Alquilé un novio (Decisiones cuestionables 3) 23
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Eve

Durante unos segundos, ninguno de los dos se mueve. Las fotografías continúan extendidas sobre la mesa y el reloj del ordenador confirma que sus diez minutos ya han terminado.

—Cierra la puerta —le pido mientras descruzo los brazos.

Rob me observa como si temiera interpretar mis palabras de la forma equivocada.

—¿Quieres que me quede? —pregunta sin soltar el pomo.

—Quiero que terminemos esta conversación —respondo, sin apartarme de la mesa—. Esta vez entre los dos.

Rob se acerca hasta donde estoy.

—Nunca quise que rechazaras el papel —empiezo mientras apoyo las manos sobre el borde de la mesa—. Sabía lo que significaba para ti antes incluso de que te lo ofrecieran.

—Lo sé —responde Rob, bajando la mirada hacia el contrato—. Pero tuve miedo de que aceptar significara perderte.

—Y para evitarlo tomaste la única decisión que podía conseguir que eso ocurriera —señalo mientras le doy la vuelta a la fotografía de la azotea—. Me dejaste fuera.

Rob asiente sin intentar defenderse.

—No necesitaba que me pidieras permiso para irte —continúo, obligándolo a mirarme—. Necesitaba que confiaras en que podía escuchar la noticia y decidir si estaba dispuesta a asumir la distancia. Era mi riesgo, Rob. No tenías derecho a ahorrármelo.

—Tienes razón —admite mientras apoya las manos sobre la mesa—. Decidí que protegerte consistía en no darte ninguna elección.

—Exactamente.

—Si te digo que quiero intentarlo, no significa que lo ocurrido no sea importante —le advierto mientras me aparto de la mesa—. No puedo prometerte que dentro de una semana no vuelva a enfadarme al recordarlo.

—Puedes enfadarte —responde Rob, girándose hacia mí—. Y puedes decírmelo.

—Eso forma parte de las condiciones.

Una sombra de sonrisa aparece en sus labios.

—Sabía que habría condiciones.

—No es un contrato —replico, señalándolo con un dedo.

—No he dicho que haya que firmar nada.

—Y no vas a hacerlo.

Rob levanta ambas manos y la sonrisa desaparece antes de que pueda molestarme.

—Te escucho —asegura, dejándolas caer de nuevo.

Respiro hondo y camino hasta él.

—No volveremos a ocultarnos noticias importantes con la excusa de proteger al otro —digo, quedándome a un paso de él—. Si algo afecta a lo que estamos construyendo, lo hablamos antes de decidir qué puede soportar cada uno.

—De acuerdo —acepta Rob, sosteniéndome la mirada.

—Tampoco utilizaremos el silencio para escapar de una conversación difícil. Si necesitas tiempo, me lo dices. Si yo no puedo hablar en ese momento, te diré cuándo podré hacerlo.

—Nada de desaparecer —resume él, asintiendo despacio.

—Y no fingiremos que estamos bien cuando no lo estemos.

Rob arquea una ceja.

—Esa puede ser complicada, porque ambos tenemos experiencia profesional en fingir.

—Yo trabajo detrás de la cámara —le recuerdo, aunque noto que se me afloja la tensión de los hombros.

—Precisamente. Te escondes mejor que yo.

—¿Quieres que retire la oferta?

—No —responde Rob con rapidez, acercándose un poco más a mí—. Quiero que sigas.

Lo miro durante unos segundos y veo que tiene el rostro cansado y no queda rastro de su seguridad habitual. No sé cómo será quererlo desde el otro lado del país, pero ya no necesito conocer el final para elegir lo que quiero ahora.

—Estoy dispuesta a intentarlo —digo al fin.

—¿Eso significa que has dicho que sí? —pregunta con cautela y sin moverse de donde está.

—Significa que quiero tener una relación contigo, aunque te marches a Los Ángeles —aclaro mientras apoyo una mano sobre su pecho—. Una relación de verdad, con discusiones, llamadas a deshora y calendarios que probablemente ninguno respetará por completo.

—Yo respeto muy bien los calendarios —murmura Rob, cubriendo mi mano con la suya.

—Llegaste tarde a nuestra primera cena con mis amigas.

—Estaba ensayando para conseguir el trabajo que está provocando esta conversación.

—Ya estás poniendo excusas —respondo mientras pongo los ojos en blanco con una sonrisa pícara.

Rob sonríe por primera vez desde que ha entrado, aunque enseguida vuelve a ponerse serio.

—Lo siento, Eve —dice mientras entrelaza sus dedos con los míos—. No solo por no contártelo, sino por haber utilizado tu miedo para justificar el mío.

La disculpa no borra lo ocurrido, pero no intenta hacerlo. Aprieto sus dedos y acorto la distancia que queda entre nosotros.

—No vuelvas a hacerlo.

—No pienso prometerte que nunca me equivocaré —responde Rob, rozándome la mejilla con la otra mano—. Pero la próxima vez te preguntaré antes de decidir por los dos.

—Esa respuesta me sirve.

Rob baja la mirada hacia mi boca y vuelve a levantarla.

—¿Puedo besarte?

—Has tardado bastante en preguntarlo.

Lo agarro por la camisa y tiro de él. Rob apenas tiene tiempo de ponerme una mano en la cintura antes de que lo bese.

Durante los primeros segundos, nuestros labios se mueven con cautela, como si ambos necesitáramos comprobar que seguimos reconociéndonos.

