¡Alto! O te enamoro… (Costa Serena 7)
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1 – La hija del entrenador
FABIOLA
La puerta chirrió una décima de segundo antes de abrirse, y el sonido crispó un poco más mis nervios. Si ese era el recibimiento, no quería imaginar lo que vendría después.
Respiré hondo. Había soñado con ese instante desde que era una cría, solo que en mi imaginación no olía a café requemado, al salitre que se colaba por las rendijas y a goma de suela desgastada.
Me ajusté la trenza, me coloqué el casco de la moto en el brazo y avancé con decisión.
Solo tenía que caminar en línea recta unos cuantos pasos. Algo sencillo, en teoría. En la práctica, debía concentrarme en el eco de mis botas sobre el suelo para no perder el foco.
Miré a mi alrededor, no con los ojos de la chiquilla asustadiza y retraída a la que su padre había llevado allí en incontables ocasiones, sino con los de la mujer en la que me había convertido.
Una mujer que sabía que, en un entorno como aquel —donde un buen porcentaje de los hombres tenía serios problemas con su testosterona—, cualquier signo de debilidad sería su perdición.
El edificio era moderno, aunque conservaba un aire a oficina vieja, quizá por las paredes empapeladas con normativas y los tablones de corcho llenos de notas manuscritas y descoloridas.
—Buenos días —saludé al llegar al mostrador de recepción.
—Hola. ¿En qué puedo ayudarla?
La atención minuciosa que me dedicó me hizo consciente de mí misma y el picor en la mano izquierda se intensificó. Me concentré en silenciar el eco de los teclados, el zumbido del fluorescente e incluso un teléfono que sonó en la lejanía, y me centré en aquel hombre sin cambiar el gesto.
—Soy la agente Remo. Hoy me uno al grupo operativo.
El tipo alzó las cejas y me dedicó una sonrisa de protocolo.
—Qué bien. Yo soy el agente Ruiz y estoy deseando jubilarme.
Su respuesta me pilló desprevenida. Carraspeé y alcé el mentón.
—¿Podría comunicarle al sargento Salcedo que estoy aquí, por favor?
—Claro, ¿cómo no? —El agente cogió el teléfono de la mesa y tecleó con parsimonia—. Sargento, la hija del entrenador está aquí. —Me miró de arriba abajo—. Sí. No. De acuerdo, señor.
Colgó, me dedicó una media sonrisa y, utilizando el mismo tono condescendiente de toda nuestra conversación, me dijo:
—La espera en su despacho. Primera planta, al fondo a la derecha.
—Gracias.
Estaba empezando a girarme cuando lo escuché murmurar:
—Esperemos que llegues viva al mediodía…
Fruncí el ceño y volví la cabeza en su dirección.
—Gracias. ¿Suele ser tan amable con todo el mundo o es que hoy tiene el día generoso? —le pregunté sin alterarme.
El cambio en su expresión me dejó claro que lo había sorprendido.
—Depende. —Se encogió de hombros, divertido—. Algunas veces hasta ofrezco café, pero solo si quiero que acaben encerrados en el baño un buen rato.
Se me escapó una sonrisa.
—Encantada, Ruiz. Ha sido un placer.
—A mandar.
Apreté el casco contra el costado y avancé hacia las escaleras. Traté de ignorar la sensación de que varios pares de ojos se me clavaban en la espalda conforme caminaba.
La parte de mí que llevaba años preparándose para aquello quería ponerse a gritar y a aplaudir. La otra, la que sabía que llegaba como «la hija del entrenador» sin importar las horas de sudor, lágrimas y sangre derramadas, respiró hondo y se mentalizó para no ponerse a analizar cada susurro.
Porque los había.
Por el centro de entrenamiento de mi padre había pasado medio cuerpo policial de Costa Serena.
No todos, claro, pero sí los suficientes como para que mi apellido pesara más de lo que me gustaría.
Y también había hablado con Salcedo sobre mí, lo que garantizaba un estudio exhaustivo de mis capacidades para estar allí.
Doblé una esquina y me topé con un agente que salía del armero. Al verme, me sonrió y avanzó hasta ponerse frente a mí.
—¿Eres la nueva? —Asentí, y él me tendió una mano—. Soy Alberto.
