20
Rob
La primera vez que olvido una frase durante el ensayo, culpo al cansancio. La segunda, al texto. A la tercera, mi compañero cierra el libreto y me mira desde el otro extremo del escenario.
—Estás diciendo las palabras, pero no estás en la escena —señala mientras deja el guion sobre una silla.
—Estoy aquí —respondo, señalando la marca blanca bajo mis pies.
—Tu cuerpo sí.
Daniel, que observa desde la platea, levanta una mano.
—Haremos una pausa —anuncia mientras consulta el reloj—. Quince minutos.
Mi compañero baja del escenario y desaparece por la puerta lateral. Yo permanezco bajo las luces, con el libreto abierto por la misma página que llevo leyendo desde hace media hora.
Nathan, mi personaje, intenta convencer a su hermano de que abandonó su casa para protegerlo. La escena debería resultarme fácil, porque conozco la necesidad de convertir una huida en un sacrificio y una decisión cobarde en una muestra de consideración.
Así que vuelvo al principio del diálogo e interpreto la primera frase hacia las butacas vacías.
—No podía pedirte que vinieras conmigo —digo, manteniendo la voz firme—. Habrías tenido que renunciar a todo.
El sonido de mi frase se extiende por el teatro y regresa desde la última fila.
Sé que Eve no está enfadada porque haya aceptado el papel.
Me lo dijo con claridad y, aun así, llevo desde anoche intentando defender una decisión profesional que ella nunca cuestionó.
Lo que hice fue escuchar una parte de su conversación, elegir el significado que más temía y decidir qué podía soportar sin preguntárselo.
Cierro el libreto y lo arrojo sobre la silla.
Mi primer impulso al regresar a casa fue escribirle.
Preparé tres mensajes, un correo y parte de un discurso en el que explicaba el plazo, las condiciones del contrato y todo lo que podía perder si rechazaba el papel.
En cada versión conseguía que mi decisión pareciera razonable y ese era precisamente el problema.
No necesito encontrar la interpretación capaz de convencerla, sino admitir que le prometí una conversación y la sustituí por una decisión tomada a solas.
Recojo el libreto y bajo del escenario. Daniel me espera en el pasillo, con los brazos cruzados.
—¿Quieres repetir la escena después de la pausa? —pregunta mientras señala el texto con la barbilla.
—Mañana —respondo, guardándolo en la mochila—. Si sigo hoy, solo conseguiré memorizar una versión que no funciona.
Daniel me observa unos segundos antes de asentir.
—Por fin has dicho algo sensato.
—No te acostumbres —replico mientras me cuelgo la mochila.
Salgo del teatro y busco el nombre de Arthur en el teléfono.
He hablado con él varias veces desde la boda, aunque nunca sin que el resto del grupo estuviera presente.
Durante unos segundos, me parece absurdo pedir consejo a la pareja de una de las mejores amigas de Eve, pero es la única persona que conozco que ha intentado construir una relación real después de empezar con una mentira.
Así que le escribo antes de arrepentirme.
Rob:
¿Tienes diez minutos?
Necesito hacerte una pregunta.
Arthur tarda poco en contestar.
Arthur:
Salgo del despacho en media hora.
Quedamos en el café que hay en la esquina.
Cuando llego, él ya está sentado junto a la ventana con la corbata aflojada y una taza de café delante. Dejo la mochila en el suelo y me siento en la silla que tiene frente a él.
—Laura me ha dicho que habéis discutido —comenta Arthur mientras aparta el teléfono.
—Entonces ya conoces la mitad de la historia.
—No, solo conozco la mitad de Laura —aclara, apoyando los antebrazos sobre la mesa—. No me ha contado lo que habló con Eve.
—Acepté el papel sin decírselo.
Arthur coge la taza, pero no llega a beber.
—Eso ya lo sabe todo Nueva York.
—La productora publicó el reparto antes de que pudiera verla —explico, frotándome las manos—. Iba a contárselo después de firmar.
—¿Por qué después?
—Tenía una reunión con una inversora. Fui al estudio y la escuché decir que no volvería a reorganizar su vida alrededor de un hombre que pudiera marcharse.
Arthur deja la taza sobre el plato.
—¿Te lo dijo a ti?
—No. Hablaba con Laura.
