11 – Interés
FABIOLA
Inspiré hondo. El sol de junio calentaba sin llegar a quemar, la playa estaba prácticamente vacía ese martes por la mañana y la brisa traía el olor salado que siempre me había reconfortado.
Sin embargo, nada de eso importaba, porque mi mejor amigo se había levantado ese día con el nivel de intensidad por las nubes y el propósito de no dejarme en paz ni un segundo.
El golpe seco de la pelota al impactarme contra el muslo me obligó a abrir los ojos.
—Punto para mí —canturreó Tomy de pie a mi lado—. Qué buen saque.
Con un párpado arrugado por el sol, observé la pala tirada en la arena a mi lado y después a él. Movía los hombros y los brazos como si estuviera en plena final de Wimbledon.
—No me apetece jugar.
—Si yo tuviera tu cuerpo me levantaría de la toalla y lo luciría todo el rato. Bueno, también me tocaría mucho las tetas, pero eso es otra historia.
Negué y dejé caer la cabeza hacia atrás.
—Solo quiero tomar el sol, Tomy —me quejé cuando me lanzó de nuevo la pelota—. Además, ¿desde cuándo te gusta hacer ejercicio?
—No es ejercicio, es un juego, y ya sabes que yo siempre estoy jugando a alguna cosa. —Me dedicó una mirada suspicaz—. Sobre todo cuando se trata de averiguar por qué mi mejor amiga tiene esa cara de haberse tragado un puzle de mil piezas y no saber cómo empezar a ordenarlas.
—Tomy…
Él se tiró a mi lado y la arena que levantó se me metió en los ojos.
—Es eso, ¿no? Prefieres que nos pongamos a armar el puzle de tu cabeza, ¿verdad?
—¿No te cansas?
—¿De ser tan perfecto? Qué va. —Me empujó con la cadera y tuve que hacerle sitio en la toalla—. ¿Qué te pasa?
—Nada.
Soltó una carcajada seca.
—¿Qué te pasa? —insistió alargando el final de la pregunta—. Llevas una semana esquivándome, y si hoy estás aquí es porque he ido a tu casa y te he interceptado antes de que te encerrases en el gimnasio.
—No te estoy esquivando.
—Claro, y a mí me mide el pito veinticinco centímetros, no te digo. Venga, Fabs. Sabes que puedes contarme lo que sea.
La respuesta se me quedó atascada en la garganta.
Llevaba días sintiéndome rara, como si una parte de mí hubiera despertado sin avisar y no supiera dónde encajarla.
No estaba triste ni enfadada, tampoco agobiada…
Pero algo se me movía dentro y no sabía qué nombre ponerle a esa sensación difusa y un tanto incómoda que aparecía cuando menos me lo esperaba.
Era una especie de cosquilleo que ni yo misma entendía y que me asaltaba en el vestuario, en el coche patrulla o en cualquier momento durante el turno.
Y, si no sabía qué era, ¿cómo iba a explicárselo a él?
—No lo sé. —Tragué saliva—. Aunque sé que tiene que ver con el trabajo.
Él frunció el ceño.
—Te han reñido porque no te sabías la cantidad exacta de comas que tenía el reglamento.
Se me escapó una carcajada.
—No. —Rompí el contacto visual—. Creo que es por Rodrigo.
Me costó pronunciar su nombre.
—¿Quién es Rodrigo? —Lo miré con una ceja arqueada—. Espera… ¡No! ¿El Ogro? —Asentí—. ¿Se llama Rodrigo? —Asentí de nuevo—. Qué bajona.
—¿Por qué? —le pregunté divertida.
—No le pega nada. —Repitió un par de veces el nombre y puso caras—. Bueno, y ¿qué te ha pasado con él?
Justo eso era lo que no podía contestar: ¿qué me pasaba con Rodrigo?
Necesitaba saberlo tanto como Tomy, pero no tenía ni idea de por dónde empezar.
—Nada. En realidad, no ha pasado nada. —Giré la cabeza y observé el mar.
—Ya. Claro. —Noté la risa en su voz—. Por eso llevas media hora clavando los dedos en la arena. ¿Estás excavando un túnel hasta Australia o es que tienes complejo de avestruz y vas a enterrar la cabeza?
Me miré las manos y me di cuenta de que, efectivamente, estaba haciendo un pequeño agujero.
Suspiré a la vez que las sacudía para quitarme la arena y deseé que también se esfumara esa sensación que se me había atrincherado en un rincón de la mente al ver cómo trataban a aquel chico, además del regusto amargo por la situación final con cierta jefa de estudios.
Me molestó darme cuenta de que, sin querer, ambos momentos se me habían mezclado en el estómago y me lo habían revuelto.
—No sé. Es difícil de explicar. Desde el día en que fuimos a dar las charlas de seguridad vial al colegio estamos raros.
—Amplía eso.
Supe que diría esas palabras exactas y también que no tenía escapatoria, aunque aún necesité un instante más para continuar.
Me fijé en un par de gaviotas que revoloteaban cerca de la orilla y esperé que sus movimientos me ordenaran las ideas. No funcionó.
Finalmente, me tumbé en la toalla. Él me imitó y apoyó la cabeza en una mano. Nuestros cuerpos quedaron enfrentados al igual que nuestras miradas.
Tomy me sonrió, y fue al ver ese gesto tan suyo —el que siempre me ayudaba a sentirme segura— cuando comencé a hablar.
—Hubo un momento incómodo con Reyes —admití, más para mí misma que para él.
—¿Reyes?
—La jefa de estudios del colegio —le aclaré—. La has debido de ver por el pueblo. Pelo rubio y rizado, gafas de pasta rojas grandes, cuarenta y tantos, voluptuosa…
Mi amigo se encogió de hombros.
