24
Seis meses después
Rob
Seis meses después de subir a un avión rumbo a Los Ángeles, estoy entre bastidores de un teatro de Broadway intentando recordar cómo se respira.
Al otro lado del telón, más de mil personas ocupan sus asientos para el estreno de Westbound en Nueva York.
Mi nombre aparece en la fachada, debajo del título y junto a una fotografía en la que no sonrío, porque Eve decidió que era la única que mostraba al hombre que los productores debían contratar.
Ahora ese hombre se encuentra delante de un espejo rodeado de bombillas, vestido como Nathan y con las manos demasiado frías para alguien que lleva diez minutos frotándolas.
—Faltan quince minutos —anuncia la regidora al asomarse al camerino—. En cinco quiero a todos preparados para la llamada.
—Allí estaré —respondo mientras cierro el libreto que ya no necesito consultar.
Ella asiente y desaparece por el pasillo. Antes de que la puerta termine de cerrarse, Claire entra con dos vasos de agua y gesto satisfecho.
—He pedido que retiraran el café antes de que te tomaras otro —explica mientras me entrega uno de los vasos—. Ya estás lo bastante acelerado.
—No estoy acelerado —miento antes de beber un trago de agua.
Claire mira mi pierna, que lleva varios segundos moviéndose bajo la silla.
—Estás haciendo temblar el suelo.
Apoyo ambos pies sobre el linóleo y me inclino para revisar el teléfono. Todavía no hay ningún mensaje nuevo.
—Eve estará sentada —asegura Claire mientras se apoya contra el tocador—. Deja de comprobarlo.
—Su sesión terminaba a las seis y el tráfico estaba imposible.
—Estamos en Nueva York. El tráfico siempre está imposible.
—Gracias por tranquilizarme —replico mientras bloqueo la pantalla.
Claire sonríe y me arregla una solapa que no necesitaba ningún ajuste.
—Hace seis meses te preocupaba marcharte. Ahora te preocupa que ella llegue tres minutos tarde —señala, retrocediendo para observar cómo me queda la ropa—. Supongo que eso significa que la distancia no os ha matado.
—Ha estado cerca algunas veces, no te creas…
La relación no se ha parecido al calendario de colores que Eve preparó antes de que me marchara.
Mi primer vuelo de regreso se canceló por una tormenta y ella pasó cuatro horas esperándome antes de que aceptáramos que no encontraría otro avión.
Durante la sexta semana discutimos porque tres ensayos nocturnos seguidos terminaron sin que yo la llamara a la hora acordada ninguno de esos tres días.
También hubo una conversación en la que Eve fingió que no le importaba que me perdiera la inauguración de su nuevo estudio y otra en la que yo aseguré que no estaba agotado cuando apenas podía mantener los ojos abiertos.
Ninguna terminó bien, pero tampoco dejamos que el silencio la terminara por nosotros.
Aprendí a decirle que necesitaba dormir sin convertir el cansancio en una desaparición y Eve empezó a contarme cuándo estaba enfadada antes de que yo tuviera que interpretarlo por la forma en que respondía a mis mensajes.
Compramos nuevos billetes, reorganizamos visitas y, cuando el éxito en Los Ángeles confirmó el traslado de la obra a Broadway, se lo conté antes de firmar la ampliación del contrato.
No fue perfecto, pero fue real.
Justo en ese momento, mi teléfono vibra sobre el tocador y lo cojo antes de que Claire pueda burlarse.
Eve:
Ya estoy sentada.
Pamela ha intentado entrar con otro cartel.
Por suerte, el acomodador se lo ha confiscado.
Se me escapa una carcajada y Claire arquea una ceja.
—¿Buenas noticias? —pregunta mientras deja el otro vaso sobre el tocador.
—Eve ha llegado —respondo, guardando el teléfono en el cajón.
—Entonces ya puedes dedicarte a protagonizar la obra por la que llevas años persiguiéndome.
Claire me abraza antes de que pueda hacer una broma. Sus brazos permanecen a mi alrededor unos segundos y, cuando se aparta, tiene los ojos brillantes.
—Te lo has ganado —afirma mientras me aprieta los hombros.
—Gracias por no dejar que abandonara antes.
—Nunca pensaste abandonarlo —me corrige mientras camina hacia la puerta—. Solo necesitabas que alguien te recordara que un rechazo no era el final de tu carrera.
La llamada del reparto resuena por el pasillo, por lo que Claire abre la puerta de mi camerino y me indica el camino con una inclinación exagerada.
—Ve a trabajar, estrella insoportable.
Salgo del camerino y me uno al resto de los actores. El murmullo del público llega amortiguado a través del telón. Una compañera me aprieta la mano y otro actor me da una palmada en la espalda antes de ocupar su posición.