—¿Y escuchaste el resto de la conversación?
Niego con la cabeza y Arthur se recuesta en la silla.
—Entonces no necesitas que sea abogado para saber dónde está el problema, ¿no?
—No quería obligarla a elegir entre mi oportunidad y su negocio —me defiendo, aunque la frase suena peor al decirla en voz alta—. Tampoco quería pedirle que esperara cuatro meses.
—¿Pensabas pedírselo?
—No lo sé.
Arthur inclina la cabeza.
—Parece que decidiste la respuesta antes de formular la pregunta.
Miro hacia la calle y observo que una mujer pasa empujando un carrito y un repartidor deja varias cajas junto al local de enfrente.
—Creía que estaba protegiéndola —admito mientras vuelvo a mirarlo.
—Yo también confundí eso con proteger a Laura —reconoce Arthur, haciendo girar la taza entre sus manos—. Intenté controlar las circunstancias para que nada pudiera perjudicarla. El resultado fue que ella no pudo decidir qué riesgos estaba dispuesta a asumir.
—¿Y cómo lo solucionaste?
—No lo hice con una estrategia —contesta mientras niega con la cabeza—. Dejé de presentar mis decisiones como si fueran inevitables y empecé a escuchar sus respuestas, incluso cuando podían no gustarme.
—Eso no garantiza que Eve quiera intentarlo.
—No —responde Arthur sin suavizar su respuesta—. Preguntar no sirve para obtener la respuesta que quieres, sino para permitir que la otra persona elija.
Apoyo los codos sobre la mesa y me cubro la cara con las manos durante unos segundos.
—Aceptar el papel no fue el error —murmuro al bajar las manos.
—Eso tendrás que decidirlo tú.
—El error fue creer que contarle la noticia después era lo mismo que incluirla.
Arthur asiente, pero no añade nada más. No me dice qué debo llevarle, qué palabras utilizar, ni cuánto tiempo esperar antes de buscarla.
—Tengo que volver al despacho —anuncia mientras consulta su reloj y se pone en pie—. Y tú pareces tener algo que hacer.
—Gracias por el café.
—Lo pagarás tú —responde Arthur con una sonrisa mientras se coloca la chaqueta—. La consulta era gratuita.
Arthur consigue arrancarme una sonrisa antes de marcharse.
Cuando me quedo solo, permanezco mirando la silla que Arthur ha dejado vacía hasta que el camarero se acerca para retirar su taza.
A pesar de que se ha marchado, sus palabras continúan dando vueltas en mi cabeza.
Preguntar no sirve para conseguir la respuesta que quiero, sino para permitir que la otra persona elija.
Durante años he evitado precisamente eso: he buscado papeles con límites claros, finales previstos y una versión de mí adecuada para cada situación.
Saco el teléfono y abro la aplicación de la agencia de acompañantes.
Mi perfil está inactivo desde que finalicé el servicio de Eve, aunque sigo disponible para aceptar futuras reservas.
Hasta ahora me tranquilizaba pensar que aquel trabajo era otra interpretación.
Había un contrato, unas normas y una tarifa que separaban con claridad al acompañante de la persona que regresaba sola a casa.
Sin embargo, después de Eve ya no puedo fingir que esa separación sigue intacta. Tampoco quiero continuar utilizando otro personaje para ofrecer una intimidad que nunca me obliga a arriesgar nada verdadero.
Así que busco el número de Mara y pulso el botón de llamada.
—Si quieres reclamar la penalización por cerrar antes el servicio, tendrás que hablar con administración —responde en cuanto reconoce mi número.
—No llamo por eso —aclaro mientras observo mi perfil en la pantalla—. Quiero dejar la agencia.
Mara guarda silencio al otro lado de la línea.
—Podemos mantener tu cuenta suspendida mientras estés en Los Ángeles —propone al fin—. Si la obra termina antes o necesitas volver, conservarías tu antigüedad.
—No quiero conservarla.
—¿Esto tiene que ver con Eve? —pregunta mientras oigo cómo cierra una puerta.
—No, tiene que ver conmigo —respondo, apoyándome contra el respaldo—. Ya no puedo seguir cobrando por representar una intimidad mientras intento descubrir cómo construir una de verdad.
—El trabajo no es el problema, Rob —me advierte Mara—. Mucha gente sabe separar una cosa de la otra.
