¡Alto! O te enamoro… (Costa Serena 7) 10 – Pérdida de orientación
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10 – Pérdida de orientación

RODRIGO

El despertador sonó justo cuando me estaba quedando dormido y me sobresaltó como si me hubiesen disparado a bocajarro.

Una serie de pitidos secos, cortos e insistentes llenaron la habitación, y lo apagué de un manotazo. Me quedé tumbado un momento, con el corazón acelerado.

—Joder…

Me pasé una mano por la cara. No sabía si estaba cansado, cabreado o las dos cosas a la vez, pero la noche se me había hecho eterna. Dormir poco era el pan de cada uno de mis días, ya había aprendido a convivir con ello, pero aquella noche ni siquiera había probado bocado.

Cerré los ojos un momento, tratando de que el malestar por el sueño y la preocupación que me había mantenido en vilo no se me colocaran dentro del pecho.

No funcionó.

Me levanté, me fui a la ducha casi sin pensar y, tras vestirme, salí de la casa.

El aire de la mañana era fresco y no estaba tan viciado como el de mi dormitorio, pero ni siquiera eso consiguió despejarme del todo.

Crucé la calle hasta la casa de mis padres, como llevaba haciendo cada mañana desde que me mudé enfrente, y abrí con mi llave.

El olor a café recién hecho me golpeó en cuanto entré. Antes de dirigirme a la cocina, subí al piso de arriba para asomarme a la habitación de Nora. Dormía boca abajo, hecha un ovillo y abrazada a su pequeña almohada, esa que iba y venía entre nuestras casas igual que ella.

Aquel era el acuerdo que teníamos desde hacía años: cuando yo estaba de turno, se quedaba en casa de mis padres para no estar sola en la nuestra. Aunque intuía que, más pronto que tarde, exigiría más independencia y terminaría usando nuestra casa más que yo mismo.

Le aparté un mechón de la cara con cuidado de no despertarla y sonreí al ver cómo ponía morritos y cambiaba de postura.

«Ojalá todo fuese tan sencillo como verte dormir», pensé.

Por un momento me visualicé a mí mismo años atrás, sentado en otra cama, en otra madrugada, vigilando cómo mi bebé respiraba, concentrado en el movimiento frágil y perfecto de su pecho, ese que me salvó más veces de las que me gustaría admitir.

Las noches en las que solo éramos ella, yo y un dolor que nunca se iba del todo.

Respiré hondo, me recompuse un poco y bajé las escaleras.

—Buenos días. —Me acerqué a mi madre, que siempre se levantaba a las cinco cuando yo tenía turno de mañana, y le besé la mejilla.

—Hola —contestó sonriendo—. ¿Cómo has dormido?

—Bien —mentí y me serví el café recién hecho en la taza.

—Siéntate a desayunar, que se enfría.

Colocó una tostada con aceite, tomate y jamón encima de la mesa, como si yo fuera un crío y no un policía de treinta y cuatro.

Hacía tiempo que había dado por perdida esa batalla. Ella se empeñaba en que no me fuese a trabajar con el estómago vacío, y yo, aunque no lo admitiera en voz alta, agradecía esos diez minutos a solas con mi madre, en la cocina medio en penumbra.

—¿Estás preocupado por lo de ayer? —preguntó secándose las manos en el paño. Yo me senté, bebí de la taza e hice un gesto ambiguo con la cabeza—. No le des tantas vueltas, Rodrigo.

Miré su mano sobre mi antebrazo. El tiempo había hecho estragos en su piel, volviéndola más apagada y marcándola con alguna mancha oscura. Parecía más fina. Más frágil.

Pero lo que de verdad me jodió fue darme cuenta de su preocupación. No por mi padre ni por lo que nos había dicho el neurólogo la tarde anterior, sino por mí.

Y no podía darle más motivos.

—Estoy bien, mamá.

Ella me miró y supe que no me creía del todo.

—El médico ha dicho que no es un diagnóstico —insistió con esa voz firme y suave que solo las madres tienen. Mi madre era práctica, realista y mucho más sabia que yo, aunque a veces negara lo evidente—. Solo hay indicios en algunas pruebas y quiere verlo con más calma.

—Indicios —repetí con desgana—. Ya.

El médico había dicho exactamente eso, que en el test cognitivo había pequeñas alteraciones, pero que el «despiste» de hacía unos días —doce, para ser exactos— podía deberse a muchas cosas.

No era idiota. Le había mirado a los ojos y sabía que también había sacado las mismas conclusiones que yo.

—Rodrigo, hijo… —Se acercó un poco más—. Vamos a esperar al resto de pruebas y ya veremos, no sirve de nada adelantarse al futuro. Ya habrá tiempo de preocuparse, ahora mismo lo único que necesitas es descansar más y pensar menos.

«Buena suerte con eso, mamá», pensé.

—Llevas razón.

Le di un bocado a la tostada para dar el tema por zanjado. Ella aprovechó el silencio para darme un golpecito en la mano y recoger unas cuantas migas. Le bastaron dos segundos para abrir otro frente.

—¿Y hoy qué te toca?

Gruñí.

—Charlitas. Seguridad vial en el colegio Solimar.

Mi madre sonrió con un gesto entre pícaro y desinteresado.

—¿Con Fabiola?

—Remo —la corregí—. Sí.

—Pórtate bien con ella, hijo.

La miré con una ceja arqueada.

—¿Cuándo no lo hago?

Ella negó con la cabeza ante mi tono de falsa ofensa.

