¡Alto! O te enamoro… (Costa Serena 7) 9 – Gracias
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9 – Gracias

FABIOLA

El sudor me resbalaba por la sien y el top se me ceñía al pecho con cada respiración controlada.

—Doce… Trece… Catorce… —conté en voz baja mientras elevaba la barra hasta la altura de los hombros y la bajaba—. Quince… Dieciséis…

Los antebrazos me ardían con ese escozor que te avisa de que el agarre es el correcto. El abdomen, en cambio, me vibraba más de lo normal cada vez que subía la barra, claro síntoma de llevar días con la cabeza en otra parte y no entrenando.

El cuerpo me pedía una tregua, pero no pensaba rendirme tan fácilmente. El deporte había sido siempre mi manera de poner la cabeza en órbita, así que esa vez me tendría que funcionar también.

No podía dejar que algo —o alguien— me descentrara así.

Un sonido en la puerta captó mi atención, aunque me obligué a seguir concentrada. En el gimnasio de mi padre la gente entraba y salía todo el tiempo según la hora de los entrenamientos y las clases y, si levantabas la cabeza cada vez, perdías todo el trabajo de cuerpo y mente.

Pero, cuando el rumor se transformó en el eco reconocible de tres voces: la de mi padre, mi cuñado y mi hermana mayor, giré el cuello.

Y lo que vi me dejó estupefacta.

«¿Qué hace aquí?», me pregunté, incapaz de apartar la vista.

Santos, con camiseta oscura, vaqueros y botas, era más Rodrigo que nunca. También uno de esos hombres que no necesitan un uniforme ni adoptar una postura intimidante para que se les respete, porque solo con estar de pie ya imponen autoridad.

No sonreía —tampoco esperaba que lo hiciera—, aunque sí había un matiz diferente en su gesto. Una especie de contención alrededor de esos ojos, oscuros como la noche, que le tensaba la piel un milímetro más de lo habitual.

—Tienes visita… —canturreó Alana, que se había acercado a mí sin darme cuenta.

Dejé la barra de pesas en el soporte, y ella me siguió.

—Estoy entrenando —me excusé. Sin embargo, mis ojos, traidores, regresaron a la puerta. A él—. ¿Seguro que no viene a otra cosa?

Mi hermana soltó una carcajada irónica y —entonces sí— la observé.

—¿Te puedes creer que le he ofrecido mis clases de pilates prenatal y las ha rechazado? Estoy devastada…

Fue mi turno para sonreír.

—¿Es una broma?

—Qué va. —Negó con la cabeza, y tuve que contener una carcajada al imaginar la cara que habría puesto Santos—.

Aunque también te digo que, con el batiburrillo de hormonas desatadas que tienen mis mamis, me las pondría a todas nerviositas.

Y bastante tengo ya con aguantar los comentarios sobre papá o Hans como para darles carne fresca de primera calidad.

—Tampoco es para tanto.

—Ya. Y yo soy la Virgen del Carmen —rebatió ella—. ¿Tú lo has visto bien?

«Sí, muy a mi pesar».

—No me he fijado mucho —mentí.

Por su gesto, me quedó claro que no me había creído.

—Yo que tú no lo dejaba mucho más solo con esos dos —me advirtió y bajó la voz para continuar—. El tipo te está mirando como si fuese el lobo feroz y hubiese venido disfrazado para invitarte al baile de fin de curso. Papá se ha dado cuenta, creo.

—Tengo veintiocho años, Alana, no diecisiete.

—Y yo, cuarenta y quiero mucho a mi trotamundos. Pero también tengo ojos en la cara y no he olvidado que es el primer chico que traes a casa aparte de Tomy. —Se acercó un poco más a mí y me colocó bien un tirante—. Súbete el top o le vas a provocar un síncope. O no…, mejor déjalo así.

Moví la cabeza de un lado al otro y decidí ahorrarme la explicación.

Yo no había «traído a casa» a nadie, había llegado él solito. Y el motivo era lo que quería averiguar.

Me pasé la toalla por la nuca, recogí la botella y, cuando di el primer paso hacia la puerta, la voz de Alana me deseó suerte.

