Alquilé un novio (Decisiones cuestionables 3) 17
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Eve

Dos días después de nuestra primera cita de verdad, la primera discusión de nuestra relación sin nombre empieza con un café y una puerta cerrada.

Llama al estudio a las ocho y cuarto, cuando todavía estoy descalza y llevo el pelo recogido con un lápiz. Al otro lado del cristal, levanta dos vasos y una bolsa de papel.

—Creía que habíamos superado la fase de las visitas con cita previa —protesta cuando le abro.

—Creía que los actores dormíais hasta mediodía —respondo mientras acepto mi café.

—Hoy ensayo a las diez —explica Rob al entrar—. He venido a comprobar que desayunas algo que no salga del cajón de las almendras.

Deja la bolsa sobre la mesa, saca un bollo de canela y se sienta en el borde del escritorio.

—Esta noche quiero que vengas al ensayo —dice antes de beber de su vaso—. Necesito probar la segunda escena con alguien que sepa detectar cuándo estoy actuando demasiado.

—Tengo una sesión a las cinco y después debo entregar las fotos de una boda —respondo mientras abro la bolsa.

—El ensayo empieza a las siete —insiste Rob, dejando el café junto a su muslo.

—Y la edición no termina por arte de magia a esa hora —replico mientras cierro la bolsa.

Rob me mira con el ceño fruncido.

—Mañana es la audición. Pensaba que querrías verme antes.

—Quiero, pero no puedo cancelar mi trabajo cada vez que tú tengas un ensayo —replico, cerrando la bolsa con fuerza entre mis dedos.

—No te he pedido que canceles nada —se defiende Rob, enderezando la espalda.

—Has puesto esa cara cuando he dicho que no podía ir —le recuerdo, señalándolo con el bollo.

—¿Qué cara? —pregunta Rob, señalándose el rostro.

—La de novio decepcionado que intenta fingir que no está decepcionado —digo de carrerilla y sin pararme para respirar.

Rob abre la boca para defenderse, pero termina soltando el aire.

—Esa descripción es demasiado específica —murmura mientras se frota la mandíbula.

—Soy fotógrafa. Observo detalles —respondo, encogiéndome de hombros antes de dar un mordisco.

—Y yo soy actor. Puedo trabajar la expresión —responde, aunque la tensión de sus hombros disminuye—. ¿Podrías venir durante los últimos veinte minutos?

Miro el trabajo pendiente y después el bollo que ha traído.

—Si termino a tiempo —acepto, volviendo la mirada hacia el ordenador.

—Me conformaré con los minutos que puedas darme —responde Rob antes de inclinarse para besarme—. Pero, si apareces, pienso recibirte con una ovación.

Llego al teatro cuando faltan dieciocho minutos para que termine el ensayo.

Rob está en el centro del escenario y no me ve entrar ni sentarme en una butaca de la tercera fila.

Cuando dice la última frase, deja caer los brazos y permanece inmóvil bajo la luz.

No se vuelve hacia las butacas en busca de aprobación ni recupera de inmediato su sonrisa habitual.

Por una vez, se queda sobre el escenario sin intentar averiguar qué esperan de él.

Su compañero consulta el libreto y le hace una observación que no alcanzo a oír desde mi asiento.

Rob asiente, recoge la botella de agua que ha dejado junto a una silla y baja del escenario.

Solo entonces levanta la mirada hacia el patio de butacas y me ve.

Se detiene en mitad de los escalones y la concentración de su rostro da paso a una sonrisa espontánea.

—Has llegado —dice mientras baja el último escalón y empieza a caminar hacia mí.

—He dicho que lo intentaría —respondo sin dejar de mirarle.

—¿Qué te ha parecido? —me pregunta mientras se acerca a mí.

—No estabas intentando gustarle a nadie —respondo mientras dejo el bolso en el suelo.

—Eso no responde a mi pregunta —protesta al llegar frente a mí.

—Sí lo hace —replico al tenderle la mano—. Ese es el hombre al que deberían contratar.

Rob entrelaza sus dedos con los míos y durante unos segundos deja de mirar hacia el escenario.

Cuando termina el ensayo, regresamos juntos al estudio para revisar los retratos que le hice en el teatro.

Rob deja su mochila junto a la puerta mientras yo enciendo las lámparas de la mesa de trabajo y preparo dos sillas frente al ordenador.

Después conecto la cámara, abro la carpeta y las fotografías van apareciendo una tras otra en la pantalla.

Rob se sienta a mi lado y avanza por las imágenes con demasiada rapidez.

Conserva aquellas en las que mira al objetivo con seguridad, tiene la mandíbula tensa o esboza esa sonrisa que utiliza para resultar encantador.

Sin embargo, cuando aparecen dos retratos en los que permanece serio y parece haberse olvidado de la cámara, pulsa la tecla para descartarlos sin detenerse apenas.

Espero a que continúe con la selección y vuelvo a incluirlos, pero Rob retrocede al notar el cambio y me mira de reojo.

—Los había eliminado —señala mientras apoya un brazo en el respaldo de mi silla.

—Lo sé —respondo, ampliando uno de los retratos—. Por eso los he recuperado.

