Alquilé un novio (Decisiones cuestionables 3) 17 #2
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Las risas borran la espera, pero al apoyar la mano sobre su rodilla noto sus músculos tensos.

Mañana puede cambiar su carrera y, aun así, ha venido a cenar, recuerda pedir mi agua sin limón y escucha a Violet hablar de trabajo.

Comprendo que la vida cotidiana también consiste en elegir dónde permaneces mientras esperas.

Al día siguiente, Rob me llama y respondo antes del segundo tono.

—¿Ya has salido? —pregunto, abandonando la selección de fotografías que tengo en el ordenador.

—Estoy frente al edificio —contesta mientras el ruido del tráfico se cuela por el teléfono—. Creo que he olvidado cómo se respira.

—Eso sería un problema serio para un actor —bromeo mientras aparto el teclado.

Rob se ríe y el sonido me permite soltar el aire.

—¿Cómo ha ido? —pregunto, girando la silla hacia la ventana.

—No lo sé. No me han dicho nada —responde después de una pausa—. Pero esta vez no he intentado adivinar qué querían. He hecho la escena como yo la entendía.

—Entonces hay algo que celebrar —decido, levantándome de la silla.

—Todavía pueden elegir a otro —me recuerda Rob después de soltar el aire.

—No quiero celebrar que te hayan dado el papel —le aclaro mientras cierro el programa de edición—. Quiero celebrar que has salido de ahí sin esconderte detrás de un personaje.

Rob guarda silencio y escucho una bocina al otro lado.

—¿En tu apartamento? —pregunta al fin.

—A las ocho. Trae vino —respondo mientras recojo una batería de la mesa.

—¿Eso es una orden? —pregunta Rob con una risa breve.

—Una invitación —respondo mientras sonrío—. Ya no tienes que obedecerme.

—Entonces iré porque quiero —asegura antes de colgar.

A las ocho y cinco, Rob está en mi cocina con las mangas remangadas, abriendo una botella de vino. Ha traído comida tailandesa y ha colocado las cajas sobre la encimera como si llevara años entrando en mi apartamento.

Cojo la cámara de la mesa cuando Rob frunce el ceño, sujeta la botella entre las rodillas y vuelve a tirar del sacacorchos. Levanto el visor y disparo.

—Acabas de fotografiar mi momento menos digno —protesta, sin soltar el sacacorchos.

—Estabas siendo tú —respondo sin bajar la cámara.

—Yo suelo tener más coordinación —replica Rob mientras vuelve a tirar del sacacorchos.

Vuelvo a disparar cuando el corcho sale de golpe y Rob está a punto de caerse hacia atrás. Se ríe, deja la botella sobre la encimera y camina hacia mí.

—Dame la cámara —pide, extendiendo una mano.

—No he terminado —protesto, protegiendo la cámara contra mi pecho.

—Precisamente —responde mientras apoya los dedos sobre el objetivo—. Quiero que participes en lugar de observar.

Aflojo las manos y permito que me quite la cámara. Rob la deja con cuidado sobre la mesa y regresa hasta mí.

—¿Qué quieres que haga? —pregunto mientras apoyo las manos sobre su pecho.

—Lo que estabas haciendo antes de levantarla.

—Estaba mirándote —respondo, recorriendo su rostro con los ojos.

—Pero desde muy lejos —señala Rob antes de rodearme la cintura.

Se queda quieto y espera. Soy yo quien se pone de puntillas para besarlo. Sus labios saben a vino y su cuerpo todavía conserva el frío de la calle. Desabrocho uno de los botones de su camisa y él sonríe contra mi boca.

—¿Esto forma parte de la celebración? —murmura mientras me acaricia la espalda bajo el jersey.

—Depende de si sigues haciendo preguntas —respondo mientras desabrocho otro botón.

—Puedo guardar silencio —asegura antes de besarme el cuello.

—Eso sí que quiero verlo —lo provoco, hundiendo los dedos en su pelo.

Rob me levanta y me sienta sobre la encimera. Una de las cajas de comida se tambalea y la sujeto antes de que caiga.

—Primero las prioridades —bromeo mientras aparto la caja.

—Me alegra saber que compito contra unos fideos de arroz —responde, colocándose entre mis piernas.

Lo atraigo por la camisa y vuelvo a besarlo. Conoce el punto de mi cuello que me hace inclinar la cabeza hacia atrás y yo sé cómo conseguir que pierda el aliento. Rob me sube el jersey, se detiene al buscar mis ojos y continúa cuando asiento. Yo termino de abrirle la camisa.

