19
Eve
La inversora abre mi dosier por la página doce y empieza a revisar las cifras que el anterior apenas se molestó en leer. Estoy sola al otro lado de la mesa. Laura me ha ayudado a preparar la presentación y Rob quería hablar conmigo antes de que entrara, pero esta reunión tengo que defenderla yo.
—La facturación ha crecido un treinta y ocho por ciento en los últimos dos años —explico mientras señalo la gráfica proyectada en la pared—.
Sin embargo, he alcanzado el límite de encargos que puedo aceptar personalmente.
La inversión permitirá contratar a dos fotógrafos y trasladar el estudio sin reducir el margen.
La inversora señala con un dedo la previsión de gastos.
—Estás calculando treinta meses para recuperar el capital —observa mientras levanta la mirada hacia mí.
—Es la estimación conservadora —respondo, pasando a la diapositiva siguiente—. Si mantenemos el crecimiento actual, el plazo se reducirá a veintidós meses.
—¿Qué ocurrirá si los clientes continúan solicitándote solo a ti?
Esta vez no necesito consultar mis notas, porque sé de sobras la respuesta.
—Durante los primeros seis meses trabajaré con los fotógrafos en cada proyecto importante —explico, apoyando las manos sobre la mesa—.
Los clientes no contratan únicamente mi presencia, sino un estilo, una forma de trabajar y una calidad concreta.
Mi función será garantizar que el equipo pueda reproducir esa experiencia.
La mujer estudia el plan de incorporación y anota algo en el margen. No intenta tranquilizarme ni felicitarme por mi talento. Se limita a comprobar las cifras y a formular preguntas que tienen relación con el negocio.
—El mayor riesgo sigue siendo que todo dependa de ti —señala, dejando el bolígrafo sobre el documento.
—Lo sé —respondo mientras cambio de diapositiva—. Por eso he incluido un calendario para delegar la edición, la gestión de proveedores y parte de la relación con los clientes. El estudio necesita crecer más allá de mí, pero seguirá bajo mi dirección.
La inversora cierra el dosier y cruza las manos sobre la mesa.
—Hay una condición que debemos revisar —me interrumpe.
La seguridad que he mantenido durante la presentación se tensa dentro de mi pecho.
—¿Cuál? —pregunto mirándola con atención.
—Mi equipo considera conveniente incorporar a un asesor comercial durante el primer año —responde mientras abre una carpeta distinta—. Alguien que supervise la expansión y nos envíe informes trimestrales.
—¿Supervisaría las cuentas o tendría autoridad para tomar decisiones?
—Dependería del acuerdo —explica, sacando una hoja—. Hemos estudiado varios perfiles. Entre ellos aparece Connor Mitchell porque conoce el funcionamiento inicial del estudio.
El nombre ya no consigue que me encoja, pero apoyo ambas manos sobre la mesa antes de contestar.
—Connor no conoce el funcionamiento actual del estudio —aclaro mientras sostengo la mirada de la inversora—. Revisó dos presupuestos cuando abrí el negocio y me presentó a tres contactos, pero no ha participado en ninguna decisión durante los últimos años.
—Su nombre es solo una posibilidad —responde ella, girando la hoja hacia mí—. Podríamos valorar otros candidatos.
—No aceptaré a Connor ni a ningún asesor impuesto que tenga autoridad sobre el estudio —contesto con convicción.
La inversora se reclina en su silla y entrelaza los dedos sobre el abdomen.
—Estamos hablando de una inversión considerable.
—Y yo estoy ofreciendo participación en una empresa rentable —replico mientras cierro la carpeta—.
Puedo comprometerme a entregar informes, justificar los gastos y cumplir un calendario de crecimiento.
También estoy dispuesta a contratar asesoramiento externo si lo necesito, pero la persona será elegida por mí y no dirigirá el negocio en mi lugar.
La mujer guarda silencio y, de fondo, el aire acondicionado continúa zumbando sobre nuestras cabezas. Justo en ese momento, una notificación se ilumina en mi teléfono, aunque no aparto la mirada de la inversora.
—Parece una condición importante para ti —comenta al fin.
—Lo es —respondo mientras vuelvo a sentarme—. No busco a alguien que convierta mis fotografías en una empresa, porque la empresa ya existe. Lo que busco es capital para ampliarla.
La inversora abre otra vez el dosier y repasa las previsiones. Durante varios minutos solo se oye el roce de las páginas y el golpeteo de su bolígrafo contra la mesa.
—Podría ofrecerte una inversión por fases —propone mientras dibuja tres líneas junto a una cifra—. El primer desembolso cubriría las contrataciones. El segundo se liberaría al alcanzar los objetivos del sexto mes y el último financiaría el traslado.
—¿Sin un asesor con capacidad de decisión? —pregunto, inclinándome hacia el documento.
—Con informes mensuales durante el primer semestre y una auditoría externa elegida de común acuerdo —aclara mientras me entrega la hoja—. Y tú mantendrías la dirección del estudio.
