el cuello—. Y como sé que tienes que macerar las cosas en esa cabecita tuya, te dejo procesándolo mientras voy a darme un chapuzón, a ver si se me baja el calor que me has provocado con la charlita.

—¿Yo? —Él me guiño un ojo y me miró las piernas, que seguían apretadas. Me tapé con una mano—. ¡No seas cerdo!

—¿Yo?

Se dio media vuelta, se fue caminando hacia la orilla y dejó una fila de huellas en la arena tan marcadas como las que habían dejado sus palabras en mi cabeza.

Cerré los ojos e intenté pensar en otra cosa. En cualquier cosa: multas, reglamentos, protocolos… Lo que fuera.

Pero nada.

La imagen de Rodrigo, con su voz grave, esas manos grandes y la forma en la que apretaba la mandíbula cuando algo lo sacaba de quicio, se me coló en la mente sin pedir permiso.

Y mi cuerpo, alentado por las palabras de mi amigo, decidió dar su opinión al respecto sin consultarme.

Noté un cosquilleo caliente bajarme desde el cuello hasta los pechos y continuar hasta tensarme la boca del estómago. De ahí descendió, lento y ardiente, hasta más allá del ombligo.

Un espasmo involuntario me sacudió por dentro y me incorporé, incómoda, acalorada y con el aire atascado en la garganta.

—Muy bien —murmuré avergonzada—. Estupendo. Esto es justo lo que te faltaba, Fabiola.