4 – La novata
RODRIGO
Había pasado medio turno y aún estábamos encerrados en la maldita comisaría.
A mi derecha, la novata seguía leyendo informes con la concentración de un francotirador.
Ni parpadeaba. Apostaba mi sueldo a que, aunque el edificio empezara a arder a su alrededor, ella seguiría pasando páginas tan tranquila, como si el fuego no fuera más urgente que esas dichosas carpetas azules.
Yo, en cambio, me estaba volviendo loco.
Di un par de vueltas en la silla giratoria y me detuve frente a ella, más por desesperación que por otra cosa. Quería provocarle una reacción, aunque fuese una mirada reprobatoria. Lo que fuera.
Necesitaba algo de vida en esa sala.
Golpeé el borde de la mesa con el bolígrafo, tarareé la melodía de una canción que mi hija me había pegado esa misma mañana, me estiré en la silla…
Nada.
Bufé y miré una vez más el reloj de pared. Juraría que el minutero no se había movido ni un milímetro. ¿Se habría quedado sin pilas o simplemente me estaba castigando por mis pecados?
Saqué el móvil y comprobé que los minutos seguían pasando, despacio, crueles, disfrutando al verme pudrirme de aburrimiento.
Me fijé en que López me había escrito hacía un rato.
Alberto:
¿Cómo lo llevas?
A mí Cuenca me está torturando.
Ha comido chícharos y ha convertido el coche en una cámara de gas.
Rodrigo:
No te quejes, esto sí que es un infierno.
Alberto:
No me das ninguna pena, al menos tú te estás alegrando la vista con Fabi.
Rodrigo:
Es taaan tranquila. Apuesto a que va a clases de yoga todos los días.
Alberto:
Pues, mira, quizá me apunte.
Rodrigo:
¿Tú? ¡Venga ya! Si tienes menos flexibilidad que una farola.
Alberto:
En serio. Pagaría por verla en mallas.
Rodrigo:
Das asco.
Alberto:
Cuenca da más, te lo aseguro.
Bufé por lo bajo y dejé el móvil sobre la mesa.
Entre mensaje y mensaje con López, mis ojos se habían ido solos hacia ella más veces de las que quería admitir. No por interés —o eso me repetía—, sino por pura curiosidad. No entendía cómo alguien podía concentrarse tanto en un papel sin quedarse dormido.
Hasta que, por supuesto, levantó la cabeza cuando yo la estaba observando. Mi mala suerte estaba en racha.
—Si sigues observándome así, voy a pensar que te interesa lo que estoy haciendo —dijo devolviendo su atención a los expedientes.
—Tranquila, solo intento comprobar si aún respiras.
—Perfectamente. Gracias por la preocupación.
Le dediqué una sonrisa que no causó efecto, pues ya tenía la cabeza entre papeles de nuevo.
Lo peor de la novata era eso: que no mordía el anzuelo. Tan solo te lanzaba alguna pulla, como si la cosa no fuera con ella, y continuaba con su tarea.
Un fogonazo mental me hizo visualizarla en ropa de licra ceñida y posturas casi imposibles.
«Maldito López».
Moví los dedos por la pantalla de nuevo.
Rodrigo:
¿Tienes algo que hacer esta noche?
Alberto:
Soy todo tuyo, moreno.
Gruñí y me pasé la mano por la nuca. Necesitaba aire, ruido, cualquier cosa que no oliera a tinta ni a paciencia.
Y, justo entonces, el universo decidió apiadarse de mí al hacer sonar la emisora de servicio.
—De central para Tutor uno, ¿me recibe?
Me llevé la radio a la boca sin perder un segundo.
—Tutor uno a la escucha.
Remo atendió la conversación sin perderse detalle.
—Aviso de varios menores realizando conducción temeraria con ciclomotores en la avenida de la Cruz. Posible presencia de peatones en la zona. Acudan y actúen conforme al protocolo, cambio.
Ya estábamos de pie cuando terminó de informarnos.
—Recibido, central. Tutor uno en desplazamiento. Cambio y corto. —Estiré el cuello entumecido—. Por fin, un poco de fiesta.
—Me preocupa tu concepto de diversión, Santos.
—Y a mí, el tuyo de entretenimiento, Remo.
Guardé la radio, comprobé que la pistola seguía en su sitio, y salimos a la vez al pasillo. De reojo, analicé su paso firme y esa expresión impasible que me sacaba de quicio.
Ni siquiera le di opción a plantear quién conduciría. Había una norma no escrita que todo policía con más de un mes de servicio conocía: si llevas más tiempo, tú conduces. Y, si tu compañera tiene menos kilómetros de patrulla que un coche de concesionario, también.
«Antes muerto que ir de paquete», sentencié.
Por si acaso, me adelanté hacia el aparcamiento y subí directamente al asiento del conductor. Ignoré su ceja arqueada, sin embargo, me quedé parado cuando la vi esbozar una sonrisa al entrar en el coche y abrocharse el cinturón.
Recuperé la normalidad motora en cuanto se me quedó mirando y me obligué a centrarme en conducir.
«¿Qué cojones te pasa, imbécil?», me pregunté, cabreado conmigo mismo.
Durante todo el trayecto reinó el silencio; ella observaba al frente, y yo me concentraba en el zumbido del motor y en el roce de nuestros uniformes contra los asientos de cuero.
Al doblar la última rotonda, apareció el espectáculo: cinco ciclomotores, siete chavales encima y una decena más grabando con los móviles.
