Epílogo
Eve
Un mes después del estreno de Westbound en Broadway, Rob intenta colocar una bandeja de copas sobre la mesa en la que he dejado un cartel que dice claramente «NO DEJAR NADA AQUÍ».
—Ni se te ocurra —le advierto desde el otro extremo del estudio mientras termino de poner recta una fotografía.
Rob se detiene con la bandeja entre las manos y mira el cartel.
—Pensaba que era una sugerencia decorativa —responde mientras retrocede un paso.
—Está escrito en mayúsculas.
—Eso le da mucha presencia visual.
Se aleja antes de que pueda contestarle y lleva las copas hasta la mesa situada junto a la entrada, donde deberían haber estado desde el principio. Después, coloca la bandeja sin mover ninguna de las tarjetas que indican qué debe servir cada camarero.
—¿Aquí está bien? —pregunta, manteniendo las manos apartadas.
—Perfecto —confirmo mientras compruebo otra vez el marco que acabo de enderezar.
Rob sonríe y no propone una ubicación mejor.
Lleva toda la tarde moviendo cajas, abriendo botellas y preguntándome dónde necesito cada cosa, pero no ha opinado sobre la distribución del estudio, la iluminación ni las fotografías elegidas para la inauguración.
Hace seis meses quizá habría intentado convertirse en el hombre que creía que yo necesitaba para dirigirlo todo.
Esta noche, en cambio, se limita a ayudarme sin ocupar un lugar que no le corresponde.
El nuevo estudio es casi tres veces más grande que el anterior.
Tiene dos salas de fotografía, una zona de edición, un despacho que todavía huele a pintura y un almacén donde por fin cabe todo mi equipo.
La inversión se formalizó en mis términos, sin ningún asesor con autoridad para decidir por mí.
También he contratado a dos fotógrafos y a una editora.
En las paredes he colgado fotografías de bodas, retratos y escenas urbanas.
Cerca de la zona de edición destaca uno de los retratos que hice a Rob en el teatro, en el que no sonríe ni mira directamente a la cámara, sino que tiene el cuerpo orientado hacia la platea y los ojos fijos en mí.
Rob se acerca y se coloca a mi lado para observarlo.
—Sigo pensando que parezco preocupado —comenta mientras inclina la cabeza.
—Estabas preocupado —respondo, alisando la etiqueta situada bajo el marco.
—Podrías haber elegido una del estreno. En esas llevo un traje mejor.
—En esta no intentabas impresionarme.
Rob dirige la mirada hacia mí y se mete las manos en los bolsillos.
—Funcionó de todos modos —señala Rob mientras me da un beso en la sien.
—Eso todavía está por demostrar —respondo, alisando otra vez la etiqueta del retrato.
—Llevamos siete meses juntos —me recuerda mientras me rodea la cintura con un brazo.
—Y sigues dejando las copas donde no debes —replico, señalando la bandeja junto a la entrada.
Rob se ríe, me rodea la cintura y me da un beso en la sien antes de apartarse cuando una de las fotógrafas se acerca para consultarme dónde debe recibir a los invitados.
Él recoge una caja vacía y la lleva al almacén mientras yo respondo.
No completa mis explicaciones ni intenta atribuirse parte de mis decisiones.
Cuando regresa, espera a que termine antes de ofrecerme una copa de agua.
—Los invitados empezarán a llegar dentro de diez minutos —me recuerda Rob mientras me entrega el vaso y mira el retrato que acabo de recolocar—. Quizá deberías dejar los cuadros en paz.
—Ese estaba torcido —me defiendo antes de beber un sorbo.
—Lo has comprobado cuatro veces —señala, levantando cuatro dedos.
—Y gracias a eso ahora está recto —replico mientras vuelvo a observar el marco.
—Perfecto —concluye Rob, apoyando las manos sobre mis hombros para apartarme de la pared—. Entonces ya podemos inaugurar el estudio.
