3 – Cambio de planes
FABIOLA
—Te noto el hombro derecho un poco más alto que el izquierdo.
—¿Y?
—Es un claro síntoma de ansiedad laboral.
Solté una carcajada y dejé el vaso sobre la pequeña mesa que estábamos utilizando para cenar en la terraza de Tomy.
—Eso te lo acabas de inventar.
—Sí, pero suena creíble, ¿verdad?
Mi amigo movió las cejas con la elegancia de un niño de cinco años, y yo negué divertida. Cogí una aceituna y subí una de las piernas a la silla.
—Mucho —le seguí el juego—. Tal y como se espera de un buen profesional de la salud.
—¿Tienes ganas de volver mañana a la jungla?
—Sí, la verdad.
—Pues yo pagaría por perder de vista a mis compañeros del centro de salud una semana entera, como tú a los tuyos.
—He tenido suerte de empezar con Pereira. El hombre es un sol, me deja hacer y, si me equivoco, me pregunta cómo lo podría haber hecho mejor. —Tomy se sirvió un nuevo trozo de pizza y asintió, animándome a seguir—. La semana pasada estuve muy cómoda a su lado, es fácil trabajar con él.
—¿Y el resto del rebaño? —insistió—. ¿Qué tal con ellos?
Bufé, y él sonrió satisfecho; le encantaban los cotilleos y era consciente de que, por lo poco que habíamos podido hablar los días anteriores debido a sus turnos, no todo iba sobre ruedas.
—Ruiz, el de recepción, tiene un humor peculiar.
Cuenca me cae bien, no se mete en nada y las pocas veces que hemos hablado ha sido amable; es uno de los veteranos.
José es un buen jefe y mantiene las formas delante del grupo.
Después está López, que es… —Busqué una palabra amable, y mi amigo se alimentó de mi vacilación—. Intenso.
—Amplía eso —me pidió con la boca llena.
Titubeé al intentar armar mi opinión sobre él.
—Graciosillo, le gusta coquetear, está encantado de conocerse…
—¿De los que presume de lo que le mide la placa mientras te mira las tetas?
La risa me salió sola.
—Algo así.
—¿Y…?
—¿Y qué?
—¿Que quién es el que te tiene descompensado el hombro derecho?
Puse los ojos en blanco. No iba a parar hasta hacerme hablar, Tomy era experto en unir las piezas que no me atrevía a poner sobre la mesa.
—Eres un pesado.
—Soy tu mejor amigo, y ser insistente, que no pesado, es especialidad de la casa.
Le lancé mi servilleta, que él atrapó sin mirar. La dejó junto al vaso y elevó ambas cejas para que empezase a hablar.
—No es… —empecé y me callé. Me recogí el pelo en una coleta alta porque la humedad repentina en el ambiente me lo estaba pegando a la nuca—. Solo es que a algunos les divierte asustar a los novatos.
—Y ¿lo han conseguido? —me preguntó, intranquilo de repente—. ¿Te han asustado, Fabs?
—No.
—Entonces, ¿qué te preocupa?
Desvió la vista a mis manos, y dejé de rascarme la parte interna de la muñeca. Observé la piel enrojecida y solté el aire de forma sonora.
—Nada que no se pueda gestionar.
—Estás así por el Ogro, ¿verdad? —Levanté la cabeza de golpe—. ¿Qué? No me mires así, lo dijiste tú. Bueno, tú no, tus subtítulos.
—¿Qué?
—Después de la segunda nota de voz que me mandaste ya me hice un retrato robot de ese tal Santos.
—No te dije nada.
—¡Exacto! —Colocó el codo en el reposabrazos de su silla y apoyó la barbilla en la mano—. Y, justo cuando no dices nada, es cuando más lo haces.
—Eso no tiene sentido.
—¿Qué te ha hecho?, ¿te ha olido como si tuvieras la peste?, ¿se ha dado cuenta de que tu pistola brilla más que la suya y se ha encabronado?
Moví el cuello para aflojar la tensión en los hombros.
—No tengo nada contra él, aunque tampoco nada a favor. Es pronto.
—Lo cual, traducido del fabiolés , significa que es un capullo y te gustaría darle con el reglamento en la frente.
Se me escapó una carcajada, muy a mi pesar.
—Eres insoportable.
—Yo también te quiero. —Empujó el plato hacia mí—. Anda, come. Recarga glucosa para mañana, tengo la corazonada de que te va a hacer falta.
Para no perder la costumbre, Tomy no se equivocó.
El lunes empezó de maravilla. Me había pasado la mañana en el gimnasio de mi padre, donde nadie me molestó para utilizar las máquinas.
