Alquilé un novio (Decisiones cuestionables 3) 21
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Eve

La propuesta revisada de la inversora llega a las nueve y trece de la mañana y, por primera vez, el nombre de Connor no aparece en ninguna de sus páginas.

Abro el documento en el ordenador del estudio y avanzo despacio por las condiciones.

La inversión se realizará en tres fases, los informes serán mensuales durante el primer semestre y cualquier auditor externo tendrá que ser elegido de común acuerdo.

No hay un asesor comercial impuesto ni ninguna cláusula que permita a otra persona tomar decisiones sobre las contrataciones, los clientes o el traslado.

En el apartado dedicado a la dirección aparece solo mi nombre: «Eve Roberts, fundadora y directora general».

Lo leo dos veces antes de abrir el segundo correo y no puedo borrar la sonrisa de mis labios.

Mi abogada ha revisado el documento y ha añadido una nota breve para mí: «Las condiciones respetan lo negociado. Puedes firmar si estás de acuerdo con los plazos».

Apoyo las manos sobre la mesa y contemplo el estudio.

Las dos lámparas del fondo necesitan un cambio, el armario apenas puede guardar más equipo y llevo meses rechazando encargos que no puedo asumir sola.

Dentro de unas semanas empezaré a buscar un local más grande y entrevistaré a los dos fotógrafos que formarán parte de mi equipo.

Supongo que en este momento solo debería sentir alivio. Sin embargo, la mirada se me desvía hacia la puerta y recuerdo a Rob dejando las bolsas de la boda junto a esa misma mesa. Pero también recuerdo que ayer tenía una noticia que compartir con él y regresé sola a casa.

Evidentemente el dolor no ha desaparecido porque haya conseguido lo que quería, pero tampoco reduce lo que significa este momento.

No necesito a Connor para dirigir el estudio ni que Rob esté a mi lado para demostrar que soy capaz de ampliarlo. Una relación puede acompañar la vida que estoy construyendo, pero no es la estructura que la mantiene en pie.

Después de lanzar un hondo suspiro, firmo la propuesta y pulso el botón para enviarla y unos segundos después aparece en la pantalla del ordenador la confirmación de que la he enviado.

La inversión todavía deberá superar varios trámites, pero ya hemos llegado a un acuerdo y reconoce que la autoridad sobre el estudio me pertenece.

Cojo el teléfono por instinto y veo que el nombre de Rob continúa entre las conversaciones recientes y debajo aparece su último mensaje.

Rob:

Necesito diez minutos para hablar contigo.

Después me marcharé si me lo pides.

Le concedí esos diez minutos anoche. Desde entonces no ha vuelto a escribirme ni me ha llamado. La verdad es que una parte de mí agradece que haya respetado el límite, pero otra parte se pregunta si ya se estará preparando lo que me tiene que decir para convencerme.

Abro el chat de las chicas y escribo antes de poder buscar una excusa para no hacerlo.

Eve:

He firmado la propuesta.

Conservo la dirección del estudio.

Pamela responde cuando aún tengo el teléfono en la mano.

Pamela:

¿TENEMOS INVERSIÓN?

Kim:

Tiene una propuesta firmada.

La inversión todavía debe formalizarse.

Pamela:

Kim, deja de arruinar mis mayúsculas.

Violet:

Voy a comprar algo para celebrarlo.

Laura:

Llegamos en una hora.

No les he pedido que vengan, pero, por lo que parece, a ninguna le importa.

Una hora después, Violet coloca una botella de champán sobre la mesa, Pamela aparece con una caja de pastelitos y Kim trae varias copias impresas de la propuesta, como si no confiara en que yo la haya leído.

Laura llega la última y me abraza antes incluso de quitarse el abrigo.

—Estoy orgullosa de ti —dice mientras me aprieta con fuerza.

—Todavía no han transferido el dinero, ¿eh? —le recuerdo cuando nos separamos.

—No empieces a hablar como Kim —protesta Pamela desde la mesa mientras abre la caja—. Hoy celebramos que has conseguido que borren a Connor del documento, mañana ya discutiremos los detalles aburridos.

Kim deja las copias junto al ordenador y la mira con desaprobación.

—Los detalles aburridos evitan que Eve pierda el estudio dentro de cinco años.

—Por eso te invitamos a las celebraciones —responde Pamela mientras reparte los platos—. Alguien tiene que leer la letra pequeña mientras las demás nos ocupamos del champán.

Violet descorcha la botella y el ruido hace que todas nos quedemos calladas un momento. Después llena cinco vasos de plástico y levanta el suyo.

—Por Eve —dice, mirándome sonriente—. Porque no necesita que nadie dirija el estudio por ella.

