7 – Un puente
FABIOLA
«Cielo. ¿Qué te pasa?».
El apelativo cariñoso que Santos había lanzado al teléfono me resbaló por la piel, la erizó como si en lugar de palabras se tratase de un cubito de hielo y la sensación, absurda y poco propia en mí, me descolocó.
Se lo decía a su hija. Lo supe después, cuando la frase tomó sentido al escuchar la voz aguda que se filtró desde el altavoz llamándolo «papá».
Santos tenía una hija.
¿Tendría pareja? No lo sabía, aunque, después de lo que había dicho Salcedo sobre él —y de la propia opinión que yo ya me había formado tras esos días juntos—, la compadecí.
Lo que tenía claro de él era que se le daba fenomenal gruñir y una palabra de su ficha personal: «soltero». Aunque ese detalle no era excluyente, claro; que no estuviese casado no indicaba si compartía la almohada con alguien cada noche.
Vale, no. No era lo único que sabía de Santos.
Conocía más datos, pero era información absurda que mi cabeza había memorizado casi sin darme cuenta, como que llevaba cuatro años destinado en Costa Serena, que tenía treinta y cuatro años —seis más que yo— y que el pueblo donde residía se encontraba a poco más de treinta kilómetros del mío.
Me obligué a salir de mis pensamientos cuando realizó un movimiento brusco con el brazo y lo vi tensarse en el asiento.
Tomé la decisión de detener el coche al borde de la carretera y esperé en silencio a que terminase la llamada.
Cuando colgó, y le pregunté qué ocurría, él quiso bajarse del vehículo.
Un impulso me hizo retenerlo.
El mismo que me llevó a agarrar mi teléfono y marcar un número que me había prometido no usar desde que entré en la comisaría a trabajar.
Dudé tan solo un segundo. Me estaba esforzando por dejar de ser «la enchufada» y esa llamada podía mandarlo todo a la basura.
Aun así, marqué. Fingí no ver el ceño fruncido del Ogro mientras hablaba con mi jefe y le exponía la situación, y estaba segura de que Santos había pensado lo peor de mí. Por una vez, no lo culparía.
—Autorizado —respondió Salcedo sin hacer preguntas—. Vais de apoyo. Mantenme informado por línea interna, no por la malla, ¿entendido?
—Entendido.
Agradecí que él tampoco quisiera airear aquello por el canal abierto donde todos podían escucharlo.
Le di las gracias, colgué y me giré hacia Santos.
Tenía que mantenerme entera. Si me dejaba llevar por la angustia que veía en sus ojos, todo se vendría abajo.
—Ponte el cinturón.
No esperé a que cumpliese mi orden —aunque lo hizo sin discutir, y eso fue casi más inquietante que cualquiera de sus pullas habituales—, tan solo metí primera y pisé el acelerador a fondo.
El pueblo se fue quedando atrás y no tardamos en coger la carretera costera que serpenteaba hasta La Almarina en una suerte de acantilados y curvas. El coche vibró cuando pasé de treinta a noventa en una de las rectas.
Durante todo ese tiempo no miré a Santos. Podía hacerlo; de hecho, un reflejo molesto me pedía girar el cuello para comprobar que seguía respirando, pues estaba excesivamente quieto para ser él.
Me llegué a plantear incluso que estuviese enfadado conmigo por haber tomado la iniciativa.
No sería raro, Santos era fuerza y orgullo embutidos a presión en un uniforme.
Pero ¿qué se suponía que tenía que hacer?
, ¿dejar que se fuera solo en ese estado?
, ¿mirar para otro lado porque no era asunto mío?
Si se hubiera tratado de mi padre, yo habría movido cielo y tierra y aplaudido cualquier tipo de ayuda.
—Gracias —dijo él de pronto, como si hubiese podido leerme el pensamiento.
Me dio la impresión de que le costó pronunciar esa simple palabra, quizá porque la tenía bastante oxidada en su base de datos mental.
Desvié la cabeza en su dirección solo un instante, lo suficiente para que su perfil se me quedase enganchado en la retina un buen rato: la línea del cuello, tensa como una cuerda; el mentón, más definido que nunca, y los labios apretados mientras miraba al frente.
El último tramo lo recorrí siguiendo sus escuetas indicaciones.
La patrulla local nos esperaba junto al aparcamiento de arena que daba a la cala grande, lugar que Santos les había mencionado al dar el aviso.
Dos agentes, uno mayor y otro más joven, se acercaron y hablaron con mi compañero.
