2 – Bajar la guardia
RODRIGO
Llevaba un rato observando de reojo cómo la nueva se colocaba cada elemento del equipo como si aquello fuera una cirugía a corazón abierto y no una tarea repetitiva previa a un turno. Y lo peor no era que se me fueran los ojos, sino que el simple hecho de mirarla me estaba restando reflejos a mí.
—¿Piensas acabar hoy, novata? —pregunté seco mientras montaba mi arma.
Ella continuó enganchando el tahalí sin pestañear.
—Ya le expliqué que solemos dejar el cinturón montado en la taquilla para ganar tiempo y que aquí solo guardamos las armas.
Lo que pasa es que Fabi es una mujer muy meticulosa y no le gusta saltarse el protocolo, ¿verdad?
—comentó López, que parecía conocerla más de lo normal para llevar solo una semana cruzándose con ella en los turnos.
Elevé una ceja en dirección a mi compañero.
¿«Fabi»?
La aludida asintió con un sonido de garganta y continuó a lo suyo, sin desviar la vista de su tarea.
Eso también me irritaba: su tranquilidad y que no se inmutaba ante nada ni nadie.
—La teoría está bien, pero en la práctica hay que ser más avispado.
Mi frase no provocó nada y con su falta de respuesta confirmé que no era de fiar.
El jefe la había presentado el lunes con una sonrisa de padre orgulloso: «Señores, les presento a Fabiola Remo, nueva incorporación al grupo operativo. Viene con una amplia formación en criminología, emergencias…».
Ahí desconecté.
Traducido a mi idioma quería decir demasiada teoría y cero calle. Solo había que verla para intuirlo. Desde entonces, la observaba moverse por allí como si pisara terreno sagrado. Educada, puntual, correcta, sin levantar la voz…
Y justo por eso no me la creía. O quizá me molestaba que no lograra sacarla de ese estado imperturbable.
Lo que estaba claro era lo que la experiencia me había enseñado, y es que nadie es así todo el tiempo si no oculta alguna cosa. Tanta calma solía ser la antesala de un error caro, y yo ya había pagado unos cuantos en mis años de carrera.
—¡Santos! ¿Tú y López no tenéis que estar en quince minutos en el control de salida? —me gritó un compañero desde fuera cuando López abrió la puerta.
—Cómo os gusta dar por culo —mascullé terminando de armar la pistola.
—Voy revisando el coche —dijo mi compañero, que me sonrió al darse cuenta del lugar exacto donde tenía posados los ojos: en la novata. Me hizo un movimiento con la boca muy esclarecedor que ignoré—. ¿Piensas acabar hoy, Santos?
Estuve tentado a lanzarle la pistola a la cabeza por el tonito de sabelotodo que había utilizado. Por suerte para él, la puerta se cerró antes de poder hacerlo y me limité a acercarme al cajón de arena para realizar las comprobaciones del cargador y la corredera.
Satisfecho, la guardé en su funda y, cuando me giré, me dio la extraña sensación de que alguien le había robado unos cuantos metros a aquel cuchitril en el que estábamos encerrados.
Tenía que largarme.
Comencé a caminar, sin embargo, un impulso absurdo me hizo detenerme frente a ella.
Si se dio cuenta, no lo demostró —para sorpresa de nadie—; siguió colocándose los grilletes en el cinturón, con esos dedos largos y delicados.
Dudaba que pudieran aguantar más de unos minutos apretando el gatillo sin empezar a temblar.
La sala se llenó con el sonido del cierre y luego con el roce metálico del cargador al entrar en su arma.
Por fin, una vez hubo acabado, levantó la vista y me miró directamente a los ojos.
—¿Todo bien, Santos? —soltó con tranquilidad.
Vaya, recordaba mi apellido.
Casi me hizo reír imaginarla mientras memorizaba nuestras fichas. También me cabreó que esa misma idea me hiciera perder la compostura.
—Todo perfecto —respondí más seco que de costumbre—. ¿Tú?
Su media sonrisa y esa ceja alzada me molestaron por igual.
—De maravilla —contestó con la barbilla elevada—. Y suerte en el control de salida; aunque tú no la necesitas, se te ve muy «avispado».
En cualquier otro momento le habría devuelto la pulla y el golpe —la fama de gruñón no me venía de mis habilidades sociales, precisamente—. En cambio, hice lo más sensato y menos propio de mí que se me ocurrió: salir de allí cagando leches.
