10 – Pérdida de orientación #2
Tras ella aparecieron dos de sus hermanos: un par de preadolescentes idénticos que, empujándose, casi tiraron las señales que teníamos colocadas a nuestro lado.
—Chicos… —los amonestó Fabiola con cariño.
—Tía Fabi, mira, esa es mi novia —dijo uno señalando a una chica.
—Más quisieras —soltó el otro—. Si pasa de tu cara, pringao .
El primero le dio una colleja que el segundo le devolvió sin dudarlo.
—Salva, Bruno… —les advirtió su tía sin éxito—. Eh…
—¿Nos sentamos? —intervine con voz firme.
Ambos detuvieron la absurda pelea de collejas, me miraron y, tras murmurar una disculpa, se fueron a ocupar sus asientos junto a más chavales igual de afectados por las hormonas que ellos.
—Gracias —musitó ella sin llegar a mirarme.
No la dejaron comenzar. Lo intentó dos veces, al igual que Reyes, la coordinadora, pero no hubo manera de que la pandilla del fondo se mantuviese en silencio. Y, aunque Remo me había pedido que no intimidase, vi necesario intervenir.
Mi voz retumbó en las paredes cuando exigí silencio.
Los niñatos se callaron al instante, lo que confirmó la teoría de que, a veces, lo único que funciona es la ley del más fuerte.
Fabiola me miró y elevó una ceja.
—Gracias —repitió. Solo que esa vez no me pareció igual de agradecida que antes, sino más bien decepcionada.
¿Qué pretendía?, ¿que nos quedásemos allí hasta las cinco de la tarde?
Ni loco.
Me sentí juzgado. Y molesto. Y fascinado. Y muy molesto.
Y ella, mientras tanto, convirtió a los que habían alborotado la charla en algunos de los voluntarios para explicar cómo cruzar una rotonda sin morir en el intento.
Les dio roles —conductor, peatón y ciclista— y los puso a interactuar en un miniescenario improvisado mientras un chiquillo con pintas de estar a punto de mearse en los pantalones se ponía un casco.
—Pepo, ¡límpiate esas gafas, que te chocas! —soltó con malicia uno de los que estaban sentados.
Sus amigos rieron, y yo me moví para llamarles la atención, aunque al hacerlo me di cuenta de que Fabiola se había quedado quieta y rígida.
Tardó tan solo unos segundos en reaccionar, pero no me pasó desapercibido cómo endureció el gesto y tragó saliva. Se acercó al tal Pepo, le tendió uno de los carteles de señalización y, sin dejar de mirarlo, esperó paciente hasta que él lo cogió.
—Tranquilo, lo vas a hacer genial —le susurró.
Y, a pesar de que le sonrió, me fijé en que su postura había cambiado. Seguía serena, pero ya no era la misma calma de antes, sino una más rígida y contenida.
Por suerte, la actividad continuó sin más incidentes.
Yo estuve cruzado de brazos prácticamente toda la charla.
Y, cuanto más la miraba, más me costaba fingir indiferencia.
Tenía un temple que yo no tendría, ni aunque me clonaran siete veces, entendía a esos críos, los miraba y les hablaba desde el respeto.
¿Por qué demonios no se había metido a maestra? Estaba claro que conectaba con ellos.
Cuando terminó, todos aplaudieron. Incluida ella.
Yo no.
Solo cuando Reyes —la jefa de estudios con mirada descarada— caminó hacia nuestra posición, una vez se despejó la sala, me permití respirar tranquilo y relajar la postura.
Error.
La mujer, con una sonrisa ladeada y las pupilas fijas en mí como si así pudiera lanzarme feromonas a distancia e hipnotizarme, se tomó mi gesto como una invitación.
—Agente Santos —musitó tocándome el brazo—. Qué bien que hayas venido hoy.
—Es mi trabajo —contesté y reprimí de milagro las ganas de apartarme.
Ella rio como si hubiera dicho algo gracioso.
Dirigí la mirada a Fabiola, que recogía los materiales de la mesa y nos observaba de reojo. Pude darme cuenta del momento exacto en el que se fijó en dónde tenía Reyes puesta la mano porque alzó ambas cejas.
Contuve la sonrisa cuando se dio media vuelta, muy concentrada en continuar con su tarea.
Reyes inclinó la cabeza y se coló en mi campo de visión.
—Podríamos organizar alguna cosa más juntos. ¿Qué le parece, agente ?
—Tendrás que hablarlo con ella. —Señalé hacia donde estaba Remo, justo a su espalda—. Es la que manda.
Supe que mi compañera me había escuchado, porque giró el cuello y se quedó quieta mientras Reyes se me acercaba un poco más, ignorando por completo mis indicaciones.
Por un instante —mínimo y peligroso— creí que Fabiola también había notado el mismo tirón que había sentido yo hacia ella y por eso me observaba así.
—Había pensado en algo más… —añadió la mujer bajando la voz— íntimo.
Fruncí el ceño ante la indirecta y la observé.
Reyes era atractiva, sí. Tanto como puede serlo una mujer que ha superado la cuarentena y se esmera por mantenerse joven y activa. Pero forzaba mucho la sonrisa, el perfume que usaba era exagerado y tenía unas manos demasiado largas.
La comparación, por supuesto, fue inevitable.
Desvié la vista unos dos metros, hasta Remo.
No era perfecta, aunque se empeñase en aparentar lo contrario con esa prudencia y tranquilidad suyas.
Tenía el polo metido en el pantalón, pero el borde le hacía una ligera arruga en la cadera, y la trenza, que le caía entre los omóplatos, no era del todo simétrica, como si se la hubiera hecho deprisa.
También tenía los ojos más bonitos que había visto en mucho tiempo, grandes, marrones y expresivos. Y la boca del tamaño perfecto.
«Para que tú te imagines cosas que no deberías ni plantearte», gruñó mi parte más sensata.
Fabiola me sostuvo la mirada como si me hubiese leído la mente, y el pecho se me expandió un centímetro. La observé un momento más, sin moverme, sin saber qué demonios significaba aquella punzada a la altura del corazón.
Sin querer admitir lo que ya intuía.
Entonces desvió la atención hacia la mujer que seguía frente a mí. Un segundo, solo uno. Y luego regresó a mis ojos, sin duda esperando a ver cuál sería mi siguiente movimiento.
Algo en las costillas se me apretó ante el reto.
No supe si fue orgullo, admiración, lujuria o curiosidad. Quizá una mezcla peligrosa de todas. Pero sentí más que deseo. Más que respeto profesional.
Era una pura y jodida necesidad vital, imprudente y del todo irracional. Y demasiado grande para soportarla.
Así que me obligué a centrar toda mi atención en Reyes, sabiendo exactamente lo que tenía que hacer.
Lo único que podía permitirme.
—Sí. Me encantaría —dije.
Y, con esa mentira, firmé mi propia condena.