¡Alto! O te enamoro… (Costa Serena 7) 5 – Conclusiones
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5 – Conclusiones

FABIOLA

Me abroché algunos botones del polo y lo estiré con un gesto rápido. Me estudié en el espejo y dudé entre si dejarlo tal cual o continuar hasta el cuello.

El uniforme no estaba diseñado para favorecer a nadie —ni falta que hacía—, pero en una comisaría donde la mayoría eran hombres no era necesario darles ninguna posible excusa para distraerse. Bastante tenía ya con intentar que me vieran como una más como para darles carnaza.

Decidí cerrar el último botón.

Tras revisarme la trenza, me aseguré de que el cinturón estuviera bien ajustado y fue entonces cuando el pitido del móvil rompió el silencio metálico del vestuario.

Tomy:

Suerte hoy con el Ogro. Y no te comas su alma todavía, que te queda mucho turno por delante, y yo quiero ser testigo de ese momento histórico.

Te quiero.

Sonreí ante lo adecuado del apodo que le había puesto a Santos.

Reaccioné a su mensaje con un corazón, silencié el teléfono y lo guardé en el bolsillo trasero del pantalón.

Solté un suspiro antes de abrir la puerta y salir del vestuario con paso firme. El pasillo olía a café recalentado y a colonia de hombre, una combinación que ya me empezaba a resultar familiar.

No me dio tiempo a comenzar a caminar cuando la puerta del vestuario masculino se abrió y me topé con él, con «el Ogro».

—Remo.

—Santos —respondí en el mismo tono seco.

—¿Y yo qué? —intervino López, que acababa de salir y se había recostado contra la pared—. ¿No me merezco un saludo?

Le dediqué una sonrisa de cortesía.

—López.

—Fabi —dijo y me recorrió de arriba abajo.

Odiaba que me llamara así. Sin embargo, sabía que las personas como él, en cuanto notaban que algo te incomodaba, insistían el doble solo por diversión.

Por eso nunca lo corregía, prefería dejarle creer que no me afectaba, pues era la única forma de que se cansara antes.

O eso esperaba—. Oye, ¿qué planes tienes para el próximo descanso?

—Aún no lo sé.

—Podría ayudarte a pensarlo —replicó y me guiñó un ojo.

Santos refunfuñó, López amplió la sonrisa, y yo decliné su oferta con un gesto negativo.

Si hubiese sido alguna de mis hermanas, y de haber tenido la pistola a mano, le habría apuntado al sitio donde, con toda seguridad, tenía ubicado el cerebro.

La voz del sargento resonó desde el fondo del pasillo.

—Remo, a mi despacho.

—Sí, señor —contesté mientras me giraba y echaba a andar.

—¿Te has portado mal, Fabi? —bromeó López y emitió un sonido con la garganta que me provocó náuseas—. Mmm… Empollona y chica mala. Me gusta la combinación. Me gusta mucho.

No me giré para ver lo que ocurría, pero sí escuché un golpe seco contra la pared, un quejido ahogado de López y el gruñido bajo de Santos.

«Genial. Ni cinco minutos de turno y ya huele a testosterona descontrolada», pensé sin dejar de caminar.

Cuando llegué al despacho, inspiré hondo y volví la cabeza un segundo.

Hubiese jurado que tenía la mirada de Santos clavada en mí mientras caminaba; no era la primera vez que la sentía y, al volverme, lo había pillado observándome. Lo más curioso era que, cada vez que eso ocurría, nuestro contacto visual duraba una milésima de segundo más que la anterior.

Sin embargo, esa vez debieron de ser imaginaciones mías, porque Santos estaba quieto, en medio del pasillo y dándome la espalda, mientras López se marchaba en sentido contrario.

Toqué dos veces en la puerta antes de asomar la cabeza. El sargento levantó la vista de unos papeles y me indicó que pasara.

—Siéntate, por favor.

Hice lo que me pedía y me fijé en una de las fotos enmarcadas que tenía en la estantería tras él: una instantánea descolorida de un equipo de fútbol local de hacía años.

Una versión de mi padre, mucho más joven y menos musculado, salía en ella.

Estaba justo al lado del propio sargento, que en aquel entonces tenía el pelo oscuro y menos barriga.

Sonreí en un acto reflejo, y él me devolvió el gesto. Carraspeé al darme cuenta de mi propia falta de profesionalidad, me disculpé y me coloqué más erguida.

—¿Cómo va todo con Santos? —preguntó sin rodeos a la vez que apoyaba los codos en la mesa.

—Bien, señor. Es un compañero eficiente.

—¿«Eficiente»? —repitió entrecerrando los ojos—. Esa palabra suena a que quieres decir otra cosa, pero no lo haces porque soy tu superior.

«Bingo».

—No, señor. Es justo lo que quería decir.

—Ya lleváis unos días juntos. ¿No te tiene frita con su dichosa cabezonería?

—Tenemos estilos de trabajo distintos.

José dejó escapar una carcajada ronca y se reclinó en la silla.

—No es la primera vez que Rodrigo lidia con novatos, aunque no está acostumbrado a tratar con mujeres. —Me costó no darle la razón—. No eres la única en comisaría, pero sí la única en este grupo.

