16
Rob
He fingido estar enamorado delante de una sala llena de desconocidos, pero llevo diez minutos intentando decidir en qué butaca debería sentarse Eve para verme ensayar. La primera fila me parece demasiado cerca y la cuarta, demasiado lejos.
Claire me envió ayer las escenas que tendré que preparar para la última audición de Westbound .
Todavía no han fijado la fecha y mucho menos me han dado el papel, pero esperar sin hacer nada nunca ha formado parte de mis habilidades.
Por eso he pedido prestado el teatro durante unas horas y he convencido a un compañero para que me dé la réplica.
Encuentro una entrada antigua junto a la taquilla y la utilizo para marcar el sitio de Eve.
Primero la dejo sobre una butaca de la cuarta fila, después la traslado a la segunda y termino llevándola a la tercera.
La sala estará vacía y nadie va a quitarle el asiento, pero decidir desde dónde quiero que me mire resulta más sencillo que admitir que estoy nervioso porque va a llegar de un momento a otro.
—Estás consiguiendo que me ponga nervioso a mí también —comenta mi compañero desde el escenario mientras cierra el libreto.
—Estoy preparando la sala —respondo, cambiando otra vez la entrada de butaca.
—Estás moviendo un trozo de papel por un teatro vacío —señala mientras deja el libreto sobre una silla—. Además, Eve viene a verte ensayar, no a evaluar la distancia entre el escenario y su asiento.
—No conoces a Eve —replico antes de comprobar la hora en el teléfono—. Lo evalúa todo.
—Pues será mejor que empieces a preocuparte por la escena que vas a interpretar delante de ella.
La puerta del patio de butacas se abre antes de que pueda responder. Eve asoma la cabeza y me encuentra en mitad del pasillo, con el móvil en una mano y la entrada antigua en la otra.
—¿Interrumpo algo? —pregunta mientras contempla las butacas vacías.
Miro el trozo de papel que todavía sostengo y me lo guardo en el bolsillo.
—No. Estábamos decidiendo dónde ibas a sentarte —respondo mientras me guardo la entrada en el bolsillo.
Eve mira las filas de butacas y después vuelve a fijarse en mí.
—¿Y habéis llegado a alguna conclusión? —pregunta mientras se quita el abrigo.
—Tercera fila, asiento central —respondo, señalando el lugar—. Has llegado tres minutos antes, por cierto.
—O quizá sabía que necesitarías tiempo para tranquilizarte —bromea Eve antes de agarrarme por la camisa.
Me besa sin darme tiempo a contestar. Es un beso breve, pero ahora ya no tenemos invitados que miren qué hacemos, ni cámaras, ni nada que calcule cuánto tiempo permanece su boca sobre la mía. Cuando se aparta, me quedo mirándola.
—Hola —susurro al fin, apoyando una mano en su cintura.
—Eso se suele decir antes del beso, ¿eh? —responde ella mientras me arregla el cuello de la camisa.
—La verdad es que no tengo un protocolo para esto —admito, acariciándole el costado con el pulgar.
—¿Para saludarme? —pregunta, arqueando una ceja.
—No, para una cita de verdad —aclaro sin soltarla.
La sonrisa de Eve se suaviza y sus dedos se detienen junto a mi cuello.
—Podemos fingir que es una sesión de preparación —propone mientras me recoloca el cuello de la camisa.
—Eso sí sabría hacerlo —reconozco con un suspiro.
—Por eso no vamos a hacerlo —decide antes de separarse y sentarse en una butaca de la primera fila.
Regreso al escenario y le presento a mi compañero. Eve deja el abrigo en el asiento contiguo y se cruza de piernas. Me alegra y me inquieta que haya venido solo para mirarme y no para hacer fotos.
Ensayamos una escena entre dos hermanos que se reencuentran después de la muerte de su padre.
Durante la primera pasada soy demasiado consciente de Eve y me doy cuenta de que estoy girando el cuerpo hacia la luz.
Ella no dice nada, pero levanta una ceja cada vez que vuelvo a posar.
En la segunda, dejo de buscarla entre las butacas.
Escucho cada réplica de mi compañero y permito que el silencio permanezca cuando mi personaje no encuentra una respuesta.
Al terminar, tengo las manos cerradas en puños a ambos lados del cuerpo.
—Mucho mejor —afirma Eve desde su asiento mientras descruza las piernas.
—¿Solo mucho mejor? —pregunto, acercándome al borde del escenario ahora con los brazos en jarras.
Eve apoya los antebrazos sobre las rodillas y me estudia como si todavía tuviera una cámara entre las manos.
—La primera vez querías que viera a un actor trabajando —explica señalando la marca del suelo—. La segunda has escuchado a tu compañero y has reaccionado a lo que hacía. Ya no intentabas demostrar nada.
Mi compañero se cuelga la mochila y me mira con una sonrisa.
—Deberías traerla a todos los ensayos —propone antes de marcharse.
—No puedo permitirme su tarifa —respondo mientras salto del escenario.