Después me rodea con los brazos y me atrae contra su cuerpo.

Le acaricio la nuca mientras Rob recorre mi espalda con las manos, sin prisa y sin intentar conducirnos hacia ningún sitio.

Cuando nos separamos para respirar, apoya la frente sobre la mía.

—Pensaba que iba a salir por esa puerta —confiesa con la respiración agitada.

—Yo también.

—Eso no resulta especialmente tranquilizador.

—Habías agotado tus diez minutos.

Rob deja escapar una risa y vuelve a besarme. Esta vez lo hace despacio, deteniéndose en la comisura de mis labios y bajando después hacia mi cuello. Cierro los ojos cuando me acaricia la cintura por debajo de la blusa.

—Quédate conmigo esta noche —le pido mientras mantengo las manos sobre sus hombros.

Rob se aparta lo suficiente para mirarme y dirige una mirada recelosa hacia el sofá del estudio.

—¿Aquí? —pregunta, señalándolo con la barbilla—. Ese sofá ya intentó acabar con mi carrera una vez.

—En mi apartamento —aclaro mientras le desabrocho otro botón de la camisa—. Allí tenemos una cama y ninguna almohada divisoria.

Rob vuelve a rodearme la cintura con sus manos y una sonrisa aparece en sus labios.

—Entonces acepto las condiciones —responde, acercándome hacia él.

—No son condiciones —lo corrijo, arqueando una ceja.

—La invitación —rectifica antes de rozar mi boca con la suya—. Acepto la invitación.

Recojo las fotografías mientras él guarda el contrato y esta vez salimos juntos del estudio.

En cuanto cierro la puerta de mi apartamento, Rob me rodea la cintura y me besa en el pasillo.

No hay prisa en cómo busca mi boca ni en sus manos cuando me ayuda a quitarme la blusa.

Deja su camisa sobre el respaldo de una silla y yo recorro con los dedos la línea de su espalda hasta que se estremece al sentir mis labios sobre su hombro.

Nos desnudamos despacio, sin una cámara ni un personaje detrás de los que escondernos. Cuando nos metemos en la cama, Rob me atrae hacia su cuerpo y yo entrelazo las piernas con las suyas. Hay deseo en la forma en que me toca, pero también una ternura que me desarma.

—Mañana empezaremos a organizar las visitas —murmuro mientras aparto el pelo de su frente.

—Mañana puedes preparar un calendario con todos los colores que quieras —responde Rob antes de besarme los dedos—. Pero esta noche solo quiero estar contigo. Solo quiero que existamos tú y yo.

Le acaricio la mejilla y observo que no está sonriendo para tranquilizarme ni intentando averiguar qué necesito escuchar.

—Entonces deja de hablar —le pido mientras lo atraigo hacia mí.

Rob obedece y vuelve a besarme. Las horas que nos quedan antes de su partida empiezan de esa manera: sin fingir que son infinitas, pero sin desperdiciarlas por miedo a que terminen.

Los doce días siguientes transcurren entre ensayos, preparativos y cajas.

Rob vacía su apartamento, guarda parte de sus cosas en un trastero y se despide de los escenarios donde ha trabajado durante los últimos años.

Yo firmo los documentos de la inversión, visito posibles locales y empiezo a preparar las entrevistas para contratar a los nuevos fotógrafos.

Nos vemos siempre que nuestros horarios lo permiten.

Cuando no podemos hacerlo, nos llamamos, aunque solo sea para escucharnos decir que estamos agotados antes de quedarnos dormidos.

También compramos los billetes para las primeras visitas y compartimos un calendario que Rob insiste en llamar «nuestro acuerdo sin valor contractual».

El día de su partida llegamos al aeropuerto tres horas antes del vuelo, porque Kim se ha ocupado personalmente de decidir a qué hora debíamos salir. Aun así, camina unos pasos por delante de nosotros consultando la aplicación de la aerolínea.

—El control de seguridad puede tardar cuarenta y cinco minutos —advierte Kim mientras comprueba otra vez la hora—. Y Rob todavía tiene que facturar una maleta.

Nick empuja el carrito con el equipaje y mira el panel de salidas.

—Faltan más de tres horas para el vuelo —le recuerda mientras esquiva a una familia que se ha parado en mitad del vestíbulo.

—Eso significa que vamos bien —replica Kim sin levantar los ojos del teléfono—. No que podamos relajarnos.

Pamela aparece detrás de ellos con una cartulina dorada pegada al pecho. Ha mantenido el cartel oculto durante todo el trayecto, pero, en cuanto llegamos a la terminal de salidas, lo levanta por encima de la cabeza.

«BUEN VIAJE, ROB. NO BESES A NADIE FUERA DEL GUIÓN».

Me detengo en seco al leerlo.

—Baja eso ahora mismo —le ordeno mientras intento arrebatárselo.

Pamela retrocede y protege el cartel con ambos brazos.

—He tardado una hora en hacerlo —protesta, apartándose de mi alcance—. Las letras llevan purpurina.

—Eso no mejora nada —respondo mientras compruebo que varias personas se han vuelto para mirarnos.

—A mí me gusta —interviene Rob, acercándose a ella para examinar el cartel—. Deja bastante claras mis obligaciones profesionales.

—Sabía que tú lo entenderías —afirma Pamela mientras le entrega la cartulina—. Ponte junto al panel de salidas.

Rob sostiene el cartel y empieza a colocarse frente a una pared.