El agua de la ducha salió a la temperatura perfecta y, cuando llegué a la comisaría a mediodía, encontré un aparcamiento para la moto en la zona más cercana y que solía estar abarrotada.
Sin embargo, mi racha de buena suerte comenzó a torcerse cuando, al entrar, Ruiz levantó la vista del teclado, agarró su taza y me dedicó una ancha sonrisa.
—Buenas tardes, Remo. ¿Lista para domar a las fieras?
—Siempre —le seguí el juego mientras continuaba caminando.
—Mejor. —Señaló con la barbilla el techo—. El sargento está de mal humor.
Hice un mohín con los labios y me detuve.
—¿Le has dado café de la máquina?
El hombre soltó una risotada.
—No, no tengo ganas de morir. —Sonreí—. Si te sirve mi consejo, evita cruzarte con él. Tengo la llave del cuarto de la limpieza, por si necesitas esconderte.
—Gracias, Ruiz. Lo tendré en cuenta.
Subí las escaleras pensando en qué podría haberle ocurrido a mi jefe, cuando hacía dos días había estado en casa con mi padre y todo parecía ir bien. No me dio tiempo a llegar a ninguna conclusión antes de que él mismo me interceptara en el pasillo.
—Remo, por fin estás aquí. —Se giró—. Busca a Santos, y venid los dos a mi despacho.
—Sí, señor. Buenas tardes.
—No sé para quién —masculló, y yo elevé ambas cejas.
Miré el reloj de mi teléfono y comprobé la hora: las tres menos cuarto. No, no llegaba tarde, así que no entendía esa prisa.
Me puse en movimiento y me topé con López, que salía del vestuario con el polo del uniforme a medio abrochar.
—Fabi. —Me dedicó una caída de ojos—. Te he echado de menos. ¿Has descansado bien esta semana?
—Sí, gracias. ¿Has visto a Santos?
Mi pregunta lo pilló desprevenido y dudó un segundo antes de responder.
—Debe de estar en la sala de descanso.
Le di las gracias y me marché antes de que pudiese añadir nada más.
Cuando llegué a la habitación había dos compañeros, Cuenca y Blanco, que comentaban el partido del día anterior. Mi objetivo estaba de espaldas, grande y estrecho de cintura, apoyado en el borde del mármol con un vaso de plástico en la mano.
—Santos —lo llamé sin rodeos—, el sargento quiere verte en su despacho.
Me abstuve de decirle que yo también estaba incluida en la invitación.
—Vaya, ¿te han contratado también para labores de secretaria del mando o es parte del plan de Salcedo para alegrarnos las vistas? —intervino Blanco.
—Para contar chistes, pero dudo que sean tan buenos como los tuyos.
Hizo un gesto como si le hubiese disparado y cayó hacia atrás en el sofá. Santos eligió ese momento para girarse sin ninguna prisa.
Cuando nuestros ojos se encontraron, levantó su bebida y me dedicó una amplia sonrisa de suficiencia que quise borrarle de inmediato.
—¿Un cafelito, Remo?
Ni siquiera esperé a ver si se movía. Ignoré su provocación, me di media vuelta y crucé el pasillo hasta el despacho del sargento. Tras llamar con los nudillos, abrí la puerta.
Mi jefe tenía el bolígrafo agarrado entre los dedos como si fuera un arma blanca.
—¿Y Rodrigo? —preguntó al ver que llegaba sola y cerraba tras de mí.
—Tomándose un café.
Suspiró, se levantó y, de un tirón, abrió la puerta.
—¡Santos! —La voz rebotó en la pared del fondo del pasillo.
Dejó abierto y se dirigió a su silla. El eco trajo la respuesta en forma de pasos apresurados, y el susodicho apareció unos segundos después, con el uniforme impecable y la mirada atenta.
—Señor.
Me miró un instante, y aproveché para sonreírle con la misma intención que él había utilizado conmigo un momento antes.
«Capullo», pensé sin rencor. O con un poquito.
—Cierra —ordenó Salcedo—. Tenemos un problema.
Tomé aire, me enderecé un poco más y coloqué los codos pegados al cuerpo, dispuesta a escuchar.
Por suerte, sabía mantener la calma. O, al menos, aparentarla.
—¿Qué ocurre? —preguntó Santos a mi lado.
—Pereira ha tenido un percance esta mañana. Se ha jodido la rodilla jugando a ser Rafa Nadal. No ha sido nada grave, pero la lesión lo va a tener unas semanas de reposo y muletas.
—Vaya —dijo Santos.
—Sí, «vaya» —repitió el otro—. Como siempre, vuestras tonterías me traen por el camino de la amargura, así que ahora necesito a alguien que coja el testigo del programa de Agente Tutor temporalmente.
