Alquilé un novio (Decisiones cuestionables 3) 23 #2
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—Ni se te ocurra posar con eso —le advierto, agarrándolo de la manga.

Él baja la cartulina y me dedica una sonrisa inocente.

—Ha sido un reflejo —se disculpa mientras Pamela resopla a su lado.

Laura aprovecha que sigo sujetándolo para sacar el móvil y fotografiarnos con Pamela y el cartel. Cerca de nosotros, Violet escribe una respuesta y sonríe al leer el nuevo mensaje que aparece en la pantalla.

—Daniel dice que espera que triunfes —explica Violet mientras guarda el teléfono en el bolso—. También quiere entradas para el estreno si la obra llega a Broadway.

—Daniel puede pagarlas —responde Rob antes de abrazarla—. Para entonces seré una estrella insoportable y no admitiré que nadie me pida favores.

Pamela le rodea el cuello con los brazos y le da un beso en la mejilla.

—Más insoportable —lo corrige antes de soltarlo—. Y recuerda que conozco demasiados detalles sobre tu vida para que puedas fingir que no me conoces.

—Eso sí parece una amenaza —bromea Rob mientras le devuelve el cartel.

Las risas nos acompañan hasta el mostrador de facturación.

Cuando llegamos a él, Rob entrega la maleta grande, se cuelga la mochila de un hombro y dobla el abrigo sobre su brazo.

Kim comprueba que el resguardo del equipaje coincide con el de su vuelo y solo deja de mirar la hora cuando ya no queda ningún trámite que pueda supervisar.

Nos detenemos frente al acceso al control de seguridad. Laura retrocede unos pasos y vuelve a levantar el móvil.

—Acercaos todos —pide mientras señala el espacio frente a ella—. Quiero hacer una antes de que Rob se marche.

Nos colocamos como podemos. Rob me rodea la cintura, Pamela levanta otra vez el cartel y Nick intenta ocultarlo con un brazo mientras Kim le exige que no tape a nadie. Laura toma varias fotografías y acaba riéndose cuando todos empezamos a hablar a la vez.

Después llegan las despedidas. Rob promete escribir cuando aterrice, enviar entradas si la obra llega a Broadway y no fingir que no nos conoce si aparece su nombre en un cartel de Times Square.

Kim le recuerda la hora del embarque por última vez y Pamela amenaza con presentarse en Los Ángeles si tarda más de dos días en llamar.

Cuando los demás terminan de abrazarlo, se apartan unos metros para dejarnos solos. Rob me pone las manos en la cintura y dirige la mirada hacia el control de seguridad.

—Tengo que entrar —dice mientras sus pulgares acarician los laterales de mi abrigo.

—Lo sé —respondo, aunque mantengo las manos apoyadas sobre su pecho.

—Te llamaré cuando pase el control —promete Rob, inclinándose un poco hacia mí.

—Y cuando aterrices —añado mientras le aliso una arruga de la camisa.

—Eso ya estaba incluido en nuestro acuerdo.

—No tenemos ningún acuerdo —le recuerdo, agarrándolo por las solapas del abrigo.

—En nuestra conversación sin ninguna validez contractual, sí —se corrige Rob antes de besarme.

El beso es breve porque estamos rodeados de gente y porque, si dura demasiado, quizá intente retenerlo unos minutos más. Antes de separarse, apoya la frente contra la mía y suelta el aire despacio.

—Volveré dentro de tres semanas —murmura mientras me acaricia la cintura—. Ya tengo el billete.

—Y yo iré a Los Ángeles el mes siguiente —respondo, rozando su nariz con la mía.

—También está apuntado en el calendario morado —asegura Rob con una sonrisa.

—El morado es para los viajes —le explico mientras le arreglo el cuello de la camisa—. El azul, para las llamadas importantes.

Rob levanta los ojos al techo.

—Empiezo a arrepentirme de haberte permitido utilizar colores.

—Todavía puedes perder el vuelo —le advierto, señalando el control con la barbilla.

Rob sonríe, me da un último beso y recoge la mochila. Apenas ha avanzado dos pasos cuando saco la cámara del bolso.

—Espera —le pido mientras retiro la tapa del objetivo.

Rob se vuelve y, por costumbre, endereza la espalda y gira ligeramente el rostro hacia la luz.

—¿Qué hago? —pregunta mientras se coloca bien la correa de la mochila.

—Nada —respondo, manteniendo la cámara frente a mi rostro—. No poses.

Rob me ofrece primero su mejor perfil y después dibuja una sonrisa exagerada.

—He dicho que no poses —le digo, bajando la cámara y negando con la cabeza.

—No sé qué cara se supone que debo poner —protesta mientras deja caer los brazos.

—Esa —respondo al volver a levantar la cámara.

Rob niega con la cabeza, resignado, y su expresión cambia. Los hombros se le relajan y me mira como lo hizo desde el escenario cuando se olvidó de que yo tenía una cámara entre las manos. Ya no intenta parecer seguro ni ocultar que despedirse también le duele.

Aprieto el disparador.

—Ahora sí —digo mientras bajo el aparato.

Rob empieza a retroceder hacia el control sin dejar de mirarme.

—Nos vemos dentro de tres semanas —se despide, levantando una mano.

—Dentro de tres semanas —repito mientras le devuelvo el gesto.

Lo observo entregar la documentación, colocar la mochila sobre la cinta y cruzar el arco de seguridad.

Antes de desaparecer, se vuelve una vez más y me busca entre la gente.

No le pido que regrese ni intento ocultar que me duele verlo marcharse.

Me limito a sonreír cuando nuestras miradas vuelven a encontrarse.

Cuando ya no puedo verlo, reviso la última fotografía.

Rob aparece con el abrigo doblado sobre un brazo, la mochila colgada del hombro y los ojos fijos en mí.

No está sonriendo para tranquilizarme ni intentando ofrecerme una versión más fácil de recordar.

Tampoco parece un hombre que se despide para siempre, sino alguien que sabe dónde quiere regresar.

Verlo cruzar el control no me convierte en la mujer a la que han abandonado.

Esta vez he participado en la decisión y sé que los dos estamos trabajando para volver a encontrarnos.

Yo continúo avanzando hacia la vida que he elegido y Rob hace lo mismo, aunque durante unos meses nuestros caminos recorran ciudades distintas.

Guardo la cámara cuando mis amigas se acercan y miro una última vez hacia el lugar por el que ha desaparecido.

Una despedida también puede formar parte de una historia que continúa.