—Ya no tienes que pagarla —me recuerda Eve, inclinando la cabeza.
Mi compañero se despide antes de que pueda explicar que ese es precisamente el problema. Cuando nos quedamos solos, le ofrezco la mano a Eve.
—He reservado una mesa —anuncio mientras la ayudo a levantarse.
—Eso ha sonado muy serio —comenta ella al ponerse el abrigo.
—He llamado a tres restaurantes, descartado dos y cambiado la reserva una vez —confieso mientras le coloco el cuello de la prenda.
—Rob, solo vamos a cenar —me recuerda Eve, conteniendo una sonrisa.
—Eso dices porque nunca has organizado una cita sin un dosier de diecisiete páginas —replico antes de entrelazar nuestros dedos.
La llevo hasta un pequeño restaurante vietnamita con mesas de madera, lámparas de papel y una carta plastificada.
Es un local sencillo y bullicioso, sin manteles elegantes ni ninguna razón para cuidar las apariencias.
Esta noche no tenemos que convencer a nadie de que llevamos seis meses juntos ni recordar los detalles de una historia inventada.
Por primera vez, solo tenemos que sentarnos frente a frente y descubrir qué ocurre cuando dejamos de fingir.
La camarera nos acomoda junto al ventanal La mesa se tambalea, así que doblo una servilleta y la introduzco bajo una pata.
—Primera habilidad de la noche —bromeo mientras Eve deja el bolso a sus pies.
Ella se ríe y se pone a mirar la carta, consiguiendo que deje de arrepentirme de no haber elegido el restaurante de los manteles blancos.
—¿Este es uno de los que habías descartado? —pregunta recorriendo la carta con la mirada.
—No. Este es el segundo intento —aclaro mientras cojo la mía.
—¿Qué le ocurría al primero? —quiere saber, observándome por encima del menú.
—Manteles blancos, velas y unos platos que necesitaban traducción —explico, dejando la carta sobre la mesa—. Parecía un lugar al que llevaría un novio contratado para impresionar a su clienta.
—¿Y qué clase de hombre me trae aquí? —pregunta antes de apoyar la barbilla sobre una mano.
—Uno que ha llamado a tres restaurantes para acabar trayéndote al único lugar que de verdad quería compartir contigo —respondo mientras cierro la carta.
Eve cierra la carta y me observa con atención.
—Llevas toda la noche demasiado nervioso —afirma mientras señala mis manos.
—No estoy nervioso —miento mientras alineo unos palillos que ya estaban rectos.
—Acabas de ordenar los palillos —señala Eve, arqueando una ceja.
—Empiezo a comprender tu método de control —respondo mientras aparto las manos.
La camarera toma nota de lo que cenaremos y se lleva las cartas. Cuando volvemos a quedarnos solos, Eve coloca una mano sobre la mía.
—No tienes que impresionarme —dice mientras acaricia mis nudillos.
—Ese consejo habría sido más útil antes de elegir una profesión basada en conseguir que desconocidos me prefieran a otros candidatos —respondo, volviendo la palma para entrelazar nuestros dedos.
—Esta noche no compites con nadie —me recuerda Eve sin apartar la mirada de mis ojos.
Sus palabras consiguen que deje de preguntarme si he elegido bien el restaurante, si he intentado impresionarla durante el ensayo o si debería haberme puesto otra camisa. Por primera vez en toda la noche, me limito a estar con ella.
—Claire me llamó después de dejarte en el estudio —le cuento mientras aprieto ligeramente su mano.
Eve se queda quieta.
—¿Hay alguna novedad? —pregunta con cautela.
—Todavía no han fijado la última lectura —explico mientras observo nuestras manos—. Quieren hacerla esta semana y siguen valorándonos a los tres actores.
—Entonces sigues siendo finalista —responde Eve con una sonrisa—. Eso es bueno.
—Sí, pero deberíamos hablar de lo que ocurriría si me eligieran —añado, levantando la mirada hacia ella.
La camarera deja dos vasos de agua sobre nuestra mesa y Eve espera a que se aleje.
—Ensayarías en Los Ángeles —dice mientras recorre el borde del vaso con un dedo.
—Durante varias semanas. Después estrenaríamos allí y, si funciona, la producción podría trasladarse a Broadway —explico, sin soltarle la mano.
—Lo sé —responde Eve en voz baja.
—Pero no te he dicho que aceptaría —añado.
Eve levanta la cabeza de golpe.
—¿Estás pensando en rechazarlo? —pregunta, apretándome los dedos.
—No. Si me ofrecen el papel, iré —respondo sin apartar los ojos de ella—. Llevo demasiado tiempo esperando una oportunidad así. Necesitaba que lo supieras antes de que esto avance.
—¿Esto? —pregunta Eve señalando nuestras manos con un movimiento de la barbilla.
—No sé cómo llamarlo —admito, acariciándole el pulgar.
—Yo tampoco —reconoce ella sin retirar la mano.