—Remo —me presenté estrechándole la mano a aquel tipo alto de sonrisa fácil y patillas pulidas—. Fabiola Remo.
—Otra vez te has olvidado la defensa, López —masculló alguien tras él.
El aludido puso los ojos en blanco, alargó la mano y agarró la porra para, acto seguido, metérsela en el cinturón. Se me acercó con complicidad.
—Se cree que es mi padre, a pesar de que me saca solo dos años. —Me tensé cuando me pasó un brazo por el hombro y se colocó a mi lado para encarar al recién llegado—. Papi, mira, es una nueva amiguita con la que jugar.
El otro tipo, que llevaba dos cargadores de repuesto apoyados en el antebrazo, tiró de él con un bufido, lo que provocó que López me soltase —cosa que agradecí—. Acto seguido, me miró directamente a los ojos. Su mirada no me recorrió, me radiografió.
Lo primero en lo que me había fijado de él fue en sus manos, grandes y de nudillos marcados. Lo segundo, su voz autoritaria y un poco déspota. Y, por encima de todo, sus ojos, que me dejaron trastocada.
Jamás, en mis veintiocho años de vida, me había topado con unos iris tan oscuros, densos y a la vez intimidantes.
—Santos —se presentó, sin ningún formalismo o calidez.
—Remo —dije con el mismo tono.
No sonrió, se limitó a observarme, como quien evalúa el hielo antes de pisotearlo; no por miedo a caer, sino por evitar mojarse las botas.
—Dicen que has hecho las prácticas en El Romeral y que vienes con no sé cuántos títulos y posgrados —comentó López con su tono despreocupado.
—Sí. Soy criminóloga, tengo formación en emergencias, un posgrado en Psicología Criminal y una certificación en Intervención con Menores y Familias en Riesgo.
López silbó.
—Una empollona en el equipo, ¡genial! —exageró—. Que sepas que el jefe nos ha hablado muy bien de ti.
Santos bufó y negó con la cabeza. Y yo supe lo que pensaba de mí sin necesidad de que lo dijese en voz alta.
Nada bueno.
Aquella certeza despertó algo antiguo en mí, una incomodidad que creía superada y que me tensó de la cabeza a los pies.
El golpe de una puerta a mitad del pasillo me hizo reaccionar y ponerme en guardia.
—¡Santos! ¿Por qué no estáis aún…?
José Salcedo —o lo que era lo mismo: el mejor amigo de mi padre y sargento de mi turno— se detuvo al verme.
—Jefe, la nueva. —López me señaló.
—Gracias, no sé qué haría sin ti —le dijo con evidente ironía—. Quizá te reubique para que seas mi secretario.
—¿Y desaprovechar estos músculos? Qué tragedia…
—Fabiola, bienvenida —me saludó ignorando al otro—. Pasa a mi despacho. Y vosotros, perdeos de mi vista un rato.
—Sí, señor —respondió López.
Santos se limitó a girarse y continuar su camino.
Me quedé un segundo mirándole la espalda antes de que mi nuevo jefe me invitase a seguirlo.
La oficina de Salcedo era pequeña y oscura pese a tener la ventana abierta. El ventilador, un poco desvencijado, se movía de un lado al otro haciendo ruido y una planta agonizante pedía auxilio en silencio en una esquina. En la pared había enmarcadas varias fotografías y diplomas.
—Siéntate, por favor —me ofreció la silla frente a su escritorio—. Espero que los trogloditas de mis hombres no te hayan molestado mucho.
Inspiré lentamente por la nariz y forcé una sonrisa.
—No importa.
—Bien. —Asintió—. Te tendrás que ganar el respeto del grupo con lo que hagas en la calle.
—Me parece justo, señor.
Él me observó con satisfacción.
—Aprecio tu entrega, Fabiola. Y no te creas que no me va a costar tratarte como a una más.
—Soy una más.
Mi jefe movió la cabeza de lado a lado, sopesando mis palabras.
—Vamos a ahorrarnos discursos. Ya sabes que no soy partidario de los privilegios ni de las penitencias, aunque también eres consciente de que seguramente no estarías aquí de no ser porque te conozco desde que eras un bebé y sé cuánto necesita tu padre tener a sus polluelos cerca.