—Lo sé.

—Y yo sé que eso no te amedrenta.

—No, señor.

Él no se preocupó en ocultar su gesto satisfecho.

—Tienes más carácter del que aparentas. No esperaba menos viniendo de una Remo, claro, pero quiero que me prometas una cosa, Fabiola. —La mención de mi nombre me hizo comprender que su petición sería personal—. Si alguna vez Santos te complica la vida, vienes directa a mi despacho.

—De acuerdo.

No. No pensaba hacerlo. Ni con Santos ni con López ni con ningún otro. Sería mi sentencia de muerte.

Él quedó satisfecho, me deseó un buen turno, y yo me levanté con una sonrisa forzada que se congeló cuando abrí la puerta y vi quién estaba apoyado contra la pared de enfrente, con los brazos cruzados y los ojos fijos en mí.

—¿Qué ha ocurrido ahí dentro? —me preguntó en cuanto salí.

El pasillo estaba vacío salvo por nosotros y su voz, que llenaba cada centímetro cuadrado.

Me quedé quieta, con la mano en el pomo de la puerta cerrada, y analicé su expresión. No supe si era de curiosidad o de juicio.

—¿Qué haces aquí?

—Yo he preguntado primero, Remo. —Se incorporó de la pared con una calma que me puso en guardia.

—No sabía que tenía que darte explicaciones. —Di un paso al frente y noté cómo me comenzaban a arder las mejillas ante su escrutinio—. No ha pasado nada.

—¿Segura? —Frunció el ceño.

—Sí.

Él retrocedió, y yo me lo tomé como una invitación.

Caminé hacia la sala de trabajo sin pararme a comprobar si me seguía; tampoco hizo falta, el eco de sus botas y el peso de su presencia me acompañaron durante todo el recorrido.

En cuanto crucé la puerta, me dirigí a la mesa de trabajo y agarré los expedientes. Santos se colocó frente a mí.

—¿Vas a seguir mirándome así mucho rato? —le pregunté mientras ordenaba las cosas ya organizadas sobre la mesa.

—Depende. Define «así».

Levanté la cabeza y una ceja al mismo tiempo.

—Así: como si esperases que dijera alguna cosa que te dé la razón.

—Ah, pero ¿puedo tener razón en algo? —replicó con un deje de ironía.

—En nada que yo recuerde.

El clic del ratón sonó más fuerte de lo habitual cuando me senté y desbloqueé el ordenador.

Cometí el error de dirigir los ojos a su posición un instante, mientras el aparato despertaba. Él me regaló una expresión que dejó claro lo que pensaba sobre mí.

—Mira, sé que crees que le he hablado mal de ti, pero puedes ahorrarte la preocupación. No soy ese tipo de persona.

Se le endureció el gesto.

—No he insinuado eso, Remo.

—Ya —respondí cortante.

Lo escuché soltar el aire por la nariz, en el suspiro nasal que utilizaba para sustituir su habitual gruñido cuando algo le molestaba.

—¿Estás bien?

Su pregunta en voz baja me pilló tan desprevenida que tardé en reaccionar.

—¿Por qué no iba a estarlo? —indagué alucinada.

Santos cambió de postura, rompió el contacto visual y lo agradecí.

—El jefe no llama a nadie a su despacho para preguntarle por recetas de cocina o trucos de costura. —Se ajustó el cuello del polo—. A veces le da por poner a la gente entre la espada y la pared.

«Como a mí hace tres días, cuando me castigó poniéndome contigo en patrulla», terminé por él en mi mente.

Me sentí más estúpida que nunca por plantearme siquiera unas ideas absurdas y erróneas. Y ridícula, ya de paso, por pensar que podía estar preocupado de verdad por mí, cuando Salcedo ya me había dejado claro que tenía una clara animadversión hacia las emociones femeninas.

—Estoy bien.

Se le curvaron los labios apenas unos milímetros.

—Perfecto. —Se puso en pie—. Ahora vuelvo.

No me despedí.

Cuando se marchó, el aire se aligeró a mi alrededor. Aun así, me sorprendí analizando la puerta por la que acababa de salir. Había un matiz en su manera de hablar, en su forma de jugar al borde del conflicto, que me descolocaba.

No era simpatía ni mucho menos ternura.

Era algo distinto.

Me puse en pie cuando la necesidad de rascarme la cara interna de la muñeca se me hizo insoportable.

Caminé de un lado al otro de la habitación y una de las veces que pasé junto a la ventana vi a Santos cruzando el aparcamiento hasta llegar a López, que lo recibió con un movimiento de cabeza.

Incluso desde allí fui capaz de atisbar el gesto en la mandíbula de Santos, esa tensión al apretar los dientes mientras hablaba con el otro y parecían discutir.

Me quedé mirándolo un poco más antes de sacudir la cabeza y volver al trabajo.

No me hizo falta mucho esfuerzo para llegar a la conclusión de que Santos, aparte de buscar excusas para escaquearse del papeleo, era de las típicas personas que iban medio paso por detrás de ti, solo para asegurarse de no tropezar con tu cadáver si caías.

No supe cómo de equivocada estaba en ese momento, aunque no tardaría en entenderlo. Y sería de la peor manera posible.