Cuando las luces de la sala empiezan a apagarse, aspiro profundamente. No intento imaginar qué espera el productor ni qué crítica se publicará mañana, tampoco busco la expresión adecuada para un protagonista en su primera noche de Broadway. Solo me limito a respirar hondo y salir al escenario.
Durante la primera escena, los focos me impiden distinguir los rostros del público. Solo veo una oscuridad interrumpida por el brillo tenue de las luces de emergencia. Aun así, sé que Eve está ahí, en la butaca que eligió Kim después de estudiar tres planos distintos del teatro.
Dejo de buscar a Eve entre el público y me concentro en la obra. Escucho a mis compañeros, reacciono a cada una de sus réplicas y permito que los silencios permanezcan cuando Nathan no encuentra las palabras. Ya no intento ofrecer la interpretación que creo que los demás esperan de mí.
Cuando mi personaje reconoce ante su hermano que no se marchó para protegerlo, sino porque tuvo miedo, la sala se queda tan quieta que alcanzo a oír mi propia respiración.
Antes habría sentido la necesidad de añadir un gesto o una palabra para mantener la atención del público, pero esta vez confío en la escena y dejo que el silencio hable por mí.
En la última escena, Nathan regresa a la casa que abandonó.
Pronuncio la frase final junto a la puerta del decorado y las luces se apagan.
La oscuridad y el silencio duran apenas un instante antes de que los aplausos llenen el teatro.
Mis compañeros me encuentran en la oscuridad y nos colocamos para el saludo.
El telón sube de nuevo y las luces de la sala se encienden lo suficiente para distinguir las primeras filas.
Entonces la veo. Eve está de pie junto a Laura y a Arthur.
Pamela aplaude a su lado con el cartel confiscado ahora doblado bajo un brazo, mientras Nick intenta decirle algo que ella no escucha.
Kim sonríe sin dejar de aplaudir y Violet levanta ambas manos por encima de la cabeza.
Eve no sostiene ninguna cámara, simplemente está allí, con los ojos fijos en mí y una sonrisa que no tiene nada de profesional.
Hacemos la primera reverencia juntos. Después, mis compañeros se apartan y me dejan avanzar para el saludo individual.
El aplauso crece y durante un instante mi antiguo impulso me obliga a buscar una postura, una sonrisa o un gesto capaz de justificar que todas esas personas estén de pie.
Entonces miro otra vez a Eve. No necesito elegir entre disfrutar de ese momento y compartirlo con ella.
El teatro no la aparta de mi vida y quererla no reduce lo que significa estar sobre este escenario.
Así que dejo de pensar en cómo debería reaccionar y hago una reverencia.
Cuando levanto la cabeza, estoy sonriendo.
El telón baja, vuelve a subir y recibimos otra ovación. Al cerrarse por última vez, el escenario se llena de abrazos, risas y voces que preguntan dónde está el champán. El director me estrecha contra su pecho y el productor me felicita antes de marcharse hacia el vestíbulo para atender a la prensa.
Poco después, regreso al camerino rodeado por parte del reparto.
Alguien abre dos botellas y el corcho de una golpea el techo.
Claire aparece con varias copas y me obliga a sostener una mientras brinda por la temporada.
Unos minutos después, llaman a la puerta y Pamela entra antes de que nadie responda.
Lleva el cartel doblado bajo el brazo y arrastra a Nick detrás de ella.
Laura, Arthur, Kim y Violet aparecen a continuación, hablando todos al mismo tiempo y Eve entra la última.
Se queda junto a la puerta mientras el resto me rodea.
Pamela me abraza y casi derrama mi copa sobre el vestuario.
—No has besado a nadie fuera del guion —declara mientras me suelta—. He estado vigilando.
—Había imaginado que eras tú la que aplaudía cada vez que me acercaba a una actriz —respondo, apartando la copa de su alcance.
Nick me tiende la mano, pero, en cuanto se la estrecho, tira de mí y me envuelve en un abrazo.
—Has estado increíble —asegura mientras me da una palmada en la espalda—. Incluso Pamela ha guardado silencio durante casi toda la función.
—Eso sí es un triunfo —interviene Kim mientras me besa en la mejilla.
Laura me abraza después y Arthur espera para felicitarme con un apretón de manos. Violet me rodea el cuello y me susurra que Daniel quiere venir la semana siguiente.
Cuando por fin consigo apartarme del grupo, Eve sigue esperándome junto a la puerta. Lleva un vestido verde oscuro y no tiene la cámara colgada del hombro.
Camino hacia ella y me detengo a pocos centímetros.
—Has venido —digo mientras recorro su rostro con la mirada.
—Compré la entrada en cuanto salieron a la venta —me recuerda arqueando una ceja, mientras me alisa la solapa—. Habría sido absurdo no utilizarla.