—Recuerda cuando tú empezaste. También cometiste errores, y estoy segura de que ella lo tiene más difícil siendo mujer.

Bufé.

—Fabiola es diferente. No es torpe ni se pierde ni se pone nerviosa como otros novatos. Se sabe el reglamento de arriba abajo. —Me callé un segundo—. Da hasta miedo.

—Me cae bien.

—No la conoces, mamá.

—Ni tú. —Me colocó una mano en la mejilla—. Pónselo fácil, cariño. Eres un buen hombre, deja que ella también lo vea.

Tragué la bola de pan que se me había formado en la boca y bebí para no contestarle.

Era demasiado pronto para que mi madre tuviera razón.

Llegué a comisaría antes de lo habitual, consecuencias de huir de la cocina de mi madre sin acabar de desayunar.

En el pasillo me crucé con la novata. La vi venir con paso firme, barbilla alta y la mirada tan despierta que parecía recién salida de un anuncio de colchones. O de dormir ocho horas del tirón.

Qué envidia. Y qué bien le sentaba el uniforme, joder.

—Buenos días —me saludó con educación.

—Si tú lo dices —solté.

Juro que intenté sonar cordial, pero se me dio de pena.

No abrí la boca de nuevo, ni siquiera en la reunión de turno. Sentía la mente dispersa y no escuché la mitad de lo que nos dijo el sargento, pero asentí como si tuviera un doctorado en Atención Plena.

La cosa empezó a mejorar durante el camino al colegio, principalmente porque Remo hablaba poco y, cuando lo hacía, no era para decir gilipolleces. En días como aquel agradecía no tener a López —con el que llevaba días tenso— cerca.

—Santos —me llamó ella al aparcar en el estacionamiento del colegio. Me giré y pude ver cómo sopesaba las palabras. ¿Qué demonios iba a decirme? La miré con una ceja alzada, a la espera de que hablase—. Algunos suelen ponerse nerviosos, sobre todo los más pequeños.

—Ya —contesté sin entender a dónde quería ir a parar.

—¿Podrías…? —Carraspeó—. ¿Podrías no intimidarlos?

La ceja me subió hasta el nacimiento del pelo.

—¿Qué?

—Me gustaría que captáramos su atención sin asustarlos.

—Yo no asusto a nadie.

Ella me miró de reojo, y yo le regalé mi mejor gruñido, recién sacado del repertorio que guardaba para los días de mierda.

Desde ahí, todo fue a peor.

La primera marabunta de niños llegó al salón de actos como una horda de manitas minúsculas que lo tocaban todo y voces agudas. La cantidad de mocos colgantes que lucían algunos me revolvieron lo poco que me había entrado en el estómago.

—¡Tata! —chilló una chiquilla de la clase de cuatro años, que salió disparada y estampó su cuerpecito contra las piernas de mi compañera.

Remo sonrió, se agachó y le recolocó la diadema con orejitas de gato que tenía torcida. Me quedé embobado un segundo en el color de pelo de la niña, entre rubio y pelirrojo.

—Hola, Beca. ¿Preparada para pasarlo genial? —La chiquilla aplaudió entusiasmada—. Tenéis que portaros todos bien y estar calladitos, ¿vale?

Ella y algunos de sus amigos asintieron. Otros me miraron de reojo, y yo traté de estirar los labios en una sonrisa que, más que tranquilizarlos, los espantó.

Decidí dar un paso atrás mientras los demás iban entrando y se sentaban en los bancos.

Me quedé en un lateral de la sala, con los brazos cruzados, intentando que no se me notara lo que me provocaba ver a Remo interactuar con los más tímidos, que terminaban sonriendo cuando ella les prestaba su gorra.

La miraban como si fuera una mezcla de superheroína, maestra y hada madrina.

Y ese contraste suyo, entre fuerza sin dureza; calma, pero no cursilería, y seguridad sin soberbia, me reventó la maldita cabeza. Y la poca cordura que me quedaba, eso también.

En teoría, la charla salió perfecta.

Los niños gritaban como locos cada vez que yo hacía sonar la sirena y se quedaban mudos cuando ella hablaba. Fabiola les contó las normas como si fueran secretos de superhéroes, y yo me tuve que obligar a dejar de mirarla más de una vez.

También consiguió calmar a un pequeño que lloró porque «los coches malos atropellan a la gente». Se sentó a su lado, le pidió permiso para tocarle la mano —¿quién hace eso con un crío de tres años?— y le explicó cómo evitarlo con un juego imantado de semáforos y cruces de peatones.

—Madre mía… —murmuré cuando nos quedamos a solas unos segundos entre el cambio de alumnos.

—¿Qué? —preguntó ella

—Necesito café.

No era exactamente mentira, pero no lo había dicho por eso. Me costaba admitir, incluso para mí, que estaba impresionado. Mucho más de lo que quería reconocer.

Con los siguientes grupos de primaria —los de primero, segundo y tercero, según nos dijo la coordinadora del centro— pasó más de lo mismo. Fabiola hablaba, yo seguía sus indicaciones, y los niños se portaban más o menos bien.

Sin embargo, con los más mayores, la cosa cambió.

La primera en captar mi atención fue una niña preciosa, bastante parecida a la novata en cuanto a sus rasgos y al color del pelo.

Más sobrinos, tal y como me aclaró.

Olivia. Diez años. Cara de ángel y —según su tía— el carácter de una tormenta eléctrica. Al parecer, lo había heredado de su madre y perfeccionado al ser la menor de cuatro.