¡Alto! O te enamoro… (Costa Serena 7) Epílogo II
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Epílogo II

Reglamento final:  Toda norma aprendida es cuestionable si la variable merece la pena.

FABIOLA

De pequeña aprendí lo que significaba ser distinta. En mi familia, en el colegio, en el mundo…

Quizá para otras personas no habría supuesto lo mismo, pero, para una niña retraída y tímida como yo, ser la única morena en una familia de rubios pálidos, acabar vomitando cada vez que tenía que exponerme o hablar en público y recibir burlas constantes por todo ello fueron motivos suficientes para que me dejase huella.

Durante mucho tiempo creí que era más fácil no destacar, no llamar la atención ni desentonar. Ser la diferente, la que no encajaba del todo, me obligó a protegerme, y por eso siempre mantuve las distancias.

No confié, no dependí.

No me enamoré.

Lo que no supe ver entonces es que estaba renunciando a demasiadas cosas. Tantas que un año después, al mirar atrás, aún me sorprendía que me hubiese atrevido a vivirlas.

Y que me hubiese abierto sin miedo a un hombre como él.

Lo observé, apoyado en la isla de la cocina de mis padres.

Rodrigo estaba hablando con mi hermano Bruno y con Gabriel sobre no sé qué historia rocambolesca relacionada con los gemelos, unas chicas y la antigua caravana de mi cuñado Hans.

Agarraba una cerveza y tenía una expresión tranquila que todavía me desarmaba a veces.

Ya no gruñía tanto —o al menos no en el mismo contexto— ni se tocaba el costado de forma inconsciente.

La cicatriz seguía ahí, claro, pero hacía unas pocas semanas que había dejado de marcar el ritmo de sus pasos, pues volvía a estar en activo y patrullando con un nuevo compañero.

López ya no estaba en Costa Serena; nunca volvió a estarlo.

Me acerqué a él por detrás y le rodeé la cintura con los brazos. Él se giró, sonrió y me besó en la sien.

—¿Todo bien, preciosa?

—Todo bien —respondí feliz.

Bruno me guiñó un ojo, y Gabriel, con su regordete y precioso hijo Líam, de ocho meses, dormido en brazos, me dedicó una sonrisa cómplice antes de retomar la historia.

Me quedé apoyada en Rodrigo, escuchándolos hablar y riéndome de las ocurrencias de cada uno, y saboreé esa sensación extraña y bonita de encajar.

Al cabo de unos minutos, mi chico se inclinó hacia mí.

—Tengo que ir a buscar a Nora —me recordó.

Lo abracé un poco más fuerte.

—Vale.

—¿Me acompañas al coche?

Asentí y le di un beso rápido.

No me soltó de la mano cuando caminamos hacia fuera, pero sí lo hizo al llegar a la puerta del conductor. Me acerqué a él, le pasé los brazos por la nuca, y él me agarró de la cintura.

—No tardes —le pedí.

—No lo haré —prometió.

Salvé la poca distancia que nos separaba y lo besé, al principio despacio, y luego, cuando él me correspondió y me agarró de la nuca, con más ímpetu.

—¡Que corra el aire! —canturreó una voz que conocía demasiado bien.

Rodrigo lo ignoró y profundizó aún más el beso. Tardó un poco más en soltarme.

—Tomás —le dijo a mi amigo sin dejar de devorarme con los ojos.

—Fabs, dile a tu novio que, si sigue presumiendo de comida delante del hambriento y pronunciando mi nombre con esa voz, no me hago responsable de lo que pase.

Me sequé los labios y negué divertida. Siempre estaban igual, camuflando entre pullas un afecto que crecía cada día un poco más.

Rodrigo alzó una ceja en su dirección.

—¿Estás amenazándome, enfermero?

—Sí, poli —contestó sin perder la valentía, pese a que Rodrigo le sacaba una cabeza—. Pero prometo no hacerte pupita.

—No me das miedo.

La sonrisa de Tomy se ensanchó.

—Pues deberías estar acojonado —rebatió mi amigo dándole un repaso de arriba abajo—. Tienes suerte de que quiera tanto a Fabs, porque otros, por menos, ya habrían sucumbido a mis encantos.

Puse los ojos en blanco y me acerqué al donjuán de mi amigo.

—Deja de intentar ligarte a mi novio.

Rodrigo escondió un amago de sonrisa y lo señaló con un dedo.

—Cuídamela —le ordenó.

—Sí, señor —respondió Tomy.

Mi chico se montó en el coche y se marchó, y yo me quedé mirando un poco más el final de la calle.

—Recógelos.

—¿El qué? —Giré el cuello en dirección a mi amigo.

—Tus bragas y mis calzoncillos. —Hizo un gesto de placer y terminó con un puchero y mascullando—: Mojigata con suerte.

Se me escapó una carcajada.