Los primeros invitados llegan antes de que consiga responderle.
Durante la hora siguiente, saludo a antiguos clientes y presento al nuevo equipo.
La inversora me felicita por el traslado y se limita a preguntar cuándo recibirá el primer informe mensual, pero sin sugerirme que alguien debería ayudarme a dirigir lo que he construido.
Rob permanece cerca, aunque nunca responde por mí. Habla con los invitados cuando me necesitan en otro lugar, busca más copas cuando se terminan y se aparta cada vez que alguien pregunta por una fotografía. Varias personas le piden una foto, pero no convierte la celebración en la suya.
Mis amigas llegan juntas cuando la mayoría de los invitados ya ha recorrido el estudio. Laura sostiene una planta enorme entre los brazos y Arthur camina detrás de ella con una maceta más pequeña.
—Te dije que la grande no cabría en un taxi —protesta Arthur mientras intenta sujetar una de las hojas que le golpea la cara.
—Y yo te dije que podíamos abatir los asientos —responde Laura sin detenerse.
—El conductor no parecía compartir tu entusiasmo —replica Arthur mientras deja la maceta junto a la pared.
—Es preciosa —intervengo mientras abrazo a Laura—. Aunque tendrá que vivir cerca de una ventana.
—Le vendrá bien la luz —asegura ella antes de besarme en la mejilla.
—Y un medio de transporte propio —murmura Arthur al abrazarme después.
Pamela y Nick entran discutiendo sobre cuál de los dos encontró primero el edificio. Pamela asegura que reconoció la fachada desde la esquina y Nick afirma que fue él quien vio el número sobre la puerta.
—Yo he llegado primera —declara Pamela mientras me entrega una botella de champán.
—Porque me has empujado al cruzar —replica Nick, dejando una caja de pastelitos sobre la mesa.
—La competición terminaba en la puerta.
—No sabía que estuviéramos compitiendo.
—Por eso has perdido —concluye Pamela antes de abrazarme.
Kim entra detrás de ellos y examina el espacio como si viniera a realizar una inspección. Pregunta por el seguro y por el cambio de domicilio de la empresa.
—Todo está en regla —le aseguro mientras le entrego una copa de champán.
—Eso dijiste antes de firmar el primer borrador de la inversión —responde Kim, aceptándola.
—Por eso te enseñé el segundo.
Kim abre la boca para contestar, pero su teléfono empieza a sonar dentro del bolso. Lo saca, mira la pantalla y aprieta los labios.
—¿Quién es? —pregunta Pamela, intentando leer el nombre desde su lado.
Kim aparta el móvil antes de que pueda verlo.
—Bruce Hill —responde mientras rechaza la llamada.
El teléfono vuelve a sonar casi al instante.
—Parece insistente —comenta Nick antes de probar uno de los pastelitos.
—Es insoportable —corrige Kim, agarrando su abrigo del respaldo de una silla.
—¿Adónde vas? —le pregunto mientras ella se dirige hacia la puerta.
Kim acepta la llamada y se coloca el teléfono junto al oído.
—A acabar con él de una vez —responde antes de salir del estudio después de soltar un resoplido—. ¿Qué quieres, Hill?
La puerta se cierra detrás de ella y Pamela permanece mirándola con una sonrisa.
—Eso ha sonado prometedor.
—Yo diría más bien que era una amenaza —señala Arthur mientras recoge una copa vacía.
—En este grupo no son conceptos incompatibles —responde Rob al acercarse con otra bandeja.
Violet llega después de terminar un evento al otro lado de la ciudad. Se quita los zapatos junto a la entrada y acepta una copa antes de saludar a nadie.
—Si vuelvo a organizar una cena para doscientas personas, encerradme en un almacén y tirad la llave —pide mientras se deja caer en una silla.
Su teléfono vibra en su mano y Violet mira la pantalla. Lee el mensaje, frunce el ceño y bloquea el aparato sin responder.