—Yo creía que también sabía.
Mara deja escapar el aire.
—De acuerdo, te enviaré el formulario de baja, pero tendrás que devolver la tarjeta de la agencia y firmar el acuerdo de confidencialidad definitivo.
—Lo haré esta tarde.
—Y no conviertas la renuncia en una prueba de amor —añade con firmeza—. Eve no te ha pedido que dejes el trabajo.
—No pienso utilizarla para recuperarla.
—Bien —responde Mara antes de colgar—. Porque eso sería volver a decidir por ella.
El formulario llega unos minutos después.
Lo completo desde el teléfono y envío la tarjeta por mensajería antes de poder cambiar de opinión.
No siento vergüenza por el trabajo que he hecho, porque la agencia me permitió pagar el alquiler cuando el teatro dejó de hacerlo y me enseñó a prestar atención a personas que necesitaban compañía.
Sin embargo, también me ofreció un lugar perfecto para esconderme: si cada gesto formaba parte de un servicio, ninguno tenía que pertenecerme de verdad.
Al salir de la cafetería, entro en una tienda de impresión. Accedo desde el teléfono a la carpeta con las fotografías que Eve me envió y selecciono seis.
La primera muestra una calle de Brooklyn, donde aparezco apoyado contra la pared de ladrillo y sonrío como si anunciara una colonia, mientras Eve me mira con irritación.
En la segunda estamos en la librería, inclinados sobre el índice de una novela y riéndonos.
La tercera es la fotografía de Central Park que publicamos, en la que Eve tiene la cara escondida junto a mi cuello y yo la abrazo sin mirar a la cámara.
También imprimo el retrato que tomó el primer día, cuando estaba demasiado cansado para preparar una sonrisa; la imagen del escenario en la que no miro al objetivo, sino a ella; y una última fotografía de la azotea, con nuestras rodillas rozándose mientras fingíamos terminar una cita.
Regreso a mi apartamento con las copias dentro de un sobre.
Las pongo sobre la mesa y busco un bolígrafo.
En el dorso de la primera escribo: «Aquí intentaba convertirme en el hombre que habías contratado».
En la fotografía de la librería: «Aquí empecé a pasarlo bien contigo y fingí que solo me estaba riendo de tu mal carácter».
Detrás de la imagen de Central Park tardo más, pero al final pongo: «Aquí dijiste que parecía feliz.
Tenías razón, aunque todavía no sabía por qué».
En el primer retrato: «Aquí me viste cuando yo solo veía un fracaso».
En la fotografía del escenario: «Aquí no estaba mirando a la cámara, sino a ti».
Por último, doy la vuelta a la imagen de la azotea.
En esta podría escribir que fue el momento en que empecé a enamorarme de ella, pero no sé si ocurrió allí, en el teatro o cuando apoyó una mano sobre mi rodilla la noche anterior a la audición.
Intentar elegir el instante exacto en el que me enamoré parece otra forma de mejorar la historia.
Así que escribo la única verdad que conozco: «Aquí ya quería quedarme».
Guardo las fotografías en el sobre y empiezo a preparar lo que le diré.
Anoto que nunca esperé que rechazara la inversión por mí, que la distancia puede funcionar y que viajaré todos los fines de semana que sea necesario.
Cuando termino, tengo una lista de promesas que no sé si podré cumplir y un discurso diseñado para que a Eve le resulte casi imposible decirme que no.
Pero arranco la página, la arrugo y la lanzo a la papelera.
No voy a pedirle que espere, ni voy a asegurarle que cuatro meses no cambiarán nada. Solo puedo preguntarle si quiere intentarlo y aceptar la respuesta que me dé.
Cojo el teléfono y escribo.
Rob:
Necesito diez minutos para hablar contigo.
Después me marcharé si me lo pides.
El mensaje aparece como entregado. Dejo el móvil sobre la mesa, pero vuelvo a cogerlo antes de que pase un minuto. Sin embargo, Eve tarda doce en responder.
Eve:
Mañana a las siete en el estudio.
Diez minutos.
Leo el mensaje dos veces y miro el sobre que espera junto al teléfono. Eve no me ha perdonado ni ha prometido escucharme más tiempo del acordado, pero ha aceptado darme la oportunidad de que me explique.