—Agradezco que haya ayudado a que forme parte de esta comisaría y de su equipo, señor.
—Pero que te quede claro desde el minuto uno que no le he hecho ningún favor a nadie —añadió sentándose en su sillón. Su cara, ligeramente arrugada, se suavizó al sonreír—. A Fede lo aprecio, sí, pero, si no tuviera claro que vales para esto, no te habría traído ni para repartir cafés.
—Lo tengo claro, señor. —Mantuve la espalda recta, aunque la calidez de sus palabras aflojó un poco la tensión que sentía en los hombros—. No es a mí a quien tiene que convencer.
—Sé lo que puede pesar tu apellido, pero solo tienes que trabajar bien y dejar que el resto siga su curso. Estoy seguro de que la mitad del cuerpo acabará buscándote para patrullar.
Contuve mi respuesta, pues dudaba mucho que algo así fuera a suceder.
—Haré lo que esté en mi mano.
Él se recostó en la silla y me dirigió una mirada casi paternal.
—Esa es la actitud, Remo. —Levantó una carpeta del montón que había sobre su mesa y me la tendió—.
Y vamos a aprovecharnos de tu currículo para asignarte al programa de Agente Tutor.
Pereira será tu referente. Lo conocerás en un momento, cuando hagamos el pase de lista, pero no tiene pérdida: bigote de mosquetero, pelo blanco y alma de perro guardián.
Él te pondrá al día de todo, ya está avisado, aunque no está de más que eches un ojo a los protocolos.
Apreté la carpeta entre las manos y asentí. El peso de aquel trozo de cartón no era nada en comparación con la carga de lo que contenía.
«Agente Tutor».
Sabía exactamente lo que implicaba ese programa: trabajar con menores en riesgo, adolescentes con más rabia que rumbo, visitas a centros escolares para prevenir y detectar casos de bullying …
Me había formado para ello y estaba preparada; más de lo que indicaba mi expediente. Una corazonada me dijo que no era una decisión que Salcedo hubiera tomado solo por mi currículo, sino porque era consciente del verdadero motivo por el que siempre quise ser policía.
Lo que sí tuve claro era que, de algún modo, aquella sería mi forma de reconciliarme con esa pequeña que una vez creyó que hacerse invisible era la única forma de pasar desapercibida.
—Gracias, señor. No se va a arrepentir.
—Empápate de Pereira, Fabiola.
—Lo haré.
—Cuando ya estés más integrada irás rotando en patrulla para conocer el terreno y los estilos de los compañeros —me explicó mientras me entregaba otra hoja—. No hay prisa, de momento quiero que observes, preguntes y te pongas al día de la dinámica.
—Entendido.
—Y otra cosa —añadió, se inclinó hacia delante y bajó un poco más la voz—. No te lo diré como mando, sino como amigo de tu padre. Si algún imbécil te falta el respeto o te hace sentir incómoda, me lo traes aquí y te prometo que no volverá a ponerse el uniforme en un tiempo.
Me entraron unas absurdas ganas de llorar que, por supuesto, reprimí.
—No hace falta que me proteja, señor.
Salcedo me estudió unos segundos en los que le sostuve la mirada. Después, asintió con algo parecido a orgullo en los ojos.
—Directa, con aplomo y encantadora. —Se levantó para estrecharme la mano—. Me alegra tenerte en mi equipo, Fabiola.
—Muchas gracias.
—No me las des todavía —replicó con un brillo travieso—. Espera a que te presente a la troupe y ya lo valoras. Creo que ya has conocido a uno de los huesos duros de roer, ¿no?
—¿Santos? —Intenté que sonara neutral, pero hasta a mí me pareció despectivo.
—Tiene buen fondo, aunque tarde siglos en dejarlo ver.
Qué esperanzador…
No contesté. Me puse en pie con la carpeta sujeta al pecho y el corazón acelerado por lo que vendría a continuación: el pase de lista y mi presentación oficial.
El plan estaba claro, tenía que ganármelos con hechos, no con mi apellido.
Y, si de paso conseguía que el tal Santos dejara de mirarme como si fuera un mosquito empeñado en mancharle su pulcro uniforme, ya sería un logro.