¡Alto! O te enamoro… (Costa Serena 7) 8 – Una familia de locos
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8 – Una familia de locos

RODRIGO

Habían pasado tres días desde lo de mi padre y aún sentía la tensión clavada en los hombros. Mi madre y Nora, en cambio, estaban convencidas de que todo iba a ir bien desde la visita al centro de salud.

El médico de cabecera nos dijo que, de momento, no había motivos para alarmarse. Le iban a hacer todas las pruebas necesarias y nos pidió que no nos adelantáramos a los acontecimientos, pues los olvidos podían deberse a muchas cosas.

Ellas salieron de allí más aliviadas. Yo no.

Ellas no lo habían visto en aquel acantilado. Yo sí.

Y la situación no había mejorado precisamente gracias a la nueva obsesión de mi madre: la novata.

—¿Le has mandado ya el mensaje a…?, ¿cómo dijiste que se llamaba?

—Remo.

—Fabiola —me corrigió Nora desde la mesa de la cocina, con el móvil entre las manos.

—¡Eso! —exclamó mi madre—. ¿Le has escrito ya a Fabiola?

—Mamá, por favor —le rogué enjuagando la sartén—. No empieces. No va a querer.

—¿Y tú cómo lo sabes? ¿Te lo ha dicho?

—No hace falta.

—Nora, ¿sabías que tu padre es adivino? Cuando esté viejo y gordo para seguir en la policía lo mismo puede montarse un tenderete en el jardín y hacer de pitoniso. —Volteó el cuello en mi dirección—. Creo que tengo unas sábanas moradas que pueden venirte bien.

Puse los ojos en blanco, y Nora se echó a reír.

—Muy graciosa.

—Seguro que acepta, me pareció una chica muy educada y discreta.

—Y guapa —puntualizó mi hija.

—Y buena persona —añadió mi madre—. Además, apuesto a que es muy familiar, ¿no viste cómo se emocionó? ¿Crees que le gustarán las lentejas?

Me sequé las manos y me acerqué a la nevera, de donde cogí una cerveza que abrí con un golpe seco contra el borde de la encimera.

Si abrir un portal al centro de la Tierra fuera fácil, ya me habría tirado de cabeza.

Prefería achicharrarme vivo que soportar aquel aquelarre un minuto más.

—¿Por qué no preparas tus albóndigas? —le pidió Nora, dándole alas—. Te salen riquísimas.

—No.

No necesité girarme para saber que las dos me estaban fulminando con la mirada.

—Está bien, hijo —comentó mi madre unos segundos después. Usó ese tono que siempre me ponía en alerta: el apenado—. Pero al menos llévale un regalo. Puedo preparar una bandejita de pestiños. Así le agradecemos lo del otro día como Dios manda.

—Ya le dimos las gracias.

—Tú no.

—Mamá.

—Rodrigo. —Se cruzó de brazos—. Si Alberto entra aquí y come cuando se le antoja, no veo por qué ella no puede, al menos, probar mis dulces.

Felisa Romero era un hueso duro de roer. También era una de mis debilidades, y ella lo sabía.

—Mamá, López no tiene a nadie que le cocine tan bien como tú —intenté halagarla, a ver si así cedía—. Sobrevive a base de comida basura, y me apiado de él porque cualquier día le va a dar un infarto. Pero Remo es…

—¿Es qué? —preguntó mi hija al ver que no continuaba. Tenía la misma cara de pillina que su abuela.

Mierda. No iban a parar.

—Nada.

—Ajá —comentó como quien ha encontrado un tesoro—. Te gusta.

—Nora.

—Te gusta —repitió con una sonrisita.

—Para.

—Te gus…

—Nora, ¡ya! —gruñí.

Mi madre intercedió para restaurar la paz.

—No seas tan cabezota, Rodrigo.

—La que fue a hablar —murmuré.

—Puede que nos hayamos excedido un poco, ¿verdad, Nora? —Giró el cuello en dirección a mi hija y le guiñó un ojo de forma nada disimulada.

Bufé. Qué mal se habría ganado la vida si hubiera sido actriz.

A esas alturas yo ya sabía que tenía la batalla perdida. Cuando las dos se aliaban no salían ilesos ni los geos.