Leo las condiciones dos veces. No es el acuerdo perfecto, pero evalúa el negocio que he construido y no la relación que tuve con Connor.
—Envíeme la propuesta revisada —acepto mientras dejo el documento sobre la mesa—. Mi abogada la estudiará antes de que le dé una respuesta definitiva.
La inversora sonríe por primera vez y se levanta.
—Esperaba que dijeras eso.
—Yo también —respondo antes de estrecharle la mano con una sonrisa profesional.
Al salir del edificio, la tarde parece más luminosa de lo que recordaba. Tengo una oferta, no una promesa vaga ni una recomendación para que algún hombre ponga orden en mis ideas, sino una oferta que reconoce que el estudio me pertenece y seguirá bajo mi autoridad.
Saco el teléfono y encuentro el mensaje que Rob me envió mientras estaba reunida.
Rob:
He pasado por el estudio, pero estabas ocupada.
Tenemos que hablar cuando termine tu reunión.
La frase debería preocuparme, pero esta mañana me dijo que la reunión con el productor había traído buenas noticias. Supongo que querrá contarme cómo ha ido la audición o mostrarme algún cambio en el contrato.
Empiezo a escribirle que ya he terminado, pero me detengo. Recuerdo que Rob está ensayando esta tarde y el teatro queda a quince minutos, por lo que prefiero presentarme allí, contarle mi reunión con la inversora y escuchar sus noticias sin una pantalla entre los dos.
Durante el trayecto imagino su reacción.
Probablemente me levantará del suelo, fingirá que el mérito es suyo por haberme obligado a practicar la presentación y exigirá una cena cara para celebrarlo.
Por una vez, no intento anticipar qué ocurrirá después.
Solo quiero compartir con él que lo he conseguido.
Al llegar al teatro, la puerta lateral está abierta. Entro y avanzo por el pasillo que conduce al escenario. Cerca de los camerinos, veo que dos miembros del equipo guardan material dentro de unas cajas. Uno de ellos me reconoce y sonríe.
—Eve, enhorabuena —dice mientras cierra una caja con cinta adhesiva—. Debes de estar muy orgullosa de Rob.
Me detengo con el bolso todavía colgado del hombro.
—¿Por qué? —pregunto, mirando hacia el escenario.
El hombre intercambia una mirada con su compañera.
—Por Westbound —aclara ella mientras sostiene varios cables contra el pecho—. No todos los días consigues un protagonista en Los Ángeles.
Durante un instante, creo que han confundido la última audición con una oferta.
Sin embargo, la mujer saca el teléfono y me muestra la publicación de la cuenta oficial de Westbound .
En la pantalla aparece una de las fotografías que elegí la noche anterior.
Bajo el rostro de Rob, el teatro anuncia que protagonizará la producción durante cuatro meses en Los Ángeles y que continuará con el reparto si la obra se traslada a Broadway.
Por tanto, Rob no está valorando una oferta. Ya ha aceptado el papel.
—Creía que lo sabías —añade la mujer, bajando el teléfono.
—Acaban de felicitarme por su papel —respondo mientras saco el mío—. Supongo que la noticia se ha publicado hace poco.
—Hace unos minutos —confirma ella antes de apartarse para dejar pasar a un técnico.
Abro la conversación con Rob y veo que su mensaje sigue esperando una respuesta.
Eve:
Acaban de felicitarme por tu papel.
Miro otra vez el anuncio antes de escribir una segunda frase.
Eve:
Pensaba que me lo contarías antes de decidir.
Guardo el teléfono y continúo hacia el escenario. Al otro lado de la puerta escucho varias voces felicitándolo, alguien descorcha una botella y un compañero que bromea sobre visitarlo en Los Ángeles. Rob responde, pero no alcanzo a escuchar lo que dice desde aquí.
Supongo que debería entrar y abrazarlo, porque sé cuánto ha esperado una oportunidad así y no quiero que la alegría desaparezca solo porque me ha excluido de la decisión. Sin embargo, la noticia que he venido a compartir con él ya no parece algo que podamos celebrar juntos.
Hace menos de una hora he defendido que nadie puede decidir por mí cómo debe funcionar mi negocio. Ahora descubro que Rob ha aceptado marcharse durante cuatro meses y ha decidido que lo mejor era explicármelo después.
Justo en ese momento, la puerta se abre y Rob aparece con el teléfono en una mano. Al verme, se detiene.
—Eve —dice mientras la sonrisa desaparece de su rostro—. Iba a ir al estudio.
—Pero has venido al teatro a celebrarlo primero —respondo, mirando la botella que alguien sostiene detrás de él.
Rob se vuelve hacia sus compañeros.
—Necesito un minuto —les pide mientras señala el vestíbulo.
Nadie protesta y Rob sale y cierra la puerta, dejando las felicitaciones al otro lado. El vestíbulo está vacío y solo permanecen encendidas las lámparas cercanas a la taquilla.