—También podrías haber llegado tarde.
—He contratado a dos fotógrafos para evitar ese tipo de problemas —responde con una sonrisa—. Tal vez hayas oído hablar de mi empresa.
—La dirige una mujer aterradora —bromeo mientras coloco una mano en su cintura.
—Una mujer aterradora que acaba de trasladarse a un estudio más grande —añade Eve, levantando la barbilla con orgullo.
—Creo que el protagonista debería felicitarla en privado —murmuro mientras me inclino hacia ella.
Eve mira por encima de mi hombro hacia el camerino lleno de gente y después vuelve a fijarse en mí.
—Esta es tu celebración —me recuerda mientras señala al resto con un movimiento de la cabeza.
—No pienso detenerla —le aseguro antes de dejar la copa sobre el tocador—. Solo necesito cinco minutos contigo.
—Espero que no hayas vuelto a preparar un discurso —responde Eve mientras me alisa la solapa.
—Esta noche ya he tenido suficiente guion —replico con una sonrisa pícara.
Le ofrezco la mano y Eve entrelaza sus dedos con los míos. La conduzco por el pasillo hasta una sala de ensayo vacía. Al cerrar la puerta, el ruido de la celebración queda amortiguado al otro lado.
Eve se apoya contra el piano y me observa.
—Estabas fantástico —dice mientras me atrae hacia ella por la chaqueta—. No has intentado posar ni una sola vez.
—Sabía que no llevabas la cámara.
—Te habría reconocido igualmente.
La beso antes de que pueda decir nada más. Eve me rodea la cintura y el beso sabe al champán que apenas he probado y a los meses que llevamos contando aeropuertos, escalas y diferencias horarias. Cuando nos separamos, mantengo las manos sobre sus caderas.
—Mi contrato me mantiene en Nueva York durante la temporada —explico mientras acaricio la tela de su vestido—. Ocho funciones a la semana, ensayos cuando haya cambios y promoción, pero ningún vuelo de seis horas para poder cenar contigo.
—Eso facilitará bastante el calendario —responde Eve, apoyando las manos sobre mi pecho.
—Quiero preguntarte algo antes de dar por hecho que todo seguirá igual.
—Te escucho —me dice y observo cómo su expresión se vuelve seria.
—¿Quieres seguir eligiéndome ahora que he vuelto? —pregunto sin soltarla—. No porque hayamos sobrevivido a la distancia ni porque el teatro me obligue a quedarme en Nueva York. Quiero saber si todavía deseas construir esto conmigo cuando ya no necesitamos un billete de avión para vernos.
Eve me observa en silencio durante unos segundos y después pasea un dedo por la solapa de mi chaqueta.
—Tendré que revisar las condiciones —responde, conteniendo una sonrisa.
—Kim ya lo hizo —le recuerdo mientras acerco la boca a la suya—. También comprobó las fechas, las cláusulas de renovación y el horario de funciones.
—Entonces supongo que puedo aceptar.
—¿Eso es un sí?
—Es un sí —confirma Eve antes de agarrarme por la nuca y besarme.
La atraigo contra mí y por un momento desaparecen los aplausos, las voces del camerino y los años que he pasado intentando llegar hasta este teatro. No porque hayan dejado de importar, sino porque ya no necesito que sean lo único importante.
Cuando Eve se aparta, mantiene los brazos alrededor de mi cuello.
—¿Y qué ocurrirá cuando termine la temporada? —pregunta mientras juega con el pelo de mi nuca.
—Lo hablaremos cuando sepamos cuáles son las opciones —respondo, rozando su nariz con la mía—. Antes de aceptar nada.
—Vas aprendiendo.
—Tengo una profesora muy exigente.
Eve sonríe y me da un beso breve.
—Deberíamos volver antes de que Pamela irrumpa aquí con el cartel.
—Un minuto más —le pido mientras entrelazo mis dedos con los suyos.
Durante años creí que estar preparado significaba saber qué versión de mí debía ofrecer en cada momento.
El actor seguro durante las audiciones, el acompañante perfecto delante de los clientes y el hombre independiente que no necesitaba pedirle a nadie que se quedara a su lado.
Esta noche mi nombre está iluminado en Broadway y la mujer a la que amo espera junto a mí para regresar a una celebración que no he tenido que abandonar para elegirla.
No sé qué personaje vendrá después de Nathan ni cuánto tiempo seguirá Westbound en cartel.
Tampoco sé qué decisiones nos esperan cuando termine la temporada.
Pero, cuando llegue el momento, las tomaré junto a Eve en lugar de fingir que puedo resolverlo todo solo.
Porque, de todos los papeles que he interpretado, el único que no pienso repetir es el del hombre que se marcha sin admitir que quiere quedarse.