—Está bien, mamá. Le llevaré los pestiños —acepté, ella sonrió satisfecha, y yo las señalé con un dedo, primero a una y luego a otra—. Pero este tema con Remo y vuestras ganas de hacer de casamenteras se acaban aquí y ahora. ¿Entendido?

—Sí, señor —dijeron al unísono con un tonito que no me convenció en absoluto.

Asentí y salí de la cocina cuando mi madre se puso a sacar los ingredientes para hacer los jodidos pestiños, y Nora se levantó para ayudarla.

La parte mala de que una niña se criase con su abuela era que aprendía pronto a ser una brujita sabelotodo con el instinto de una hiena hambrienta.

Milagrosamente, me dieron una tregua y no volvieron a sacar el tema hasta que, al día siguiente, mi madre me deseó suerte cuando salí de casa con el táper lleno hasta los topes de dulces embadurnados en miel.

—Te has puesto colonia —comentó como quien no quiere la cosa.

—No me he puesto colonia. Es el desodorante —mentí y le di un beso.

El diablo no necesita más motivos para hacer el mal.

—Ah, ya…

No dejó de sonreír hasta que me perdí calle abajo con el coche.

Un rato después, me topé con la enorme cancela que cerraba el acceso a Los Arenales.

Enseñé la placa al guarda que salió de la garita, y este no dudó en dejarme pasar.

Me resultó incluso más fácil que averiguar la dirección de los Remo en Google; información que, por supuesto, había contrastado con una breve llamada a Pereira con la excusa de interesarme por su lesión —no pintaba bien— y, de paso, sonsacarle un par de comentarios casuales sobre el famoso gimnasio del patriarca Remo.

Pura investigación rutinaria.

«Si tú quieres creértelo…», me retó la vocecilla de Nora colándoseme en la cabeza.

La urbanización estaba tranquila, salvo por algún ladrido a lo lejos y el zumbido sordo de una máquina de jardín.

Era curioso, en todos mis años de patrulla en el pueblo nunca había tenido que atender ningún aviso allí.

No era de extrañar, cada seto estaba recortado al milímetro, el asfalto parecía recién barrido y las farolas brillaban como si alguien las hubiese encerado para presumir de urbanización modelo.

No. Allí no había cabida para la delincuencia.

—Qué pijotada —mascullé, seguro de que nadie tendría un corral al fondo del jardín.

Me pregunté por qué coño estaba allí media docena de veces antes de aparcar frente a la casa de los Remo. Me repetí que tan solo iba a darle los dulces de mi madre a la novata y a agradecerle lo del domingo, nada más.

Golpeé con los dedos el volante, indeciso.

Podía dar la vuelta, deshacerme de los pestiños y largarme por donde había venido. En su lugar, salí del coche, me ajusté la camiseta negra —sospechaba que mi madre la había encogido en la secadora y no me había dicho nada— y crucé hacia el otro lado de la calle.

La valla que delimitaba la propiedad servía de poco, ya que el portón estaba abierto de par en par. Comprobé el nombre del buzón, me adentré en el jardín y caminé hacia la vivienda.

Llamé al timbre y esperé. Nada. Lo intenté una segunda vez y, tras unos segundos, se abrió la puerta del garaje. De allí salió un tipo joven, sin camiseta, con el pelo revuelto y la mirada nublada por el sueño.

—¿Qué?

—Busco a Re… —Me detuve y corregí el discurso—. Busco a Fabiola.

El chico frunció el ceño y me examinó de arriba abajo sin el menor disimulo.

—¿Y tú eres…?

—Un compañero.

—«Un compañero», ¿eh? —Me observó con sospecha.

Su actitud rozaba lo ridículo; ni yo me ponía así cuando algún crío venía a buscar a Nora a casa.

¿Quién era ese tipo?, ¿su novio?

—Sí.

—¿Eres poli?

Saqué la placa en respuesta. Él desplazó la mirada de mi cara a la mano y de ahí a la cintura.

¿Qué coño estaba haciendo?, ¿buscándome la pistola?

Después de eso, volvió a establecer contacto visual y levantó la barbilla.

—Mira en el centro de entrenamiento.

—¿Dónde está?

Me señaló un camino de piedra que bordeaba la casa, entre un seto de jazmines y un muro blanco.