—Y porque pronto podrá contratar a alguien que le esconda las almendras —añade Laura antes de hacer chocar su vaso contra el mío.

Me río al escucharla y doy un sorbo a mi vaso, mientras las demás empiezan a hablar sobre locales, fotógrafos y el tipo de celebraciones que organizará Pamela cuando se formalice la inversión. Consigo reírme hasta que Pamela pregunta por Rob.

—¿Qué va a ocurrir con el actor fugitivo? —pregunta, señalándolo con un pastel.

—No es un fugitivo —responde Violet mientras recoge una gota de champán con una servilleta—. Se marcha por trabajo.

—Se marcha a cuatro mil millas después de aceptar un papel sin hablarlo con ella —replica Pamela, dejando el pastelito en su plato—. Puedo esconderle el pasaporte.

—Eso sería un delito —responde Kim alzando la vista de la propuesta que sigue releyendo.

—No he dicho que pensara quedármelo —se defiende Pamela, apoyando una mano sobre el pecho—. Solo lo escondería hasta que perdiera el avión.

—También sería un delito —insiste Kim—. Y secuestrar a un actor perjudicaría bastante la imagen del estudio si la policía registra el local.

—Nadie va a secuestrar a Rob en mi estudio —intervengo mientras retiro el contrato de la mesa.

—Entonces podemos hacerlo en el de Laura —propone Pamela, volviéndose hacia ella.

Laura niega con la cabeza y coge su vaso.

—No pienso esconder a Rob en ningún sitio.

—Además, impedir que se marche no solucionaría nada —añade Violet mientras se sienta en el borde del escritorio—. La distancia no es lo mismo que el abandono.

—En ambos casos la persona no está —digo mirando el champán que queda en mi vaso.

—Pero en uno continúa eligiendo estar contigo, aunque viva en otro lugar —responde Violet, inclinándose hacia mí—. El problema no es que se marche a Los Ángeles, sino que tomó la decisión sin incluirte.

—Exactamente —afirmo mientras dejo el vaso sobre la mesa.

—Aun así, quitarle el pasaporte nos daría más tiempo para hablar —sentencia Pamela señalando a Violet con el dedo.

—No necesitas más tiempo —dice Kim, volviendo a ordenar las páginas—. Necesitas saber si puedes confiar en que no hará lo mismo cuando vuelva a tener miedo.

—Y eso no puede demostrarlo con un discurso de diez minutos —añado, mirando el reloj.

Rob llegará dentro de cuatro horas y todavía no sé si diez minutos bastarán para decidir si puedo volver a confiar en él.

Laura sigue callada mientras las demás discuten si una relación a distancia necesita normas, un calendario o una aplicación compartida. Finalmente, aparta su silla de la mesa y se acerca a mí.

—¿Qué habrías hecho si te lo hubiera contado antes de firmar? —pregunta, poniéndome las manos sobre los hombros.

Las demás se quedan calladas al escuchar lo que acaba de decir.

—No lo sé —respondo mientras doy vueltas al vaso entre los dedos.

Laura no aparta la mirada.

—Sí lo sabes.

Observo a mis amigas y veo que Pamela se calla una respuesta por primera vez desde que ha llegado. Kim se gira para mirarme y Violet espera sin intentar orientarme hacia ninguna conclusión.

—Me habría asustado —admito al fin—. Acabamos de empezar y solo faltan doce días para que se marche a Los Ángeles. Además, esos cuatro meses podrían alargarse si la obra se traslada a Broadway.

—Eso no responde a mi pregunta —señala Laura con suavidad.

Dejo el vaso en la mesa y me cruzo de brazos.

—Habría querido intentarlo —reconozco—. Me habría enfadado, supongo que habría hecho demasiadas preguntas y probablemente habría preparado un calendario para saber cuándo podríamos vernos, pero no le habría pedido que rechazara el papel.

Pamela levanta una mano.

—Yo habría incluido visitas obligatorias y una cláusula sobre actrices atractivas.

—Por eso tú no redactas contratos —replica Kim, dándole un trozo de pastel para que baje la mano.

—Entonces el problema no es que Rob se marche —continúa Laura, ignorándolas—. Es que no confió en tu respuesta.

—Imagino que decidió que ya sabía lo que iba a responderle.

—Eso estuvo mal —confirma Laura—. Pero tú también tienes que decidir si vas a responder a lo que hizo o a todo lo que temes que pueda hacer.

Las palabras de Laura siguen dando vueltas en mi cabeza mientras mis amigas recogen sus cosas.