—¿En quién ha pensado? —tanteó, y a mí se me cerró un poco más el nudo en el estómago.
—En ella. —Me señaló—. Remo, revisarás la agenda, te coordinarás con los centros y te harás cargo de las mediaciones que estaban en lista. Además de lo nuevo que ocurra, claro —precisó—. Por suerte, en un mes termina el curso.
—De acuerdo —asentí sin dejar que notase mi inseguridad ante la situación.
No me sentía preparada para llevarlo todo en solitario, además de que, aunque había utilizado mi semana de descanso para estudiar los expedientes y protocolos, aún me faltaba afianzar conocimientos.
Él apoyó los antebrazos en la mesa y me observó como si me pudiese leer el pensamiento.
—No vas a ir sola. —Torció una esquina de la boca y giró la cabeza en dirección al enorme cuerpo que estaba a mi lado—. Aquí es donde entras en juego tú, Santos.
—Señor…
—Pereira está de baja, el programa no se puede parar, así que ella va a asumir la coordinación, y tú vas a ser su apoyo. Operativo, logístico, de patrulla. De lo que se necesite.
—Señor… —insistió Santos, pero nuestro jefe lo interrumpió de nuevo.
—Hasta que Pereira vuelva, sois un pack indivisible.
Un sudor frío se me deslizó por la nuca. Rodrigo no dijo nada más, pero su mandíbula hizo un sonido característico. Estaba apretando los dientes.
—Señor, con todo el respeto —dijo con voz firme—. Yo no sirvo para dar charlitas a los críos.
Se me coló una chispa de rabia por el pecho, pero me la tragué sin que se notara. Nuestro jefe, sin embargo, sonrió como quien se sabe de memoria la réplica.
—Y yo vine a dirigir a un equipo que se adapte a los cambios y me facilite el trabajo.
—Precisamente por eso, señor. Yo soy más útil en la calle.
—Eres útil donde yo diga, Santos. Te he visto hacerte cargo de cosas peores sin quejarte tanto —zanjó—.
Y ahora mismo te necesito con ella. —Me señaló con el bolígrafo—.
Fabiola tiene formación, método y cabeza fría.
Y tú tienes experiencia, instinto y presencia.
Fuerza bruta más cerebro, el binomio perfecto.
Noté el peso de esa última frase sobre los hombros.
Durante unos segundos se hizo el silencio. Pude sentir cómo Rodrigo me observaba de reojo, como si yo fuese la culpable de todo aquello.
El picor en la parte interna de la muñeca era insoportable a esas alturas. No supe qué hacer con las manos, así que las dejé sobre los muslos, bien abiertas.
Y respiré. Una vez. Y otra.
La marea subió y bajó dentro de mí sin hacer ruido.
—Entendido, señor —dije cuando me sentí capaz.
Salcedo me sostuvo la mirada con una sombra de orgullo que me alivió en parte el malestar.
—Si hay bronca en la calle, y os pilla de paso, actuáis, pero la misión principal ahora es esta. ¿Está claro?
—Sí, señor —dijimos Santos y yo al unísono.
—Perfecto. —El sargento se puso en pie y me tendió una carpeta como la de la primera semana—. Quiero un parte al final de cada turno. Y cerrad al salir, por favor.
El corazón me pegó un toquecito en el esternón ante el vistazo que me echó Rodrigo.
Él fue quien abrió la puerta. Me hizo un leve gesto con la cabeza para cederme el paso, y fue lo más parecido a un gesto amable que le había visto desde que lo conocía, lo que sembró una semilla de esperanza en mí.
Caminé en silencio unos cuantos pasos antes de atreverme a hablar.
—Organizaré las llamadas para informar a los centros que tenían cita con Pereira las próximas semanas y revisaré los expedientes pendientes, ¿te parece?
Rodrigo soltó el aire por la nariz.
—Me parece que no soy un puto monitor de campamento —escupió las palabras—. Eso me parece.
Me detuve y lo encaré, aunque no tuve tiempo de decir nada cuando López apareció en el pasillo.
—¿Qué caras son esas? ¿Os ha castigado papá?
—Algo así —respondió Rodrigo—. Remo y yo somos el nuevo binomio.
López abrió mucho los ojos.
—¿En serio? —Asentí, y él silbó. Después, miró a Rodrigo—. ¿Hablo con el jefe y le pido que nos cambien? No tengo problema en patrullar con ella, ya lo sabes.
Rodrigo negó.
—No. Nunca he necesitado que nadie cumpla los castigos por mí.
Sin más, se fue pasillo abajo, y la semilla de la esperanza se pudrió antes de poder germinar.