6 – No te confíes
RODRIGO
Estábamos a finales de mayo y el sol caía de lleno sobre los coches aparcados en la calle, recalentando la chapa y levantando ese olor metálico que se te pegaba en la garganta.
Sí, se notaba que empezaba a acercarse el verano, pero ese detalle insignificante no iba a joderme el turno.
Y es que era domingo, lo que significaba dos cosas: la primera, que en unas horas volvería a disfrutar de mi semana de descanso; la segunda, que —con suerte— pasaríamos el turno completo sin pisar la comisaría.
Cero charlitas a adolescentes, cero informes de mediación ni nadie revisando cada coma del protocolo. Solo el coche, la radio y los entresijos de la vida civil.
Volver a la calle, después de cinco días de soportar el amor desmedido de la novata por los papeles, me sabía a libertad.
«Bendito fin de semana», pensé, cerré los ojos un segundo y me deleité en el calor achicharrante de las tres de la tarde.
La ironía me hizo sonreír. Odiaba el calor, pero en aquel momento me dio igual.
Cuando llegamos al coche, comenzamos con las comprobaciones rutinarias del estado del vehículo: luces, sirena, botiquín… La novata iba marcando cada casilla con una precisión que habría hecho llorar de emoción al jefe de logística.
Metí la mano en el interior del maletero para asegurarme de que el kit de señalización no se hubiera vuelto a caer al fondo.
—Todo en orden —recitó la novata.
Puse los ojos en blanco, cerré el portón con un golpe y rodeé el coche para dirigirme, como siempre, al asiento del conductor.
Me quedé quieto un segundo, procesando lo que veía.
—Eh —le dije a Remo con el ceño fruncido—. Te has confundido de lado.
Ella, con su uniforme impecable, la trenza sobre un hombro y ni un atisbo de sudor, me miró desde el asiento y se ajustó el cinturón.
—No. Hoy conduzco yo.
—¿Qué? —pregunté sin ocultar la incredulidad—. Ni de coña. Ese es mi sitio.
—Qué curioso. Juraría que en el protocolo no pone nada de los derechos divinos del veterano —soltó sin mirarme.
—Pues debería —espeté al borde de perder la paciencia—. Sal del coche, Remo.
Le sostuve la mirada cuando se dignó a girar la cabeza hacia la ventanilla y me limpié la frente mojada del puto calor que hacía en aquel maldito aparcamiento.
—La normativa establece que, en caso de no alcanzarse consenso entre los integrantes de una patrulla, la conducción del vehículo oficial corresponderá al agente de incorporación más reciente, ya que el agente veterano funciona como responsable directo del binomio y de las decisiones adoptadas durante el turno.
La observé con una mezcla de fascinación y cabreo. ¿De dónde cojones se había sacado Salcedo a aquella mujer?
Incliné el cuerpo y me apoyé sobre la ventanilla. Ella no se movió ni un centímetro, pese a quedar mucho más cerca que en ningún otro momento desde que nos conocíamos.
—¿Me estás diciendo que, aunque hace dos días dejaste caer que no eras mi subordinada, ahora que te viene bien te ciñes al reglamento?
—Negativo —contestó con seguridad. El olor dulzón de su aliento se me coló por la nariz y fue directo a mi agrio cerebro—. Solo te estoy recordando lo que pone en el reglamento, por si no lo tienes demasiado fresco en la memoria.
Se me escapó una carcajada seca.
—«Fresco». —Le sostuve la mirada un poco más, me enderecé y caminé hasta el lado del copiloto—. Si acabamos en una zanja lo anotaré en el informe, como un buen «responsable directo del binomio».
La pillé aguantándose una sonrisa cuando me abroché el cinturón de seguridad.
—Ah, ¿te encargarás tú esta vez del papeleo? Qué novedad.
Me quedé mirándola y procesando lo que acababa de murmurar.
Debería haberme cabreado de lo lindo —por menos, en otras ocasiones me habían oído gritar hasta en el pueblo vecino—.
Pero, por algún ilógico motivo, esa chispa en sus ojos y el tono de voz que había usado me arrancaron una sonrisa que intenté borrar moviendo la cabeza.
La tía tenía agallas, eso había que reconocérselo.
Remo: uno. Santos: cero.
No pude decidir si quería amordazarla o invitarla a unas cervezas. Quizá todo a la vez.
—Arranca, agente Wikipedia —cedí al fin mientras ella ajustaba el asiento y los espejos a su tamaño—. A ver si todos esos cursos y titulaciones que tienes sirven para algo más que para decorar el currículum.
Soltó el aire por la nariz en una especie de risa irónica y agarró el volante con decisión. Yo me moví, molesto por la estrechez repentina que sentía en los pantalones, e hice lo que mejor sabía hacer: gruñir.
Las primeras horas pasaron sin incidentes o al menos sin nada que mereciera un informe.
Un aviso por un coche mal aparcado frente a la farmacia, una pareja discutiendo en la puerta de un bar —él, borracho perdido, y ella, con una paciencia infinita— y un gato atrapado en el motor de un Seat que nos hizo perder veinte minutos y me decoró el pecho con un buen arañazo.
Lo normal para un domingo en Costa Serena.
Entre aviso y aviso, la radio murmuraba de fondo. Esas voces lejanas me servían más de compañía que de utilidad, pues Remo y yo no hablamos demasiado.