Pamela se lleva la botella vacía, Violet recoge los vasos y Kim deja las copias de la propuesta junto al ordenador después de hacerme prometer que no firmaré ningún otro documento sin que ella lo revise antes.

Laura espera a que las demás salgan y es la última en ponerse el abrigo.

—No tienes que perdonarlo esta noche —me recuerda mientras se coloca el abrigo—. Escucharlo tampoco significa aceptar lo que te proponga.

—Solo le he dado diez minutos para que se explique.

—Entonces utiliza esos diez minutos para escuchar lo que diga, no lo que tienes miedo de oír —responde antes de abrazarme.

Cuando cierra la puerta, el estudio se queda en silencio, aunque a pesar de que todavía faltan dos horas para las siete, no logro concentrarme en ninguna tarea. Reviso dos correos, abro una carpeta de fotografías y termino cerrándola sin editar una sola imagen.

Finalmente, busco el archivo que creé durante el contrato con Rob y miro la primera fotografía, que muestra la calle de Brooklyn.

En ella se le ve posando contra la pared con una sonrisa perfecta, mientras yo estoy a su lado, rígida y demasiado pendiente del disparador oculto en mi mano.

Parece una imagen publicitaria, no de una pareja.

Paso a la fotografía tomada justo después de que un ciclista estuviera a punto de atropellarnos. En ella, Rob me coge por la cintura para evitar que me caiga y yo me río inclinada hacia él. Ninguno de los dos mira al objetivo.

En las imágenes de la librería encuentro la misma diferencia.

En las que posamos son bonitas, pero también parecen calculadas.

En cambio, la que decidí conservar nos muestra riéndonos después de que Rob intentara fingir que leía una novela sin darse cuenta de que tenía el libro del revés.

Después hay otra en Central Park, donde aparecemos abrazados tras perder yo el equilibrio.

Tengo la cara escondida junto a su cuello y Rob me abraza contra su cuerpo sin comprobar si la cámara sigue disparando.

Cuando llego por fin a los retratos que le hice en el teatro, observo que en los primeros, Rob mira directamente al objetivo con la mandíbula tensa y la expresión segura que utiliza en los castings .

Sin embargo, en la última parece haber olvidado que estoy fotografiándolo.

Su cuerpo está girado hacia la platea, pero tiene los ojos fijos en mí.

Las fotografías más verdaderas no son aquellas en las que mejor representamos nuestro papel, sino que son aquellas en las que olvidamos que estamos posando.

Apoyo la barbilla sobre una mano y mantengo el último retrato abierto en la pantalla.

Enamorarme de un actor no fue mi error, porque Rob no estaba interpretando un papel cuando me hizo reír, cuando recordó cómo tomo el café o cuando se mantuvo despierto mientras yo dormía con la mano sobre su pecho.

Esos momentos fueron reales, pero también lo fue su miedo cuando supuso cuál sería mi respuesta y firmó el contrato sin hablar conmigo.

No puedo quedarme únicamente con la versión de él que sabe escucharme y descartar al hombre que intentó controlar la situación cuando tuvo miedo.

Pero querer a alguien tampoco puede exigir una garantía de que nunca volverá a equivocarse.

Tampoco puedo pedirle que se quede en Nueva York para demostrar que no piensa abandonarme.

Connor vivió conmigo durante seis años y consiguió que me sintiera sola mucho antes de marcharse.

La seguridad no depende de conseguir que otra persona se quede siempre en el mismo lugar.

Depende de saber que contará conmigo cuando una decisión también afecte a la vida que estamos construyendo.

Rob todavía debe asumir lo que hizo y demostrarme que no volverá a excluirme en cuanto tenga miedo de mi respuesta.

Comprender de dónde nace el mío no lo disculpa, pero sí evita que decida de antemano que la distancia solo puede conducirnos al mismo final que tuve con Connor.

Cierro la carpeta y miro la hora en la esquina de la pantalla del ordenador. Son las seis y cincuenta y siete.

Recojo el desorden que hay sobre la mesa, guardo la propuesta de inversión en un cajón y apago las luces del fondo. Solo dejo encendida la lámpara situada junto al ordenador.

A las siete en punto llaman a la puerta. No me muevo. Unos instantes después, llaman de nuevo. El segundo golpe suena unos instantes después. Respiro hondo antes de acercarme hasta la puerta y abrir.

Rob espera al otro lado con el contrato de Westbound en una mano y un sobre con fotografías en la otra. No sonríe, ni intenta besarme ni da por hecho que puede entrar.

—Diez minutos —le recuerdo mientras mantengo una mano sobre la puerta.

—Diez minutos —confirma, levantando ligeramente la caja para enseñármela—. Cuando terminen, me marcharé si es lo que quieres.