—¿Qué pasó con ella?
—Pues, parecía que… Era como si yo no existiese. Como si fuera invisible a sus ojos. Y yo soy la agente tutor, ¿sabes? Yo llevo la coordinación, soy la que hablé con ella por teléfono. Él está de apoyo, pero ella solo…, solo le hablaba a Rodrigo.
—Fabiola, para.
—¿Qué? —Tomy sonrió de medio lado y detuvo el movimiento de mi mano. Fue entonces cuando me di cuenta de que me ardía la piel de la muñeca que me había estado rascando—. ¿Y Rodrigo?, ¿qué hacía él?, ¿cómo estaba?
—Él… Pues, no sé. Normal, serio. Rodrigo siempre está serio.
Tomy ladeó la cabeza.
—Vamos, sabes hacerlo mejor.
Bufé para ganar tiempo. O para perderlo, ¿quién sabe?
—Se mostró profesional. Un poco brusco, aunque le pedí que fuera amable con los críos y lo intentó. —Hice una pausa—. Les paró los pies a los gemelos.
Mi amigo abrió los ojos con sorpresa.
—¿En serio? Es mi ídolo.
Sonreí.
—Al final hubo un momento bastante incómodo —admití, y él asintió, animándome a continuar—. Reyes se acercó a él al acabar las charlas y, bueno, se puso a toquetearlo.
Tomy dio un par de palmadas y se frotó las manos.
—Entramos en materia.
—No seas maruja —protesté, y él chasqueó la lengua—. Solo lo menciono porque fue inapropiado. Se le acercó demasiado.
—¿Demasiado para quién?
Aquella pregunta me llegó como una bofetada. Me quedé callada y quieta. Pensando. Analizando. Y el viento aprovechó para moverme un mechón de pelo que aparté con un bufido.
—Supongo que para mí.
—¿Te molestó que lo tocara?
—No —respondí demasiado rápido.
—Ajá.
—No me molestó —insistí, esta vez más despacio— Pero no me pareció bien que lo hiciese.
—¿Por qué?
—Porque no procedía, Tomy. Estábamos de servicio, y no es muy normal que alguien se ponga así: tan pegajosa, a ponerle morritos y hablarle en susurros. Somos agentes de la ley.
—Ah. —Él asintió despacio y apretó los labios para no echarse a reír.
Una tentación nada propia en mí me trató de convencer para darle con la pala en la cabeza.
Por supuesto, no lo hice—. Es decir, que no te molestó, pero en realidad sí te molestó.
En el sentido estrictamente profesional de la palabra, claro.
—Exacto.
—Ajá.
—¿Qué? —pregunté al escucharlo reír por lo bajo.
—Que creo que tengo tu diagnóstico.
Puse los ojos en blanco.
—A ver…
—Estás celosa.
—¿Qué? ¡No!
—Sí, Fabs. Eso que te arde en las tripas cuando recuerdas a Reyes tocándolo son celos, cariño mío.
—No estoy celosa —murmuré un poco molesta.
Tomy solo me miró y esperó. Y yo lo observé mientras analizaba sus palabras.
La verdad era que nunca antes me había sentido así.
Y, aunque jamás me había considerado una persona celosa, la realidad era que ver a aquella mujer manoseando a Rodrigo con tanta confianza me había sentado como un puñetazo en el estómago.
Una sensación rápida, visceral y que me ardió en las entrañas sin que pudiera controlarla.
Era raro. Toda mi vida me había sabido manejar con mis parejas, me había movido en aguas tranquilas y predecibles, pero últimamente mi cabeza y mi cuerpo se habían descoordinado y me gritaban cosas muy diferentes.
¿Me estaría volviendo loca?
No. No era eso. Me fastidiaba admitirlo incluso para mis adentros, pero una parte muy pequeña de mí sabía que quizá Tomy llevaba razón.
Solté un ruido mitad sollozo mitad gruñido y me eché hacia atrás sobre la toalla. Él rio bajito cuando me tapé la cara con el antebrazo.
—¿Quieres saber mi opinión? —me preguntó un momento después.
—Sí.
—¿Aunque no te guste?
—Sí.
—Rodrigo te afecta como nunca te ha afectado nadie.
Me descubrí la cara y lo miré fijamente.
—No es verdad que nunca me haya afectado nadie.
—Fabs, has salido con tres tíos mal contados y rompiste con todos antes de que pudiesen comerse el postre. —Levantó las manos—. ¿Qué? No me mires así. Solo cito un dato contrastado.
—¿Y qué tiene eso de malo?
—Nada, pero es como pretender hacer un logaritmo neperiano sin saber matemáticas básicas.
Tuve miedo de ahondar. Aun así, lo hice, porque en el fondo necesitaba entenderme, y Tomy parecía tenerlo más claro que yo.
—Y en tu metáfora el logaritmo neperiano es…
—Lo que sientes por Rodrigo.
—No siento nada por él.
—Mentira.
—No siento nada romántico, quiero decir.
—Claro que no. Lo que estás sintiendo no es romántico, es otra cosa.
—¿El qué?
Tomy me sonrió, y yo me arrepentí de haberle preguntado.
—Pues en realidad tiene muchos nombres, pero no quiero ser soez, que luego te pones melindrosa. Así que diré que es interés. El Ogro te interesa. Y mucho.
Me puse tensa de inmediato.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí, y por eso te cierras en banda. —Su tono se volvió más suave y cariñoso—. Te sabes a la perfección todos los manuales, códigos y reglamentos, pero se te ha olvidado estudiarte el tuyo, que es el más importante ahora mismo.