Mi padre se apartó un paso al acercarme, y Hans me guiñó un ojo. No prolongué el contacto visual con ninguno de los dos; el reglamento 5.9 existía por algo.

—¿Qué haces aquí? —le pregunté sin rodeos al detenerme frente a él en la puerta.

—Hola —contestó. Y fue… raro. Nunca lo había escuchado decir esa palabra sin un matiz irónico. En la comisaría, sus saludos siempre sonaban a «deja eso», «me aburro» o «un día más aguantándote». Carraspeó, y mi padre lo imitó—. ¿Puedes…?

No lo dejé terminar. Lo agarré de un brazo y salimos del edificio.

Las manos me temblaron un instante. No por el contacto con su piel tibia, sino por el ejercicio que había estado haciendo un momento antes, claro.

—Sigue caminando, Santos —dije guiándolo por el sendero—. Y, por lo que más quieras, no mires atrás.

—¿Es una orden?

—Sí. Y no estoy bromeando.

Él, por algún motivo que desconocía, no se rebeló.

Continuó andando hasta que llegamos a la parte delantera de la casa, donde me detuve a la sombra de la buganvilla preferida de mi madre. Lo miré y me coloqué la botella entre las costillas y la cadera.

—Hola —repitió divertido.

Fruncí el ceño, aunque el gesto quedó desdibujado al contagiárseme su sonrisa.

—Hola. —Cuando volví a hablar, lo hice con un tono más suave—. ¿Qué haces aquí?

—Vengo a darte las gracias.

—Ah. —Alcé ambas cejas—. Pues…, ¿de nada?

Asintió y retrocedió unos pasos hacia el coche, que había dejado aparcado junto a la valla. Lo observé sin salir de mi asombro; esa mañana estaba siendo del todo surrealista.

¿De verdad solo había ido a mi casa para darme las gracias y marcharse? No entendía nada.

Antes de poder preguntarle, abrió la puerta del copiloto, se agachó y sacó algo.

—Y también a darte esto. —Caminó hacia mí y sus ojos bajaron un instante.

No al suelo, sino hacia mis piernas. Reprimí las ganas de tapármelas e inspiré hondo.

Al llegar a mi altura, me tendió un envase transparente—.

Te los ha hecho mi madre. Si no te los traía, me desheredaba y me hacía dormir en la caseta del perro.

—Eso es coacción.

—Y tanto. ¿De quién crees que he heredado mi vena policial? —continuó con la broma—. No tenemos perros. Ni caseta. Pero ella habría ido a comprar una solo para cumplir su palabra.

El plástico estaba tibio cuando lo apoyó en mis manos, aunque el calor real vino del roce con sus dedos. Un contacto leve, casi torpe, que bastó para que me olvidara de respirar un breve lapso de tiempo.

—No tendrías que haberte molestado.

—Pasaba por aquí…

—Ah. —Ladeé la cabeza—. Qué curioso que mi «aquí» te pille tan lejos de tu «allí», ¿no?

—Son pestiños. —Me ignoró de forma deliberada—. Los mejores que probarás nunca.

Me contuve de explicarle que era intolerante al gluten y que mi familia se los merendaría a dos carrillos, porque, aunque no pudiese comerlos, los agradecía igual.

—Es un detalle precioso. Dale las gracias de mi parte.

—Lo haré.

—¿Cómo está tu padre?

—Mejor —dijo él rápido—. Le están haciendo pruebas, aunque todavía es pronto para saber el diagnóstico. Eso sí, no va a salir solo en una temporadita.

—Lógico. Menudo susto…

—Fabiola —añadió, y mi nombre en su boca se me antojó prohibido. Hasta ese momento no sabía cómo sonaría dicho por él, y me gustó. Demasiado—. De verdad, gracias por lo del domingo. Por todo.

No supe qué hacer con los brazos, así que moví la botella y me los crucé como pude sobre el pecho.

—No es nada. Hice lo que hubiera hecho cualquiera en mi situación.

—No —negó rotundo—. Te aseguro que no.

El silencio —ese que nunca antes me había molestado en su presencia— se hizo grande y pesado entre nosotros. Fue él quien rompió el contacto al desviar la mirada hacia un punto detrás de mí.