López estaba hablando con una de las limpiadoras apoyado en el capó del coche. En cuanto me vio, me dirigió la misma sonrisa tocacojones de siempre.
—¿Tu palanca o la mía, moreno? —Abrí de un tirón la puerta del conductor, y él levantó ambas manos—. Está bien, te dejaré ser el dominante hoy, pero solo porque te quiero y sé que lo disfrutaré.
La chica se despidió con una sonrisa, yo gruñí conforme me montaba en el coche, y él —gracias a una intervención divina— mantuvo la boca cerrada mientras se sentaba en el asiento del copiloto.
Mejor, porque no tenía humor para aguantar sus tonterías.
Aunque la suerte me duró lo que tardó el coche patrulla en salir de las dependencias.
—Creo que me he enamorado.
—Ya empezamos.
—Hablo en serio, tío. Es perfecta, y sabes que yo no soy de fijarme en cosas tan superficiales…
Giré el cuello y solté una risa irónica.
—¿En serio, Alberto? ¿Con quién te crees que estás hablando? He compartido más horas contigo que con Nora en los últimos cuatro años, y no te has acostado con la misma tía dos veces en todo ese tiempo.
—Ni tú.
—Y por eso mismo sé que la que se ha enamorado ha sido tu polla, no tú.
López suspiró teatralmente.
—Puede ser. Pero es que no entiendo cómo le puede sentar tan de puta madre el uniforme.
Alcé una ceja en su dirección. La chica no estaba mal con ropa de calle, pero aquel pantalón blanco ancho no le hacía justicia.
—Tampoco es para tanto.
Su risita me puso los pelos de punta.
—¿Y por eso estabas tan embobado mirándole antes el culo?
Fruncí el ceño.
—¿De qué coño hablas?
—Pues precisamente del único coño que tenemos en turno. Estoy loco por hacer alguna patrulla con ella.
Mierda. Hablaba de la novata.
—¿Desde cuándo te interesan las morenas?
—Desde el lunes —soltó con una sonrisa—. Creo que le voy a decir que se pase por el bar esta noche.
—Ni se te ocurra, Alberto —le advertí—. Te lo digo muy en serio. No me jodas la noche.
No insistió, aunque tampoco se retractó. Por supuesto, no volví a abrir la boca.
Conduje por la zona de casas bajas en la que nos encontrábamos y, pocos minutos después, nos topamos con el mar en pleno amanecer.
Costa Serena podía parecer un lugar idílico, siempre que no te tocase trabajar allí los domingos de operación salida. Bastaba con seguir la carretera principal para descubrir su otra cara: la de los coches atascados, las ventanillas bajadas y los turistas buscando la foto perfecta del paisaje.
Por eso, aunque llevaba años destinado en la zona, nunca me había mudado. Prefería recorrer los cuarenta kilómetros diarios a compartir mis días libres con las hordas de domingueros que venían a «desconectar».
No tardamos en llegar a uno de los puntos más conflictivos: una garganta de roca que se estrechaba hasta casi rozar los retrovisores, tallada en la montaña como un túnel improvisado.
El lugar tenía encanto, sí, pero también era un maldito dolor de cabeza.
Cuando el sol caía de lleno sobre la piedra, el aire se volvía fuego, y cualquier atasco convertía aquel paso en un horno crematorio.
En fines de semana como aquel, con media provincia intentando llegar a la costa, bastaba un coche mal colocado para colapsar la carretera entera.
Y a nosotros nos tocó regular el tráfico bajo aquel arco de roca, con el sol en la nuca y el olor a gasoil pegado en la garganta.
Un domingo estupendo.
López se pasó la mañana lanzándome chistes malos y ocurrencias que solo a él le hacían gracia. Aunque, por ilógico que pareciera, acabó funcionando; entre sus tonterías y el ruido de los motores, se me fue aflojando el cabreo que cierta novata me había provocado.
Así que llegué a casa con mucho mejor ánimo. Y no solo por eso, sino porque acababa de empezar oficialmente mi semana entera de descanso.
Me encantaban mis turnos.
—¡Ya estoy aquí! —anuncié cerrando la puerta tras de mí.