Me quedó claro que se conocían de antes y se tenían cierto aprecio, pues uno de ellos le explicó que habían hablado con su madre un momento antes de acudir a la zona.
—Haremos batida por el camino de la escollera —explicó el mayor.
—Bien. Yo me voy por arriba, por la zona de rocas —dijo Santos.
Me colgué la linterna del chaleco, le pasé otra a él y lo seguí cuando comenzó a caminar a pesar de no haberme incluido en sus planes.
El sendero hasta las rocas era una lengua de piedra pizarrosa que se deshacía bajo las botas si no ponías bien el pie. La luz empezaba a no ser suficiente, así que encendimos las linternas y el paisaje se convirtió en un túnel blanquecino donde las sombras se comían nuestros flancos a bocados.
Me asaltó una sensación que ya había sentido antes, en las prácticas nocturnas de mi formación: esa que me hacía volver a las noches de mi niñez, cuando jugaba al escondite con mis hermanos en el jardín, con las linternas bajo la ropa.
Alana, Bruno o Carolina —los mayores— siempre me acompañaban cuando me tocaba contar, porque me daba miedo quedarme sola en la oscuridad.
—¡Papá! —bramó él una primera vez, y el eco de su voz precedió al silencio.
Subimos y bajamos numerosas rocas, teniendo cuidado de no resbalar con las algas pegadas a las piedras.
—¡Papá! —repitió Santos una vez. Y otra. Otra más… Tantas que perdí la cuenta.
Un presentimiento me hizo detenerme y revisar la zona que habíamos dejado atrás. Seguí mi intuición mientras Santos se alejaba y, en uno de los barridos hacia arriba con la linterna, distinguí una mancha clara que no habíamos visto antes, recortada contra la piel negra de la roca.
—¡Ahí! —le grité, señalando con el haz de luz.
Él volvió sobre sus pasos sin ninguna delicadeza y, en cuanto lo observé tensarse y soltar el aire como si le hubieran dado un golpe en el abdomen, supe que lo habíamos encontrado.
Una vez que me encargué de avisar de nuestra posición y pedí apoyo en el acceso superior del barranco, me acerqué a la zona despacio y aseguré cada paso mientras Santos sorteaba las rocas por delante.
Su padre estaba sentado con los pies colgando hacia una poza, la espalda apoyada en un saliente como si fuera un respaldo y las manos sobre las rodillas.
Tenía la mirada perdida en el horizonte y no daba la impresión de estar asustado. Tampoco parecía entender que se encontraba en un sitio del que no iba a poder bajar solo, pues incluso su hijo había resbalado un par de veces y solo se salvó gracias a unos buenos reflejos y a un cuerpo entrenado.
—Papá… —murmuró Santos cuando casi llegó hasta él.
Ese tono, más bajo y temeroso para no asustarlo, me apretó el pecho de un modo tan físico que habría jurado que me dejaba la marca de los dedos por dentro.
El hombre giró la cabeza y, al enfocar la mirada en su hijo, el rostro se le iluminó.
—Rodrigo. ¡Mira qué preciosidad! —exclamó y señaló al horizonte.
Mi compañero se giró un instante y resopló una risa amarga.
—Ya, papá. Es precioso, pero tenemos que bajar, ¿vale?
El hombre parpadeó, miró hacia abajo y pude ver el momento exacto en el que se percató de la altura a la que estaba y del peligro que corría.
—No sé cómo he llegado aquí —reconoció, confundido—.
Solo quería ver el atardecer, como cuando me escapaba con tu madre siendo jóvenes y la traía para enamorarla.
—Con mucho cuidado, me coloqué a su otro lado y le sonreí—.
Tú has hecho lo mismo con ella, ¿no? Es guapa, como mi Felisa. Siempre has sido un chico listo.
Obvié lo que implicaba su suposición y me concentré en sacarlo de allí.
La maniobra nos llevó unos largos minutos que se me antojaron eternos entre girarlo, evitar que apoyara el pie donde había verdín, lograr que agarrara el antebrazo de su hijo y no mi hombro y estabilizar mi propio cuerpo para hacer de contrapeso.
Todo eso mientras lo íbamos calmando —o quizá a nosotros mismos— con voz contenida.
Cuando lo tuvimos en una repisa más plana y fuera de peligro, desde la que había acceso por la carretera, Rodrigo bufó, y su padre sonrió culpable.
—Solo quería ver el atardecer —volvió a excusarse, y yo le asentí sin perder la sonrisa.
—No pasa nada, papá.
Sin embargo, en vez de calmarse, se alteró aún más. Frunció el ceño en un gesto muy parecido al de su hijo.