—Buenos días.

Giré la cabeza y vi a Guille pasar por nuestro lado.

Llevaba una bolsa de basura de las grandes de jardín, negra y resplandeciente por el sol, y no quitaba la vista de Rodrigo.

Tenía puestas unas chanclas y un pantalón corto que le quedaba grande.

No supe si acababa de despertarse, pero sí sabía que no había tirado la basura desde la Nochebuena del año anterior.

Lo saludé, alucinada por el descaro con el que analizaba a Santos, que le devolvía la mirada, mientras yo intentaba fingir que aquello era una situación normal y corriente.

Me pregunté qué demonios pasaba entre ellos.

—Guille —lo llamé—. ¿Necesitas que te ayude con eso?

—No.

Mi compañero soltó una risa baja al ver cómo mi hermano se peleaba con el contenedor y trataba de levantar aquel saco, como el que acaba de pescar un atún de ochenta kilos y pretende hacer alarde de su destreza y fuerza.

—Guille…

—Voy bien —contestó con la voz estrangulada. Por fin logró colar el saco y, tras enderezarse, se palmeó las manos como si la tarea hubiera sido pan comido. Se giró hacia nosotros y levantó la barbilla en dirección a Rodrigo—. ¿Todo bien?

—Sí.

—Sí —secundé a Santos.

—Perfecto —concluyó mi hermano—. Pues… que os cunda.

Se marchó de la misma manera en la que había aparecido y, pese a su actitud, no pude culparlo demasiado.

Lo cierto era que Guille, después de pasarse casi toda su infancia saltando cada vez que alguien me molestaba, ya no sabía funcionar de otra forma. Ser menor que yo nunca había sido un freno para él, ni tampoco que yo creyese que ya no era necesario.

—Siento la actitud de mi hermano, no suele ser así de borde.

Él miró hacia la puerta por la que había desaparecido y negó con una sonrisa.

—Qué suerte tengo entonces —respondió y comenzó a caminar lento hacia el coche. Lo seguí al mismo ritmo—. La mujer del gimnasio también…

—Alana. —Asentí sin dejarlo terminar—. También es mi hermana, sí.

—Ah. Sois tres.

Se me escapó una risita.

—No. Aún te falta conocer a unos pocos.

Él se detuvo y me miró de soslayo.

—¿Cuántos? —Pese a haber hecho un visible esfuerzo por no sonar entrometido, fracasó.

—Es curioso que supieras dónde vivo y no sepas cuántos hijos tienen los Remo Delgado —comenté con suspicacia.

Él no rompió el contacto visual. Yo, olvidándome del reglamento, se lo sostuve durante cuatro eternos parpadeos.

—¿Tu palabra preferida de hoy es «curioso»? —preguntó y abrió la puerta del conductor. Se detuvo antes de entrar y me miró de arriba abajo—. No te entretengo más, así puedes seguir entrenando.

—Si tu madre vuelve a obligarte a venir, avísame antes y te ahorras el mal rato familiar.

Señalé con el dedo hacia el sendero a mi espalda, y él sonrió con incomodidad.

—Adiós, Remo.

—Hasta el lunes, Santos.

Se montó en el coche y no volvió a mirar en mi dirección.

Me quedé un momento allí, al amparo de la buganvilla, con el olor a miel trepándome por la nariz y deslizándoseme por la garganta, y el eco de su mirada grabado donde no debía quedarse.

El ruido del motor se disolvió hasta que solo se pudo escuchar el zumbido del aire, y necesité beber un trago de agua de mi botella antes de ponerme en movimiento.

No supe ubicar el burbujeo que noté en el estómago; fue como si el músculo del abdomen estuviera todavía contrayéndoseme por inercia bajo la piel.

No era hambre, tampoco sed. Ni miedo. Esa emoción ya la tenía controlada.

Era otra cosa más simple y a la vez compleja. Una sensación que se había despertado en algún momento en esas últimas semanas y que había ido creciendo en intensidad cada día un poco más, hasta volverse imposible de ignorar.

Lo malo era que estaba relacionado con Santos.

Lo peor, que aquello solo sería el principio.