22
Rob
Eve abre la puerta lo suficiente para dejarme pasar, pero no se aparta hasta que repito que solo necesito diez minutos.
Cuando entro, no intento besarla, ni tocarle la mano. El estudio está casi a oscuras y solo hay una lámpara encendida al fondo. Dejo el sobre con las fotografías sobre la mesa y coloco encima el contrato de Westbound .
—¿Por qué has traído eso? —pregunta Eve mientras señala el documento.
—Porque debería habértelo enseñado antes de firmarlo —respondo, retrocediendo para dejar espacio entre los dos—. No espero que lo apruebes. Solo quiero que conozcas las fechas y las condiciones que decidí sin hablar contigo.
Eve permanece de pie frente a mí con los brazos cruzados y no me invita a sentarme.
—Tus diez minutos ya han empezado —me advierte después de consultar el reloj del ordenador.
—Lo sé —respondo y asiento levemente con la cabeza.
He preparado esta conversación tantas veces dentro de mi cabeza, que tengo claro el momento concreto en que debería pedir perdón, explicar el plazo y asegurarle que todo saldrá bien.
Sin embargo, cada frase que había ensayado estaba pensada para llevarla hacia una respuesta concreta.
Pero en lugar de decir nada, me limito a abrir el sobre con las fotos.
—He traído las fotografías que hicimos durante el contrato —explico mientras saco la primera copia—. No para demostrar que fuimos felices ni para convencerte de nada. Solo quiero enseñarte lo que significó para mí cada uno de esos momentos, porque entonces no supe decírtelo.
Eve descruza los brazos, aunque no se acerca y observa cómo dejo sobre la mesa la fotografía de Brooklyn en la que aparezco apoyado contra la pared de ladrillo con mi mejor sonrisa.
—Aquí todavía intentaba convertirme en el hombre que habías contratado —digo mientras le doy la vuelta.
En el reverso he escrito la misma frase y Eve la lee sin tocar la fotografía. Después, saco la imagen de la librería, donde los dos estamos inclinados sobre el libro mientras yo me río después de que ella descubriera que estaba mirando el índice.
—Después de esta sesión empecé a esperar tus mensajes —admito, dejando la fotografía junto a la anterior—. Me decía que solo necesitábamos organizar el contrato, pero miraba el teléfono incluso cuando no teníamos nada pendiente.
Eve coge la fotografía y lee lo que escribí detrás.
—Nunca me dijiste nada —señala mientras vuelve a dejarla sobre la mesa.
—Porque habría tenido que admitir que algo estaba dejando de ser estrictamente profesional.
La tercera imagen es la de Central Park. Eve tiene la cara escondida junto a mi cuello y yo la abrazo sin mirar al objetivo.
—Aquí me preguntaste si también parecía un anuncio —continúo mientras acerco la fotografía hacia ella—. Después dijiste que parecía feliz y tenías razón.
—Todavía te pagaba por estar allí —me recuerda Eve, levantando la mirada hasta mis ojos.
—Sí —respondo sin intentar apartarme de esa verdad—. Por eso finalicé el servicio antes de acostarme contigo. No podía cambiar lo que había sentido durante el contrato, pero sí podía asegurarme de que lo que ocurriera después fuera una elección de los dos.
Busco la fotografía tomada durante la gala. El fotógrafo nos retrató unos minutos después de besarnos, cuando estamos junto a una de las mesas. Eve sostiene una copa que no bebe y yo la observo en lugar de mirar a la cámara.
—Nuestro primer beso comenzó como parte del trabajo —reconozco, apoyando dos dedos sobre el borde de la copia—. Los primeros segundos fueron exactamente lo que necesitábamos para convencer a Richard y a Connor.
Eve aprieta los labios, pero espera a que continúe.
—Cuando volviste a besarme, dejé de interpretar —añado mientras giro la fotografía—. Después ya no sabía quién nos estaba mirando, aunque tampoco me importaba.
En el reverso aparece escrito: «Aquí comprendí que desearte no formaba parte de ningún papel». Eve pasa el pulgar sobre la frase, pero no dice nada.
La siguiente fotografía pertenece a la boda.