—Oye, ¿y mis cosas? —preguntó, nervioso—. ¡Los aparejos!
—Tranquilo, papá. —Le puso una mano en el hombro y lo miró con cariño—. Te compraré unos nuevos, los más caros de la tienda.
El hombre se quedó callado unos segundos, respiró hondo y negó despacio.
—No, no hace falta. Ya sabes que a tu madre no le gusta que gastes tanto en nosotros.
Santos desvió la vista hacia mí un segundo, y yo aproveché para intervenir.
—¿Quieres que avise al centro de salud para que lo vean?
Movió la cabeza de un lado a otro.
—No tiene ni un rasguño —contestó revisándolo por décima vez—. Pediré cita mañana. Ya sabes…
«Sí, ya sé», le quise transmitir con la mirada. No me había sido difícil llegar a la conclusión de lo que le ocurría; mi abuelo paterno había padecido la misma enfermedad.
—Siempre estás preocupándote por todo, hijo —rebatió, ajeno al sufrimiento que emitía cada palabra de Rodrigo.
—No vuelvas a hacerme esto, papá.
—Si solo he ido a dar un paseo. Ya mismo iba a volver a casa.
Rodrigo negó con la cabeza, cerró los ojos y, sin decir nada más, envolvió al hombre con sus brazos. En realidad, no se estaban abrazando solo sus cuerpos, también lo hacían los miedos de uno contra la realidad del otro, suspendidos sobre aquel acantilado.
Tuve que darme la vuelta para no echarme a llorar allí mismo.
—¡Abuelo! —gritó una voz femenina.
Me giré hacia el sonido y vi cómo una chica echaba a correr hacia nosotros. Detrás de ella, una mujer mayor avanzaba con más contención, aunque con el mismo miedo en los ojos.
La muchacha llegó y se lanzó sobre su abuelo con tanta fuerza que Santos tuvo que sujetarlo para que no perdiera el equilibrio.
Se colgó del cuello del hombre, riendo y llorando a la vez, mientras mi compañero le acariciaba la espalda y le besaba la cabeza con una ternura paternal que no le había visto nunca.
La mujer —la abuela— se acercó a ellos, alargó la mano y, visiblemente emocionada, se unió al abrazo.
Sabía que debía alejarme y dejarles intimidad, pero me quedé allí, inmóvil, observándolos.
Aquella escena me afectó más de lo que esperaba; verlo así, rodeado de su familia y de su hija, vulnerable y humano, aunque al mismo tiempo sosteniéndolos a todos, cambió de alguna forma la percepción que tenía de él.
«Parece que el Ogro sí que tiene sentimientos».
No fui consciente de estar llorando hasta que la mujer se fijó en mí.
Traté de recomponerme sin que los demás se dieran cuenta, girando la cabeza hacia un lado, mientras ella cruzaba algunas palabras con su hijo en un tono bajo que no conseguí captar.
—Remo. —Me llegó la voz de mi compañero.
Me repasé las mejillas, giré el cuerpo y le devolví la mirada. Él me hizo un gesto con la cabeza para que me acercase.
—Ay, mi niña. —La mujer se separó del grupo y me asió las manos—. Gracias, de corazón. Eres un ángel.
Observé a Santos sin entender nada.
—Tú lo localizaste —fue todo lo que dijo. Y no me sonó a reproche.
—De nada —le contesté a la señora, que me dio un último apretón en las manos antes de soltarlas—. Me alegro de que esté bien.
—Gracias por encontrarlo —murmuró la chica con la cara empapada de lágrimas, antes de volver a esconderse en el pecho de su abuelo.
—Solo hacía mi trabajo —alcancé a decir.
Él, que no había dejado de observarme, clavó los ojos en el centro mismo de mis pupilas. No en mi cara ni en la mano que aún sostenía la linterna apagada. Ni siquiera en el coche patrulla que se veía de fondo.
Me miraba de verdad. Y no encontré ni rastro de la ironía o la competitividad de siempre. Había algo más profundo, más silencioso, que me hizo contener el aliento.
El instinto me obligó a apartar la vista y restarle importancia a lo que estaba ocurriendo.
No fui capaz. Y no lo entendí.
La vida me había enseñado que era más fácil relativizar que enfrentarme a lo que me hacía sentir vulnerable, pero en aquel momento me sentí más anclada a la realidad que nunca.
¿Era posible que Santos estuviera tendiendo un puente en mi dirección?
Deseé que los hilos de los que estaba hecho fueran lo bastante fuertes y no toda una trampa mortal.