—Yo también te quiero.

Caminamos hasta el jardín, donde estaban preparando la larga mesa para la celebración sorpresa del sesenta cumpleaños de mi madre, a la que habían raptado Alana y Carolina con la excusa de ir a la peluquería juntas.

Nos paramos un rato con mi hermana Emma, que estaba sentada un poco más apartada del bullicio mientras le daba el pecho al miembro más reciente de la familia: mi adorable sobrino Biel, de cuatro meses.

Cuando se quedó dormido, nos acercamos al porche, donde mis abuelos y mis suegros charlaban sentados en la zona de desayuno.

Felisa cruzó una mirada animada conmigo y luego desvió la vista hacia su marido. La sonrisa se le ensanchó mientras lo escuchaba hablar.

El diagnóstico de Manuel nos pilló por sorpresa unos meses atrás, ya que todos dábamos por hecho lo que padecía.

No, no era Alzheimer, sino una especie de epilepsia que, con la medicación adecuada, había empezado a remitir. No desaparecería del todo, pero ya no se desorientaba ni tenía tantos despistes. Había días mejores y otros peores, como en casi todo, pero ese era uno de los buenos.

Tomy me dio un codazo suave en el costado.

—¿Quién es? —murmuró señalando con la barbilla hacia la zona de la piscina—. El moreno de bañador celeste.

Seguí la dirección de su mirada y supe de quién se trataba. Estaba apoyado junto a la barandilla y hablaba con mi cuñado Jaime.

—César —respondí—. El hijo de Leire, la mujer de mi tío Leo.

—Joder con César…

Lo observé bien y deduje que, sí, era el tipo de mi amigo. Tenía nuestra edad, era moreno, alto y con un aire intelectual y sereno que llamaba la atención.

—Vive en Londres.

— Oh, my god! —exclamó él.

Solté una risotada.

—Pues igual debería presentártelo —le sugerí.

Me miró con interés renovado.

—¿Juega en mi equipo?

—¿Qué tal si lo averiguas tú solito?

Él sonrió, aceptando el desafío.

—Me parece una idea estupenda.

—Y a mí. Ya va siendo hora de que alguien te saque de la cabeza al cucaracho de la última vez. Y a mi novio. Además, tampoco estaría mal perderte de vista una temporadita… ¿Cómo llevas el inglés? —bromeé.

Me dio otro codazo, esta vez con más ganas.

—Mala pécora. —Antes de que pudiera contestarle, me agarró del brazo y tiró de mí en dirección a la piscina—. ¿Estoy bien?

Se miró de reojo la camiseta y se pasó una mano por el pelo.

—Perfecto.

Cuando llegamos hasta ellos, no me recreé en las presentaciones.

No hizo falta, Tomy sacó su desparpajo habitual y la conversación fluyó desde el principio.

Contuve una carcajada cuando mi cuñado Jaime me miró con cara de no entender muy bien cómo había acabado metido en aquello y me limité a encogerme de hombros.

Giré la cabeza y vi a Rodrigo aparecer por el camino lateral, con Nora a su lado. Ella le hablaba de forma animada y gesticulaba como si le estuviera contando una historia larguísima, y él la escuchaba con una expresión paciente que me derritió.

Kay se les acercó, saludó a Rodrigo con un respeto que él respondió con un gesto breve y formal, y Nora le dio un beso a su padre antes de irse con él. La actitud de ambos tenía esa naturalidad ilusionada, inocente y un poco torpe que solo existe en la adolescencia.

Rodrigo levantó la vista y me vio. Me sonrió resignado, y yo le devolví el gesto sin pensar demasiado en lo natural que se había vuelto todo aquello.

Guille lo interceptó y empezó a hablarle. Fruncí el ceño al ver cómo mi chico lo miraba con una expresión alucinada que me puso en guardia, así que no dudé en acercarme. Mi hermano, sin embargo, fue más rápido y se escabulló en cuanto me vio llegar.

—Hola —le dije a Rodrigo.

—Hola, preciosa. —Me atrajo hacia él y me dio un beso—. Tu familia cada día me sorprende más.

—¿Qué tramaba ahora?

Se inclinó hacia mí y me habló al oído.

—Me ha pedido las esposas —comentó divertido.

Me eché hacia atrás y lo miré alucinada.

—¿En serio?

—Y también me ha preguntado si podía dejarle un uniforme —añadió, y yo hundí la cabeza en su pecho, abochornada—. Por lo visto Bruno se ha negado a prestarle más el de bombero.

Levanté la cabeza cuando comenzó a reírse.

—Es un caso perdido.

—Tiene mucho peligro. —Asintió.

Su mirada se deslizó por el jardín con rapidez, como si acabara de darse cuenta de que algo no le cuadraba del todo.

—¿Qué buscas?