Estaba acostumbrado a los compañeros que llenaban el coche de chistes o quejas, pero esa semana a su lado me había enseñado que, con ella, el silencio era algo habitual.
Me giré con el brazo derecho relajado sobre la ventanilla abierta y la miré.
O estaba muy aburrido o ella tenía una manera de moverse que rozaba lo hipnótico.
Conducía concentrada, con la mirada fija en la carretera y los brazos perfectamente colocados en posición tres menos cuarto. Cada vez que frenaba en un semáforo, analizaba la situación por el parabrisas y los espejos; lo que me había hecho poner los ojos en blanco en más de una ocasión.
—¿Te diviertes? —me preguntó, consciente de que la estaba observando.
—Necesito mucho más para pasarlo bien, Remo.
—Puedes cerrar los ojos si te aburres —rebatió—. Prometo no chocar. Palabrita de novata.
No respondí, aunque noté cómo se me ensancharon las fosas nasales al contener una sonrisa.
Remo: dos. Santos: cero.
El sol empezaba a esconderse detrás de las azoteas cuando me vibró el móvil en el bolsillo del chaleco y me jodió la paz.
Miré la pantalla: Nora.
Durante unos segundos dudé en si contestar, no me apetecía que la novata supiera nada de mi vida personal, pero mi instinto me decía que debía hacerlo; mi hija no me solía llamar en horario de trabajo, no, al menos, sin un motivo importante.
—Papá —sollozó cuando descolgué.
Me incorporé en el asiento con brusquedad.
—¿Qué ocurre? —Al otro lado escuché su respiración entrecortada—. Cielo, ¿qué te pasa?
—Papá… Es el abuelo. No está.
—¿Cómo que no está? —Traté de sonar tranquilo, aunque comenzaron a desfilarme mil hipótesis por la cabeza.
—Salió de casa hace un rato… Bueno, hace más de dos horas —me explicó con voz temblorosa—. Le dijo a la abuela que se iba a la playa, a pescar, como otros días, pero no está. Hemos mirado por todas partes y no lo encontramos.
El teléfono se me resbaló unos milímetros de entre los dedos. Sentí el pulso en el cuello cuando me limpié la humedad de las manos y el aire dentro del coche se volvió tan denso que me costó respirar.
La conversación me acababa de despojar del papel de Rodrigo, el policía, para ser tan solo un padre intentando no romperse delante de su hija.
—Escúchame. Respira, ¿vale? No te separes de la abuela y volved a casa, por si regresa. Yo me encargo.
—Papá… —me llamó llorando—. No quiero que le pase nada.
—Todo va a ir bien, cariño —le dije con una seguridad que no sentía—. Te lo juro.
Hasta que no colgué no fui consciente de que el coche se había detenido y Remo me observaba preocupada.
—¿Estás bien?
No respondí enseguida. Miré por la ventanilla y calculé cuánto quedaría para que el sol se escondiese del todo.
No más de una hora.
Sentí el peso de la culpa presionándome el pecho.
Culpa por no haber estado allí; por saber que, si algo le ocurría, mis palabras no serían suficientes para calmar a Nora.
O a mi madre. Culpa por no haberle dado importancia a los despistes que sufría últimamente y no haber insistido en llevarlo a un especialista.
«¿Y si se ha caído al mar?».
No. No podía pensar eso.
—Santos —repitió Fabiola más despacio—. ¿Hay algún problema?
—Tengo que irme —murmuré.
—¿Irte?, ¿a dónde?
Intenté desabrocharme el cinturón, pero el enganche se resistió. Lo forcé un par de veces hasta que cedió con un chasquido seco.
—A mi pueblo. Mi padre se ha perdido —murmuré tratando de despejar la niebla que se me había instalado en el maldito cerebro y me impedía pensar con normalidad.
«¡Muévete, joder! Corre a buscarlo», me grité.
Escuché un susurro de la novata y giré la cabeza en su dirección. Me pidió que esperase con una mano mientras que con la otra sacó su móvil del bolsillo trasero del pantalón.
Tras titubear un instante, se lo llevó a la oreja.
—José. Soy Fabiola. Siento molestarte, pero tenemos un aviso personal de desaparición en el municipio de La Almarina y quería solicitarte autorización para nuestro desplazamiento.
«¿Nuestro?».
«¿La Almarina?».
Fruncí el ceño, no recordaba haberle dicho nunca dónde vivía.
¿Cómo coño lo sabía?, ¿se lo habría cascado López?
No dejé de mirarla ni un segundo. Ni siquiera cuando le dio las gracias a nuestro jefe, colgó y, después de ordenarme que me pusiera de nuevo el cinturón, metió primera.
Tardé un poco más en reaccionar, pues necesitaba asimilarlo todo.
La novata acababa de tomar el control, y lo había hecho sin temblar.
Se había posicionado y saltado todos los protocolos, pues en lugar de informar a nuestro superior a través de la radio había optado por pedírselo casi como un favor personal, haciendo gala de esa familiaridad que tenían, pero que, hasta ese momento, no había demostrado.
Parecía que Remo no solo era tranquila y metódica, también sabía quebrantar las normas, tenía iniciativa y sabía sostener el mundo sin dudar cuando todo se iba al carajo.
Justo como acababa de hacer conmigo.
Remo: cien. Santos: cero.
El coche rugió, la espalda se me pegó en el asiento al tomar velocidad y la carretera se abrió ante nosotros.
Recé para llegar a tiempo.