4 – La novata #2
Y estaba claro que esas ilógicas ganas que había sentido de defenderla eran culpa de la costumbre. Supongo que cuando llevas media vida protegiendo a las personas de tu entorno —por hábito, necesidad o inercia—, el instinto se te queda pegado como una segunda piel.
Aun así, no pensaba darle la razón. Ni a ella ni a lo que había sentido al verla imponerse. Así que, cuando llegamos a comisaría, no dudé en dejarla con el papeleo y los expedientes en recepción.
Necesitaba distancia. O cerveza. O lo que fuera que me ayudara a resetear la puta cabeza.
Por suerte, nuestro turno acababa de terminar.
No perdí un segundo; devolví las armas al armero, me encerré en el vestuario y desbloqueé el teléfono.
Rodrigo:
Birras en El Morao. Te veo allí.
No esperé la respuesta de López. Cambié de chat para avisar en el grupo que tenía con mis padres y Nora de que llegaría tarde, tiré el cinturón dentro de la taquilla y me cambié.
Minutos después, salí de allí sin mirar atrás —aunque lo que de verdad me pedía el cuerpo era hacerlo— y caminé a grandes zancadas hasta el bar.
El antro estaba medio lleno, detalle curioso siendo un lunes noche, y olía a cerveza y fritanga. Me dejé caer en una de las mesas del fondo, y la camarera, que ya me conocía, me trajo la primera ronda.
—¡Churri! —gritó López desde la puerta—. ¡Ya estoy aquí!
Le di un largo trago a la cerveza y negué cuando se sentó a mi lado.
—¿No te cansas?
—¿De ti? —Puso morritos—. Qué va. Y tú tampoco. Sé que me has echado mucho de menos.
—Vaya puto día. Me siento como un maldito mueble de la comisaría.
Su carcajada atrajo la atención de varias personas.
—Me lo tienes que contar todo —rogó colocando la cabeza entre las manos y pestañeando rápido como un idiota—. ¿Cómo ha ido con Fabi? ¿Ya le has hecho romper algún reglamento o sigue tan perfecta como siempre?
—Sigue igual. Y me saca de quicio.
Pasé a resumirle el aviso del paseo marítimo con todo lujo de detalles, aunque obvié comentar cómo me había reaccionado la polla en cierto momento que ya casi había olvidado.
—Tiene más autocontrol que tú.
—Lo que no tiene es sangre.
Alberto rio y me miró con interés.
—¿No será que te aguanta el pulso y te jode?
No le respondí. Le di un nuevo trago a la cerveza y cambié radicalmente de tema. No estaba dispuesto a arruinarme la noche pensando en ella.
Dos rondas después, la conversación se había vuelto tan ligera que comenzaba a sentirme mucho más cómodo.
Fue entonces cuando la vi, apoyada en la barra con otra mujer.
Durante un par de segundos hubiese jurado que era ella: pelo recogido en una trenza, postura relajada, ese gesto tranquilo que ya me resultaba demasiado familiar… Incluso la forma de ladear la cabeza mientras escuchaba, todo coincidía.
Pero no. No podía ser.
Me obligué a fijarme bien en los detalles.
La trenza era más corta, la piel más pálida y los labios más gruesos y artificiales.
No. No era la novata.
Y, aun así, el nudo en el estómago no desapareció del todo.
La falsa Remo tuvo que sentir cómo la recorría con la mirada, porque giró la cabeza, centró las pupilas en mí y, tras unos segundos sosteniéndome la mirada, me sonrió.
No pensé cuando le devolví el gesto y tampoco cuando López me dio un codazo.
—Ve a por ella.
—¿De qué hablas?
—¿Podemos detenerla por llevar ese vestido? —Se relamió—. Ni te lo pienses, tío. Si no vas tú, me la quedo yo.
Me levanté como un resorte, y ella, que no se perdió ni uno de mis movimientos, se dio la vuelta en el asiento.
El trozo de tela le recorrió los muslos en sentido ascendente bajo sus manos.
—Joder —mascullé e imaginé su sabor sin haberla probado.
—Exacto. Esa es la idea: joder —alcancé a oír que decía mi amigo a lo lejos—. ¡Si quieres compañía, avisa!
No necesité hablar cuando me acerqué a la barra. Y ella tampoco. Nos entendimos con la mirada, con el roce casual de nuestros cuerpos, con la prisa por ir al baño al mismo tiempo.
No supe cómo se llamaba, y ella no preguntó mi nombre antes de encerrarnos en el aseo de las mujeres.
Me dejé arrastrar por el instinto y la necesidad. Ni romanticismo ni promesas. Solo carne, calor y el eco del extractor del baño del bar.
Su boca sabía a ginebra y me engullía sin titubear. Me dejé arrastrar por su entusiasmo porque, por un rato, fue más fácil perderme que pensar.
Me puse el preservativo y, en un acto reflejo, le di la vuelta. Acaricié sus costados, la agarré de la trenza y cerré los ojos al embestir dentro de ella.
Y ese fue mi primer error.
Porque, por más que me concentrara en las diferencias, mi cerebro traía una y otra vez la imagen de Remo, con el pelo entre mis dedos, mirándome desde abajo mientras me la follaba, con esa expresión templada que tanto odiaba.
Gruñí y aceleré el ritmo de las embestidas, empeñado en apartarla de mi cabeza y en castigar cada pensamiento ilógico. Ella gimió más fuerte cuando se corrió y, al apretarme en su interior, lo supe.
La aparté de mí sin demasiada delicadeza al ser consciente de que no iba a terminar y lancé el condón a la papelera. A pesar de no haberme corrido, me sentí vacío. Y cabreado.
Casi peor que antes.
La desconocida fingió no darse cuenta y no tardó en recomponerse el vestido. Lo hizo con la misma rapidez con la que yo me abotoné el pantalón.
Salió la primera del baño, después de regalarme un beso en el cuello, dejando tras de sí el olor agrio al sexo perturbador que habíamos tenido.
Cuando me quedé solo, el reflejo del espejo me devolvió la imagen de un tipo con la mirada hueca y el pulso acelerado. Abrí el grifo, me lavé las manos y me mojé la cara.
Intenté convencerme de que no tenía importancia, pero en el fondo sabía que estaba jodido, no por ser la primera vez que era incapaz de correrme, sino porque ni siquiera enterrado en una espectacular mujer conseguía sacarme a la maldita novata de la cabeza.