—Acabo de recibir tus mensajes —explica mientras se acerca—. Quería contártelo en persona.
—Después de aceptar.
—La oferta ha llegado esta mañana —responde Rob, guardándose el teléfono—. Me dieron veinticuatro horas y el otro actor estaba esperando.
—La publicación no dice que estés valorando una oferta —replico, cruzándome de brazos—. Dice que te marchas a Los Ángeles dentro de doce días.
—Porque he firmado —admite mientras se pasa una mano por el pelo—. Pero iba a hablar contigo esta tarde.
—¿Para pedirme opinión o para informarme?
Rob abre la boca, pero tarda demasiado en responder.
—La decisión profesional era mía —contesta al fin.
—Por supuesto que era tuya —afirmo, dando un paso hacia él—. No voy a pedirte que renuncies al papel. Si lo hicieras por mí, terminarías culpándome cada vez que algo saliera mal entre nosotros.
—Entonces ¿por qué estás enfadada? —pregunta mientras extiende las manos.
—Porque habíamos acordado que me lo contarías antes de decidir —respondo, señalándolo con un dedo—. No para que te diera permiso, sino porque se suponía que lo que ocurriera entre nosotros también importaba.
Rob aprieta la mandíbula y mira hacia la puerta.
—Fui al estudio —explica, bajando la voz—. Te vi hablando con Laura.
—¿Y por qué no entraste?
—Porque te escuché decir que no volverías a reorganizar tu vida alrededor de un hombre que pudiera marcharse.
Tardo unos segundos en comprender qué parte de la conversación oyó.
—Hablaba de Connor y de la condición que querían incluir en el acuerdo de inversión —aclaro, dejando caer los brazos—. Laura intentaba convencerme de que aceptar ayuda no significaba perder el control.
—Yo no sabía eso —responde Rob mientras vuelve a mirarme.
—Porque te marchaste antes de escuchar el resto.
—Tenías una reunión importante —se defiende, acercándose un paso—. No quería obligarte a pensar en mi trabajo cuando estabas defendiendo el tuyo.
—No decidiste esperar por mí. Decidiste lo que podía soportar sin preguntarme.
Rob se queda quieto y durante un instante parece dispuesto a negarlo, pero acaba bajando la mirada.
—Tenía miedo de que me pidieras que me quedara —admite mientras frota el pulgar contra la palma—. O de que me dijeras que no estabas dispuesta a intentar nada si me marchaba.
—Podrías haberme dado la oportunidad de responder.
—Lo sé —reconoce apretando los labios.
—No, no lo sabes —replico mientras saco del bolso la propuesta de la inversora—. Hoy he conseguido una oferta que reconoce mi autoridad sobre el estudio y he venido para contártelo porque quería que fueras la primera persona con quien celebrarlo.
Rob mira los documentos y su expresión se transforma.
—Eve, eso es fantástico —dice mientras intenta cogerme la mano.
Retrocedo antes de que pueda tocarme.
—Lo habría sido hace diez minutos.
—Sigue siéndolo —asegura, dejando caer la mano—. Lo que he hecho no cambia lo que has conseguido.
—Tienes razón. Igual que mi enfado no cambia que merezcas ese papel.
El silencio se extiende por el vestíbulo, aunque al otro lado de la puerta se oye que alguien vuelve a reír y ese sonido resulta fuera de lugar en este momento.
—No quería excluirte —dice Rob, acercándose con cuidado a mí—. Solo pensaba que no tenía derecho a pedirte que esperaras cuatro meses.
—Nunca te he pedido que decidieras por mí si quiero esperar o no.
—Ni siquiera sabía qué derecho tenías tú a opinar sobre mi decisión —responde y enseguida aprieta los labios, como si quisiera recuperar las palabras—. No hemos definido qué somos, Eve. Nunca hemos llamado relación a esto.
Siento que algo se rompe dentro de mí con mucha más claridad que cuando vi el anuncio.
—No necesitaba una etiqueta para saber que era real —respondo, apretando la propuesta contra mi pecho—. Has dormido en mi cama, has entrado en mi vida y me has pedido que no decidiera por anticipado que ibas a abandonarme.
—No he dicho que no sea real —replica Rob mientras vuelve a extender una mano—. Solo intento explicarte por qué no sabía qué podía pedirte.
—Ese es el problema. No tenías que pedirme nada, solo tenías que incluirme en la conversación.
Rob deja caer el brazo y, por primera vez desde que lo conozco, no encuentra una respuesta.
Lo observo bajo las luces del vestíbulo y me doy cuenta de que es el mismo hombre al que fotografié cuando dejó de sonreír para gustarme, pero ahora no sé si alguna vez consiguió dejar de calcular qué versión debía enseñarme.
—Si después de todo lo que hemos vivido todavía no sabías qué éramos —digo mientras retrocedo hacia la salida—, quizá nunca has dejado de interpretar un papel.