En ella estamos sentados con sus amigas durante la recepción.
Pamela gesticula frente a la cámara, Violet mira hacia un lado como si alguien acabara de llamarla y Kim parece estar corrigiendo a Arthur.
Eve se ríe junto a mí y yo tengo un brazo apoyado en el respaldo de su silla.
—Le pedí esta a Pamela —explico cuando Eve levanta la cabeza—. Fue la primera vez que observé a tu alrededor y pensé que quería formar parte de todo eso. No solo estar contigo durante la boda, sino conocer a tus amigas, discutir con Pamela y conseguir que Kim dejara de evaluar cada cosa que decía.
—Unas fotografías no iban a convencerme —murmura Eve, aunque una leve sonrisa empieza a curvarle los labios.
—Ahora lo sé.
Doy la vuelta a la fotografía para poder leer: «Aquí empecé a desear que tu vida también pudiera ser la mía».
Solo queda una imagen dentro del sobre: la que tomó en la azotea de su estudio. Estamos sentados junto a dos cafés mientras las ventanas de Manhattan empiezan a iluminarse detrás de nosotros. Fue allí donde recibí el enlace para presentarme a Westbound .
—En esta fotografía acababa de decidir que haría la prueba —explico mientras la dejo sobre la mesa—. Entonces el papel solo era una posibilidad. No sabía que acabarían eligiéndome ni que tendría que marcharme.
—¿Qué escribiste detrás? —pregunta Eve, mirando la copia sin cogerla.
—Dale la vuelta.
Ella lo hace y lee en silencio: «Aquí empecé a querer tener un lugar al que volver».
Eve mantiene la mirada en la frase durante unos segundos hasta que vuelvo a hablar.
—Cuando acepté el papel pensé en todo lo que podía cambiar al marcharme —continúo mientras apoyo las manos sobre el borde de la mesa—. Ahora sé que también quiero pensar en lo que deseo encontrar cuando regrese.
—Eso suena bien —responde Eve, dejando la fotografía junto a las demás—. Se te da bien decir cosas que suenan bien.
Bajo la mirada porque sé que tiene razón.
—Por eso no he preparado un discurso —le aseguro, obligándome a mantener las manos quietas—. Lo intenté, incluso escribí varias versiones y en todas prometía viajar cada fin de semana, llamar todos los días y conseguir que la distancia no cambiara nada.
—¿Y no puedes prometerlo?
—No sé cómo serán los ensayos ni cuánto tiempo tendré libre. Tampoco puedo garantizar que cuatro meses no cambien nada —respondo sin apartar los ojos de ella—. Prometerlo sería decir lo que creo que necesitas escuchar para darme otra oportunidad.
Eve se apoya contra la mesa y cruza los tobillos.
—Entonces dime algo que sea verdad.
Respiro hondo.
—He aceptado el papel y voy a marcharme dentro de doce días —afirmo mientras señalo el contrato—. No voy a ofrecerme a rechazarlo porque sé que no quieres un sacrificio que nos terminaría pasando factura. Además, si renunciara solo para recuperarte, seguiría intentando controlar tu respuesta.
—Al menos has entendido esa parte —responde Eve, sujetándose los brazos.
—También he entendido que el plazo no fue una excusa para excluirte. Tenía veinticuatro horas y tú me pediste que esperara hasta después de tu reunión. Podía haber esperado, pero escuché una parte de tu conversación y decidí que ya conocía tu respuesta.
—Porque era más sencillo que preguntarme, ¿no?
—No, porque tenía miedo de oír que no querías continuar conmigo si me marchaba —admito mientras bajo la mirada hacia las fotografías—.
Interpreté al hombre independiente que resuelve sus problemas sin necesitar a nadie.
Después utilicé el hecho de que no habíamos definido nuestra relación para fingir que mi decisión solo me afectaba a mí.
Eve deja caer los brazos.
—Dijiste que no sabías qué derecho tenía yo a opinar.
—Fue cruel —reconozco, volviendo a mirarla—. Y, además, era mentira. Sabía que tenías derecho porque ya formabas parte de mi vida. Lo que no sabía era cómo pedirte que siguieras en ella sin arriesgarme a que dijeras que no.