—Al fondo del jardín. Si sigues recto, lo verás.

—Gracias.

Me giré, y él añadió:

—Si te estás marcando un farol, y vienes a joder, después de que mi hermana te reviente yo mismo pisotearé tu cadáver.

«Seguro».

Sonreí de medio lado.

—Lo tendré en cuenta.

Avancé por el sendero y sentí la mirada del chaval clavada en la nuca por pura deformación profesional, aunque no me inmuté.

«Hacerse el gallito es fácil, hasta que la vida te obliga a madurar de golpe».

El camino desembocaba en un edificio de dos plantas, moderno, de cristaleras amplias y techo de metal oscuro. No era el típico gimnasio de pueblo, más bien parecía sacado de una revista de arquitectura. El logotipo en la puerta acristalada decía «Centro de entrenamiento Remo» en letras plateadas.

—No esperaba menos… —mascullé y llamé al timbre de la entrada.

Un tipo con un moño alto entre rubio y canoso, pantalones bombachos y una sonrisa tan relajada que bien podría ser fruto de algún estupefaciente me abrió la puerta.

—Buenos días —dijo con un leve acento—. ¿En qué puedo ayudarte?

Por la edad —que no por las pintas— deduje que debía de ser el padre.

—¿Es usted el entrenador Remo?

El tipo soltó una carcajada.

—Ya quisiera él tener mi estilo. Soy Hans, profesor de yoga. —Abrió un poco más la puerta e hizo un gesto para que entrara. Yo no me moví—. ¡Suegro! ¡Te buscan!

Unos pasos resonaron sobre el suelo de madera y, un instante después, apareció un hombre que me igualaba en altura y superaba en musculación.

—Müller, ¿crees que algún día podrás llamarme «entrenador»?

—Sí, cuando tú dejes de llamarme por mi apellido. Además, solo lo hago cuando no hay clientes.

—¿Y él qué es? —susurró y utilizó la toalla que llevaba al hombro para secarse las manos. Me tendió una y me dedicó un apretón firme—. ¿Qué tal? Soy Federico Remo, pero puedes llamarme Fede. ¿Vienes para apuntarte?

—Rodrigo Santos —me presenté—. Y, en realidad, no. Busco a su hija.

—¿A mi hija? —repitió ladeando la cabeza hacia Hans. O Müller. O como demonios se llamase aquel tipo.

—Sí.

Fede se giró hacia el interior del gimnasio.

—¡Pequeña!

Un momento más tarde apareció una mujer rubia, con ropa de deporte, coleta alta y mirada amable que, obviamente, no era Fabiola.

—¿Qué…? —Cuando me vio, se detuvo un segundo. Sus ojos hicieron un recorrido rápido y curioso por mi ropa poco deportiva, y le sonreí por educación cuando llegó a mi cara.

—Te buscaba —le aclaró Hans.

—Hola, soy Alana. ¿Vienes a informarte sobre las clases de pilates prenatal? —preguntó extrañada.

¿Pilates prenatal? ¿Qué cojones…?

Un movimiento tras ellos captó mi atención y desvié la mirada.

Era ella. Fabiola. Con mallas negras muy cortas y un sujetador deportivo bastante compresivo. Levantaba pesas como hacía todo lo demás: con disciplina. Llevaba el pelo recogido en una coleta alta, tenía la piel brillante por el sudor y la boca entreabierta.

«Ahora no, joder», le dije a mi inoportuno cuerpo.

Se detuvo un instante, dejó la barra sobre el soporte y se limpió la frente con la toalla.

—A quien busco es a ella. —La señalé.

Nadie dijo nada en el transcurso de cinco largos segundos.

—¿A Fabiola? —Se quiso asegurar la otra chica.

—Sí.

Ella sonrió. Hans la imitó. Fede cerró los ojos un momento y suspiró.

—Ya veo.

No dijo nada más, pero me bastó. En su tono se notaba ese deje de padre que lo ha visto todo y no quiere hacer más preguntas para evitar conocer la respuesta.

La novata giró la cabeza hacia nosotros y, cuando nuestros ojos se cruzaron a través de la cristalera, supe que la había cagado yendo allí.

Había bajado la guardia, y no tenía ni puta idea de cómo volverla a subir sin acabar muerto y pisoteado por aquella familia de locos.