Mi padre, sentado en el sofá, me miró por encima de las gafas y me dedicó una inclinación de cabeza antes de volver a su periódico. Crucé el pasillo hasta llegar a la cocina, donde Nora y mi madre recogían los restos del almuerzo.
—Hola, hijo. Siéntate a comer —me dijo mi madre, a la que haberme parido hacía treinta y cuatro años no le impedía seguir tratándome como a un niño.
—Sí, señora. —Le ofrecí la mejilla, y ella me la besó. Después, me acerqué a mi chica preferida, que fregaba los platos de espaldas a mí. Me incliné hacia su pelo, aspiré su olor dulce y cerré los ojos cuando sentí que, por fin, estaba en casa—. Hola, preciosa.
—Hola. ¿Cómo ha ido el trabajo?
—Bien. —Me vino a la mente el momento del armero—. Sin incidentes.
Bueno, técnicamente no era mentira. Lo que había pasado con la novata fue antes de empezar el turno.
Aproveché que el grifo del fregadero estaba abierto para lavarme las manos.
—¡Papá! —protestó Nora cuando le salpiqué la cara—. Para. Me vas a estropear el alisado.
—A veces no sé quién es el adolescente de los dos —comentó mi madre, divertida—. Venga, Rodrigo, siéntate, que se enfría el puchero. ¿Quieres pan?
Asentí.
—Uhm, justo con lo que soñaba —le murmuré cómplice a mi hija—. Un plato calentito después de haber pasado todo el día al sol.
—Un plato revitalizante para recuperar fuerzas —me corrigió la cocinera—. Esto revive a un muerto.
Sonreí y me senté a comer mientras Nora me contaba que había salido esa mañana con unos amigos a la plaza del pueblo.
Con catorce años empezaba a querer más libertad, y a veces me pesaba no vivir en el mismo lugar donde trabajaba.
De hacerlo, podría patrullar cerca de donde ella estuviese y quedarme más tranquilo.
Pero debía confiar en su buen juicio; Nora era una niña responsable, madura y obediente, así que no tenía por qué preocuparme.
«De momento. Espera que se eche novio y verás», me dijo una vocecita interna que decidí ignorar por pura supervivencia mental.
Con el estómago lleno, fue inevitable que me quedase dormido en el sofá. Cuando me desperté, una hora y media después, la televisión emitía uno de esos concursos de preguntas que mis padres no se perdían jamás.
—¿Y Nora? —pregunté, con el cuello dolorido.
—Arriba, estudiando.
Tenía una hija que no me merecía, sobre todo porque —por suerte— no se parecía en nada a mí cuando tenía su edad.
Ella sacaba buenas notas, mientras que yo había sido un desastre en los estudios y, además, les había dado a mis padres más de un disgusto antes de verme obligado a madurar e ingresar en el cuerpo.
Subí y llamé con los nudillos a la puerta de su dormitorio.
—Hola, preciosa. —Levantó la cabeza de los libros y me miró con una sonrisa cansada—. ¿Quieres que hagamos alguna cosa juntos?
—Tengo examen mañana.
—¿Necesitas ayuda?
Me dedicó una expresión escéptica bien merecida.
—¿Sabes algo sobre Los Austrias y sus políticas? —Negué—. ¿La herencia de Carlos V? —Repetí el gesto—. Doy por hecho que tampoco sobre la política exterior de Felipe II.
—Menudo tostón.
Mi hija se echó a reír.
—Gracias por el apoyo, papá.
—Seguro que te sale fantástico. —Su respuesta fue un encogimiento de hombros—. ¿Te parece bien que esta noche vaya a tomar unas copas con unos compañeros? Uno de ellos va a ser padre y quiere celebrarlo.
—Claro. Pero ten cuidado, por favor.
Sonreí y me acerqué a darle un beso.
—Soy poli, siempre lo tengo.
—Te quiero, papá. —Agarró de nuevo el bolígrafo—. Cierra al salir, por favor.
—Te quiero, cariño.
Cerré la puerta con cuidado y me quedé un momento en el pasillo, escuchando el sonido de su voz repasando la lección al otro lado.
Sonreí con un nudo en la garganta. Cada día que pasaba mi niña era un poco menos niña, y yo seguía sin tener ni idea de cómo se hacía bien eso de ser padre. Lo único que podía jurar era que, mientras dependiera de mí, el mundo no la tocaría.