La comida llega antes de que pueda añadir nada. Eve sonríe cuando le explico qué salsa debe añadir, pero he visto cómo contenía la respiración al saber que podría marcharme a Los Ángeles.
—Te asusta —digo mientras dejo los palillos junto al cuenco.
—Me alegraría que consiguieras el papel —responde Eve, levantando la cabeza.
—No he dicho lo contrario —señalo, apoyando los antebrazos sobre la mesa.
Ella aparta unas hojas de cilantro con la cuchara y tarda unos segundos en hablar.
—La distancia me asusta —admite al fin—, porque acabo de empezar algo contigo y ya estamos hablando de que podrías marcharte al otro lado del país.
—Todavía no tengo ninguna oferta —le recuerdo con cuidado.
—Precisamente —responde Eve mientras deja la cuchara—. No pienso convertir una posibilidad profesional en un problema que todavía no existe. Sería injusto para ti y agotador para mí.
—¿Entonces qué hacemos? —pregunto, reclinándome en la silla.
—Podríamos terminar de cenar —propone mientras vuelve a coger los palillos y noto cómo la tensión abandona poco a poco sus hombros.
—Eso ya lo estamos haciendo —señalo con una sonrisa.
—También podríamos vernos otra vez —añade Eve antes de probar el caldo.
—Eso suena peligrosamente parecido a empezar una relación —comento mientras cojo mi vaso.
—No he utilizado esa palabra —me advierte, apuntándome con los palillos.
—¿Prefieres llamarlo periodo de prueba? —pregunto, inclinándome hacia ella.
—Tampoco —rechaza, negando con la cabeza.
—¿Ensayo?
—Mucho menos —responde, dejando escapar una risa.
—Se me están acabando los términos contractuales —admito mientras hago chocar mi vaso contra el suyo.
—Podemos vernos porque queremos y averiguar qué ocurre sin ponerle nombre todavía —propone Eve, sosteniéndome la mirada.
—¿Hay cláusulas? —pregunto, levantando una ceja.
—Solo una —responde mientras deja el vaso—. Si recibes una oferta, me lo contarás antes de tomar una decisión.
—Te lo contaré —prometo, rozándole los nudillos—. Y tú no decidirás por anticipado que voy a abandonarte.
Eve guarda silencio antes de asentir.
—Lo intentaré —responde al fin.
No es una garantía, pero tampoco lo es el teatro, un contrato o una relación de seis años. Por primera vez, empezar algo sin saber cómo acabará no me parece una falta de preparación.
Cuando salimos del restaurante, ha empezado a llover y acabamos refugiados bajo el toldo de una tienda cerrada. Miro a Eve de reojo y la encuentro contemplando la acera mojada antes de volverse hacia mí.
—Esto se parece demasiado a nuestra primera cita inventada —comenta mientras se ajusta el abrigo.
—Faltan los perritos calientes —respondo, acercándome a ella.
—Y tu intento de posar —añade Eve con una sonrisa.
Me apoyo contra el escaparate y giro la cara hacia la luz de una farola.
—¿Así? —pregunto, ofreciéndole mi mejor perfil.
—Exactamente así —responde Eve antes de agarrarme de las solapas y obligarme a mirarla.
Apoyo las manos en su cintura, pero no reduzco la distancia.
—¿Puedo besarte? —pregunto mientras observo las gotas prendidas en su pelo.
Eve arquea una ceja.
—Empieza a preocuparme que de repente te hayas vuelto tan obediente —responde subiendo las manos hasta mi nuca.
—Estoy intentando respetar las normas de lo que sea esta cosa que no es un contrato, un ensayo, ni una relación —explico mientras la acerco un poco más a mí.
—Hablas demasiado —murmura Eve antes de ponerse de puntillas y besarme.
La atraigo hacia mí y su risa desaparece contra mi boca. No hay nadie a quien convencer ni una tarifa que marque cuándo debo apartarme. Cuando el beso termina, Eve mantiene los dedos sobre mis solapas y apoya la frente en la mía.
—Quiero volver a verte —susurro antes de poder disfrazarlo de broma.
—Entonces llámame antes de las once de la noche —responde Eve mientras roza mi boca con la suya.
La acompaño hasta un taxi y espero bajo la lluvia hasta que el coche se incorpora al tráfico. Después, camino hasta mi apartamento con la sensación de haber superado una prueba para la que no existe ningún papel.
Acabo de cerrar la puerta cuando suena el teléfono, lo cojo y al mirar la pantalla veo el nombre de Claire.
—Dime que no llamas para preguntarme cómo ha ido la cita —respondo mientras dejo las llaves sobre la mesa.
—No sabía que tenías una cita —replica Claire con interés—, pero ahora quiero detalles.
—Claire… —la advierto mientras me quito la chaqueta.
—De acuerdo —cede con un suspiro—. Han fijado la última audición para Westbound .
Dejo de moverme con la chaqueta todavía colgada de un brazo.
—¿Cuándo? —pregunto, apretando el teléfono.
—Dentro de tres días —responde Claire.