—Quiero ir al dormitorio —susurro mientras le rodeo la cintura con las piernas.

—Buena idea —responde sujetándome con firmeza—. Tu encimera parece peligrosa.

—Tú casi has perdido una pelea contra una botella —le recuerdo mientras me aferro a sus hombros.

—Ha sido un empate —replica Rob, avanzando hacia el pasillo.

Llegamos al dormitorio riéndonos. Rob me deja sobre la cama y se inclina sobre mí.

La risa desaparece cuando su mano recorre mi vientre y se introduce bajo mi ropa interior.

Me acaricia hasta que solo existen su boca, sus manos y la forma en que pronuncia mi nombre.

Cuando lo ayudo a desnudarse, Rob busca un preservativo en sus pantalones.

—Veo que también has traído material de emergencia —bromeo mientras se lo quito.

—Me gusta estar preparado —responde con una sonrisa.

—Has tardado cinco minutos en abrir una botella —le recuerdo mientras rasgo el envoltorio y se lo pongo sin dejar de mirarle.

—Sigo teniendo otras habilidades —asegura, inclinándose sobre mí.

Lo compruebo cuando Rob se coloca entre mis piernas y se detiene antes de entrar en mí. Apoya una mano junto a mi cabeza y me mira a los ojos, esperando una confirmación que esta vez no necesita decir en voz alta.

—No te detengas —le pido mientras le acaricio la nuca.

Rob entra despacio, atento a cada cambio de mi expresión.

Contengo el aire cuando lo siento llenarme y cierro los dedos sobre sus hombros.

Él permanece inmóvil unos segundos, dándome tiempo para acostumbrarme a su tamaño, pero pongo una pierna alrededor de su cintura y levanto las caderas para obligarlo a moverse.

—Creía que esta noche ibas a dejarme dirigir —murmuro contra sus labios.

—Estoy intentando ser considerado —responde Rob mientras retrocede y vuelve a hundirse en mí con la misma lentitud.

—Puedes serlo un poco más deprisa.

Su risa se mezcla con mi respiración cuando vuelve a besarme.

Lo rodeo con las piernas y marco un ritmo que él no tarda en seguir.

Al principio, sus movimientos todavía conservan cierto control y me observa como si quisiera memorizar cada reacción y se detiene para besarme el cuello, los hombros y la curva de un pecho.

—Sigues mirándome demasiado —le reprocho, hundiendo los dedos en su pelo.

—Eso tiene gracia viniendo de una mujer que me fotografía cuando abro una botella de vino.

—Era una buena imagen.

—No estaba preparado.

—Precisamente por eso...

Rob levanta la cabeza y me dedica una sonrisa que desaparece cuando aprieto las piernas alrededor de su cuerpo y lo atraigo más a mí. Su siguiente movimiento es más profundo y me arranca un gemido que ya no consigo convertir en broma.

—Eso ha sido trampa —murmura mientras apoya la frente contra la mía.

—No recuerdo que hayamos establecido ninguna regla.

—Contigo siempre aparecen después.

Intento responder, pero Rob cambia el ángulo de sus caderas y las palabras se me deshacen en la garganta. Su mano recorre mi costado, baja entre nuestros cuerpos y empieza a acariciarme con los dedos sin dejar de moverse. Me aferro a su espalda y cierro los ojos durante un instante.

—Mírame —me pide, reduciendo el ritmo.

Abro los ojos y observo que la seguridad con la que suele esconder todo lo que siente ha desaparecido de su rostro.

Tiene el pelo cayéndole sobre la frente, la respiración entrecortada y no intenta esconder lo que siente detrás de una sonrisa.

Al verlo así, también yo dejo de protegerme manteniendo una parte de mí a distancia.

—Así —susurra entre jadeos al notar que vuelvo a moverme contra él—. No te vayas a ninguna parte.

—Estoy aquí —respondo, acariciándole la mejilla—. Tú también.

Rob gira la cara para besarme la palma antes de volver a buscar mi boca.

A partir de ese momento, dejamos de bromear.

Sus movimientos se vuelven más rápidos y pierden la precisión con la que ha intentado controlarse.

Yo acompaño cada una de sus embestidas levantando las caderas y lo atraigo hacia mí hasta que apenas queda espacio entre nuestros cuerpos.