—Nada —respondió demasiado rápido para que le creyera. Se inclinó y me besó la nariz—. Ahora vuelvo.

Me quedé observándolo mientras se alejaba de la gente, con esa forma suya de caminar que intentaba pasar desapercibida y conseguía justo el efecto contrario. Cuando lo vi escabullirse por la puerta de la cocina, conté mentalmente hasta diez y fui tras él.

Lo encontré unos segundos después, asomándose a varias habitaciones cerradas, con sigilo y el ceño fruncido.

—¿Se te ha olvidado dónde está el baño? —le pregunté apoyada en la pared del pasillo.

Se giró sorprendido.

—Joder, Fabiola —susurró llevándose la mano al pecho—. Me vas a provocar un puto infarto.

—¿Qué andas buscando? —indagué entretenida.

—Nada.

Sonreí, me acerqué a él y le pasé las manos por la cintura hasta entrelazarlas en la parte baja de su espalda.

—Rodrigo —suspiré—. Estoy segura de que ha ido con Kay a recoger la tarta a casa de mi tía Alicia. Y, créeme, si van a hacer algo, lo harán te parezca bien o no.

Él apretó la mandíbula unos segundos antes de rendirse a medias.

—Lo sé —murmuró—. Estoy haciendo de poli cuando no toca.

Le acaricié la espalda.

—No. Solo te preocupa que crezca —le concedí—. Es normal, pero deja de allanar habitaciones ajenas o tendré que arrestarte.

Una sombra de sonrisa se le escapó antes de atraerme hacia él.

—Está bien.

—A menos que no hayas subido buscándolos a ellos —teoricé y hundí los dedos en el pelo de su nuca—. Quizá ya sabías que te iba a seguir y lo que pretendías era que nos encerrásemos en mi antigua habitación.

Él elevó una ceja y esbozó media sonrisa.

—Tienes un olfato increíble, novata.

—Por algo me uní al cuerpo.

Rio contra mi boca y me besó con una intención que me despertó cada terminación nerviosa. Sin dejar de mirarme, me agarró de la cintura y nos condujo hasta mi dormitorio.

—Será rápido —murmuró, como si alguna vez nos hubiera salido bien ese plan.

Se sentó en la cama conmigo encima, y yo acomodé las rodillas sobre el colchón, a cada lado de su cuerpo.

—Eso dijiste anoche. —Se deshizo del vestido de hilo que cubría mi biquini—. Y apenas hemos pegado ojo.

No contestó de inmediato. En cambio, se entretuvo en morderme el lóbulo de la oreja y en besarme el cuello en sentido descendente.

—Había que aprovechar que Nora estaba en esa fiesta de pijamas.

—Eres muy contradictorio, Santos. —Gemí cuando se hizo dueño de mis pechos—. Lo mismo organizas una redada para encontrarla, que celebras que nos deje la casa libre.

—Son cosas de padre que nunca entenderías —exageró el tono paternalista sobre mi piel.

—¿Nunca? —susurré con intención.

Se echó hacia atrás con el ceño fruncido. Detuvo el movimiento de sus dedos en mi espalda y me observó unos segundos más en silencio, con la misma expresión que si tuviera entre las manos una bomba a punto de estallar.

—¿Estás insinuando…?

Ladeé la cabeza y me encogí de hombros con fingida inocencia.

—Puede.

Rodrigo negó despacio y me apoyó la frente en el pecho.

—Fabiola… —murmuró sobre mi escote.

—No digo que tenga que ser ahora. Ni siquiera que tenga que pasar, pero no me cierro a la idea —le aclaré y me acomodé mejor sobre él. Echó el cuello hacia atrás y le besé la nuez—. Y me consta que Nora está de acuerdo. Me lo ha dejado caer varias veces.

Él gimió fingiendo dolor.

—Sois peligrosas juntas.

—Pero nos quieres.

—Mucho. —Clavó sus increíbles ojos oscuros en los míos—. Y te daré todos los críos que quieras, cuando quieras y donde quieras. Solo déjame perfeccionar un poco más la técnica antes. No quiero hacer chapuzas.

Me eché a reír.

—Acepto. Con técnica, sin ella, suave o duro. Como quieras —añadí y lo besé—. Pero siempre contigo.

Rodrigo exhaló despacio.

—Remo: doscientos millones. Santos: cero.

Durante unos gloriosos minutos me hizo olvidarme de todo: del pudor, de las obligaciones e incluso de que toda mi familia se encontraba a tan solo unos metros, ajenos a nuestro placer.

Cuando, un rato después, bajamos juntos de la mano supe que tenía todo lo que necesitaba. Porque había tenido el valor de elegir a un hombre que me respetaba, me cuidaba y caminaba conmigo sin imponer el paso.

Y decidí que ahí, justo a su lado, era donde quería quedarme el resto de mi vida.

Gracias por leer esta novela.

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