—En esta parezco preocupado —se queja Rob, ampliando uno de los retratos que había eliminado.

—Pareces una persona capaz de preocuparse por algo —respondo mientras recupero el ratón.

—Los productores buscan un protagonista romántico —insiste Rob, señalando la fotografía.

—Los protagonistas románticos también tienen problemas —le recuerdo, apartando su mano del ratón—. Si no, las películas durarían diez minutos.

Rob contempla la imagen durante unos segundos. En ella no sonríe ni mira directamente al objetivo. Tiene la cabeza ligeramente inclinada y una expresión serena, como si hubiera dejado de esperar que alguien le dijera qué versión de sí mismo debía mostrar.

—Elige tú —acepta al fin mientras se reclina en la silla—. Pero, si estas fotografías no consiguen que vuelvan a llamarme, echaré las culpas a la fotógrafa.

—Entonces, si consigues el papel, también será culpa mía, ¿no? —replico, volviéndome hacia él con una sonrisa llena de intención.

—Por supuesto —responde Rob mientras me agarra por la cintura y tira de mí hasta sentarme sobre sus piernas—. Yo solo pondré la cara.

—Y tendrás que admitir que sé escoger tus fotografías mejor que tú —añado, apoyando una mano en su hombro para recuperar el equilibrio.

—No abuses. Acabo de concederte el control sobre mi futuro profesional.

Rob me rodea la cintura con los brazos y apoya la barbilla sobre mi hombro. Intento volver la atención hacia la pantalla, aunque su respiración me roza el cuello y no facilita precisamente el trabajo.

—Esta —decido mientras marco el retrato que acaba de aceptar—. Y estas otras dos.

Selecciono una fotografía en la que mira al objetivo sin sonreír y otra tomada justo después del monólogo, cuando todavía conserva parte de la emoción del personaje en el rostro. Rob las examina desde detrás de mí sin hacer ningún comentario.

—¿Por qué esas? —pregunta al fin, llevando el pulgar sobre mi cintura.

—Porque en ninguna intentas convencer a quien las mire de que debe contratarte —respondo mientras amplío la última—. No pareces estar pidiendo permiso para estar en el escenario.

Rob permanece en silencio. Al girar un poco la cabeza, descubro que ya no observa las fotografías, sino mi perfil.

—¿Qué ocurre? —pregunto, deteniendo la mano sobre el ratón.

—Nada —murmura mientras aparta un mechón de mi cuello—. Todavía estoy acostumbrándome a que alguien me vea así y no salga corriendo.

—Dame tiempo —bromeo, aunque mi voz pierde firmeza cuando me da un suave beso bajo mi oreja.

—Muy tranquilizador.

Exporto las imágenes antes de que pueda hacerme cambiar de idea y abro un correo dirigido a Claire. Rob alarga una mano hacia el teclado, pero le aparto los dedos.

—Ni se te ocurra —le advierto mientras adjunto los archivos—. Has dicho que elegiría yo.

—No sabía que también ibas a enviarlas sin permitirme una última crisis de inseguridad.

—Precisamente por eso no voy a permitírtela —respondo antes de pulsar el botón.

El correo desaparece de la pantalla y Rob deja escapar un suspiro resignado.

—Ya está —anuncio, volviéndome entre sus brazos—. Tu futuro profesional acaba de salir de mi bandeja de entrada.

—Espero que hayas incluido tu nombre para saber a quién agradecerle el éxito o reclamarle el fracaso.

—Puedes invitarme a cenar en cualquiera de los dos casos.

Rob sonríe y me besa antes de que pueda apartarme.

—Eso pensaba hacerlo de todos modos —murmura contra mis labios.

La noche anterior a la audición cenamos con el grupo. Rob llega tarde y yo paso doce minutos fingiendo que no miro hacia la puerta.

—Estás comprobando la entrada cada treinta segundos —señala Kim mientras corta un trozo de pan.

—Estoy esperando al camarero —miento, cogiendo mi copa.

—El camarero está detrás de ti —responde Nick sin levantar la vista de la carta.

Rob aparece antes de que Pamela pueda añadir algo. Se acerca por detrás, apoya una mano sobre mi hombro y me da un beso en la mejilla.

—Siento llegar tarde —murmura junto a mi oído—. La escena se nos ha resistido.

—Eve estaba a punto de enviar al FBI de búsqueda —afirma Pamela, apartando su bolso para dejarle sitio.

—No estaba preocupada —protesto mientras Rob se sienta a mi lado.

—Claro que no —replica Laura ocultando una sonrisa detrás de la copa.

Pamela apoya los codos sobre la mesa y mira a Rob.

—Técnicamente, Eve ha pasado de clienta a reincidente —dictamina con solemnidad.

—No vuelvas a utilizar esa palabra para referirte a mi vida sexual —le advierto, señalándola con el tenedor.

—Yo solo intento mantener un registro correcto de los acontecimientos —se defiende Pamela, levantando las manos.

—Eso es cosa mía —interviene Kim mientras alinea su servilleta—. Y no existe ninguna reincidencia porque el contrato terminó antes.

Rob me rodea los hombros con un brazo y mira al resto de la mesa.

—Me tranquiliza saber que nuestra relación cuenta con supervisión jurídica y estadística.