—Así que decidiste no pedirlo.
—Sí.
No añado ninguna explicación, porque mis buenas intenciones no cambian que rompí la única promesa que me había pedido.
—Te quedan cuatro minutos —dice consultando la hora en la pantalla de su teléfono.
Asiento y saco del bolsillo una hoja doblada. No contiene el discurso que rompí, sino la confirmación de la baja de la agencia.
—También he dejado la agencia de acompañantes —le cuento mientras coloco el documento junto al contrato—. No lo he hecho por ti ni espero que lo consideres una prueba de amor.
—Yo no te lo pedí —responde Eve, frunciendo el ceño.
—Lo sé. Ese trabajo me ayudó cuando lo necesitaba y no me avergüenzo de haberlo hecho. Pero ya no quiero seguir cobrando por representar una intimidad mientras intento construir una de verdad. Conseguir Westbound me permite marcharme sin necesitar esos ingresos.
Eve lee el documento, aunque no llega a tocarlo.
—¿Qué quieres de mí, Rob? —pregunta al fin.
Esta es la parte en la que todos mis discursos incluían una declaración perfecta, pero en lugar de decirla, respondo con lo único que puedo ofrecerle.
—Quiero preguntarte si estás dispuesta a intentar una relación conmigo durante los cuatro meses que esté en Los Ángeles.
Eve permanece inmóvil.
—¿Una relación a distancia? —pregunta, recorriendo mi rostro con la mirada.
—Una relación real —aclaro mientras apoyo una mano sobre el pecho—. La distancia será una de las cosas que tendremos que afrontar, pero no quiero que sea lo que nos defina.
—¿Y cómo funcionaría?
—No lo sé del todo —admito—. Podemos fijar antes de que me marche las fechas en las que nos veremos y buscar un momento para hablar cada día.
No puedo prometerte que todas las conversaciones serán fáciles ni que podré viajar todos los fines de semana.
Lo que sí puedo prometerte es que, si algún día no puedo llamarte, te lo diré en lugar de dejarte esperando.
Eve escucha sin interrumpirme.
—También prometo contarte cualquier cambio antes de tomar una decisión que nos afecte a los dos —continúo—.
Si la obra se traslada a Broadway, lo hablaremos.
Si tú tienes que cambiar de local, contratar a alguien o tomar una decisión que modifique tus planes, quiero que puedas contármelo sin pensar que me estás pidiendo permiso.
—Eso debería ser lo normal —señala Eve, arqueando una ceja.
—Lo sé. Estoy empezando tarde.
La sinceridad de mi respuesta parece sorprenderla, pero enseguida baja la mirada y vuelve a tensar la mandíbula.
—¿Y si no funciona?
—Lo diremos —respondo mientras suelto el aire—. Ninguno tendrá que fingir que está bien para proteger al otro. Si la distancia nos supera, si dejamos de sentir lo mismo o si empezamos a hacernos daño, tendremos derecho a reconocerlo.
—No parece muy romántico.
—Podría prometerte que nada saldrá mal —replico, encogiéndome ligeramente de hombros—. Pero ambos sabemos que no estaría siendo del todo sincero.
El reloj del ordenador cambia de hora y veo que mis diez minutos han terminado. Cierro el sobre sin guardar las fotografías y recojo los dos contratos. Eve observa mis manos, pero no intenta detenerme.
—Eso es todo —digo mientras doy un paso hacia la puerta—. No voy a pedirte que respondas ahora.
—Has dicho que te marcharías cuando terminaran los diez minutos.
—Y es lo que voy a hacer.
Camino hasta la puerta y apoyo una mano sobre el pomo. Cada parte de mí espera que diga mi nombre, pero no puedo prolongar la conversación sin convertir mi promesa en otra estrategia. Así que abro la puerta.
—Rob —me llama Eve desde la mesa.
Me detengo, aunque no me vuelvo hasta que ella continúa.
—¿Qué ocurriría si dijera que sí?
Giro la cabeza y la encuentro observándome desde el otro lado del estudio.
—Entonces dejaría de marcharme antes de darte la oportunidad de pedirme que me quede.