—¿Problemas? —pregunta Laura mientras aparta una hoja de la planta para poder verla.
—Daniel Moore —responde Violet, dejando el teléfono boca abajo sobre la mesa—. Me ha recomendado para organizar una boda en la que vuelve a ser padrino.
Pamela se inclina hacia ella con interés.
—¿La vas a aceptar?
—No —contesta Violet con firmeza mientras bebe un sorbo—. La última vez tuve que impedir que reorganizara el orden de los discursos cinco minutos antes de la cena.
El teléfono vuelve a iluminarse, Violet lo gira, relee el mensaje y lo deja otra vez boca abajo.
—Esa es la segunda vez que lo lees —señala Nick, levantando dos dedos.
—Estoy comprobando las fechas.
Violet vuelve a coger el teléfono menos de un minuto después.
—Tercera —anuncia Pamela con una sonrisa triunfal.
—Sigo sin aceptar —insiste Violet, aunque esta vez no bloquea la pantalla.
Cuando se marcha el último invitado, cierro la puerta y miro el desorden que me rodea.
Hay vasos sobre las mesas, migas junto a la zona de edición y una planta enorme ocupando parte de una ventana.
También están allí las personas que han formado parte de todas las decisiones cuestionables que nos han traído hasta este momento.
—Antes de que alguien se vaya, quiero una fotografía de todos juntos —anuncio mientras busco el trípode.
—¿Otra? —protesta Pamela, tocándose el pelo—. Laura lleva toda la noche haciéndolas.
—Una con mi cámara —aclaro mientras la coloco frente a la pared de las fotografías—. Y esta vez intentad mirar todos al mismo sitio.
Coloco a Laura junto a Arthur, separo a Pamela de Nick para que dejen de discutir y consigo que Violet guarde el teléfono. Rob espera a un lado hasta que le indico que se sitúe en el espacio que queda junto a mí.
—¿No vas a decirme cuál es mi ángulo bueno? —pregunta mientras se coloca en la marca que he señalado.
—A estas alturas ya deberías saberlo —respondo con una sonrisa cargada de intención.
Programo el temporizador y corro hacia el grupo mientras la luz roja empieza a parpadear. Rob me agarra por la cintura en cuanto llego a su lado.
—Mira a la cámara —le advierto al notar que se vuelve hacia mí.
—Estoy mirando algo mejor —responde antes de besarme.
La cámara dispara cuando Pamela empieza a protestar y toma otras dos fotografías mientras Nick se ríe y Arthur levanta una mano porque no sabe si el temporizador ha terminado.
—Has arruinado la composición —le reprocho a Rob cuando se aparta.
—He mejorado el centro de interés —replica mientras me sigue hasta la cámara.
Reviso las imágenes en la pantalla. En la primera, Rob me está besando, Pamela tiene los ojos cerrados y Nick la señala mientras se ríe.
Laura mira hacia nosotros en lugar de al objetivo, Arthur todavía intenta decidir dónde poner la mano y Violet sostiene el teléfono iluminado contra el pecho.
Nadie ocupa el lugar que le había asignado y la fotografía no se parece en nada a la imagen ordenada que había imaginado.
Sin embargo, todos se están riendo y Rob me rodea con sus brazos como si no existiera otro lugar en el que prefiriera estar.
—Podemos repetirla —propone Laura, acercándose para mirar la pantalla.
—No hace falta —respondo mientras marco la fotografía como seleccionada—. Me quedo con esta.
Rob apoya la barbilla sobre mi hombro.
—Sabía que entenderías mi visión artística.
—No abuses —le advierto, aunque entrelazo mis dedos con los suyos.
Levanto la mirada hacia el nuevo estudio, las fotografías de las paredes y las personas que continúan hablando a mi alrededor.
Nada está colocado como había previsto y, aun así, no cambiaría el resultado, porque algunas decisiones parecen cuestionables solo hasta que alguien captura el instante exacto en que se convierten en las correctas.
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