Me fijé en uno de ellos, el que hacía caballitos con una temeridad digna de un premio Darwin [1] , y por un segundo me vi a mí mismo a esa edad, haciendo las mismas gilipolleces sin imaginar que, muy pronto, se me acabaría la diversión.
Remo y yo nos pisamos al hablar.
—Voy a pedir refuerzos —anunció ella, abriendo la puerta—. Hay que asegurar el tráfico.
—Yo me ocupo de los pilotos suicidas, y tú, de los fans —dije saliendo del coche.
Ella no discutió, y yo creí que había ganado aquella pequeña batalla.
El ruido de los tubos de escape rebotaba contra los edificios del paseo marítimo y se mezclaba con la risa de los chavales. Me acerqué al más próximo, un crío con camiseta de tirantes y cara de tener más ego que edad.
—Apaga el motor —ordené.
—Tranquilo, agente. Solo estábamos practicando —replicó haciéndose el gracioso delante de sus amiguitos.
Sentí a Remo a mi lado.
—Sí, claro. Y yo vengo de misa —solté y me erguí un poco más—. Documentación y seguro, campeón. Y no nos hagas perder el tiempo.
Los demás empezaron a recular, no tanto por miedo como por puro instinto. El grupito más alejado no dejó de grabar ni de soltar comentarios.
—Si me detiene ella, me dejo esposar sin rechistar —soltó otro de los aspirantes a delincuente.
Giré la cabeza, fulminante.
El chaval levantó las manos al ver mi expresión, pero, antes de que pudiese soltar una sola palabra, «ella» se me adelantó.
—Qué curioso… —comenzó con voz calmada y sin titubear ni un ápice—.
Siempre pensáis en las esposas, pero nunca en la parte en la que os quitan la moto, os ponen la multa y os echan la bronca en casa.
Si quieres puedo hacerte una demostración práctica.
Aunque, créeme, la realidad no te va a gustar tanto.
La reacción de mi cuerpo me pilló por sorpresa. Él solito había decidido regresar a la imagen de la novata mientras demostraba lo bien que le quedaba la ropa de yoga. Y verla allí, segura e impasible, no me ayudó precisamente a recuperar el control.
Se escucharon risas en el grupo, el bocazas bajó la mirada y masculló algo que ni él entendió, y Remo siguió revisando la documentación que los demás le tendían, sin alterarse, como la que está comprobando el tique de la compra.
—Si queréis un consejo, apuntaos a atletismo —dijo sin dirigirse a nadie en particular—. Por lo menos ahí se corre con sentido.
Yo todavía necesité unos segundos más para procesar todo lo que acababa de pasar.
Y para que se me bajara el jodido empalme.
Remo no había levantado la voz. No había amenazado. Solo había usado el diálogo como arma. Y, por absurdo que fuera —teniendo en cuenta que nuestro público eran chiquillos sobrehormonados—, había funcionado.
—Venga, a recoger los móviles y despejar la zona —les dije a los espectadores—. Aquí no hay nada más que ver.
El coche patrulla de Cuenca y Blanco se detuvo a unos metros.
Bajaron con su parsimonia habitual y, después de informarlos de la situación, se limitaron a controlar el perímetro.
Blanco sermoneaba a los curiosos que aún grababan, y Cuenca, fiel a su papel de poli bueno, lo acompañaba por detrás rebajando la tensión.
Mientras el grupo se dispersaba, me puse —por fin— a trabajar. Remo tecleaba en la tablet y pedía comprobaciones por la emisora, y yo me encargué de fotografiar motos y matrículas, por si hacía falta soporte.
Resultado: dos con el tubo de escape trucado y un chaval sin permiso de conducir, lo que derivó en varias sanciones y un buen rato esperando a los padres.
En menos de media hora aquello dejó de ser un espectáculo y se convirtió en papeleo, y los chavales se fueron con las multas y menos ganas de repetir.
—Buen trabajo, Remo —admití una vez que nos quedamos a solas. Ella se limitó a asentir—. Yo habría añadido unas cuantas amenazas más, para acojonarlos, pero no ha estado mal.
—Cada uno tiene su método.
—Está claro.
—A veces, menos es más, Santos.
—¿En multas?
—En testosterona —contestó y me miró con una media sonrisa que me hizo apretar la mandíbula.
Me costó controlarme, aunque lo conseguí. Conocía a las tías como ella y sabía que pretendía que saltase para salirse con la suya.
No le di el gusto.
Durante el viaje de vuelta nuestra dinámica no cambió. No hablamos, no comentamos el caso, y el aire del coche se cargó tanto que costaba respirar.
También me costó no observarla de reojo.
Todo en Remo parecía decir que no necesitaba que la defendieran ni que hicieran el trabajo sucio o que nadie se interpusiera.
Y eso era… raro, porque no encajaba con la imagen que me había formado de ella: la típica enchufada, hija de papá, con la vida resuelta antes incluso de ponerse el uniforme.
Una a la que le habían abierto puertas sin preguntar si sabía siquiera empujarlas.
Sin embargo, esa misma mujer acababa de manejar a un grupo de niñatos sin perder los nervios ni levantar la voz. Y lo más alucinante era que le había salido bien.
Muy bien, de hecho.
Sí, no me avergonzaba admitir que me había dejado llevar por los estereotipos y las primeras impresiones —algo que siempre le había dicho a mi hija que no hiciera—, pero no había podido evitarlo.